dimarts, 10 de març de 2009

EL GENIO DE LA LLÀNTIA (apéndice)



El genio, con sus vergüenzas al aire, se acercó a un anticuario para vender la lámpara, pues necesitaba dinero para comprarse unos gallumbos. Entonces pensó: “qué gilipollas soy, antes podía haber pedido un deseo para mí mismo, como un poco de dinero para dietas y gastos varios, joder. Ahora me da pena desprenderme de mi antiguo hogar”. Con tantos años allí encerrado le había cogido cariño, a la dichosa lámpara.
El anticuario hizo como que no veía la desfachatez impúdica de aquel tipo, ya que aquella oferta le pareció un posible negocio. Le compró la lámpara a un precio irrisorio, aunque a Bernardo, el antiguo genio, le pareció bien, pues antes había pasado por una tienda de gallumbos y aquello le daba para un par de ellos.
La mujer de la tienda, al ver entrar a aquel hombre de esa guisa, soltó un alarido de estupor, escándalo y vergüenza, y se escondió en la trastienda, donde guardaban todas las bragas. La otra dependienta, más joven, liberal y mujer de mundo, sonrió (vete a saber porqué) y le vendió dos calzoncillos, uno mil rayas y el otro verde pistacho, tipo boxer.
Horrorosos los dos, por cierto.
Pero como Bernardo, fuera de su lámpara, no se enteraba de nada, pagó y salió ufano a la calle luciendo sus gallumbos nuevos de trinca.
Cruzó la calle sin mirar (no tenía esa costumbre) y claro, en ese momento pasó el camión del butano a toda pastilla, aplastando al antiguo genio. Al conductor le acababan de llamar desde la clínica, su mujer había dado a luz y se iba pitando hacia allí, a celebrar más superpoblación en el mundo.
Al pobre Bernardo no le dio ni tiempo de pensar: “joder, si lo sé me quedo en la lámpara”.
La dependienta más joven salió al oir el golpe y al ver aquello lloró desconsoladamente, pues había visto algo en el genio difícil de ver en otros hombres.
El destino no le dio tiempo a comprobar nada...
“Jo”, pensó la mujer mientras se enjugaba las copiosas lágrimas con unas bragas de manga larga.