dijous, 30 d’abril de 2009

CURAS Y PROFESORES (II)

La foto es más vieja que yo, que conste...
Tercero: Don Héctor. Este profesor tampoco ejercía el celibato. Delgado y bajito, calzaba gafas estilo Calvo Sotelo (el que fue presidente, el de las plazas no las usaba, al menos en las fotos). Era castellano, creo que de Valladolid o Burgos. De Castilla la Vieja, vamos, como se decía antes. Hablaba y pronunciaba muy bien, incluso la “elle”, cosa que se está perdiendo: creo que más bien por pereza, cuesta menos pronunciarla como y griega.
Don Héctor ponía mucho énfasis en que habláramos correctamente. Tenía buen carácter, pero se cabreaba bastante si no nos expresábamos bien. No era de los que pegaba, pero de vez en cuando, cuando se hartaba de nosotros y le poníamos excesivamente nervioso, usaba su técnica preferida: nos asía por las patillas y tiraba hacia arriba. Dependiendo de lo que hubieras hecho, estiraba más o menos.
Dolía, claro, pero se podía soportar.
Aparte de don Héctor, que también nos daba todas las asignaturas, recuerdo al coordinador de la primera etapa (de primero hasta cuarto), el padre Abadía (los nombres son ficticios, pero fonéticamente se parecen a los originales). Éste era catalán, del interior. Su misión básicamente era la de poner orden en el patio, que nadie hiciera el burro más de la cuenta, organizar la formación de las filas de salida y entrada de clase en el claustro alrededor del cual se hallaban las aulas, y llevar la voz cantante a la hora de rezar. Se rezaba al llegar, al salir al recreo, al volver de él, a la hora de salir a comer, comiendo (dos veces), al reanudar las clases, y ya, por último, a la hora de la retirada a casa. Ocho veces, no está nada mal.
Eso sí, en casa rezaba Santa Rita Jaigüor.
El padre Abadía tenía la mano izquierda averiada. No sé qué problema tuvo, pero le quedó en forma de gancho. La utilizaba sólo para llevar y tocar una campanita que usaba para llamar a filas. Gritaba mucho, pero no pegaba. Al cabo de unos años se fue y más tarde lo volví a ver en los Salesianos de Andorra, donde ejercía la misma función (ahora que lo pienso, ¿qué coño hacía yo en los Salesianos de Andorra?).
Pasó el verano y todo el rollo.
Cuarto: al año siguiente vino un profesor nuevo, Don Marcos, soltero, zaragozano, joven, con tejanos, delgado, deportista, guapetón… En fin, el yerno perfecto para padres y madres. Además, no era mal profesor, aunque tenía sus preferidos: una vez la clase ganó una copa por no se qué asunto, y se organizó un sorteo para ver quién se la llevaba. Ganó el Costa, que acertó porque dijo el número 52 (me acuerdo y todo), y se llevó el trofeo a su casa. Los demás siempre sospechamos que fue el propio Don Marcos el que le chivó el número. Pero eso nunca lo sabré, me corroerá la duda hasta que me muera.
Ese año ganamos las Olimpiadas escolares en fútbol, a pesar de ser los de menor edad, gracias a nuestro amado profe: formaba parte del equipo, para compensar. Marcó el gol de la victoria en la final. Por cierto, yo gané la medalla de oro falso en ajedrez, y, lo más difícil, sin jugar. Sobraba una, y yo era el jugador reserva.
A eso se le llama efectividad máxima con el mínimo esfuerzo.

Bueno, nulo.

dimarts, 28 d’abril de 2009

FINS DESPRÉS, JAVIER...


Ha muerto Javier Ortiz, periodista y columnista. Para quien no lo conozca, escribía diariamente en "Público", periódico que compro cada día, en gran parte gracias a él. Le conocí en Madrid a través de María y Manolo, la novia de mi novio y mi novio.

Bueno, no me quiero enrrollar, pero desde ese día le he seguido a diario, en el periódico y en su blog, además de leer algún libro escrito por él. No sé si tengo referentes, pero si así fuera él sería uno de ellos. Como Rubianes.

Javier amaba escribir, y siiguió haciéndolo hasta el último día, aún estando muy enfermo. Como era muy meticuloso, dejó hecho su propio obituario.

Es este:



Joder...


Salut, Javier.




dimecres, 22 d’abril de 2009

CURAS Y PROFESORES (I)


Como ya dije una vez, no soy nostálgico, pero me gusta recordar, más que nada para cuando me venga el Alzheimer tenga algo escrito que me refresque la memoria, o para que se lo lean los hijos que no tengo y que yo qué sé si tendré.
Anfang, como se dice en francés…
El otro día pensaba en los profesores que he tenido en mi vida estudiantil. Voy a hacer un repaso, venga…

Mi primer colegio, que yo sepa, fue una escuela de monjas de Vilassar de Dalt. No me acuerdo de la profesora, pero supongo que debería ser una de esas amantes del celibato. El único recuerdo que tengo de allí es que me arranqué la uña de un dedo haciendo el imbécil en el patio. Qué dolor.
Después mis padres me cambiaron a una escuela de mi pueblo, a la Divina Pastora, por donde pasaron también mis seis hermanos, unos cuantos años más tarde mis primas y algún sobrino o sobrina que otro. De allí, a pesar de estudiar párvulos y primero de básica, no me acuerdo de nadie, aparte de la madre Justa, la recepcionista. La llamábamos madre Fusta (madera), pero no nos pegaba. Era buena mujer, a pesar de ser monja.
Al año siguiente tuve que cambiar de nuevo de colegio, ya que en la Divina Pastora el último curso que se hacía era primero, y mis padres me enviaron a los Salesianos de Mataró.
Vaya cambio. De cincuenta a ochocientos niños. Nada de niñas, jo (bueno, en esa época las niñas más bien me daban rabia, como a todo niño que se preciara. Además, con cinco hermanas,
qué quieres...).
Segundo de básica: en mi primer año teníamos como profesor a don José, un andaluz con poco acento que nos daba todas las asignaturas. A mí, al poco de llegar, me dio durante unos cuantos días un ataque maternal. Me quería ir a casa sí o sí, me quería estar con mi madre, y montaba unos espectáculos rabietiles en el autobús y en la clase de no te menees, porque yo era más tozudo que mi gata Rista cundo le digo que no me sobe más, cojones. Pesada, que eres una pesada.
Al cabo de un tiempo se me acabó la tontería y dejé de hacer el ridículo. De Don José, que no era cura, lo que más recuerdo era que nos montaba una especie de Trivial por grupos, y ahí todos los compañeros me rifaban porque me sabía de memoria los ríos, países, montañas, capitales, etc. Siempre ganaba mi grupo (aunque una vez me equivoqué: dije San Juan como capital de Costa Rica, cuando es San José. Hostia consagrada…). También en segundo fue cuando, gracias a él, me di cuenta que se me daba bien dibujar. Nos hizo copiar un retrato de Franco y me quedó de perlas. Tiene narices, descubrir aptitudes gracias a ése H.D.L.G.P (así, con mayúsculas).
Don José siguió impartiendo clases en el mismo curso. Cuando ya no lo tenía como tutor, cada vez que pasaba cerca de mí en el patio me decía:
- Qué, Pubill, ¿ya no lloras?
Graciosillo, el tío.
Ese año fue también cuando descubrí lo que era una hostia como Dios manda, pero no fue gracias a don José, sino al padre Gurpegui, un hombre gordo, imponente, de buen comer, el que nos vigilaba a la hora de comer. Se subía a una tarima con un micrófono y rezábamos con él antes y después de comer: “Te agradecemos, Señor, los alimentos que vamos a tomar…”, y “te damos gracias, Señor, por los alimentos que nos hemos cascado…”. Un día, durante el primer rezo, el padre Gurpegui me pilló hablando con el compañero que tenía al lado, en la mesa de seis. Cuando acabamos de decir tonterías (me refiero a la oración, yo ya me había callado cuando ví que me descubrió), nos hizo sentar a todos, pero a mí me hizo un gesto para que me acercara. Cuando estuve ante él, sin bajarse de la tarima, me arreó un guantazo en la mejilla que retumbó en todo el comedor. Qué daño. Volví a mi mesa, con la cara roja.
Cuando acabamos de comer ya no me acordaba de la hostia, y me volvió a enganchar dale que te pego con el vecino. Me llamó de nuevo, esta vez con una sonrisilla irónica, como pensando: ven pacá, majo, que te vas a enterar. Me dio tal tortazo que me quedó su zarpa grabada en mi mejilla, además de sonar en mis oídos el piiiiiiiiiiiiiiiii ese de cuando te explota un petardo cerca.
No lloré ni nada, de hecho me reí luego con los compañeros de clase, pero mientras estuvo el padre Gurpegui encargado del comedor, no volví a abrir la boca durante las oraciones de las narices.
Amén.

dijous, 16 d’abril de 2009

ALA DELTA DEL EBRO


El deporte del ala delta está pensado para gente especial, solitaria e independiente.

Aparte del gran placer que debe ser volar como un pájaro, en silencio, poca cosa más tiene de atractivo. Cuando se llega a la pista de despegue en lo alto de la montaña, hay que montar concienzudamente el armatoste que previamente se ha cargado en lo alto del coche. Esta operación dura casi media hora, ya que hay que estar muy atento de que el ala esté perfectamente montada, no sea que se plegue el aparato en pleno vuelo, y adiós muy buenas. Una vez listo y haberse disfrazado para la ocasión con el arnés, el mono, los guantes, las gafas y toda la parafernalia de rigor, hay que tener en cuenta el viento, claro. Si no sopla, no se vuela. Si es invierno tampoco, ya que las corrientes térmicas que ascienden sólo se producen en verano. Además, antes de salir hay que estar siempre pendiente del señor del tiempo de las narices, con lo cual muchas veces en que se espera sol pega una tormenta de mil pares, y tira para casa con el gozo en el pozo del vecino.
Eso, sólo para despegar.
Lo mejor viene con el aterrizaje y la recogida, suponiendo que se haya conseguido alzar el vuelo, que puede durar diez minutos o varias horas, según los caprichos eólicos y la pericia del piloto aladéltico. Una vez de nuevo en el suelo, hay que desmontar el ala y plegarla en la funda, tarea que no baja de los veinte minutos. Luego hay que llamar a un amigo, ya previamente avisado, para que le recoja (de ahí “recogida”) allá donde uno esté, a diez minutos o a cinco horas del punto de partida. Eso en la actualidad, antes aún era peor, ya que el móvil no existía y si te quedabas tirado en medio de un prado alpino había que andar hasta encontrar un teléfono con el que llamar al chófer particular, y eso podían ser unos cuantos kilómetros. Finalmente ya sólo toca esperar y tener paciencia, mucha paciencia. Es mejor ser fumador, así se soporta mejor.
Qué coñazo, ¿no?.
Y eso sólo en el plano deportivo. En lo social es casi peor. Aparte del amigo que se presta a hacer de chófer, no hay muchas más opciones de entablar amistades, a no ser que ocurra la pista de despegue o si uno se ha pegado un hostión (y no se ha matado, que esa es otra…). Como mucho, puedes congeniar un rato con un buitre o similar, si le da por hacer compañía.
De hecho, lo mejor que le puede pasar a un aladeltista es echarse novia (o novio) que le acompañe y le haga de conductor y de apoyo logístico. Esto, como es de suponer, es harto difícil que suceda: los hobbys de la mayoría van por otros derroteros. Y si hay suerte, lo más probable es que se harten y le acaben dejando a uno más solo que un búho nival.
¿Y a qué viene todo esto, si yo no practico este deporte? Yo sólo quería escribir un cuento donde saliera un ala delta…
Mañana, quizás.


(*Dedicado a mi hermano, que hace ala delta y no se come un torrao).

dimarts, 7 d’abril de 2009

CURIOSA SAL


Zismael, el pastor, entró en la casa con una gran sonrisa en su cara.
- Caramba, veo que estás contento, oh, marido mío! Te ha sucedido algo digno de que andes enseñando por ahí los pocos dientes que te quedan?-, exclamó Saquel, sorprendida al ver a su marido con el rostro alegre. Habitualmente siempre iba con el ceño fruncido, apesadumbrado por las penurias y desventuras que padecía él y su familia, pobres como las ratas. Las pocas cabezas de ganado que poseía apenas daban para un mínimo sustento indispensable. Zismael se despojó de la pelliza y asió a su mujer de la mano:
- Sal conmigo fuera, amada mía, debo enseñarte una cosa. Creo que Yahvéh se ha compadecido de nosotros.
Saquel acompañó a su esposo al exterior. En la puerta estaba el asno, inseparable compañero de fatigas de Zismael, con un gran saco encima de su lomo.
- ¿Y esto, de dónde ha salido?- inquirió Saquel, señalando el voluminoso bulto.
Su esposo abrió el saco y, sin decir palabra, metió en su interior la mano de ella. Ésta palpó, sacó la mano y, asombrada, se lamió un dedo:
- ¡Sal!!Es sal!- exclamó sonriendo.
Zismael abrazó fuertemente a su esposa:
- ¡Ya no tendremos que preocuparnos por comprarla durante una larga temporada! ¡Los animales tendrán también su ración, y así no enfermarán! ¡Las cosas nos irán mucho mejor a partir de ahora, Saquel querida!
- ¿De dónde la has sacado?
- De vuelta de la montaña con el ganado, me encontré el saco abandonado debajo de un olivo y, como no había nadie por allí que pudiera ser su dueño lo cargué en el asno.
- ¡Yahvéh ha escuchado nuestras plegarias!¡Loado sea Yahvéh!- dijo su mujer, fervorosa creyente, arrodillándose y elevando los brazos y la vista hacia el firmamento.
Zismael hizo lo propio y juntos dieron gracias al Todopoderoso.
Luego ella entró en casa, ahíta de felicidad, mientras él se dispuso a descargar la sal y encerrar el burro en el establo.
Mientras volvía a atar el saco, tuvo remordimientos por haber mentido a su amada esposa. Lo que en realidad le sucedió a Zismael fue que, volviendo a casa, vio a lo lejos, en el horizonte, una gran columna de humo. Intrigado, se acercó hacia allí, y descubrió que se trataba de la ciudad de Sodoma en llamas. Al ver aquello le entró miedo y se alejó de allí con presteza.
En su huida Zismael se tropezó con un cuerpo inerte en el suelo, boca abajo. Lo palpó, temeroso, para ver si vivía, y entonces se dio cuenta de que no era carne, sino sal. Una estatua de sal. Sorprendido, la probó y, efectivamente, era sal. Rápidamente, oteó por si había alguien en los alrededores y, al ver que no era así, sacó una pequeña azada de sus alforjas, desmenuzó la estatua y rellenó el saco, alejándose del lugar con prontitud.
Ató el asno en el establo y se dirigió a su hogar. Zismael miró sus manos y vió que le quedaban restos de sal. Mientras se lamía los dedos, pensó:
- Realmente, esta sal tiene un sabor muy curioso…

dilluns, 6 d’abril de 2009

LA MUERTE DE VACACIONES




La muerte, ese esqueleto vestido con una túnica negra que porta una guadaña a modo de bastón, siempre tenía mucho trabajo, así estaba de flaca. Absolutamente todos los días del año le daban una lista interminable de personas a las que ir a buscar por toda la Tierra para que la acompañaran amablemente hacia la Nada, el país de los muertos. Si no era amablemente, también iban, faltaría más.

Al principio, al haber pocos seres humanos, la faena se hacía más llevadera, mas con el aumento demográfico de la especie la pobre muerte no tenía apenas descanso.

Encima, los avances tecnológicos afectaron también a su funcionamiento logístico. Primero le decían oralmente los sujetos a recoger. Luego ya, con el aumento de pedidos, se hicieron por escrito: tablillas de arcilla, más tarde papiros, después pergaminos, luego papeles, folios de quinientos mecanografiados y, ya con la imparable invasión de la informática y de internet, le instalaron en su casa un ordenador que cada día le enviaba vía mail la relación exacta de las personas a morir por todo el orbe.

A pesar del exceso de trabajo, la muerte cumplía a rajatabla con su cometido, sin fallar en ningún caso. Era tan buena en lo suyo que no necesitaba brújula, ni GPS, ni nada.

Pero estaba hecha polvo, la pobre muerte. Cualquier día le daba algo y se iba a buscar a sí misma.

Y hete aquí que un día se estropeó todo el sistema informático y su ordenador dejó de enviarle su trabajo diario. Como no tenía ni idea de arreglarlo llamó al servicio técnico, que le contestó amablemente que ya pasarían en cuanto pudieran, que tenían muchísimo trabajo.
La muerte no sabía a quién tenía que llevarse palante, así que se quedó en casa descansando, siguiendo directrices supremas que le llegaron por correo colombófilo, cosa que le fue de perlas a sus huesos. No la paloma, sino el descanso.
Al cabo de una semana, ya más descansada, volvió a llamar al servicio técnico. Después de tenerla cuarenta y ocho minutos en espera y escuchar la música enlatada del Bustamante (casi se suicida, la pobre), la telefonista le dijo con malos modos que ya tenían su aviso, que no se preocupara, joder, a ver si creía que se pasaban el día tocándose las narices, y que si tanto necesitaba Internet que se fuera a un cyber, no te fastidia…
A un cyber va a ir tu padre, pensó la muerte al colgar el teléfono. Transcurrieron unos cuantos días más, y por allí no pasaba ningún informático. Harta de tanta espera, decidió irse de vacaciones: hizo las maletas y se largó a hacer surf, su gran pasión, a Tarifa.
La muerte, marcando estilo surfero...
Mientras tanto, en la Tierra las cosas habían cambiado un poco. Como ya no se moría nadie, en poco tiempo la superpoblación humana acabó con todos los recursos alimenticios, luego con los animales y las plantas y, una vez agotado todo lo comestible, empezaron a comerse los unos a los otros.
Llegados a este punto, la muerte fue requerida urgentemente vía señales de humo para reanudar su tarea. Y le pareció bien, puesto que ya se estaba hartando de tanto surfear y hacer el pijo. Además, no se ponía morena ni harta de zumo de zanahoria, y en Tarifa daba el cante que no veas.
El servicio técnico seguía sin aparecer, por cierto. Seguramente alguien se los habría comido.
Por tardar tanto, hala.

dijous, 2 d’abril de 2009

UNA DE INDIOS






Seguramente, la única cosa que pueden agradecer las tribus indias de Norteamérica a los colonizadores europeos es la introducción del caballo. Hasta la aparición del hombre blanco en esas tierras no conocían otro medio de transporte que sus propias piernas; incluso desconocían el uso de la rueda.
Hasta entonces, al ser la gran mayoría tribus nómadas, el desplazamiento de un lado a otro resultaba largo y penoso. Además, siendo la caza la base principal de su alimentación, las complicaciones para realizar con éxito esta actividad eran varias: entre otras cosas, no podían seguir a los bisontes en sus desplazamientos, y la caza de este animal era extremadamente peligrosa. El cazador se camuflaba con una piel de zorro y andaba a gatas entre los enormes cuerpos de los ungulados hasta encontrar un ejemplar enfermo o viejo que fuera más fácil de eliminar. En muchos casos el indio moría en el intento, aplastado y pisoteado.
Cuando descubrieron el caballo, la vida de las tribus cambió completamente. Aparte de tener mayor facilidad para desplazarse de unas tierras a otras, la caza del bisonte resultó mucho menos peligrosa para el indio, con lo cual la alimentación de los pueblos mejoró, aumentando la natalidad y la población de la mayoría de las razas indígenas.
Aunque, de vez en cuando, llegaban épocas de penuria.
Aquel invierno resultó especialmente duro para la tribu de los sioux Wahpekute (los que disparan entre las hojas). El frío intenso y la nieve se prolongó más de lo debido, y los víveres guardados para soportar la estación se agotaron. Apenas pudieron salir en todo ese tiempo de sus tee-pees, y llegaron al punto de que tampoco tenían fuerzas para echar un kee-kee de vez en cuando.
Washtawapeton, el gran jefe de los Wahpekute, junto a su tee-pee.
El gran jefe de la tribu, Washtawapeton (Cerumen entre las Nalgas), ordenó sacrificar a los caballos para poder sobrevivir. A pesar de esta drástica medida, muchos miembros de la tribu murieron de hambre y frío, sobretodo los más débiles de defensas (ancianos, niños y enfermos).
Cuando llegó la primavera y se inició el deshielo, Cerumen entre las Nalgas mandó a dos de sus mejores guerreros, Palaswhatha (Escupitajo de Puma Amanerado) y Unhapethwom (Pinrel Hermoso como una Deposición de Nutria), a perderse en las llanuras para capturar unos cuantos caballos salvajes, imprescindibles para la normalización de la vida habitual de lo poco que quedaba de la tribu.
Palashwatha y Unhapethwom se pertrecharon y avituallaron adecuadamente para la misión y partieron inmediatamente hacia las grandes llanuras, donde suponían que avistarían alguna manada equina.
Transcurrieron varias lunas, sin que los dos bravos guerreros transformados en cazadores se toparan con ningún caballo. El invierno aún no se había ido del todo, y la mayoría de animales que se habían desplazado más al sur aún no habían vuelto a las praderas.
Unhapethwom (Pinrel Hermoso como una Deposición de Nutria), el más listo de los dos indios, tuvo la ocurrencia de que uno de los dos se subiera a una loma cercana para intentar divisar desde allí alguna manada de caballos. Palashwatha (Escupitajo de Puma Amanerado), más atlético y ágil, trepó hasta la colina y se sentó a otear el horizonte en busca de tan necesarias presas.
Al cabo de un par de horas, Palashwatha creyó divisar una nube de polvo a lo lejos. Se fijó un poco más y aquello que se veía en lontananza le pareció que eran caballos. Pegó un grito a Unhapethwom, que se encontraba unos metros más abajo:
- A mí parecer caballo ver!!
A lo que Palashwatha contestó, mirando unos grandes y espesos nubarrones negros que se acercaban hacia ellos:
- ¡Bueno, pues yo paraguas traer!

Palashwatha, a punto de que lo masacraran en Wounded Knee (1890). Unhapethwom no quiso salir en la foto (no se había acicalado), pero fue igualmente asesinado en la matanza.

*(Petición de un anónimo. Me falta la de vaqueros).

PORRA