dimarts, 27 de novembre de 2007

dilluns, 12 de novembre de 2007

LUCRECIO

Lo de Lucrecio tuvo cojones. Anteayer se levantó de buena mañana para ir a trabajar, como cada día, y, después de andar tres cuartos de hora, cuando llegó al metro se dio cuenta de que se había olvidado la cartera y no llevaba dinero. Para no volver a su casa, mendigó un poco por la estación, y al cabo de poco consiguió el suficiente dinero para comprarse un billete. Lucrecio, viendo que le había ido bien la cosa, siguió mendigando un rato más hasta que tuvo para conseguir un abono múltiple.
Ya iba a pedir a la peña para una lavadora, cuande se acordó de que llegaba tarde al trabajo.
Así que se subió al vagon a toda prisa. Mientras pensaba en lo que le iba a contar a su jefe, entre Urquinaona y Arc de Triomf de golpe se paró el metro y se fue la luz. El vagón estaba a rebosar, pero Lucrecio, hombre práctico, se las apañó para buscarse un rinconcillo y quedarse dormido, pues tenía un sueño del copón.
Cuando ya estaba en el limbo (y eso que ya no existe), alguien le despertó de una hostia en la cara. Lucrecio, sobresaltado, miró y miró y por mucho que miró no vio nada: aún no había vuelto la luz, y el vagón seguía parado. Mientras sopesaba si liarse a guantazos a oscuras o qué, porque no veía otra opción, la electricidad volvió, y con ella también la luz, y el metro reanudó su marcha.
Lucrecio se lo pensó mejor, le daba apuro montar un cirio en el metro, con tanta gente y a esas horas. En la siguiente parada se apeó.
Lucrecio pensó entonces que en coche llegaría antes. Pero sólo tenía un abono múltiple y eso no servía para un taxi, así que recordó lo bueno que era mendigando y se puso a ello en plena plaça Catalunya. Realmente se le daba bien, pues recaudó en media hora el triple que un fontanero en ocho, que ya es decir, y ya estaba pensando en la decoración de cuando tuviera su chalet cuando, para variar, pasaron por allí los mozos, quienes iban a ser…
Tal como estaba previsto, se lo llevaron a comisaría, y tras prestar declaración le dejaron ir, no sin antes mendigarle diez euros al sargento para coger el autobús y comerse un bocadillo de chistorra.
Como aún tenía el abono múltiple, Lucrecio se guardó los diez euros y se fue andando a casa. Estaba a un par de horas, pero ya no tenía prisa. De vez en cuando, por el camino, pedía un poco, así para distraerse, y con la tontería cuando llegó al barrio tenía más de cincuenta euros en palanca.
Y pensó, mirando el dinero, que había descubierto su vocación, y que mañana ya vería qué hacer.
Entonces Lucrecio entró en el bar, donde estábamos toda la peña, pagó unas cuantas rondas y entre quintos, risa y más quintos nos contó esta historia.
No sé si vio qué hacer al día siguiente. Aún no se ha levantado.

CARTA A UN JOVEN ESPAÑOL

Queridísimo Ceferino:
He releído más de cincuenta veces tu carta, y una y otra vez he debido rendirme a mis impulsos más primarios y libidinosos, hasta llegar irremediablemente al éxtasis más profundo.
Llevo cincuenta y extraño es que no haya ídoseme la cuenta.
Esta situación resolverse debe con la mayor celeridad posible en aras de nuestra salud, caballo mío. Mi ansia es tal que no se detendrá hasta que tres semanas enteras cabalguemos juntos, sinténdome ensartada por tu trabuco ardoroso.
Es tal mi desesperación que si, llevado por tu ímpetu animal, llegara tu ariete a reventarme los cuencos de los ojos, mi dicha sería igual de placentera, y no me importaría en absoluto pasar a formar parte del mundo de las tinieblas, siempre que tu poderoso cilindro me engatillara igualmente cuantos turnos fueran posibles.
Ansiosa y chorreante te esperaré con todo abierto, incluso la ventana, mañana al anochecer, veinte minutos después de que háyase puesto el sol.
Y, sobretodo, no te olvides, mi macho español, acudir a la cita acompañado de nuestra amada bandera rojigualda, para envolvernos en ella mientras fornicamos salvajemente, como buenos católicos que somos.
Y que lleve el águila de San Juan, pues eso ya me desata del todo.

Tuya que jadea,

María José Aznar, doncella del Reino de España.

dilluns, 15 d’octubre de 2007

La Conversión

Venancio era ateo. Lo había sido casi desde que nació, pues sus padres y toda su familia cercana eran de lo más izquierdoso y escéptico. Ni se le bautizó, y se le educó en otro tipo de valores morales y éticos, sin un Dios de por medio.
Así le educaron y así fue creciendo, sin pisar jamás una iglesia. Razonaba los problemas mundanos y no tan mundanos desde un punto de vista racional, empírico e incluso científico; en su mente no tenían cabida motivos o razones espirituales, ni explicaciones inexplicables al estilo misterio de la Santísima Trinidad, que no la entiende ni el mismo Dios.
Así funcionaba Venancio, y no le iba mal la vida, precisamente.
Hasta que, mira por dónde, mientras se dirigía hacia el bar a tomarse su quinto después del trabajo, como hacía cada tarde, a Venancio se le apareció la Virgen en la esquina de la mercería. Como lo oyen. La mismísima Virgen del Loreto.
“A dónde me meto”, pensó Venancio.
La aparición le dijo con voz solemne que abrazara la causa del Señor , pues Dios existía realmente, y como Venancio, a pesar de su sorpresa, no se lo acababa de creer, la Virgen llamó a Dios, y éste, ni corto ni perezoso, se presentó allí, en la esquina de la mercería.
Dios le hizo una demostración de milagros y le llenó la cabeza con palabras y música celestial, hasta que finalmente Venancio se convenció de que Dios existía realmente.
Éste y la Virgen del Loreto desaparecieron de la esquina de la mercería, satisfechos de haber convertido a un descreído, y dejando al pobre Venancio sumido en la total incertidumbre.
“De modo que Dios existe… Y este Dios permite, en su infinita sabiduría y misericordia, que existan guerras, hambre, catástrofes naturales, torturas, asesinatos, genocidios y no sé cuantas cosas más”…
“Pues vaya mierda”, pensó Venancio.
Así que se fue al tren y se tiró a la vía, en el preciso momento en que pasaba el expreso de Shangai.

divendres, 12 d’octubre de 2007

dissabte, 28 de juliol de 2007

Jacinto se fue a la guerra

Jacinto se fue a la guerra. Básicamente lo hizo porque era soldado profesional, estaba haciendo la mili en el momento de la profesionalización del ejército y como no tenía trabajo en su pueblo se alistó para poder comer y ganarse unos dinerillos, Además se le daba muy bien pegar tortazos y pelearse, cuando era pequeño repartía que no veas, y cuando empezó a frecuentar las discos montaba una bulla sábado sí, sábado también.

En el ejército no lo aceptaron a la primera, ya que Jacinto era un poco corto y no superó los tests psicológicos. Pero como no se cubrieron las expectativas de alistamiento, ya que el que piensa un poquito pues no se alista al ejército ni a demás cuerpos represores, tuvieron que bajar el nivel, y así, al cabo de cuatro o cinco exámenes suspendidos y gracias también a su tesón, por fin pudo Jacinto entrar en el ejército.

Jacinto se sintió feliz. Había logrado realizar su sueño. Siempre le habían atraído los uniformes y los desfiles, todos allí como borregos haciendo los mismos movimientos y las mismas tonterías. Quizá venía todo de cuando en el pueblo hacía de pastor de las ovejas de su tío, hasta que éste se hartó de tanto balido y tanta hostia y las vendió todas, quedándose Jacinto sin trabajo.
Al haber hecho ya la instrucción, en seguida le dieron un destino, entrando como soldado raso en la compañía de zapadores, esos que buscan minas. Jacinto eligió este cuerpo porque le recordó de cuando buscaba trufas con el cerdo amaestrado de su tío, hasta que éste se hartó de tanto cochino y tanta hostia y se lo vendió, quedándose Jacinto sin trabajo.
Pero como no había nada que zapar en el cuartel se pasaba el día en la cantina militar poniéndose como los ninjas de anís Chinchón, pues no había mucho que hacer allí aparte de aburrirse y limpiar las armas y esas cosas. De vez en cuando los mandos montaban un desfilillo y entonces Jacinto se ponía más contento aún que con el anís, y hasta era feliz y todo.
Otras veces, para distraerse, ya que no se iba a poner a empezar a leer con la edad que tenía, se liaba a piños con los compañeros de armas, tan listos como Jacinto por lo menos, y como todo quedaba entre ellos y además el sargento también le daba al Chinchón que no veas y a veces incluso hasta participaba en las hostias, pues todo quedaba en agua de borrajas.
Un día estaba Jacinto en la cantina copa de anís en jarra, evidentemente, cuando vio por el telediario a un señor vestido de negro con bigote, con la bandera del país detrás. Decía que su país iba a entrar en la guerra de Irak para ayudar a los USA a derrotar el terrorismo y para derrocar a a la dictadura de Sadam Husein. Jacinto se preguntó quién coño era ese tío tan bajito con cara de mala leche perenne, y quién era también Irak, Sadam y Husein. En seguida se enteró, ya que toda la cantina, o sea el grueso de la compañía (todos estaban en el bar dándole al Chinchón), empezó a saltar y a dar gritos de alegría, y le contaron a Jacinto que iban a entrar en combate en un país muy lejano llamado Irak, y que iban a pelear contra los moros, como en los tiempos de la Reconquista. Jacinto no tenía ni idea de quién coño era la Reconquista esa, pero le pareció bien, como Dios cuando creó el mundo.
Aquel día de celebración Jacinto pilló una de las bolingas más imponentes de su vida.
Tras unos cuantos días de recuperación post-etílica y de preparación del viaje, al fin partieron en busca de su objetivo, que aún no sabían dónde estaba. La despe fue muy emotiva, las madres llorando por sus hijos que se van al frente, etc, etc. Jacinto, como no tenía padres (su padre se murió de una pedrada accidental que nunca se supo de dónde vino y su madre de una intoxicación de setas) el tema sentimental le daba lo mismo, pero se quedó maravillado con la escena. Era clavadita a las despedidas de las películas de guerra que veía de pequeñito y de no tan pequeñito, y casi se le saltan las lágrimas.
Finalmente, después de toda la parafernalia lagrimal, se montó la compañía entera en un avión Hércules hecho polvo y partieron en pos de su destino.

Fin del capítulo I.

Felipe Pringao detective privao (cap. V)

EL CASO DE LA BANDERA DE MONTJUICH (con hache).

El hombre entró a saco en mi despacho. El muy bestia casi se carga el marco de la puerta del portazo que pegó. Estaba gordo, muy gordo, sudaba como un cerdo, llevaba bigotillo fino, gafas de sol de ésas que te reflejan el careto y el pelo engominado y peinado hacia atrás. A pesar de tamaña estampa me mantuve impasible, observándolo detenidamente, y en un plis plas decidí que me daba muy mal rollo.
Pero que mucho.
Me empezó a soltar su perorata gritando y gesticulando como un energúmeno, expulsando capellanes por toda la oficina. Le dije que si no bajaba la voz le iba a atender su prima, que a mí no me gritaba ni Dios… José Antonio Alcázar, que así se llamaba el tipo, me replicó que él era muy macho y que su hombría implícita le impedía bajar el volumen, con lo cual y a la vista de que casi estaba en números rojos le indiqué que saliera al pasillo y desde ahí me gritara lo que le diera la gana.
José Antonio Alcázar era, como se dice vulgarmente, un facha. Hijo de legionario que sirvió junto a Franco en África, participó en la División Azul como manicura del general Muñoz-Grandes y fue condecorado por el mismísimo perro de Hitler con la Cruz de Hierro de primera clase por salvar a su perro, miembro de Falange, Fuerza Nueva, Triple A, amigo personal de Blas Piñar, Ynestrilllas padre, Milans del Bosch y demás elementos.
Una monja, vamos…
Me contó que, tras la muerte del Glorioso Caudillo, España había caído irremediablemente en el abismo judeo-masónico, la amenaza marxista y el infierno comunista; ellos, los salvadores de la patria, habíanse visto obligados a refugiarse en sus nostalgias de los tiempos aquellos en que la madre patria funcionaba como Dios manda. José Antonio Alcázar padecía, según decía, una profunda depresión desde hacía ya veinticinco años, mitigada por los recuerdos y objetos recopilados durante tantos lustros de bienestar y progreso: sables, espadas, uniformes de la guerra, discos de piedra con el “Cara al Sol” interpretado por el mismísimo Serrano Suñer (q.e.p.n.d.), discursos de Franco en directo, etc, etc…
Y la bandera, la joya de la colección, el estandarte rojigualdo de la verdad suprema con el Águila de San Juan al frente, que presidió toda ufana ella el desfile de la Victoria de Barcelona, en 1939.
Pues bien, ésta había desaparecido.
Me pidió, gritando, claro, que por el amor de Cristo Rey la recuperara, ya que si no fallecería de pena o haría alguna tontería, pues no podía sonarse sin otra cosa que no fuera su bandera querida, su reliquia, su amor…
Le referí mis honorarios, y aceptó y yo acepté a mi pesar, pero sólo si me pagaba en duros del rey, no de Franco, a lo cual, a regañadientes dio su consentimiento…
Me puse en seguida manos a la obra: el primer paso era infiltrarme en los grupos fascistas de marras: frecuenté el Valle de los Caídos, la Casa del Legionario, me afilié a La Falange, entablé amistad con el hijoputa del Ynestrillas hijo e incluso me aprendí de memoria el “Caralsol”, además de dejarme bigotiyo y llevar gafas oscuras…
Joder, lo que hay que hacer por la pasta!!
Pero todos los esfuerzos realizados no me conducían a ninguna parte, ya imaginaba que lo tenía crudo pero no tanto, ni una maldita pista: Estos cabrones son impenetrables, caramba…
Un día, harto ya, me acerqué al Museo Militar de Montjuich(con hache); quizá allí supieran algo. Los bedeles de estos lugares, como cobran una miseria, se dejan untar con una facilidad pasmosa, y me dediqué a ello, claro.
Y bueno, tras varias untadas, la encontré: En la sala llamada del Movimiento allí estaba, en primera fila, como si recordara tiempos pretéritos: El bedel, un tipo de Frejenal de la Sierra según me dijo, me contó que el tal Ynestrillas se la vendió al director del museo por 1000 duros de Franco. El tío se la había robado a un compañero de ideales, un coleccionista fanático de símbolos y demás chorradas franquistas.
Ese compañero era, en efecto, José Antonio Alcázar…
Y como no tenía ya más dinero para sobornos, y estando solos, pues quién coño iba a ir a un museo como éste, le metí cuatro hostias al bedel, dejándolo estabornido al instante, y me agencié la bandera en un tiquitaque.
Y me fui tranquilamente ya que sabía que no podían denunciarme por robar un objeto ya robado (cosa que no es cierta, pero bueno, teóricamente si…)
Quién roba a un ladrón tiene 100 años de perdón, dicen.

(Tampoco me creo nada, pero aquí acaba este capítulo).

Ah, le pasé el trapo de los huevos al Alcázar, mi cliente, cobré y todo, y afortunadamente no lo he vuelto a ver, pero me temo que no tardará en aparecérseme.
Es la putada de ser detective privao, que siempre tienes estas sensaciones tontas.

Felipe Pringao detective privao (cap. IV)

Era una mañana brumosa, brumosa, triste, de pinícula inglesa… Había estado lloviendo durante seis días, sin apenas asomar el sol, y el viento soplaba con fuerza, salpicando con fuerza la lluvia contra los cristales de la ventana de mi oficina. Ello hacía que pensara en otra cosa parecida, pero no me apetecía ir al lavabo… Me había dejado influir por este tiempo de perros, y mi moral estaba cada vez más por los suelos. Además la noche anterior me dopé, así que tenía el bajón y encima no pude apenas pegar ojo.
Y me sentía solo. Muy solo. Hacía una semana por lo menos que nadie aparecía por la oficina y el teléfono apenas había sonado: sólo un capullo llamó a las cinco de la mañana y se había equivocado de número. Encima. La soledad me oprimía y mucho, así que resolví contratar una secretaria, al menos me haría compañía. También me podía comprar un loro, pero me hacía más gracia una chati.
Es la verdad.
Así que llamé al periódico para poner un anuncio de trabajo: “Se necesita secre, a poder ser de muy buen ver, para agencia de detective privao. No imprescindible experiencia. InteresadAs llamar al 555 3104”.
Puse los pieses sobre la mesa, encendí un cigarrito, me serví un whisky (esta vez un Dimple) y esperé.
Quién dijo que me sentía solo? Yo, no? Pues me equivoqué: Al día siguiente se me llenó la oficina de mujeres. La cola llegaba hasta el Prica, situado a cuatro kilómetros: En un solo día entrevisté a 2752 posibles secretarias, acabé reventado; no sabía yo que hubiera tanto paro, caramba.
Debería empezar a leer algún periódico un día de éstos…
Por fin me decidí y contraté a la candidata número 1432: Se llamaba Fátima Tabaco, pero no fumaba. La seleccioné porque estaba que te cagas, para qué me voy a engañar a mí mismo. También porque sabía contar historias, como la Scherezade ésa de las Mil y Una Noches, y con eso ya tenía suficiente.
Además aceptó las condiciones económicas sin rechistar, y eso que era un asco de salario. Le dije que la esperaba mañana mismo, a las nueve en punto.
Las nueve en cuestión y Fátima Tabaco, mi nueva secretaria, aún no había aparecido… Bueno, pensé, con este tiempo puede haberse retrasado, es normal. Pero llegaron las diez, las once, las doce, la una y unas cuantas más, y yo seguía esperando…
Ya empezaba a estar hasta… Hasta que, a las diez de la noche, al fin, sonó el teléfono. Una voz de cazalla habló al otro lado del hilo. Me decía ésta que si quería volver a ver viva a mi nueva secretaria, Fátima Tabaco, que por cierto no fumaba, debería llevar un maletín de color fucsia con medio millón a la esquina de la calle SanBenito Puto con la Avenida San Millán de los Cogollos, y que esperara allí.
Le respondí que vaya putada que me estaba haciendo, con el tiempo que hacía fuera. El cazalla me contestó que él ya se había empapado, y que no había para tanto, y que yo mismo: Tenía media hora justa para estar en el punto acordado.
Y colgó.
Me pregunté que qué me importaba a mí que el tío se hubiera mojado, y muy a pesar mío me dirigí al coche con un maletín de color fucsia pintado con plastidecor. Quién iba a comprar algo así? Yo no, desde luego, faltaría más. Y tuve suerte que aún me quedaba pasta de la herencia en palanca, y más tuvo Fátima Tabaco de que yo la tuviera.
Ya me estoy liando…
En fin, cagándome en todo me dirigí andando, sin paraguas, al punto acordado, calándome hasta los huesos. De la que caía apenas sabía qué dirección tomaba, pero al final conseguí llegar a tiempo a la esquina de marras. Y allí no había nadie.
Bueno, si, estaba yo, el listo. Lo que sí había era una nota escrita con spray en la pared que decía: “Ahora dirígete al barrio del Copón, a la calle General Tufillo, esquina Taladro. Y ojito que te estamos vigilando”. Estaba yo que trinaba ya y seguía lloviendo a capazos, pero me fui pallá.
Cuando llegué a General Tufillo tampoco había nadie, y encima no encontré ni un solo taxi, cosa normal en el Copón, y más lloviendo a mares. Otra nota pintada en la pared decía así: “Pareces un bacalao remojao, matao. Vete ahora a la calle Chicle esquina Pegadolsa y espera. Y recuerda que te estamos controlando”. De allí de nuevo me enviaron al paseo del Cepillo , de ahí a la calle Deshollinador de Boston, y de ésta a la calle La Madre que me Parió.
Tampoco aparecía nadie, así que, harto ya de ir arriba y abajo, saqué un rotulador del bolsillo y escribí en la pared de la esquina: “Mira, tío… Por mi como si te la machacas con un martillo pilón y luego te tiras al Nilo en forma de abanico, cual martín pescador. A Fátima Tabaco le dices que lo siento mucho pero que se pida un cigarro antes de que la matéis, y que se lo fume, claro. Hala, que te den morcilla, cabrón, que eres un cabrón”.
Y me fui a mi casa, mojado pero tranquilo. Si una secretaria me tenía que dar problemas antes de empezar a trabajar, era mejor no tenerla, me dije. Además, seguramente no la matarían, pues estaba muy buena. Y había conservado el dinero, o sea que me daba lo mismo.
Lo único que saqué de toda esta historia fue un catarro sobrenatural que me dejó la voz de gangoso durante un mes y la nariz ejerciendo de grifo.
Incluso sopesé cambiarme temporalmente el nombre: Felipe pringao detective mojao, pero al final lo dejé correr.

dilluns, 23 de juliol de 2007

Felipe Pringao detective privao (cap. III)

El caso anterior, el primero, resultó muy provechoso profesionalmente hablando, ya que me lo pasé tan bien que me lo gasté todo, con dos cojones.
Y estaba en ello yo pensando cuando, de repente, un olor hiperpenetrante me tumbó de espaldas: una catipén hipohuracanada me dejó conmocionado por unos instantes interminables, hasta que mi pericia subliminal y mis reflejos innatos encontraron unas pinzas de hacer calçots debajo de la mesa, que coloqué rápidamente en mi nariz, apretando con firmeza.
Si dudarlo un ápice abrí de par en par las ventanas para que aquel tufo nauseabundo se abriera con celeridad de mi despacho. Me volví y vislumbré, aún con los ojos enrojecidos, a un hombre rechoncho con peinado estilo monje, bajito y con una mirada acorde con su olor, taimada, felina, de malignas intenciones. Un calco de Peter Lorre, pero a color y con olor.
Tras acostumbrarme a duras penas al ambiente, me dispuse a escuchar y oler aquel estercolero andante. Dijo llamarse Ramon Nariz, y estaba desesperado el tío, pues decía que había desaparecido su china. Decía que no podía vivir sin ella: su china le transportaba al paraíso, le hacía olvidar sus desgracias, le hacía reir, le hacía llorar, le hacía sentirse vivo. Le hacía feliz, vamos.
Era la única razón de su existencia.
Yo le contesté que cortara el rollo, que no me contara su vida, que mi tiempo era un bien precioso. Le pregunté si era china, japonesa, de Indonesia, del Vietnam o coreana, más que nada por preguntarle algo… No, que era china, china auténtica, china de la China. Y le fui haciendo preguntas rápidas para ver si se iba pronto el tío: la atmósfera se tornaba irrespirable.
De lo que me iba contestando el señor Nariz iba encajando las piezas del puzzle con mi temple y saber estar: tenía que estar la china en su casa, ya que según él no había podido salir de ella de ninguna de las maneras, y además no tenía perro, con lo cual la opción canina quedaba descartada por completo. Mientras barajaba hipótesis mi cerebro y mi cliente iba cascando, mi mano izquierda seguía sosteniendo con firmeza las pinzas que tapaban la nariz.
Mi nariz, no la nariz de Nariz.
De golpe me dio el punto le solté que se callara de una puta vez y le pedí que buscara en sus bolsillos, Buscó y rebuscó con ahínco en su abrigo, mas no encontró nada aparte de alguna que otra tacha. Y…
Y entonces comprendí.
Todo cuadraba.
Anteriormente, cuando entró el señor Nariz a mi oficina, observé que andaba un poco ladeado, con el hombro derecho más caído que el izquierdo: es decir, que iba un poco de canto. Le pedí que me prestara su abrigo un momento y lo sopesé con detenimiento. Lo levanté como si lo fuera a tender y noté que mis brazos se iban ligeramente hacia uno de los lados.
Estaba claro, uno de los lados del abrigo pesaba más que el otro.Como había sospechado. Tomé unas tijeras de podar que siempre tengo en palanca y fui cortando la prenda a tiras ante la mirada estupefacta del señor Nariz. Y en un momento dao las tijeras de podar se toparon con algo duro. Rasgué la tela y extraí una china de hachís de 125 gramos, luego la pesé. La muy ladina se había colado por el forro del abrigo del señor Nariz, que tenía un agujero. Cosa muy normal, por otra parte, ya que ahora los abrigos que venden llevan unos forros de mierda y en cuatro días se agujerean, joder, que ya está bien.
Con que una china de hachís, eh? Mi error de apreciación al principio se debió se debió sin duda a la peste que metía el Nariz éste, que me anestesió malamente durante un buen rato.
En fin, caso resuelto. Nariz se puso loco de contento y alucinó aún más que yo hubiera resuelto el caso sin moverme de mi oficina, como en las pinículas. Me ofreció el oro y el moro, pero yo le dije que con el oro ya tenía bastante. Pa qué quería yo un moro, a ver? En todo caso una mora, o una tarta de ellas…(*)
Además, Nariz me invitó a unas petillas-degustación, y bueno, la cosa acabó como acabó, qué os voy a contar. Ese día, en vez de Felipe Pringao detective privao me convertí en Felipe Pringao detective fumao.
Pero la pinza en mi nariz, no en la nariz de Nariz.
Que por cierto, ahora que lo pienso, era un poco gilipollas.


(*) Sólo es un juego de palabras.

dilluns, 16 de juliol de 2007

Felipe Pringao, detective privao (cap II)

Estaba yo muy contento por el cumplimiento de mi sueño, espatarrao en mi butaca nueva, con los pies encima de la mesa, fumándome un puro de quince euros, acompañado de su Knockando pertinente… Como estaba mandao, vaya.
Pero claro, ahora lo que necesitaba era empezar a trabajar.
Un caso.
Necesitaba un caso. Necesitaba un caso como el agua que necesita un whisky.
Para al que le guste el whisky con agua, claro.
Así estaba yo calibrando cuando en ese momento la fortuna llamó a la puerta (la estrenaba). Mas no apareció en forma de mujer despampanante como en las pinículas, sino que lo que vi casi me tira para atrás: Un hombre sin cabeza, vestido impecablemente con un traje negro milrayas, entró de espaldas hacia mí. Con mi habitual perspicacia, supuse que, ya que no tenía cabeza, el hombre debería ver por el ojo del culo.
De ahí su andar extraño.
Y de ahí que se subió encima de una silla, para verme mejor, con más panorámica.
Aún estaba reponiéndome de la impresión cuando el hombre me pasó al estilo Magic Johnson una nota en la que había escrito ésto: “Necesito encontrar mi cabeza de una puñetera vez. Mi padre me la arrancó de un tortazo cuando tenía diez años; desgraciadamente, no tengo ni una sola foto con la que usted pueda iniciar sus pesquisas, pero es que añoro mucho estornudar.
Puede usted ayudarme o qué?”.
Yo le respondí que haría todo lo que estuviera en mis manos o algo así, pues necesitaba moniatos. En otras circunstancias me hubiera colocado delante de él, ya que veía al revés, y me hubiera escaqueado subrepticiamente en forma de abanico hacia la salida.
Pero no era el caso. La pasta es la pasta, así que acepté: Le pedí un anticipo y le aseguré que haría virguerías, aunque no sabía como empezar.
Me puse manos a la obra, no sin antes acabarme el puro y el whisky que tenía entre manos.
Bueno, la botella entera, qué cojones, que para eso soy detective privao.
Como en las pinículas, inicié la búsqueda un poco por intuición, en los bajos fondos, preguntando a personajes facialmente sospechosos, por una cabeza suelta que pudiera andar por allí. Ya que no tenía ninguna foto, nadie sabía nada, claro. Como último recurso utilizaba una imagen de mi cliente, pero sin cabeza, o sea que ya me podía matar preguntando…
Investigué en el depósito de cadáveres, con el Instituto Forense, con el Departamento de Objetos Perdidos, con la policía; incluso me atreví con la Guardia Civil… Nada. Ni una maldita pista. Incluso contacté con MacDonalds,Kentucky Friend Chiken y Pokins, a ver si se les había colado alguna cosa más extraña de lo normal en sus suministros cárnicos.
Ni con ésas. Se me acababan las ideas.
Iban pasando los días y cada vez lo veía todo más borroso, en parte por los whiskises, que iban cayendo uno tras otro, sin cesar y sin evitar tampoco. Mi cliente, que por cierto jamás me dijo su nombre ni yo tampoco porque lo ponía en la puerta, el hombre sin cabeza, aparecía de espaldas mirándome por el ojo del culo día sí y día también, indagando sobre mis progresos. Yo le iba dando largas.
Y él me daba anticipos, anticipos que yo me pulía con celeridad.
Hasta que un día, harto ya de exprimirme la cabeza, recordé porqué estuve en la cárcel. ¿Dónde estaría la cabeza de mi padre? Eh?
Y tuve una idea espléndida. Bueno, espléndida no sé, pero es lo primero que se me ocurrió, y ya se sabe que la primera idea es la que vale.
La cabeza de mi padre desapareció en un camión que iba a las Alpujarras, no? Pues automáticamente me fui pallá, e indagué con tesón y pundonor de sabueso en esos lugares olvidados de la mano de Di… Del Dinero, quiero decir.
Nadie sabía nada del asunto, y finalmente, harto pero más cabezón aún, llegué a un pueblo amurallado en el que se entraba por una única puerta. Estilo Edad Media, sí, pero faltaba la guardia.
Instintivamente levanté la cabeza hacia las murallas y…
Encima de la puerta había una jaula con una cabeza dentro. Eso sí que era estilo Edad Media! La observé detenidamente y me dije a mí mismo: “ Coño, si es mi padre!! Mecagüen la hostia! A ti te estaba buscando!!”.
Lo que pasó fue que el camión en cuestión, un Pegaso, llegó al pueblo ése y descargando descargando encontraron la cabeza entremedio de los melones que transportaba. Y como la peña era muy supersticiosa y sigue siéndolo colgaron la cabeza de mi pobre padre en la puerta de entrada al pueblo, para protegerse del diablo, de los chorizos, de los yonquis y de los fumetas. Y también, ya puestos, de los comunistas, qué coño.
De los alcohólicos no, que eran mayoría y mandaban.
Bueno, pues esa misma noche, gracias a mi pasado de escalador a pelo, sin cuerdas ni ná (y era muy bueno, según decían), me encaramé en un periquete a la jaula deslizándome subrepticiamente otra vez asiéndome en las hendiduras muralliles. Y me hice con la cabeza de mi padre, que antaño arranqué yo mismo.
Volví a casa con rapidez, viajando toda la noche; únicamente me detuve a dormir doce horas en un área de servicio de la autopista. Me levanté fresco como una rosa y me dirigí a mi oficina, situada a tres km escasos de allí.
De mi oficina me encaminé raudo a casa de mi amigo el taxidermista del museo de cera, y después de un tira y afloja monetario me dejó la cabeza como una patena en un par de días.
Llamé a mi cliente sin tarro para comunicarle que ya estaba todo arreglado…
Este apareció en seguida, andando patrás como siempre, y mirándome por el ojo del culo (aspecto al cual nunca me acabé de acostumbrar), sudando de emoción… Lo coloqué de frente, saqué la cabeza de mi padre reluciente e impoluta, se la coloqué. No me hizo falta girarla apenas, de lo suave que encajó.
Le dije que lo sentía mucho, pero que debería seguir andando para atrás y mirar por el ojo del culo, ya que la cabeza, tras años a la intemperie, no conservaba todas sus facultades.
No le importó lo más mínimo al tío: me pagó un buen fajo de billetes y me regaló además una botella de burbon, que luego me enteré que era americano. Si lo sé le cobro el doble…
Y me dijo también que iba a aprender también a andar normal, hacia delante.
Si.
Y qué más.
El dinero me sirvió para pagar mis deudas, que ya tenía un montón, y eso que llevaba ná en el oficio.
Y…
Como había resuelto el caso, me invité a mí mismo a un burbon. Gratis.

divendres, 13 de juliol de 2007

La Saga de Felipe Pringao, detective privao

Cuando le dije a mi padre que de mayor quería ser detective privao, del hostión que me pegó casi me arranca la cabeza. Al cabo de unos años, tras muchos collarines, le repetí el mismo cuento, pero esta vez me adelanté a sus aviesas intenciones y le arranqué la cabeza de un tortazo. Un tortazo de los que escriben la historia…Perdón, de los que hacen historia, aunque en este caso concreto escribió mi historia.
A causa del parricidio semi-involuntario me tiré en la cárcel una buena temporada, donde, aparte del carnet de conducir carritos de la lavandería, me saqué el título de detective privao por correspondencia. Durante mi larga reclusión realizaba prácticas detectivescas por mi cuenta como, por ejemplo, intentar descubrir quién había violado al preso de la celda 397. En este caso, por cierto, resultó que el violador era una mujer, cosa que aún no acabo de comprender del todo.
Estas pesquisas amateurs me acarrearon algún que otro problema: De vez en cuando aún me duele cuando me siento.
Cuando salí de prisión, sin un euro y tal, resultó que me había tocado una herencia. Ya sé que no se dice así, como si fuera la primitiva, pero es que es cierto, joder: Me tocó.
Una herencia que me legó mi padre, ironías del destino: Según parece, el pobre (bueno, no tanto), debido al piñazo que le provocó la separación corporal, no tuvo tiempo de desheredarme. M i madre, cabreadísima por no constar en el testamento, renegó de mi padre, de su cabeza, de mí y de la madre que me parió que, casualmente, era ella misma, y se hizo prostituta, para joder.
Hace tiempo que no sé nada de ella (en los garitos donde suelo ir no está, al menos).
De mi hermana tampoco sé nada; no sé si lo había dicho, pero tengo una hermana. Ya cuando estaba en la cárcel apenas me hizo una visita. Tan sólo una vez, que yo recuerde, al principio, y vino a verme para insultarme y tal por lo que le había hecho a nuestro padre. Me dejó hecho polvo, la verdad.
Afortunadamente, con el tiempo me recuperé de la bulla hermanil
y pude soportar mi larga estancia entre rejas con relativa facilidad.
No deja de ser curioso, no obstante, que a duras penas haya padecido remordimientos por arrancar la cabeza paterna.
La cuestión es que, con los moniatos que me dejó mi padre, que su cuerpo descanse en paz mas no su cabeza pues voló por la ventana y cayó encima del remolque de un camión Pegaso que en ese momento pasaba por mi calle e iba hacia las Alpujarras, pude por fin realizar mi sueño de toda la vida: montar una agencia de detectives.
Bueno, agencia de detective, pues únicamente era yo.
O séase, Felipe Pringao, detective privao.

Y muy pronto tuve mi primer caso, que lo podríamos titular “El caso del hombre sin cabeza”. Pura coincidencia? Eh?
Lo sabréis en el próximo capítulo, chatos, que esto es una historia por entregas.

dimarts, 10 de juliol de 2007

divendres, 6 de juliol de 2007

divendres, 29 de juny de 2007

LUCIANO II

Embutido en su mítica gabardina roja y tocado con su sempiterno sombrero fucsia, Luciano se dirigió distraídamente hacia el río, donde se agolpaban en ambas (o sendas) riberas, chopos, sauces y demás árboles fluviales. Le encantaba el sonido reinante, mezcla de agua, viento y pájaros; y, aunque de vez en cuando algún ave traicionera defecaba encima de su amado sombrero, aquella era su ruta preferida para pasear.
Ensimismado, iba dándole puntapiés a las piedras que se iba encontrando, apuntando ahora a un árbol, ahora al río, ahora a una valla, y no acertaba nunca, el tío.
En ello estaba cuando se encontró un libro, al pie de un castaño. Se sentó, apoyó la espalda en él y tomó el libro. Tenía las tapas duras, gruesas, y llenas de polvo: parecía que hubiera salido de una antigua biblioteca. Las páginas estaban amarillentas, llenas de manchas de humedad, y se enganchaban las unas con las otras, señal inequívoca de que hacía largo tiempo que nadie lo abría.
Después de acariciarlo con suavidad durante unos momentos. Luciano se dispuso a ver qué hablaba el dichoso libro.
De momento, el título se antojaba curioso: “El declamador”.

dijous, 21 de juny de 2007

LUCIANO (I)



Luciano se despertó pronto, sin ninguna razón aparente. Normalmente las sábanas se le pegaban al cuerpo y le costaba un mundo levantarse, pero aquel día se incorporó de un salto, se regaló una gran sonrisa-bostezo y se tiró en plancha a la ducha. Mientras se enjabonaba su cuerpo serrano y cantaba una ranchera estilo Motorhead , pensó en la razón por la cual su ánimo estaba tan alegre. Lo habitual era que se levantara con el encefalograma plano, amodorrado, sin pensar ni siquiera en pensar, pero no, esa mañana estaba radiante, esplendoroso, la energía y la alegría brotaba de cada uno de sus poros. No encontró el motivo, pero tampoco le importó mucho.
Se preparó un opíparo desayuno, huevos fritos, chorizo frito, una cerveza fresquita ,un buen vaso de zumo de naranja, carajillete, y salió a dar un paseo por el campo.

dimecres, 20 de juny de 2007

dimarts, 19 de juny de 2007

MI LLUVIA, MI TREN

Fuera llovía a mares, y me fui a la estación, a pillar el tren. Ya sé que de entrada no tiene nada que ver una cosa con la otra, además si llueve normalmente coges el coche, pero es que resulta que yo no tengo. Pero es que estaba lloviendo, cojones, y sí que tiene que ver con lo que voy a contar.
Además de llover hacía un viento de estos hipohuracanados, y en cuanto salí a la calle el paraguas se fue a tomar viento, y nunca mejor dicho. Ví como desaparecía volando, como una hoja de parra, y jamás lo volví a ver. Me dio mucha rabia, realmente, era un regalo de mi abuelo de cuando hacía de pastor.
Me dirigí a la estación, a 10 minutos de casa, sin paraguas pues. No me mojé más porque no podía llover más fuerte, tenía la sensación de que todo el agua que caía iba a parar encima mío, pero aún así seguí con paso firme, pues quería tomar el tren de las seis y media, e iba justito de tiempo.
Al llegar a la estación tuve que ir al lavabo a escurrirme enterito, tal era mi humedad. Como me tiré un buen rato secándome vinieron los seguretas, alertados por el de la cantina, a ver si me estaba chutando o algo así, que son unos malpensados. Casi me detienen por mi pinta, sin afeitar ni nada que iba, y porque me puse farruco con ellos y casi me meten y todo. Menos mal que entró una yaya en el lavabo de hombres. Aquello tan sorprendente calmó a los seguretas, y me dejaron marchar.
Con la tontería había perdido el tren, y estaba de un cabreo que no veas, medio mojado aún, lleno de trocitos de papel de water por toda la ropa, la cara y el pelo, pues no había otra cosa para secarse. Saqué el billete, y en mi obnubilación vi el tren, que estaba detenido en el andén, justo a punto de salir. Pegué un brinco y me tiré casi de cabeza hacia un vagón, antes de que partiera. Me senté con una sonrisa en la boca, satisfecho y tranquilo por fin.
Al cabo de un momento noté que algo fallaba, y no sabía qué era exactamente. Inquieto, miraba a mi alrededor, como si me faltara algo y no lo encontrara. No tardé mucho en apercibirme de mi error: al llegar a la siguiente parada me di cuenta de que había tomado la dirección contraria.
De un salto, movido por la rabia y mi propio ridículo, bajé del tren. Ahora a esperar el siguiente que vuelva, por burro, me dije.
Lo malo era que ese andén no tenía dónde guarecerse, ni techo ni nada, las taquillas estaban cerradas, y el jefe de estación brillaba por su ausencia. Y sin embargo los trenes se detenían allí, qué cosas.
Como llovía a mares, esto ya lo he dicho antes, volví a empaparme al momento, y el tren llegó con retraso, para variar, asi que entré en él dejando el vagón perdido de agua, inundándolo todo hasta las rodillas, imagínense si llovía. Yo intenté excusarme ante los pasajeros, pero éstos, intransigentes, en la siguiente estación, me sacaron a patadas del tren.
Volvía a estar en el punto de partida.
Me dirigí de nuevo al lavabo, esperando no toparme de nuevo con los seguretas, que seguro que se acordaban de mi cara. No tuve suerte en eso, ya que mientras me secaba la cabeza aparecieron y empezaron la movida de nuevo, acorralándome. Ahora no te escapas, chulito en remojo, me decían.
Cuando estaban a punto de soltarme la primera andanada de hostias entró por la puerta del lavabo el Papa, el mismísimo Juan Pablo II, todo torcido el pobre, pero aún así echó una meada, dando a entender de paso que él sólo era un mero enviado de Dios.
Claro, nosotros nos quedamos estupefactos, pero los seguretas más aún que yo, y aproveché la sorpresa para escabullirme de ellos sinuosamente.
Salí corriendo del lavabo mientras el Papa firmaba un autógrafo a los machacas, y me introduje corriendo en el tren que llegaba a la estación en ese momento. Afortunadamente el azar se alió conmigo y tomé la dirección correcta. Menos mal, me dije, y me apoltroné en una butaca. Miré a mi alrededor y vi el vagón donde estaba yo vacío, pero eso no me importó, al contrario. Mejor, así seguro que no me echaban.
Pero al arrancar el tren también noté algo raro, hacía fresco, y se notaba el viento. Me levanté a cerrar la ventana y vi que no había ninguna, ninguna en todo el vagón. De golpe, al salir de.la estación, una tromba de agua me empapó de nuevo entero. Ya decía yo que estaba tan mojado el interior, me dije. Me había metido en un vagón de tren descapotable.
Y me resigné, qué íbamos a hacer… Decidí volverme a casa, me senté en una butaca inundada y me dediqué a mirar el paisaje, que no veía nada por cierto, hasta que llegué a la siguiente estación.
Como estaba hasta las narices del tren y de la madre que lo hizo volví andando. Total, eran quince kilómetros de nada.
Al cabo de un par o tres de horas entré en casa, chorreando. Me quedé en el porche, observando cómo caía la lluvia, como si no hubiera tenido bastante.
Bueno, es que en realidad, a mi me gusta la lluvia. Me encanta mojarme.
Así que me fui a la ducha.
VIOLETA Y EL EXPRESO DE SHANGAI.

Violeta cruzó la calle sin mirar, y afortunadamente no pasaba ningún coche en ese momento, con lo cual nadie la atropelló. Eso la alegró profundamente, ya que no tenía ningunas ganas de morirse así como así, o tirarse una temporada en el hospital. Qué suerte he tenido, pensó. En ese momento a Violeta le vino a la cabeza la frase aquella de que no tientes a la suerte, y volvió a cruzar la calle sin mirar, pero esta vez a la pata coja. No se sabe si fue por ir a la pata coja o no, pero lo cierto es que a Violeta se le acabó la suerte en aquel momento, ya que en ese momento pasaba por allí el expreso de Shangai, llevándosela por delante y arrastrándola cientos de metros. Bueno, arrastrando lo que quedó de ella del brutal impacto anterior. Nadie supo jamás qué coño hacía el expreso de Shangai circulando por una calle, sin raíles, pero lo cierto es que Violeta murió, y de qué manera, tan extraña…

FIN