divendres, 3 d’octubre de 2008

Couché III (cap. VIII)


Apagué la grabadora y acompañé a Couché a la cocina. Me sorprendió lo ordenado y reluciente que estaba todo.
- Qué aseado es usted, Couché. Lo tiene todo como los chorros del oro.
- Yo aseado? ¡Pero si hace una semana que no me lavo! Y, si te refieres a la cocina, Charlotte, mi vecina, viene a limpiar cada dos o tres días. Si fuera por mí, esto sería una pocilga, hasta los cerdos se irían a vivir a otra parte- contestó mientras abría la nevera y rebuscaba en ella.
Sacó una lechuga, tres tomates, dos pepinos y preparó una ensalada. Luego cortó pedacitos de queso fresco y lo mezcló todo con una vinagreta. Sacó del armario una botella de Beujolais y me la dio para que la abriera. Mientras lo preparaba todo y yo servía el vino, me contó lo de Pierrette y su marido. Me reí tanto con la historia que casi inundé la cocina de lágrimas y tenemos que salir de allí en canoa.
Vaya un cabroncete, el Couché este. Tengo que escribirla un día de estos.
Durante la comida, aparte de para llevarse los alimentos a la boca y beber, no abrió la boca.
- No me gusta hablar cuando me siento a la mesa.
- Nos nos hemos terminado el vino,- dijo Couché después de acabarnos la ensalada-. Se levantó y volvió con tres trozos de quesos distintos y unas rebanadas de pan.
Una vez finalizado, nos dirigimos a Chez Pierrette a tomar el café. El marido estaba en la barra charlando animadamente con algún vecino. En cuanto vio a Couché, que le saludó con un leve movimiento de cabeza, el semblante le cambió al momento.
Nos sentamos en un rincón del café.
- Ya verás qué dicharachero está con nosotros-, me susurró, sonriente, Couché.
Al poco se acercó Henri, que así se llamaba el marido, con cara de manzana amarga.
- Qué?
- Qué de qué?
- ¡Que qué queréis, coño!
- Dos cafés.
Y se hacia la barra, sin decir nada más. A Couché le divertía mucho la situación, se le notaba en la cara.
- Bueno, vamos a seguir con su historia, si le parece-, le dije, una vez Henri nos sirvió los cafés -. Coloqué la grabadora encima de la mesa y la encendí.
- Por dónde íbamos? Ya no me acuerdo…
- Nos habíamos quedado, perdón, usted se había quedado en que acababa de prometer a sus amigos quedar siempre tercero en las las carreras en las que participara.
- Ah, si, si… Sigo entonces…
(Continuará)