dimecres, 11 de febrer de 2009

POR TIERRAS DE MORLINDO




Fui a visitar a mi abuela. Después de esperar más de la cuenta, me abrió.
- ¡Hola, Marineta! ¡Qué alegría me da que vengas a verme! Pero no te quedes ahí, anda, pasa, pasa…
- Buenos días, abuela-, le dije mientras la abrazaba y le arreaba unos besos.
- Perdona el desorden, pero tengo visitas y… bueno, no son visitas exactamente.
Hacía un extraño olor, como a… a vaca. Pasé al salón y efectivamente, tenía visitas.
Cuatro enormes vacas lecheras paseaban sus cuerpos serranos por la estancia. Una, tumbada en el sofà, rumiando a su aire; otras dos, estiradas en el suelo, como el buey y el asno del pesebre, y la última mirando distraidamente por la ventana Eran exactamente como las del anuncio del chocolate Milka, aunque de colores distintos al lila característico: rojo , amarillo, azul y magenta. Las cuatro llevaban sombrero tirolés, con pluma y todo.
- Sí, veo que estás en buena compañía. Lo que me resulta curioso es que quepan en un piso de cuarenta y cinco metros-, exclamé.
- A mí también, pero caben, ya lo ves.
Mi abuela siempre había tenido animales: perros, patos, conejos, niños, tortugas, peces, canarios… aparte de mi abuelo Bartolo, que era muy bruto. Además, siempre le ocurrían cosas extrañas, así que no me sorprendí en absoluto con el panorama que me encontré.
Las vacas no se habían dado cuenta de que yo había llegado, ellas a lo suyo rumía que te rumía, pero cuando me vieron, se levantaron de un salto, se pusieron a dos patas y me saludaron cortésmente, una por una, con una sonrisa espléndida.
- Son muy simpáticas estas vacas, abuela-, le dije, divertida, respondiendo al saludo.
- ¿Verdad que sí?
- ¿De dónde las has sacado?
Mi abuela sonreía mientras acariciaba los cuernos de la vaca de color magenta.
- Es un regalo. Estaban en la puerta esta mañana, con una nota en el suelo.
- ¿Y qué decía la nota?
- Nada. Sólo iba a la atención de Obdulia Cencerrero, o sea yo misma. ¿Quieres un café, Marineta? Vente a la cocina.
Seguí a mi abuela, mientras las vacas seguían sonriendo, a dos patas y sin dejar de rumiar…

Cuando volvimos de la cocina, las vacas ya no eran vacas, sino aves gigantes, como avestruces pero con plumaje verde pistacho. Seguían sonriendo, pero ya no rumiaban.
Me acerqué a una de ellas, la acaricié y se tumbó en el suelo panza arriba para que le rascara, cosa que hice. Las demás aves la imitaron, esperando a que les hiciéramos lo mismo.
- ¡Qué pájaros tan simpáticos!-, exclamó, risueña, mi abuela.
- Sí, pero tienen caspa, abuela. ¡Fíjate en el suelo!
Estaba lleno de bolitas blancas del tamaño de una miga de pan, parecía que hubiera nevado. Pero era caspa.
Al verlo, mi abuela se escandalizó:
- Aaaaarghs!! ¿Pero qué guarrería es esta? ¡Me estáis dejando el piso hecho unos zorros!
¡Fuera de mi casa! ¡Guarros, cerdos, desagradecidos!
Los pájaros, asustados por los gritos, se levantaron de golpe, agitaron las alas y se fueron volando por la ventana, haciendo añicos los cristales, que estaba cerrada.
Mi abuela Obdulia se asomó al exterior, gritando:
-¡Y encima me destrozáis los cristales! ¡Mamones!¡No volváis nunca más por aquí!
Vaya lenguaje tiene, con lo modosita y educada que parecía, pensé. Entonces se giró hacia mí, sofocada:
- Y tú,¡lárgate también con viento fresco!¡Tengo mucho que limpiar y no puedo estar por ti! ¡Fuera!-, gritó, señalándome la puerta con el dedo.
- Pero, abuela…
- ¡Ni pero ni leches! ¡Largo de aquí!
Y me cerró la puerta en las orejas, porque estaba de lado.

Es que mi abuela es muy suya, con esto de la limpieza.