dimarts, 3 de març de 2009

LA COOPERATIVA




Todo lo verde me encanta, en todos los sentidos. Pero me da mucha rabia pedir una ensalada y que me pongan lechuga iceberg o tomates de los invernaderos de El Ejido, que tienen gusto a persona que no te cae bien.
Si comes fuera, es algo a lo que te arriesgas. Como soy muy educado y no me gusta liarla por los sitios y porque hay que comer, me lo trago y punto. O no, pero tampoco me quejo al camarero.
Pago e igual no vuelvo.
Cuando necesito verde para mi casa, siempre procuro ir a la cooperativa de pagesos que hay frente al Ateneu de mi pueblo. Tienen un local muy amplio, supongo que antiguamente deberían ser unas caballerizas o cuadras, no sé. La entrada es un gran arco. Me encantan los arcos y todo lo que lleve curva, que sea meandroso, sinuoso, como el Sinuhé ese de Egipto. De hecho, creo que la vida es eso, una curva tras otra, pero sin señales de tráfico que te indiquen si se va a dirigir hacia la derecha o hacia la izquierda, o paquí, o pallá.
En fin, sigamos.
La tienda de la cooperativa de pagesos vende, principalmente, pues eso, verduras, hortalizas, fruta, legumbres. ¿Qué iba a vender, microprocesadores de litio a 1,85 € el kilo? Pues no. Vende verde, y del bueno.
Tan bueno que tiene vida.
El otro día fui a comprar para hacerme una ensalada nocturna. Es lo que suelo cenar, a no ser que me dé un ataque pantagruélico. Entré y agarré una cesta de mimbre, de las de recoger setas, que allí hace las veces de carrito del Pryca de los cojones. Pasé por donde las lechugas largas y pensé: “anda que no,vaya lechugas más estupendas”. Medían dos palmos de largo por lo menos, las hojas parecían sábanas verdes, un verde intenso. Al acabar de pensar la frase, la caja donde se encontraban se removió sola y, para mi sorpresa, dos lechugas saltaron solas al cesto.
- ¡Anda, mira qué bien!-, exclamé, sorprendido. Las futuras ensaladas se acomodaron en un rincón del mimbre. Se las veía muy contentas.
Continué la ronda y vi otra caja repleta de rábanos del tamaño de mandarinas. Debieron percibir mi grata atención, porque al momento un manojo de ellos pegó un brinco, se colocó junto a sus compañeras de cena y se pusieron a charlar animadamente. No hablo el verdurés, pero por el tono deduje que se lo estaban pasando de maravilla. Luego me acerqué a los pepinos, gordos como... (bueno, dejemos el símil) y al momento tres de ellos se unieron a la conversación cestera. Durante mi paseo por el local de la cooperativa lo mismo hicieron un apio esplendoroso, cuatro imponentes tomates verdes y tres cabezas de ajos blanquísimos, prístinos.
Yo estaba encantado con la compañía, aunque no entendiera un pijo.
La señora de la caja era una pagesa, de unos sesenta años. Llevaba el pelo corto, canoso, sin teñir, y la cara surcada de arrugas por el sol, como buena pagesa que era. Vestía una bata de color indefinido, estampado con pequeñas flores, que ocultaban su figura no precisamente esbelta.
Puse el cesto de mimbre sobre el mostrador, mientras las verduras seguían a lo suyo, charlando como cotorras cejijuntas de la cuenca del Orinoco. Le pedí a la señora que me cortara el apio en dos trozos, ya que era muy largo y no me cabía en la bolsa que llevaba. Ella asintió sin abrir la boca (era de las pagesas que hablan poco, como debe ser), agarró el apio en cuestión y lo partió de un solo gesto con sus trabajadas manos.
Entonces sonrió abiertamente y aspirando el aire y sin dejar de mirar a la verdura dijo:
- Este apio huele como los dioses.
Si los dioses existieran y olieran a algo, seguramente desprenderían un aroma parecido.
Le contesté que tenía toda la razón del mundo, pagué y me fui a casa a prepararme la cena.
Los tomates, lechugas, pepinos, ajos y apios (ahora eran dos) dejaron de parlotear en cuanto salimos juntos de la cooperativa.
Pero no se les veía tristes, sino todo lo contrario: seguían todos esplendorosos, dejando por el camino un olor a persona que te cae bien.