dimecres, 31 de desembre del 2008

LA ÚLTIMA ESPERA



Llego con antelación a la estación, cosa rara. Compro el billete en el bar (así matan dos pájaros de un tiro, barman, taquillero y un solo sueldo), le pregunto al maromo sobre un abono mensual. De paso le pido una cerveza, ya puestos. Para hacer tiempo, abro el macuto para seguir leyendo una biografía de Gary Cooper, pero me lo he olvidado encima de la cama de casa. No pasa nada, seguro que tengo otra cosa para leer. Encuentro el historial militar de mi bisabuelo, que mi madre sacó del archivo militar de Salamanca un día que se pasó por allí. Lo dejo para después, lo leeré dentro del tren. Me acabo la cerveza y salgo al andén, que en el bar ponen vídeos de los 40 principales y dan un poco de asco. Vuelvo a abrir el macuto y saco un libro de poemas de Joan Margarit.
El tren ya debería haber hecho su aparición.
Leo un poco, pero con mi dispersión habitual no acabo de concentrarme en la lectura, y dejo el libro entreabierto en el banco donde estoy sentado.
Pienso en sobre qué escribir en el próximo post.
El tren sigue sin dar señales de vida.
Miro a ver si tengo una libretita para escribir una idea que me ronda por la cabeza, pero me la he olvidado en casa.
Levanto la cabeza, ninguna luz que se acerca es la del tren.
Me fijo en la gente, pero no hay nadie que destaque por alguna razón. Me estoy meando, pero me acuerdo del otro día, que entré en un lavabo de no sé qué estación y el que estaba en el urinario de al lado se estaba haciendo una paja, así que me aguanto un rato.
Y el tren que no llega.
Y ya me estoy hartando.
Es entonces que recuerdo la solución mágica: enciendo un cigarro.
“Ya verás como ahora viene y lo tengo que apagar. Nunca falla”.
Flash. Efectivamente, a la tercera calada aparece, a lo lejos, el tren que se acerca.
“Joder! ¿No podía haberse esperado un par de minutos más y dejarme fumar tranquilamente?”, me quejo para mis adentros mientras recojo, me levanto del banco y apago el cigarro.
Si es que uno no está nunca contento, caramba.

Pd: Lo del cigarro y el tren que llega es mentira. Con la Renfe, falla hasta la ley de Murphy. BON ANY A TOTHOM!

dimarts, 30 de desembre del 2008

TINIEBLAS




Son días oscuros
Tristes
Las nubes permanecen
En reposo
En remojo
La gata en medio
Y no veo nada

Salgo al balcón
Todo son tinieblas
La lluvia y el frío
Entran en mí
La gata sigue estando en medio
Y aún veo menos

Sin embargo,
-Aún puedo pagar-
percibo una luz
A lo lejos


Aunque llegue el invierno
Hacia allí voy

Gordon McLight, poeta escocés (1897-1936).

dimecres, 24 de desembre del 2008

ZAPATOS



Trad:
¡Qué buena compra que he hecho! Es que hay unos cuantos, como el Bush...

Y para quien quiera practicar el tiro de zapato, María (la novia de mi novio) me ha enviado esta chorrada: http://www.zappingmcsaatchi.com/xmas/emailing/ .

Bon Nadal a tothom.

dimarts, 23 de desembre del 2008

LOS CALCETINES DE ARIADNA



Ariadna era una niña muy introvertida, desde que tuvo uso de razón. Apenas hablaba, no tenía amigos y en los juegos de la escuela se quedaba en un rincón, debajo del limonero que había al lado de la fuente. Se quedaba mirando cómo caía el agua e iba formando círculos antes de ir desapareciendo por el desagüe. Los niños la dejaban en paz, entre otras cosas porque no comprendían su peculiar carácter. En clase no abría la boca: a duras penas respondía cuando la maestra, intentando espabilarla, le formulaba preguntas. Sin embargo, eso no era obstáculo para que Ariadna sacara buenas notas. De hecho, era la mejor de la clase con diferencia.
Sus padres estaban muy preocupados con su actitud. No se quejaba nunca, no daba signos de alegría, pero tampoco de tristeza. En el jardín de su casa había otro limonero, y allí se sentaba Ariadna, esta vez mirando absorta Le hicieron un hermanito para ver si así espabilaba. Pues no. Le compraron animales, perro, gato, hasta un loro. Tampoco. La llevaron a numerosos especialistas, pero ninguno atinó a saber exactamente qué tenía la niña.
Así iba pasando el tiempo, y Ariadna continuaba refugiada en el limonero y en sí misma.
Una tarde estaba como siempre, acurrucada bajo el árbol, sumida en sus pensamientos. El fuerte viento que hacía le envió dos calcetines a sus pies. Eran largos, de los que llegan hasta las rodillas, con miles de rayas horizontales de todos los colores. Ariadna, sin saber porqué, sonrió. Se quitó los zapatos, los calcetines grises que llevaba puestos y se los cambió por los nuevos que habían aparecido ante ella como por arte de magia.
En su cara se dibujó una inmensa sonrisa. De repente, le entró tal sopor que allí mismo, bajo el limonero, se durmió profundamente.
Y soñó que volaba, que le crecían unas alas enormes, y veía desde lo alto cómo se alejaba de su pueblo, de su casa, de la escuela, y pasaba planeando rozando el campanario de la iglesia mientras las campanas repicaban con fuerza, como si saludaran a la nueva Ariadna voladora. Y se iba alejando inexorablemente, y cruzó mares y océanos, rojos desiertos, frondosas junglas, y los pájaros se unían a ella en su viaje sin fin, y sobrevoló palacios, ciudades exóticas, y se hizo amiga de las nubes, y su sonrisa cada vez era mayor.
Cuando despertó, se sintió muy feliz. Se levantó y soltó una carcajada que resonó en toda la calle.
El problema que Ariadna tenía, simplemente, era que no había soñado nunca.
A partir de entonces, jamás volvió a dormir sin sus nuevos calcetines.

dilluns, 22 de desembre del 2008

VIVA STALIN




Me gusta ir en tren. Tiene muchas ventajas, para mi gusto:
1. Puedes mirar las formas de las nubes.
Puedes leer.
2. Puedes dormirte sin miedo a tener un accidente (aunque te puedes pasar de estación, como me ocurrió el domingo por la mañana después de una noche tonta).
3. No estás pendiente de si te van a parar los Mossos, omnipresentes en la carretera.
4. Puedes observar a la gente.
Esto último tiene su punto divertido en muchas ocasiones.
Estaba yo casi llegando a mi destino, quedaban dos o tres paradas. A mi lado se encontraba una familia de magrebís: el marido, la madre con su pañuelo en la cabeza, la hija de unos ocho años y la suegra (no sé si de él o de ella) y un par de maletas voluminosas que medio obstruían el pasillo. Me preguntaba si hablarían en darija o en tamasigh*.
Ya me estaba quedando medio frito cuando en una parada subió un anciano. Era diminuto, caminaba con un bastón a duras penas y llevaba una americana del mismo azul que los porteros de las fábricas, un azul tirando a chillón. También se había puesto una gorra americana, de béisbol, del mismo color que la chaqueta. Pasó ante mí, dándome la espalda, y se sentó unos asientos más allá.
Olé sus cojones, pensé, tan mayor y yendo en tren solo.
Al cabo de muy poco tiempo se levantó y se dirigió a la puerta, para bajarse en la siguiente parada. Entonces vi la inscripción que llevaba escrita en la gorra.
En letras grandes ponía:
VIVA STALIN.
¡Coño! ¿Viva Stalin? Me quedé muy sorprendido, la verdad. Pensé que este hombre sería un nostálgico de los tiempos en que el comunismo soviético tenía buena prensa, hasta que se conocieron las barbaridades que ordenó cometer el tío Josif. Me extrañó que llevara este tipo de gorra, ya que no creo que se llevaran en sus tiempos de juventud. Quizás se la trajeran de Cuba… Y por cierto, ¿por qué era azul, y no roja?
Pero el tío allí, en medio del tren, todo ufano con su gorra, su bastón y su americana, mientras movía la boca, como si murmurara, como hacen las personas mayores a las que se les mueve la dentadura postiza. Intenté hacerle una foto con el teléfono, pero como es nuevo y aún no lo pillo bien, no me dio tiempo, pasó ante mí y ya no pude hacerla.
Paró el tren, se bajó a duras penas y se alejó despacito por el andén.

Pues no sé… No sé qué tendrá Stalin, pero dudo mucho que a alguien se le ocurra ir por el mundo con una gorra donde ponga “Viva Hitler”.
Por compararlo con alguien coetáneo con el dictador rojo, digno de él.

* En Marruecos la lengua más hablada es el darija, que es una variante coloquial del árabe clásico. Éste sólo se usa escrito, y en los medios oficiales, como la televisión. El tamasigh (del pueblo amazigh) es el idioma que hablan los bereberes, la gente del Rif y del Atlas. El gobierno marroquí realiza hacia ellos un ejercicio de opresión sistemático, ya que poseen una cultura muy diferente de la oficial, son muy independientes, y ya se sabe que el primer paso es eliminar las señas de identidad de un pueblo (¿a qué me suena esto?), como la lengua. Todo empezó cuando a Hassan II lo recibieron a pedradas cuando hizo una visita al Rif, según me contaron... Pero esa es otra historia.

divendres, 19 de desembre del 2008

BON DANAL (Feliz Nadivad)


Trad:

- VAMOS O QUÉ?

- No. Este año no me va bien. Da recuerdos a todos.

- La crisis, tío. Además, para un año que no pillen no creo que se mueran...

- Ve tú, que lo tienes todo pagado, y no tienes vicios ni nada.


dijous, 18 de desembre del 2008

FRASES




Me topé con Armando en la estación de tren. Es cubano, aunque parece más bien dominicano, y músico, toca el trombón. Siempre va elegantísimo, para su gusto: para el mío, no. Abrigo negro, tejanos negros, zapatos de punta de pico de pato de charol brillantes, también negros, camisa negra, y supongo que, ya puestos, también gayumbos negros. Me resulta raro que un caribeño vaya vestido tan oscuro.
Mientras esperábamos la llegada de nuestros respectivos trenes, charlamos un poco de todo, menos del tiempo. Por una vez, el puto tiempo se quedó en casa.
Me contó que iba a tocar en un garito del Raval, en Barcelona, una sala de baile donde tocan música caribeña. Toca todos los jueves. Me extrañó que, para la hora que era (casi las ocho de la tarde, según el reloj de la estación), era muy pronto para hacer un concierto… Así se lo comenté. Armando me respondió que era una sala que cerraba a las diez de la noche, debido a los vecinos, y a las nuevas ordenanzas municipales, que se dedican a prohibir todo lo que no sea políticamente correcto (odio esta frase). Cada vez hay menos salas de baile y para hacer conciertos.
- Al final las pondrán en un centro comercial, ya verás,-le dije.
Entonces, solemnemente, dejó ir la frase :
- La gente no se divierte.
Cuánta razón tiene, este Armando…