divendres, 31 de juliol de 2009

EL GRAN DUELO (una de vaqueros)

Nabo City, el día de la fiesta de las carretas, en 1889.








En Nabo City(1) se avecinaban nubarrones de desmedida violencia sangrienta. Era mediodía, habitualmente la parte del día con más ajetreo en las polvorientas y destartaladas calles de la ciudad, pero aquel día no se avistaba un alma: todas las ventanas permanecían cerradas a cal y canto, selladas, los habituales perros sarnosos a la sombra habían desaparecido como por arte de magia, los caballos atados a los postes delante del saloon habían mordido sus correas y habían huido despavoridos hacia el desierto desierto, los buitres encaramados al cartel de madera en la entrada de la ciudad habían emigrado al cartel de Khalahorra Creek(2), el pueblo vecino, con el charlatán vendedor de crecepelo tras ellos intentando colocarles su mercancía, ya de paso; el sherif, Pat Garrido(3), casualmente, mira tú por dónde, había ido a pescar barbos al río Lunares(4), y eso que estaba seco (el río, claro, Pat Garrido llevó siempre encima su legendaria petaca de whisky). Incluso los matojos rodantes de rigor dejaron de hacer acto de presencia por la avenida principal, a pesar del fuerte viento.




Hasta el whisky se había evaporado (menos el de Pat Garrido).


Y es que aquel mediodía todos sabían que Perkins “The Capullo”(5) y Flannagan “The Vacilón”(6) iban a ajustar cuentas.


El duelo tuvo su origen en una solemne estupidez, como siempre. Dos días antes Perkins entró en Nabo City a lomos de su caballo “Flecha” (que tenía la mili hecha), cuando pasó por delante de “The Vacilón”, el cual se encontraba en el porche de la barbería vacilando (cómo no) con la mirada a todo el mundo, incluso a las gallinas que correteaban por las calles.


Se fijó en la cara de “The Capullo”: era acorde con su alias. Avanzó hacia él, cortándole al paso.


- ¿Tú eres Perkins “The Capullo”, no es cierto?

- Pues sí. ¿Pasa algo?


Flannagan “The Vacilón” separó las piernas vacilonamente, cómo no, y colocó las manos en el cinturón. Miró fijamente a Perkins.


- Tu caballo me ha relinchado.


Perkins “The Capullo” le devolvió la mirada y escupió al suelo, pero el viento reinante cambió el sentido del escupitajo y fue a parar a su propio ojo derecho.


- Desde luego, hijo, haces honor a tu nombre-, sonrió socarronamente Flannagan “The Vacilón”.


Perkins se limpió la cara con cara de pocos amigos.


- Bueno, y qué, si te ha relinchado. Suele hacerlo habitualmente. No le he oído jamás hablar, ni rebuznar, ni ladrar, ni se ha marcado nunca un maullido de puma.


- No me gusta que me relinchen-, respondió Flannagan, arqueando aun más sus patas. La culata blanca anacarada de su Colt calibre 38, repleta de muescas, ya asomaba, y resplandecía al sol abrasador del sur de Texas.
Revólver de Flannagan "The Vacilón". Museo del Forajido, Carson City.



- ¿Y qué quieres que haga, que lo mate? ¿Que le meta una colleja? ¿Que le deje sin postre?,- masculló irónicamente “The Capullo”.


“The Vacilón” le miró más fijamente aún, si cabe.


- Esta ciudad es demasiado pequeña para los dos.


- Y tú nunca debiste cruzar el río Lunares.


- No era el Mississipi?


- Es que le dado a la frase un punto más personal.


- Ah… Bueno, pues que sepas que ya sé que eres el hombre más duro al sur del Lunares… Después de mí.


- No era el Picketwhite?


- Si, pero hoy tengo el día original.


- Te voy a freír a balazos.


- Lo siento, pero no me gusta la carne frita.


- Siempre llevas el revólver encima?


- No, sólo cuando lo llevo.



Así se tiraron horas, diciendo las frases de rigor, hasta que empezó a ponerse el sol.


Se acercó Ben T. Packah(7), el dueño del saloon:


- ¿Qué? Os hago un plano? Para cuándo el duelo de marras? ¿Y porqué no lo acabáis de dirimir en mi garito, en vez de acabaros de achicharrar al sol?


Perkins “The Capullo”, alzando los ojos hacia el rojizo sol en su retirada diaria, dijo:


- ¿Quieres un trago?


Flannagan “The Vacilón”, mientras liaba un cigarrito mirando al suelo, respondió:


- Ya que he empezado de buena mañana con whisky, no veo por qué cambiar… Pero mejor que te bajes del caballo antes de entrar en el saloon, “Capullo”.


- Pues también tienes razón.


Dentro del garito, después de unos cuantos copazos, unas partidas al poker, unas magreadas a las desvergonzadas bailarinas y un par de peleas múltiples con sus correspondientes destrozos de mobiliario, Perkins “The Capullo” y Flannagan “The Vacilón”, a pesar de que ya se habían hecho colegas de barra, entre risas etílicas decidieron la hora del duelo: al cabo de dos días (para pasar la resaca), delante del saloon, a mediodía, cuando el Lawrence más pega.


Las doce, dos días después. Por la entrada sur de Nabo City se acercaba lentamente una silueta. Por la norte, otra. Los brazos entreabiertos, las piernas arqueadas, el clinc clinc de las espuelas, el sudor en la frente.


Por un lado, Perkins “The Capullo”. Por el otro, Flannagan “The Vacilón”.


Después de irse acercando durante tres horas, finalmente se detuvieron a la distancia pertinente.


- Ya era hora, cojones. Qué rollo de parafernalia… -, pensó Perkins “The Capullo”.


- Coño, me pesan las piernas, de andar tan despacio…-, reflexionó Flannagan “The Vacilón”.


Media hora más, mirándose el uno al otro fijamente a los ojos.


- Seguro que se está pensando en la frase más pomposa...-, pensó el uno.


- “Dale recuerdos a Dios, Capullo”… No, demasiado zafia… “Voy a darle trabajo al sepulturero, Capullo”… Jo, tampoco… Algo que rimara estaría mucho mejor…-, pensaba el otro.


Por fin, Flannagan “The Vacilón”, un poco más impaciente que su adversario, gritó, orgulloso de su frase:


- ¡Lo siento, majo, que te la pique un escarabajo! ¡Saluda de mis partes al Señor, con él vivirás mejor!


Perkins “The Capullo” respondió divertido:


- Que patético eres, hijo!¡Vaya mierda de rima!¡ Lástima que no tengas más tiempo para practicar la métrica… ¡Sólo por lo malo que eres te voy a dejar hecho un colador! ¡“Vacilón”!


Momentos de suspense, las manos que rozan las respectivas culatas.



...........


Desenfundaron ambos al mismo tiempo.


Clic!


Clic!


Clic clic clic!


Clic clic clic!


- Mecagüen San Manitú! ¡Olvidé las balas en casa de Molly!-, exclamó Perkins “The Capullo”.


- ¡Cagüen el diez de picas!¡ ¡Me he dejado las balas en casa de Virgil!- , maldijo Flannagan “The Vacilón”.


Los dos pardillos se estuvieron un buen rato con los brazos en jarras, sin saber qué hacer ni qué cara poner. Al cabo de un cuarto de hora, se entreabrió una ventana del piso de arriba de la tienda de ultramarinos desde donde resonó una voz:


- ¿Qué? ¿Os hago un plano? ¡Que es para hoy!


Era Ben. T. Packah, con su frase favorita, ávido de sangre, como toda la ciudad.


Perkins “The Capullo” se secó el sudor de la frente y quitándose su Stetson negro de 20$ se rascó la cabeza:
El Stetson de Perkins "The Capullo". Museo del Far West, San Diego.


- Bueno, ¿y ahora qué hacemos? ¿Has traído un puñal, al menos? Yo me lo he olvidado, ya se sabe, con las prisas…


- Pues a ver que mire…- respondió Flannagan “The Vacilón”. Se palpó los bolsillos, las botas… Nada.- Pues no, ni tan solo llevo el cortaúñas, ya ves tú.


- Jo… ¿Nos pegamos pues? Aunque darse de puñetazos, con este Lawrence…


- No, pegarnos no, que llevo la camisa de domingo y la calle está muy guarra.



Continuaron los dos en la misma posición, brazos en jarra y piernas arqueadas, como buenos pistoleros que sentían ser.


Finalmente…


- Oye, Perkins…


- Dime, majo…


- ¿No crees que estamos haciendo el ridículo?


- Si te soy sincero, hoy siento más que nunca que mi apodo es apropiado.


Flannagan “The Vacilón” sonrió:


- Nos lo pasamos bien el otro día en el saloon, eh?


- Anda que no, hacía un porrón de tiempo que no me divertía tanto-, respondió, jocoso, Perkins “The Capullo”.


Flannagan se relajó y se acercó a su aún adversario.


- Te propongo una cosa… ¿Y si nos vamos al saloon a continuar la fiesta del otro día y nos dejamos de duelos y tanta tontería?


Perkins carraspeó mientras se sacudió el polvo de su Stetson:


- Me parece perfecto, Flannagan. Pero mejor sería que nos fuéramos a otra ciudad, no me apetece nada ver las caras de chufla que pondrán todos los habitantes de aquí.


- Sí, es preferible, estos cabrones lo único que querían era ver sangre fresca. Cómo se nota que sólo leen el “Pink Herald”.


- Deberíamos matarlos a todos.


- Bah, no vale la pena, Perkins. Además, no tenemos balas. Anda, larguémonos de aquí. Cabalguemos hacia un lugar donde sirvan buen whisky y hayan mujeres espléndidas y hombres macizorros.


- Y peleas, que también hayan peleas-, respondió Perkins “The Capullo”, mientras se dirigía hacia su caballo “Flecha” (que tenía la mili hecha).


- Y si no hay, ya las provocaremos nosotros, juajuajua-, rió sonoramente Flannagan “The Vacilón”.


Y se alejaron de Nabo City a lomos de sus respectivos, dejando a todo el mundo sin espectáculo y con un palmo de narices.


Cuando la vista de las dos cabalgaduras desapareció en el horizonte Nabo City, poco a poco, volvió a la normalidad.


A su aburrida y monótona vida.


(1) Nabo City: ciudad fronteriza con México, en el estado de Texas, entre los ríos Pecos y Lunares. Fundada en 1864 por desertores confederados que huyeron de la batalla de Gettysburg, pronto se convirtió en una próspera ciudad comercial aprovechando su lugar estratégico, pues por allí pasaba la ruta ganadera que transportaba los grandes rebaños vacunos desde Texas hacia Denver. Tras el frustrado duelo de Perkins y Flannagan, Nabo City se llenó de maleantes y advenedizos, lo peor de cada casa, hasta que la ira de Dios se cernió sobre ellos: una noche cayó encima de la ciudad un meteorito de 197 m. de diámetro, borrándolo completamente del mapa y de la historia(menos mal que yo me lo sabía, si no de qué).



(2 ) Khalahorra Kreek: Ciudad vecina de Nabo City, aunque a ésta la fundaron colonos de Riojaville (Massachussets) que huyeron de la ley seca que se implantó en ese estado en 1856. Fue abandonada al cabo de pocos años de secarse el río Lunares, hacia 1892. Con el tiempo, el desierto la engulló completamente.


Khalahorra Kreek, en sus buenos tiempos.


(3) Pat Garrido(1848 – 1901): célebre sheriff, famoso por poner pies en polvorosa ante el duelo de Perkins y Flannagan, mala fama que arregló matando accidentalmente de una pedrada a Jimmy “The Ninio”,el famoso pistolero, mientras tiraba guijarros al río Lunares para hacerlos rebotar varias veces en el agua (y eso que estaba seco), asunto que aprovechó para hacerse el chulo y adquirir fama y tal. Cuando vio que ya no podía vivir más del cuento, por la edad, le entró la depre y se pegó un tiro entre ceja y pómulo, o sea, en pleno ojo.


Pat Garrido posando. Grabado. Museo de Frederick Remington, NY.

(4) Lunares: Río que era con el Pecos lo que el Tigris con el Éufrates pero en Texas, hasta que se secó. Eso no impidió que Pat Garrido fuera allí a pescar barbos.


El río Lunares, en la actualidad.

(5) Perkins “The Capullo” (1852 – 1896). Tras semanas y semanas continuas de fiesta junto con Flannagan “The Vacilón”, finalmente se hartó de llevar una vida tan disoluta y tan vacía y se largó a vivir a las montañas con Betty, la jefa del burdel de Levinston, que iba a hacerse monja, para gran pasmo de Flannagan. Falleció de la manera más capulla, claro: se equivocó y agarró un cuchillo en vez de un cepillo de lavarse los dientes. Murió desangrado frente a una Betty desolada e impotente.

Perkins "The Capullo". Gunmen's Museum, Tucson.

(6) Flannagan “The Vacilón” (1849 – 1907). Cuando fue abandonado así sin más por Perkins deambuló más solo que la una y sin ton ni son por Texas y estados limítrofes, hasta que se estableció definitivamente en San Francisco. Allí se asoció con Frank Gabannon, escocés macizorro con el que creó Flannagan & Gabannon, afamada marca de ropa que llegó a vestir al mismísimo presidente McKinley antes de que lo asesinaran. Murió de un paro cardíaco, como todos, durante una noche loca.

Flannagan "The Vacilón". Gunmen's Museum, Tucson.

(7) Ben T. Packah (1839 – 1917). Tras lo de Perkins y Flannagan se hartó de Nabo City y se trasladó a Tucson (Arizona), y desde allí a Tennessee, donde siguió con sus negocios en el mundo cabaretero. Se arruinó completamente en una mala noche jugando al poker y, desesperado, acabó volviéndose loco. Murió de otro paro cardíaco mientras pescaba barbos en el río Lunares.



Y eso que estaba seco.



Ben T. Packah, en su época de prosperidad. Museo del far West, San Diego.

divendres, 24 de juliol de 2009

LA SIJA

La ouija, SIJA en castellano.




El otro día, leyendo un cuento de Miguel Baquero, “El Éter” (trata de una disparatada sesión espiritista) recordé que, en mis años mozos, también hice mis pinitos en estas tonterías. Ya se sabe, es época de experimentaciones y de estar receptivo a todo.
En mi calle sólo vivíamos todo el año nosotros. Era una calle sin salida, con casitas una junto a la otra (nada de adosadas, eso es otra cosa), muy tranquila. El resto de las casas eran segunda residencia, venían de Barcelona a pasar el fin de semana y las vacaciones.
O sea, que yo sólo tenía pandilla los findes (pobrecito). Y en verano, claro.
Félix era uno de los veraneantes, vivía a dos casas de la mía. Tres años mayor que yo, tenía más experiencia en todo y sabía más de todo (o no, pero yo lo creía), así que siempre me interesaba todo lo que dijese o hiciese.
Un día nos propuso hacer una sesión de espiritismo en su casa, ya que sus padres no estaban. Nos apuntamos el Raúl (el hijo de Carlos Giménez, el gran dibujante de cómics), que vivía cerca, el Joan el gordo (le llamábamos así porque lo estaba, y para diferenciarlo de otro Joan) y el Marcel, uno al que le olía el sudor de mala manera, algo horroroso, sin adjetivo posible. En su casa no se podía entrar, lo juro. Todos olían igual.
Y creo que no había nadie más.
Llegó la noche señalada. Nos sentamos todos alrededor de la mesa redonda que había en el salón. En un trozo de cartulina dibujamos las letras del abecedario, el sí, el no, los números y toda la parafernalia, rodeando al vaso Duralex que usamos aquel día.

Apagamos las luces.
Después de los prolegómenos y las explicaciones pertinentes de Félix sobre el funcionamiento del tema, y tras reírnos nerviosamente un buen rato al intentar concentrarnos, nos lo tomamos más en serio.
Los cinco con el dedo encima del culo del vaso Duralex, mirándolo fíjamente.
Allí no se movía nadie, de pura concentración. Y el vaso, menos.
Pasó un buen rato y no ocurría nada de nada. Durante todo este tiempo, Félix no paraba de decir, en susurros:
- Si estás aquí, ves al sí. Si estás aquí, ves al sí. Si estás aquí, ves al sí.
Nada de “Oh, espíritu bienaventurado, muéstrate y deléitanos con tu presencia deslizándote hacia el sí” ni frases pomposas y peliculeras.
Si estás aquí ves al sí, y punto.
Pero allí todo seguía quieto. Incluso el tiempo se detuvo un poco.
Ya nos estábamos empezando a impacientar, a relajarnos y a no creernos nada de todo ese rollo, cuando…
- Si estás aquí ves al sí.
Y el Duralex, lentamente, fue al sí.
Nos quedamos sorprendidos y también temerosos, aunque más de uno pensó que era uno de nosotros el que movía el vaso con su dedo.
- Lo mueves tú?
- Yo no.
- Yo menos.
- Yo tampoco, lo juro por mi madre.
- Callaros, coño -dijo Félix, dirigiéndose al vaso,- ¿cuál es tu nombre?
- Pues Duralex, cómo se va a llamar…- comenté yo.
Félix me miró con cara de pocos amigos.
- Tú, gracioso, poca broma con esto. Y si es un espíritu malo?
Una de las historias que corría por ahí sobre las sesiones espiritistas era que de vez en cuando se presentaba un espíritu malvado, de esos que se habían quedado entre Pinto y Valdemoro, que te podía liar la del pulpo: quedarse en la casa, mover objetos, hacer ruidos… Como en las películas, vamos.
- Vale, vale, ya me callo-, respondí. La verdad es que tenía un poco de miedo, como todos los demás.
El espíritu en cuestión empezó poco a poco a responder nuestras preguntas. Al cabo de poco Félix le preguntó:
- ¿Eres un espíritu malo?
No contestó.
- ¿Te molesta alguno de nosotros?
Duralex entonces se movió hacia donde estaba Marcel.
- ¿No te gusta Marcel?
Duralex se le acercó aún más.
Félix observó a Marcel, que estaba aterrorizado, y vio que de su cuello colgaba una medalla de la Virgen del Loreto (a dónde me meto), o de alguna otra, de oro.
- ¿Es la medalla, lo que te molesta? Quítatela, Marcel. Déjala encima de la mesa.
Marcel, tembloroso, obedeció sin perder tiempo.
Fue depositar la medalla en la mesa cuando Duralex, sin ayuda de nadie, se abalanzó sobre ella y la empujó fuera de la mesa, cayendo al suelo. El vaso se detuvo en el borde.
Vaya susto que nos pegamos, madre mía.
Pero ahí no acabó todo.

Marcel, de súbito, puso los ojos en blanco, agachó la cabeza y empezó a soltar ruidos extraños, como si hiciera gárgaras y pequeños ronquidos:
- Glglgglglgll… Frrrrrrrfrrr….
- ¡Marcel! ¡Marcel! ¿Qué te pasa?
- Glglgglglgll… Frrrrrrrfrrr…. -, respondió.
Entonces levantó la cabeza, se tiró hacia atrás, abrió los brazos en plan Jesucristo y con la boca abierta los ruidos que salían de ella aumentaron considerablemente.
Joan el Gordo, Raúl, Félix y yo nos quedamos paralizados, sudorosos, sin saber qué hacer.
Mientras tanto, Marcel, a lo suyo:
- Glglgglglgll… Frrrrrrrfrrr… Glglgglglgll… Frrrrrrrfrrr….-, pero ya a lo bestia.
Parecía que estuviera sintonizando Radio Pirineos. Sólo le faltó echar espuma por la boca.
Finalmente, Félix reaccionó, abrió las luces y la puerta de par en par y le soltó un par de guantazos al pobre Marcel, el cual al momento dejó de hacer el burro y se quedó como dormido, aunque respiraba aceleradamente.
Poco a poco el ritmo cardíaco de Marcel recuperó a la normalidad, volvió en sí.
No se acordaba de nada.
Lo recogimos todo, rompimos el puto Duralex y cada uno se fue a su casa, cagados de miedo.
Cuando llegué a la mía, le pedí a mi hermana mayor que me dejara dormir con ella. A regañadientes, aceptó.
- Nunca más - me dijo enfadada (siempre estaba enfadada, y lo sigue estando) al día siguiente -, te mueves más que la cola del Prosit.
Prosit era nuestro perro, un pointer muy simpático, siempre estaba contento.
No como mi hermana.

dimecres, 22 de juliol de 2009

EL VIENTO Y MARÍA



Esa voz lejana de María
que nadie entendía
El olor a hierba nos traía
Tomillo, paz y malvasía
Mientras el viento nos decía:
Voy a ver el mar desde el acantilado.












Esto lo hacía cada día



Al poco volvía
Y susurrando nos decía
No he visto a María
Mas con gran algarabía
El agua hoy no estaba fría
Y yo pensaba y me perdía
Entre peces, algas y alegría

El viento otra vez nos decía:
Voy a pasear cerca del sol.





Esto lo hacía cuando quería



Al poco volvía
Y musitando nos decía
Tampoco he visto a María
La verdad es que me aburría
Demasiado calor hacía
Y yo creía y me sentía
Entre palmeras, agua y sequía







De nuevo el viento nos decía:
Voy ver las nubes desde lo alto.





Esto lo hacía con maestría



Al poco volvía
Y penosamente nos decía
No estaba allí María
Allí la vida no existía
Más abajo ella estaría
Y yo pensaba y decía
Hacia el este está María
Mientras algo me crecía





Escuché al viento que decía:
Voy a ver al este o al otro
Creo que se halla María
En casa de su tía






Yo sabía que ya no volvería



Ni el viento ni María


dimecres, 15 de juliol de 2009

NO SOMOS NADIE

(*)

Esto me lo contó un ATS durante una guardia, cuando trabajé en urgencias, hace unos años largos. El tipo, del que no recuerdo su nombre, era alto e imponente, enorme: pesaría 130 kg como poco. A pesar de eso, se movía con presteza y dinamismo, el tío era puro nervio.
Y muy simpático, me caía bien.


Felipe (por ejemplo, le llamaré así) no tenía plaza en la SS (tampoco en las SA ni en la GESTAPO), pero hacía guardias de vez en cuando como suplente, para redondear su sueldo. El trabajo estable lo tenía en las ambulancias que operan en las autopistas, esas equipadas con todo lo necesario para las grandes desgracias y, preparadas para salir zumbando y socorrer como puedan en caso de accidente. Y en las autopistas suelen haber pocos, pero cuando haylos casi siempre son bastante graves.
Como digo, estaba con él en una guardia. Ya era de noche. En ese momento no había faena, y estábamos charlando en la sala, matando el tiempo. Claro, por mucho que se intente no hablar de trabajo, al final la conversación acostumbra a versar sobre temas laborales y “de lo que de ello se desprende” (me encanta esta frase).
Me explicó a qué se dedicaba . Al cabo de un rato, para ilustrarme el espectáculo que podía llegar a encontrarse, me puso un ejemplo.
- Las he visto de muchos colores, pero esto, tío, es lo más bestia que he vivido. Es muy difícil imaginar que pueda llegar a ocurrir una cosa así. Ni en sueños.
Los ojos y las orejas y ya está se me ensancharon automáticamente.
Una noche Felipe se incorporó a su turno. Se subió a la ambulancia junto con sus compañeros y se dirigieron, desde Barcelona, hasta el campamento base desde donde salían cuando tenía lugar un accidente por su zona. Ésta comprendía un radio de acción bastante extenso, creo que llegaba hasta la frontera francesa, si no recuerdo mal.
Así, marchaban los integrantes del comando ambulanciero en pos de su deber, charlando animadamente (eso lo supongo, sabiendo del entusiasmo y del cascar de Felipe) por la A-7 en dirección Girona, cuando, en una larga recta, vieron, a unos quinientos metros, un coche que iba en dirección a Barcelona que cruzó volando al otro sentido de la autopista, el de ellos, estampando su panza en el carril central. Eso fue lo que a Felipe le pareció, pues se encontraban varios vehículos delante y no vio exactamente cómo fue la película, en aquel instante.
Luego si, y tanto que sí.
La ambulancia se detuvo en seguida frente a los coches hechos trizas.
Un todoterreno había perdido el control (bueno, el conductor) y se había precipitado al otro sentido de la autopista. Tuvo la mala suerte de chocar con la valla, reventarla e ir a parar a un baden que había en la mediana, con lo cual, con la velocidad que llevaba, salió disparado por el aire, voló sobre el tercer carril (pasó por encima de otro vehículo) y fue a estamparse encima de un Mercedes que circulaba tranquilamente por el carril central.
Le tocó al Mercedes.
Los dos coches estaban destrozados, hechos añicos, uno encima del otro. Felipe se dirigió primero al todoterreno, pero allí no había nadie. Supuso que el conductor habría salido disparado, así que se dispuso a buscarlo, mientras los otros ambulancistas inspeccionaban el Mercedes.
Encontró al pobre conductor en la cuneta, a unos metros del choque. Efectivamente, se había ido a tomar viento, desgraciadamente en todos los sentidos.
En el Mercedes, la cosa aún era peor.
Con la persona que conducía, un hombre, ya no había nada que hacer: estaba incrustado entre el volante y el techo del coche, aplastado por el todoterreno. El acompañante, una mujer, aún vivía.
Murió poco más tarde.
Los asientos traseros estaban en el mismo estado, pero no parecía haber ninguna otra persona. Cuando acabaron la búsqueda, inspeccionaron también los alrededores, como manda el protocolo, por si las moscas. Fue entonces cuando Felipe se encontró tirado un cochecito de bebé.
¡Un bebé!, se exclamó. ¡Llevaban un bebé! Entre el amasijo de hierros tenía que haber un niño. Y volvió corriendo hacia el Mercedes, avisando a sus compañeros del hallazgo. Reanudaron la búsqueda, aunque con pocas esperanzas de encontrar al bebé con vida.
Al poco, lo hallaron por allí debajo, y aún vivo.

Es curioso lo que nos atraen las historias truculentas, ¿no es cierto? Yo estaba flipado, pero es que además Felipe lo contaba muy bien. Te metía en el escenario.
- Jo, tío, vaya tela… Sabes qué ha sido del niño? ¿Se salvó?
Felipe sonrió.
- Si. Está bien, con la familia.
Y aún sonrió más.
Un gran tipo, el Felipe.

Todo esto iba por un día en que me dio por pensar en lo volátiles que somos todos. Hormigas, personas o ñandús. A veces me pasa, que pienso.
Como dicen en los entierros los que no saben qué decir pero tienen que decir algo adecuado para la ocasión, no somos nadie.

Pues yo prefiero NO SEMOS NADIE, queda mucho mejor, como la isla griega esa.
(*) La foto no tiene mucho que ver ,pero, ¿a que es bonita?

dijous, 9 de juliol de 2009

ESTAMPAS AMBULATORIAS


La doctora (perdón, licenciada) D. le pide a R. que mande un fax de tres páginas.
R., solícitamente, como siempre, se dispone a ello, dejando todo lo que estaba haciendo a medias. Se dedica al tema durante una hora larga, hasta que vuelve al mostrador, donde se encuentra L., atendiendo a los clientes.
- L., ¿puedes mandarme un fax que me ha pedido la doctora D.? Es que no me sale...-, solicita R. a L.
- Ya me lo ha parecido. Bueno, ahora iré, cuando pueda.
Al cabo de un rato, L. se acerca al fax, pone las tres páginas donde hay que ponerlas y lo cursa, a un número de Madrid.
- ¿Ves, R.? Marcas el número con estas teclas y aprietas el botón verde, el grande. Y ya está.
- Ah…
- Ahora saldrá un papel que te dirá si ha llegado o no.
- Ah, vale...
L. vuelve al mostrador, a atender a los clientes. Transcurren cinco o más minutos y aparece R. con una hoja de papel.
- Perdona, L., si en el papel que ha salido pone “correcto” es que es correcto?
- Mmmm… Deja que piense... Pues yo diría que sí...

- Ah, es que como antes, en lo que salía, ponía OK…

L. pensó, entre suspiros, que a R. nunca la había visto enviando un fax en cuatro años que hacía que tenían fax, así que no podía saber si el papel que salía como por arte de magia del aparato decía “correcto”, “ok”, “enviao” o “ bien hecho, majo”.

Pues eso.