dimarts, 9 de desembre de 2008

EL SEÑOR BUENO


Al señor Bueno todo el mundo le llama señor Bueno. Todo el mundo. Sus amigos, vecinos, compañeros de trabajo, Antonia la quiosquera, Vicente el del bar, Ceferino el del estanco…
- Buenos días, sr. Bueno. Paquete de Ducados?
- Dame un cartón, Cefe, así ya no te veo la cara durante unos días.
El estanquero ya conoce el peculiar carácter del sr. Bueno, así que no le da mayor importancia a sus comentarios.
-Bueno, bueno, sr. Bueno, son veinticinco euros.
El sr. Bueno paga y se va sin abrir la boca.
Es hombre de poco hablar, el sr. Bueno.
Sus hijos y su esposa también le llaman señor Bueno, aunque han conseguido quitarle el señor, por aquello de la familiaridad y de la sangre.
- Bueno, a la mesa, que la sopa se va a enfriar!
- Bueno, me dejas el coche? Tengo que ir al Ikea y tu coche me mola más, caben más cosas.
- Bueno, puedes hacerme de canguro esta mañana? Tengo que ir a la pelu…
- Bueno, bueno, Bueno… A que me vas a dar cien euros para que vaya al mercado?
Nadie sabe el nombre de pila del sr. Bueno.
- Oye, tú sabes cómo se llama el sr. Bueno?
- Pues señor Bueno, no?
- No, de nombre.
- Pues ni idea, ya ves tú.
Y el señor Bueno sigue siendo señor Bueno.
El señor Bueno, aunque parco en palabras, sabe escribir. Gracias a esto, conoció a su futura esposa.
Cuando estaba haciendo el servicio militar, tenía un compañero de armas que no era muy ducho en el arte de la escritura. Éste, viendo que el recluta Bueno (supongo que aún no le llamarían señor) tenía facilidad para la pluma (no pensar mal), le pidió que le escribiera las cartas a su novia, la cual vivía en un pueblecito perdido de la provincia de Teruel. El recluta Bueno accedió amablemente, y durante meses redactó cartas de amor a una mujer a la que no conocía, en nombre de su colega.
Cuando acabó el servicio militar, los dos consiguieron un trabajo en Australia. Allí, con el tiempo, el amigo se enamoró de una australiana y se olvidó de la turolense. El ya señor Bueno, mientras tanto, trabajó durante tres años allí hasta que se hartó, y se volvió a España.
Al llegar, recordó las cartas escritas a la antigua novia. Ni corto ni perezoso, agarró un autobús, se presentó en el pueblo de aquélla y le propuso sin más miramientos que, ya que el otro la había plantado y estaba sola, pues que convirtiera en la novia de él.
La moza, que casi no se había movido del lugar donde nació, vio la oportunidad de abandonar la aburrida vida que llevaba, y se imaginó recorriendo medio mundo, conociendo culturas nuevas y esas cosas.
Y aceptó.
Se fueron a Barcelona, la muchacha del pueblo se convirtió en la señora Bueno, y tuvieron dos hijos.
De viajes y aventuras, nada de nada. No se han movido de Barcelona, en treinta años.