divendres, 25 de juliol de 2008

EL TITANIC Y SU PUTA MADRE


Esto es una lámpara Titanic: ni se cae ni se hunde.

Finalmente la vi. Me pasé años esquivándola, sin querer saber nada de ella, ni tan solo asomarme y echarle una miradita, ni siquiera un mísero vistazo. Hasta que un día, después de mucho tiempo, bajé la guardia y, sin darme cuenta, me la encontré ante mis narices.
Una mujer? Quita, quita.
Me refiero a “Titanic”, de James Cameron.
Siempre he intentado no ver las películas que ganan el Oscar, más que nada porque se les da tanto bombo que al final coges aprensión y te niegas a participar del espectáculo colectivo e ir a hacer cola al cine como todo el mundo. Además, que una película gane la estatuilla dorada no garantiza en absoluto que valga la pena, aunque de vez en cuando haya excepciones, como por ejemplo “El paciente inglés”, de Anthony Minghella, que me encantó.
“Titanic” es el ejemplo más claro de lo que digo. La Academia le obsequió con nada menos que once Oscars. Y aún recuerdo cómo Cameron, al entregarle el premio a mejor director, exclamó desde el púlpito, eufórico:
-¡Soy el rey del mundo!
No te jode, el presuntuoso…
Frase copiada de la película, la dice Di Caprio en cubierta, en la proa del barco, con la diferencia de que Cameron lo dijo en serio. Un poco más y le estalla el ego y hubiera dejado las primeras filas de la platea hechas unos zorros. Lástima…
Vaya coñazo de película (María, la novia de mi novio, me corrige: peñazo, no coñazo, pero a mí me parece más gracioso así). Hacía tiempo que no me tragaba un bodrio semejante. Y encima dura tres o más horas. Me pareció, entre otras cosas, una excusa carísima montar un atrezzo semejante sólo para contar una boba historia de amor, ñoña donde las haya (la imagen del vaho en el vidrio del coche y la mano resbalando mientras retozan Di Caprio y Winslet es un monumento a la horterez), por no hablar de incorreciones históricas y técnicas varias.



Ya tiene delito, la foto. Y la escena no digamos...

En 1958 Roy Ward Baker dirigió “La última noche del Titanic”, película mucho más consecuente con los hechos reales y, afortunadamente, sin historia de amor de por medio. La escena en que los músicos siguen tocando mientras se acaba de hundir el barco es memorable.



Título original de la versión de 1958.

Pero ya empiezo a estar harto, de tanto Titanic… Parece el Aznar, que nunca acaba de irse. La última noticia, no obstante, no tiene desperdicio: han aparecido documentos de un antiguo tripulante que sobrevivió al hundimiento que demuestran que lo primero que hizo la compañía naviera propietaria del transatlántico, al enterarse de la tragedia, fue dar de baja a toda la tripulación, incluido el mismísimo capitán, para ahorrarse indemnizaciones. La explicación que dieron fue: “desembarcados en alta mar”.
O sea, que los despidieron por no estar en sus puestos de trabajo.

Sin comentarios.