dimecres, 30 de juliol de 2008

III. ASUN Y LOS DOS BOTONES



Una vez me regalaron un abrigo negro. Perdón, gris marengo. De lana, estilo clásico, lo que se conoce habitualmente por un tres cuartos. Antes llevaba prendas más largas, tipo gabardina, pero ya no hace tanto frío como hace unos años.
Cosas del cambio climático, según los expertos.
Echo de menos, las gabardinas.
Llegó la Asun a las tres, como siempre puntualísima, excepto cuando la tusa se retrasaba (autobuses de la empresa TUSA, ahora Tubsgal). Cuando llegó mi hora de tomar algo, saqué el abrigo de mi taquilla y al salir, la Asun me vio y exclamó:
- Caram, quin abric més xulo que portes!
- Gràcies, me’l van regalar ahir.
Ya teníamos tema de conversación durante dos semanas por lo menos: el dichoso abrigo.
Cuando encontraba algo qué hablar, la Asun se convertía en una ametralladora Thompson (la que llevaban los mafiosos de los años 30) de las palabras. El problema es que tenía muy pocas cosas que le interesaran, o quizás en su cabeza (y eso que la tenía grande) no cupiera mucho. Muy pocas. A saber:
1. Su padre.
2. Su madre (ya fallecida).
3. Todo lo relacionado con su padre y su madre.
3. Recuerdos de su infancia y juventud (siempre eran los mismos), con su padre y su madre siempre por enmedio.
4. La Seguridad Social, pero cuando entró, con dieciocho añitos.
Y poca cosa más.
Cuando volví, pasó al ataque, sin piedad alguna:
- Pues es muy bonito, tu abrigo. Debes ir muy contento por la calle, eh? Vas muy elegante, las mujeres se te rifarán…
- Si, seguro-, contestaba yo, sin entusiasmo.
Ya se había arrancado:
- Mi padre tiene uno parecido, es marrón, de espigas, y tiene unos botones como los tuyos, así, jaspeados, bien grandes.
- Ah…
- Y también tiene cuatro, como el tuyo!
- Ah, collons…
- Te queda casi tan bien como a mi padre, es casi tan alto como tú.
- Ah, cojones...
(Iba cambiando la interjección, para no aburrirme…).
- El abrigo de mi padre es de más calidad, se lo regaló mi pobre madre, que se murió de un mal malo (un mal dolent, en catalán), y aún lo lleva cuando sale a pasear por la calle del Mar, y le sienta como un guante, y…
Y así dale que te pego, hasta que se iba a merendar (ver capítulo II).
Cuando volvía, seguía con la misma matraca, pero yo ya no decía ni ah, ni collons, ni cojones ni nada, sólo asentía con la cabeza, sin mirarla.
Así siguió, pesada como nadie, unos cuantos días. Maldito el momento en que me regalaron el abrigo de marras.
Una tarde dejó de hablar de ello. Ya era hora, pensé.
Al acabar la jornada, cuando la Asun ya no estaba (se iba antes, no sé porqué), fui a ponerme el abrigo. Cuando fui a abrochármelo, cuál no sería mi sorpresa que me faltaban dos botones del medio, de los cuatro que tenía.
Estaban bien cosidos, y habían cortado el hilo con unas tijeras.

Mejor dicho, la Asun había cortado el hilo con unas tijeras, llevándose los botones para el abrigo de su padre.
Quién iba a ser, si no?
Quién coño iba a robar DOS botones de un abrigo?
Me pegué un hartón de reír, de lo surrealista de la situación.
Y nunca le he dije nada sobre esto, a la Asun.
Para qué? Para que me montara un pollo de mil pares?

Deixa, deixa...

dimarts, 29 de juliol de 2008

II. ASUN Y EL COMER


Anda que no le gustaba comer, a la Asun… Arramblaba con todo lo que pasaba ante sus ojos. Que se lo pregunten, si no, a sus compañeras.
Llegaba a las tres, después de comer. Después de su semi-siesta habitual en el mismo mostrador, se espabilaba un poco, y entre perorata y perorata sobre su padre (o su madre, que ya hacía años que se había muerto, y supongo que por homenaje a su figura se ponía sus vestidos), llegaban las seis de la tarde.
Hora de merendar.
Como era del puño cerrado, Asun nunca compraba nada, así que se hacía la loca y picando por aquí y por allá se iba zampando, sin prisa pero sin pausa, todo lo que traían las demás compañeras de trabajo. Luego, cuando todas las demás se reincorporaban al trabajo, ella se quedaba un rato más en el comedor y acababa con lo que había sobrado.
Habían días en que la merienda sobrante era para la jornada siguiente, y claro, se encontraban las demás sin nada que comer.
Todo el mundo sabía que había sido la Asun, pero nadie osaba decirle nada. Hasta que un día, harta, la Mari Mar le cantó la caña.
El espectáculo fue mayúsculo, bronca, gritos histéricos que se oían por toda la sala… La Asun, como estaba previsto, se ofendió muchísimo, diciendo que ella no había sido, pero tú qué se había creído , acusarme a mí de ladrona, te vas a enterar… La pobre Mari Mar aún debe estar arrepentida de haberle dicho nada.
Al día siguiente, la Asun, ofendidísima (pues se acabó autoconvenciendo de que ella no había sido), cambió su horario de merendar. Se compró un paquete gigante de madalenas “La Bella Easo” (les que comprava la meva pobre mare, snif), y subía al comedor cuando las demás ya habían vuelto al tajo. Como mínimo se comía media bolsa, unas quince o veinte madalenas, y cuando bajaba, aún, de vez en cuando, se zampaba alguna más, para hacer tiempo antes de acabar la jornada.



Azúcar & Bella Easo: impagable.




Así fue la cosa durante una temporada, hasta que un buen día pensó que la cosa esta de las madalenas, a pesar de su querida madre, le resultaba demasiado cara. De modo que se pasó a los caramelos.
Un ambulatorio siempre está repleto de caramelos, que regalan los visitadores médicos en momentos débiles de generosidad. Así que, a por ellos.




Su estrategia no le duró mucho. Se los comía con tal avidez que en pocos días no tenía qué comer. Yo mismo, una vez, hice una prueba: agarré un puñado de caramelos, unos veinte, y los dejé en su lugar de trabajo antes de que ella llegara, para ver cuánto tardaba en tragárselos.
Dicho y hecho: llegó, vio y se los comió, sin dejar rastro, en poco más de cinco minutos. Una máquina.
Al cabo de poco tiempo, viendo que cada vez le costaba más encontrar caramelos, y supongo que ya convertida en adicta al azúcar, optó por la solución más drástica y directa: se dirigía a la máquina del café, metía la mano en el cajón de los azucarillos y se llenaba los bolsillos de su amada bata de sobrecitos.







Qué espectáculo tan delicioso, para la Asun...




De esta manera, durante la tarde iba vaciando los sobres (para que yo no la viera, disimulaba girando la cabeza hacia el lado contrario a mí, pero yo no llevaba orejeras), hasta quedarse sin azúcar.
Su bata, claro, porque su cuerpo andaba sobrado, cada vez más y más.

dissabte, 26 de juliol de 2008

SANDERS



Ya hace un tiempo que me parece estar dándome cuenta de que me gusta contar historias. Lo digo así, historias, para ahorrarme pensar mucho el vocablo adecuado o tener que buscar en el María Moliner que me regaló mi madre y que, por cierto, está a cuarenta kilómetros de aquí.
Es tarde.
Cuando era pequeño era al revés. Acabada la comida familiar, y mientras mis hermanos, primos o amiguetes se iban al jardín o donde fuera a hacer de niños, como está mandao, yo me quedaba un rato a escuchar lo que decían los mayores.
No entendía nada, pero me gustaba escuchar de qué hablaban. Me sentaba al lado de mi madre y de vez en cuando le preguntaba cosas que no entendía, y cada vez le hacía más preguntas, hasta que al final me miraba mal y me mandaba callar y a ir a hacer de niño, como niño que era.
Mi pregunta predilecta era:
- ¿I aquest, de què es va morir?
Y mi madre, claro, sempre preguntes el mateix, me acababa mandando a la mierda y a ir a hacer de niño, como niño que era. Ahora me encantaría que me me volviera a mandar a hacer de niño, pero es que ya hace años que no le hago mucho caso.
Luego yo subía arriba y buscaba en los libros de qué coño se había muerto la persona en cuestión. Gracias a esto, sé que George Sanders, el gran actor inglés, se suicidó en una residencia de Castelldefels en 1977, dejando una nota:
"Querido Mundo, me voy porque estoy aburrido. Siento que he vivido bastante. Te dejo con tus preocupaciones en esta dulce cisterna. Buena suerte."
Esta despedida la he leído hoy.
Qué elegancia, no?

divendres, 25 de juliol de 2008

EL TITANIC Y SU PUTA MADRE


Esto es una lámpara Titanic: ni se cae ni se hunde.

Finalmente la vi. Me pasé años esquivándola, sin querer saber nada de ella, ni tan solo asomarme y echarle una miradita, ni siquiera un mísero vistazo. Hasta que un día, después de mucho tiempo, bajé la guardia y, sin darme cuenta, me la encontré ante mis narices.
Una mujer? Quita, quita.
Me refiero a “Titanic”, de James Cameron.
Siempre he intentado no ver las películas que ganan el Oscar, más que nada porque se les da tanto bombo que al final coges aprensión y te niegas a participar del espectáculo colectivo e ir a hacer cola al cine como todo el mundo. Además, que una película gane la estatuilla dorada no garantiza en absoluto que valga la pena, aunque de vez en cuando haya excepciones, como por ejemplo “El paciente inglés”, de Anthony Minghella, que me encantó.
“Titanic” es el ejemplo más claro de lo que digo. La Academia le obsequió con nada menos que once Oscars. Y aún recuerdo cómo Cameron, al entregarle el premio a mejor director, exclamó desde el púlpito, eufórico:
-¡Soy el rey del mundo!
No te jode, el presuntuoso…
Frase copiada de la película, la dice Di Caprio en cubierta, en la proa del barco, con la diferencia de que Cameron lo dijo en serio. Un poco más y le estalla el ego y hubiera dejado las primeras filas de la platea hechas unos zorros. Lástima…
Vaya coñazo de película (María, la novia de mi novio, me corrige: peñazo, no coñazo, pero a mí me parece más gracioso así). Hacía tiempo que no me tragaba un bodrio semejante. Y encima dura tres o más horas. Me pareció, entre otras cosas, una excusa carísima montar un atrezzo semejante sólo para contar una boba historia de amor, ñoña donde las haya (la imagen del vaho en el vidrio del coche y la mano resbalando mientras retozan Di Caprio y Winslet es un monumento a la horterez), por no hablar de incorreciones históricas y técnicas varias.



Ya tiene delito, la foto. Y la escena no digamos...

En 1958 Roy Ward Baker dirigió “La última noche del Titanic”, película mucho más consecuente con los hechos reales y, afortunadamente, sin historia de amor de por medio. La escena en que los músicos siguen tocando mientras se acaba de hundir el barco es memorable.



Título original de la versión de 1958.

Pero ya empiezo a estar harto, de tanto Titanic… Parece el Aznar, que nunca acaba de irse. La última noticia, no obstante, no tiene desperdicio: han aparecido documentos de un antiguo tripulante que sobrevivió al hundimiento que demuestran que lo primero que hizo la compañía naviera propietaria del transatlántico, al enterarse de la tragedia, fue dar de baja a toda la tripulación, incluido el mismísimo capitán, para ahorrarse indemnizaciones. La explicación que dieron fue: “desembarcados en alta mar”.
O sea, que los despidieron por no estar en sus puestos de trabajo.

Sin comentarios.

dissabte, 12 de juliol de 2008

CAMINAR


Echo a andar
y un mirlo se cruza en mi camino
Los robles me abrazan con sus fuertes ramas
los eucaliptos se alejan de mi
dejando su rastro de hojas de feo marrón.
Una anciana con pañuelo y sombrero saluda
alzando su ojos al cielo
pronunciando palabras impronunciables
Todo huele a sidra
a mierda de vaca
y a riachuelo
Intento tararear una canción
pero sólo silbo el silencio
Mis pies se mueven al son
de una canción imaginaria
la melodía perfecta
Y miro las piernas que pasan ante mi
pensando a dónde irán
Mejor, dicho, a dónde iremos…

dimecres, 2 de juliol de 2008

IBN JALDUN



Ibn Jaldun era un tipo curioso. Le encantaba contar historias frente al fuego, en una noche estrellada con las siluetas de camellos y palmeras y esas cosas habituales del desierto. Tenía mucha imaginación el tío, y ese derroche de imágenes que brotaban continuamente de su mente necesitaba sacarlos a la luz, compartirlos con el mundo y la peña…
El problema que tenia Ibn Jaldun para satisfacer sus necesidades, no perentorias en este caso, sino más profundas, era que no tenia a nadie a quien contarle nada: vivía en el desierto, más solo que la una el pobre, cuidando cuatro cabras raquíticas que comían arena y algún hierbajo que otro y poco más, y que le daban el mínimo sustento y tal, leche, huevos y carne.
Bueno, huevos, ahora que pienso, pues no.
Eso sí, de vez en cuando una gallina voladora transeúnte (especie poco conocida, desgraciadamente ya extinguida) se apiadaba del pobre Ibn Jaldun y le lanzaba desde el aire un huevo, para que lo disfrutara a su antojo. La gran mayoría de veces el huevo se rompía y se freía al momento, e Ibn Jadun se lo tenía que comer todo lleno de arena, pero no le importaba, puesto que el crunch crunch que sonaba le recordaba a una vez, la única, en que comió paella.
Otras veces, pocas, tenia suerte y el huevo no se rompía: entonces Ibn Jaldun hacía un agujerito en la cáscara, metía una pajita y se bebía el huevo cual piña colada del desierto.
Sin hielo…
Cabe decir que la gallina voladora transeúnte que se enrollaba ( figuradamente) con Ibn Jaldun era siempre la misma, pues por norma esta desconocida especie de ave tenía mucha mala leche. Seguramente fue por eso por lo que se acabo extinguiendo, por borde.
Un buen día, paseando al atardecer, cuando el desierto se vuelve rojizo, rojizo, como cuando escancias una botella de vino rosado en una copa de cristal evanescente, Ibn Jaldun se sentía estupendamente: contemplando aquellas maravillosas puestas de sol, para él eran los mejores momentos del día, bueno, éstos y cuando se fumaba el trusqui de antes de dormirse.
Que no lo liaba él, por cierto. En sus largas noches en el desierto, con tanto tiempo disponible, se dedicó a enseñar a una de sus cabras, la mas espabilada de las que poseía, a como liar un cañardo. con el tiempo, Jacinta, que así se llamaba la cabra en cuestión, bueno, así la llamaba Ibn Jaldun, se convirtió en una experta en el arte de liar.

Llegó a atreverse con un tres papeles y todo.
Para una cabra no está del todo mal…
El problema vino después, cuando a Jacinta le dio por fumar también, y le gustó tanto que se propasó con el tema, y ya se sabe lo que pasa cuando uno se propasa.
Ahí si que Ibn Jaldun tuvo un problema serio.

dimarts, 1 de juliol de 2008

IÑAKI, DIEGO Y EL PREDICADOR


Iñaki Otxoa. Yo tenía un jersey como ése. Me dio una pena tremenda perderlo.


Hace unos días murió el alpinista Iñaki Otxoa en el Annapurna (8.091 m): sufrió un edema pulmonar a 7.400 m que le impidió descender hasta el campo base. Estuvo cinco días luchando por su vida en el campamento IV, hasta que su cuerpo dijo agur.
Siento una admiración (si es que siento admiración por algo) especial por los alpinistas, supongo que porque me gusta también subir montañas, aunque no he pasado de hacer algún que otro tres mil por el Pirineu. El montañero, más que estar bien preparado físicamente (que también) destaca por la gran fortaleza mental, mezcla de cabezonería y espíritu de superación personal. La lucha contra los elementos. Yo y la montaña. Ellos saben, más que nadie, que si la montaña no quiere, no subes.
Siempre me han gustado los libros de montañismo, donde cuentan hazañas de pioneros y de no tan pioneros. Recuerdo una tarde en el refugio de l’Estany Negre: mientras luchaba contra mi inseparable vagancia para ver si la convencía de ascender al Peguera (2982 m), vi una estantería con varios libros sobre el tema alpino. Agarré el primero que me pareció y empecé a leerlo. Ya no pude soltarlo de las manos hasta que lo acabé, ya entrada la noche. Era la autobiografía, más o menos, de un alemán, del que no recuerdo el nombre. Al terminar, empecé otro, creo que escrito por el gran Reinhold Meissner, el primer alpinista que subió los catorce ochomiles sin oxígeno. Evidentemente, lo del Peguera lo dejé para otra ocasión. La historia más alucinante, no obstante, fue una que leí en un libro de un tal Peter Brook: “Perdidos en el Everest. En busca de Mallory e Irvine”. Trata de la expedición, de la que Brook era el jefe, que encontró los restos de George Mallory, hace pocos años. Aparte, contaba también la historia de las ascensiones al Everest, con mucho la parte más interesante del libro.

Última imagen de Mallory e Irvine.
Cuando se realizaron las primeras mediciones del Everest, y viendo que era la montaña más alta de la tierra (8.848 m), empezó la carrera para ver quién era el primer humano en hollarla. Pues bien, un pastor protestante inglés, que se había forrado vendiendo productos vegetarianos a principios del siglo XX, predicaba que todo era posible en este mundo si uno quería hacerlo y lo deseaba de verdad: Dios y la fuerza de voluntad hacen milagros, y esas tonterías que dicen los predicadores. No contento con eso, se propuso dar ejemplo y decidió escalar el Everest. Sin experiencia en el campo del alpinismo, su entrenamiento se limitó a un par de semanas realizando excursiones por las montañas de Gales, la más alta de las cuales a duras penas debe medir mil metros (y hablando de Gales, para quien no la haya visto, recomiendo vivamente la película “El hombre que subió una colina pero bajó una montaña”: entrañablemente maravillosa, a pesar de Hugh Grant). Su plan era muy sencillo: volar en un avión hasta la base del Everest, estrellarlo y subir a la cima. Así de simple. Como el pastor se dedicó a publicitar su gesta, y viendo que eran ideas propias de un iluminado, el gobierno inglés le denegó el permiso de vuelo. Eso no arredró al predicador, y finalmente consiguió tener un avión, el cual despegó de Inglaterra sin permisos, salvoconductos ni nada de nada.
No se cómo lo logró pero, con un avión de esa época, hasta que éste dijo basta, consiguió llegar hasta el norte de la India, casi en la frontera con Nepal. Desde donde abandonó el aparato, no obstante, aún quedaban más de mil kilómetros hasta llegar a las estribaciones del Everest. Ni corto ni perezoso, el pastor montañero recorrió semejante trayecto a pie, solo, y tras unas cuantas semanas llegó a la base de la montaña. Al cabo de pocos días, muy mal equipado pero con más moral que el Alcoyano, inició la ascensión.
Y nunca más se supo de él.
Según parece, se despeñó y cayó en un glaciar. Los movimientos cíclicos de éste provocan que periódicamente el cuerpo del pobre pastor visionario aparezca a los ojos de alpinistas que ascienden al Everest, para más tarde volver a desaparecer.
Y toda esta historia… ¿A santo de qué viene?
Pues viene de que la muerte de Iñaki Otxoa me ha recordado a Diego García. Para quien no le suene, Diego García fue medalla de plata de maratón en el Campeonato de Europa de Atletismo de 1994 , junto con Martín Fiz (oro) y Alberto Juzdado (bronce).
Siempre me han parecido los maratonianos hechos de la misma pasta que los alpinistas.
En el año 2000 fui con Eva, mi pareja de entonces, al refugio de Gabardito, situado en lo alto del valle de Echo (Huesca). Lo regentan unos amigos de ella, Carmen y Patxi, y ya hacía tiempo que nos habían invitado a pasar unos días en su compañía. Ella, un encanto de mujer, en todos los sentidos, y él, un vasco abierto y locuaz, de Azpeitia, alpinista y aventurero: llegó a subir a la cima del Broad Peak (8.047 m), y no hace mucho realizó la travesía Cabo Norte-Tarifa, en canoa, esquí de fondo y bicicleta. La hazaña (lo es) la patrocinó la tienda que acababa de inaugurar Eva, un sex-shop, y en ocasiones, durante el viaje, los miembros de la expedición hinchaban una muñeca hinchable (perdón por la redundancia) y la paseaban por los lugares por donde cruzaban. Eso fue, de hecho, a lo que se redujo el patrocinio del sex-shop.

Interior del refugio de Gabardito. Ahí cenamos.
El segundo día, per la tarde, le digo a Patxi:
- Bueno, y qué cenamos hoy? Bajo al pueblo a comprar algo?
- No, no hace falta. Hoy tenemos invitados, y traen ellos la comida. No te preocupes por nada.
- ¿Ah, si?-, respondí. Cuando me encuentro en el monte me vuelvo un poco más huraño de lo habitual, así que no me hizo especial gracia tener que trabar nuevas amistades. Patxi debio percibir algo en mi cara, porque enseguida me dijo:
- No te preocupes, Llorenç, son amigos de mi pueblo, de Azpeitia. Son de puta madre, ya lo verás. - No, si no digo nada, me parece muy bien. Además, si son amigos tuyos seguro que lo son-, disimulé.
Aquella tarde la pasé leyendo en el refugio: empezó a nevar un poco y no me apetecía mucho salir, y a Eva tampoco.
Ya había oscurecido cuando llegaron los amigos de Patxi. Eran tres. Uno, Asier (le llamaré así-er porque no recuerdo su nombre), el típico vasco grandote con cuerpo de buen comer y voz grave, profunda y rotunda. Los otros dos eran todo lo contrario, bajitos y delgadísimos, sobretodo uno: Diego García. Como tampoco me acuerdo del nombre del último amigo, le pondremos Iñaki, como mi padre.
Vinieron bien cargaditos: chuletones, chorizos, ensaladas, vino, whisky y no sé cuantas cosas más. Patxi y Carmen se metieron en la cocina y se pusieron a prepararlo todo, mientras los demás poníamos la mesa y nos tomábamos unos zuritos de vino rosado, y de paso rompíamos el hielo ( que no estaba en el vino, que conste).
En seguida el hielo se desheló, claro. Patxi y Carmen trajeron la comida y qué voy a decir de los chuletones vascos y demás: estaba todo delicioso. Entre bocado y bocado íbamos conociéndonos todos un poco más, y fue cuando me enteré de que Diego era Diego García, el del trío maratoniano.
No sé porqué será, pero uno siempre se imagina a la gente que admiras de una manera diferente, como superior, que está un poco por encima de ti. Es por eso, al menos en mi caso, que no me gusta admirar a nadie. Y Diego podría ser cualquier cosa, pero por encima de mí no estaba. Yo era bastante más alto.
Como me gusta mucho el tema y nunca había conocido a un corredor de maratón, y el rosado y el tinto de Somontano ya habían liberado mis correas personales, empecé a hacerle preguntas sobre atletismo. Bueno, tampoco le hice tantas, porque Diego estaba encantadísimo de hablar de lo suyo.
Qué tío, no he visto a nadie jamás con tantas ganas de vivir. Acababa de retirarse, como profesional, con treinta y nueve años. Un mes antes corrió su última maratón en Seúl, donde quedó segundo, detrás de un coreano.
- En Corea y Japón los corredores somos como semi-dioses. ¡Teníais que haberlo visto, miles y miles de chinitos gritando como locos, dentro del estadio! Entramos el coreano de los cojones y yo, juntos, en la vuelta última, y nos pegamos un sprint de la hostia, y al final el hijoputa me ganó casi en la misma línea, mecaoendios!!-, decía, riéndose como un cosaco.
Yo le iba preguntando cosas, y de paso me hacía el chulo de lo mucho que sabía de atletismo:
- Y qué, el Gebresselassie?
- Hostia, ése come aparte, la madre que lo parió! Nos mete una paliza a todos antes de empezar.
- Pues ahora le ha salido el Bekele, dicen que es tan bueno como él. Quizás es por eso que ya ha anunciado que se pasa a la maratón, así no pierde.
- Jajaja!! Pues claro que es por eso!! Y porqué te crees tú que yo me acabo de retirar?-, y se partía la caja, y todos nosotros con él.
La cena transcurrió entre buen rollo, risas y más risas. Diego incluso se atrevió a intentar fumar marihuana que yo llevaba, pero, como no había probado un solo cigarrillo en su vida, no sabía ni aspirar el humo. Eso también le pareció muy gracioso, no paraba de reír.
- Creo que a ti no te hace falta fumar-, le decíamos.
Y aún se reía más.
Al final, se acabó el vino y el pacharán, y nos fuimos a dormir. A la mañana siguiente nos levantamos pronto, nos calzamos las raquetas de nieve y nos dimos un paseo hasta Aguas Tuertas, una explanada en las alturas, repleta de meandros. Diego no había usado jamás unas raquetas, y en la ascensión perdió una, pero el tío no se enteró hasta que volvimos a Gabardito. Después de comer, cogimos los esquís y hala, a practicar esquí de fondo. Yo, que no tenía ni tengo idea de esquiar, en comparación con él era Ingemar Stenmark. Se cayó infinitas veces, pero siempre se levantaba del tortazo con una sonrisa, o una carcajada.
Más tarde, él y sus amigos, se volvieron a Azpeitia. Nos despedimos con la típica promesa de volver a vernos.
Eva y yo nos fuimos al cabo de un par de días, y seguimos la ruta de los valles pirenaicos hasta Pamplona. Luego nos volvimos a Barcelona.
Al cabo de poco tiempo, leí en el periódico que Diego García había muerto entrenando, de un ataque al corazón, en Azpeitia.
Me sentí como si se hubiera muerto un amigo del alma.


Diego García, cuando quedó subcampeón de Europa.
Desde aquí un recuerdo para los dos (para el reverendo también, venga).

A VECES




A veces unas pocas cosas nos hacen felices
sin motivo:
El abollado pozal de hojalata en plena lluvia primaveral
bajo el cerezo en flor
justo antes de que comience a clarear.

O las botellas de vino tinto
que tiramos por la ventana anoche en la borrachera
justo después de...
Y a veces las mismas cosas nos hacen infelices
por el mismo motivo.






Henrik Nordbrandt