dimarts, 22 de setembre de 2009

UHLISES (cap. V). Circe, la hechicera (2)








Al cabo de un rato, Hermes y Uhlises volvieron de entre el follaje, y nunca mejor dicho.
- Ay, ay, ay…- gimió Uhlises.
- Va, va, no te quejes, que te has portado como un machote… ¡¡Machote, que eres un machote!! Incluso diría que te ha gustado un poco- comentó Hermes entre risitas.
Uhlises puso mala cara.
- No me los toques más, dios de las narices. Anda, dame la pócima esa antes de que me tope con la hechicera Circe y me convierta en cerdo, en lobo o en facocero. Porque la veré sí o sí, verdad?
Hermes extrajo debajo de su túnica un pequeño frasco lleno de un líquido verdoso:
- Pues claro, ya lo sabes. Te aconsejo que vayas ahora mismo a su casa y directamente resuelvas el problema, que si no tu ohdisea va a ser más larga de lo que ya será. Toma, bébete esto; está realmente asqueroso, pero te aguantas. Además vale la pena, te lo pasarás bien con Circe, ya lo verás.
Uhlises tomó el frasco, arrancó el tapón de un mordisco y lo escupió a ciento treinta y ocho metros de distancia.
- Bueno, vamos pallá, qué cojones- masculló antes de beberse la pócima de un solo trago-; ¡uuuuaaaarghhssss! ¡Pero qué asco, por Hestia! ¿De qué está hecha esta mierda?
Hermes, tapándose la boca para ocultar su sonrisa de pillín, contestó:
- Mejor que no lo sepas, Uhlises. Acompáñame, te mostraré el camino que lleva a casa de Circe. ¡Y haz el favor de hablar bien, mecagüen Edipo!
Dejando a su tripulación, perdón, a sus lobos y leones, paciendo tranquilamente (eran vegetarianos) en un prado cercano, el dios y el hombre se adentraron en el bosque. Al poco, Hermes se detuvo.
- Bueno, aquí te dejo, majo. Sigue por esa vereda y no la abandones. Llegarás a un claro del bosque: allí se encuentra la casa con la hechicera dentro. Que te vaya bien. Ah, y a ver cuando repetimos, ¿eh? ¡Ja, ja, ja!- rió Hermes mientras emprendía el vuelo.
- No lo llevas claro ni nada…- refunfuñó Uhlises.
Efectivamente, al cabo de un rato el bosque se abrió y ante nuestro héroe apareció una gran casa de piedra rebozada de hiedra por todas partes. Tenía un aire entre bucólico e inquietante. Uhlises no sabía con qué aire quedarse.
- No sé si tumbarme en el suelo a contemplar las nubes o largarme de aquí como alma que lleva Ares. Mas… ¡no es el momento ahora de mostrase dubitativo, por Perséfone!¡Además, nadie le pisa las flores al gran Uhlises!- proclamó ante la puerta de entrada de la mansión, adoptando una pose parecida a la de Chucnórrides, hijo de Manitú y Alexea.
- No, las flores las pisas tú, por lo que veo.
Una voz femenina, dulce y embriagadora, resonó en el aire y envolvió al momento el cuerpo y los sentidos de Uhlises.
- Haz el favor de sacar tus pies de mi parterre: te me acabas de cargar unos cuantos geranios- volvió a decir la misma voz melodiosa.
- Uy, perdón, perdón- respondió Uhlises pegando un salto-, no me había fijado. Con… con… ¿con quién hablo?
Aquella voz había descolocado al de Hítaca. Su atracción era tan profunda que no sabía qué hacer. Sólo deseaba escucharla de nuevo y abandonarse en su éxtasis.
Entonces se abrió la puerta.
- Pasa, Uhlises, que vas a coger frío- sonó la voz entre susurros.
Éste, como un imbécil y poniendo cara de imbécil, obedeció.
Y en cuanto vio a Circe tumbada estratégicamente en un lecho de plumas mirándole con deseo irrefrenable, la cara de imbécil se acentuó por catorce y empezó a caerse la baba.
- Acércate, no temas. Siéntate a mi lado- dijo Circe con suavidad, levantándose con grácil gracia. A la vez le ofreció un pañuelo de seda para que se limpiara los hilillos de saliva.



Uhlises se apalancó al lado de Circe. Sus cuerpos se rozaban. Aceptó el pañuelo. Se limpió la boca y, con voz trémula, miró a la hechicera con ojos bobalicones y le soltó:
- Qué-her… her… mo… sa-so… sois… Que… que… queréis salir con… con… conmigo?
Circe no pudo evitarlo.
- ¡Jajajajajajajaja! ¡Jajajajajajajaja! Perdona, pero es que esto ya no se lleva, Uhlises. Anda, tómate esto, que te quitará la tontería que llevas encima.
“Esto” era un encantamiento para convertirle en cerdo bellotero.
Uhlises se bebió la copa que le ofreció sin un solo rechiste.
Y, gracias al antídoto del simpático Hermes, no sucedió nada. Uhlises seguía siendo Uhlises, rey de Hítaca. Aunque en estado imbécil, eso sí.
Circe se quedó flipada. Jamás en la vida le había fallado un mejunje de los suyos. No sabía qué hacer ni qué decir, ni qué postura tomar. Entonces e fijó en los ojos azules cobalto de Uhlises, su profundidad, su meloso brillo, y… Y se enamoró perdidamente de él. Le agarró por la pechera y le dio un beso tan profundo que casi le limpia los pies por dentro con la lengua. Tras casi ahogar al extasiado Uhlises con tamaño ósculo, le desnudó en un santiamén. Algo la detuvo.
- Perdona, amado Uhlises, pero es que te canta todo. Ven conmigo, te daré una buena friega (y algo más), que buena falta te hace.
Uhlises, imbecilizado, siguió a Circe, asido a su mano, al baño.
Lo que ocurrió allí y más tarde en el lecho de la hechicera no queda recogido en los anales mitológicos, lo siento.
Está claro es que ambos disfrutaron de lo lindo, durante largo tiempo.




Uhlises, en su éxtasis, se olvidó de todo: de su esposa, de su hijo, de Hítaca, del “Bribónides IV” y de su tripulación, la cual seguía pastando tranquilamente en los prados propiedad de Circe.

Al cabo de muchos meses, para variar de tanto forniqueo, la hechicera llamó a un juglar para que amenizara sus encuentros.
- Ya verás, amado mío, la maravillosa voz que posee este magnífico trovador. Te va a encantar. Dicen de ella que insufla renovados bríos para las prácticas amatorias.
Uhlises asintió con la cabeza. Seguía con la tontería encima, pero empezaba a notar cierta debilidad en ciertas partes de su cuerpo.
- “Cualquier día se me desprende”- pensó un poco inquieto mientras se la observaba.
Esa noche apareció el afamado cantor. Demisroussos de Peloponeso, se llamaba: un tipo excesivamente orondo, de elevada estatura, vestido con túnica de mil colores y cenefas, con larga cabellera negra y barba repleta de bucles artificiales.



- Sé bienvenido, insigne Demisroussos. Cuando seas capaz de traspasar la puerta, deléitanos con tu hermosa voz.
No sin esfuerzo, el juglar consiguió entrar en la estancia. Y empezó a cantar:
- Triqui triqui tri quitriqui badabu, triqui triqui quiti quitiiiiii…
Circe le interrumpió.
- No, esa no, esa no, que está muy vista y me da rabia. Cántanos otra, por favor.
- Como gustéis. Os sublimaré pues con una canción que aprendí en uno de mis viajes a Iberia, si os parece.
Y se arrancó:
- “Penélope, con su bolso de piel marrón y sus zapatitos de tacón y su vestido de Domingo, Penélope, se sienta en un banco en el andén y espera que llegue el primer tren meneando el abanico”…
Uhlises, al escuchar esas palabras, rompió a llorar como un niño.
- ¿Qué te ocurre, adorado mío? ¿No te agrada la canción?
- No es eso, amada Circe, es que… acabo de recordar que debería estar de vuelta a Hítaca. Mi esposa, mi hijo y mis súbditos largos años hace que aguardan mi regreso.
La hechicera frunció el ceño, adoptando un semblante entre pena y enfado.
- Sabía que algún día llegaría este momento. En fin… fue bonito mientras duró.
Uhlises abrazó a Circe con cariño.
- Lo siento muchísimo, pero debo partir. Te agradecería que, por el maravilloso tiempo que hemos pasado juntos y revueltos, devuelvas a su estado normal a mi tripulación, y también, ya puestos, me indicaras cómo puedo regresar a mi hogar.
Circe se enjugó un lagrimita y asintió:
- Tendrás todo lo que me solicitas, oh, gran Uhlises. Vete haciendo los preparativos, que ahora estoy contigo. Tengo un asuntillo pendiente que debo resolver ahora mismo.
En cuanto el rey de Hítaca desapareció, Circe se volvió furiosa hacia el juglar Demisroussos y con una sola penetrante mirada le convirtió en una ristra de chorizos picantes.
- Hala, estúpido, eso por chafarme la lira…