dimarts, 15 de febrer de 2011

LA VELADA

- ¿Salimos al jardín?

- Si, claro…

Pierre y Didier se sentaron en las escaleras del porche, observando de lejos la animada conversación que, en el salón, mantenían sus respectivas esposas

- Cómo se divierten, ¿no es cierto?

- Pues sí, se están riendo mucho. Hacía tiempo que no estaban juntas; tendrán muchas cosas que contarse. Deberíamos repetir estas veladas más a menudo.

- Tienes razón, Pierre. Oye, ¿de dónde has sacado este calvados? ¡Está impresionante!

- ¿Verdad que sí? Se lo regala a mi tía un vecino suyo, que es bretón. Se ve que él mismo lo destila…

- Pues está delicioso.

- Sí…

(…)

- Pierre…

- Dime, majo…

- ¿Cuánto hace que nos conocemos?

- Hace mucho, Didier, hace mucho. Desde que fichaste por el Toulouse, en juveniles. Yo ya estaba en el equipo. Más de veinte años…

- Cómo pasa el tiempo…

- No somos nadie…

- La vida son cuatro días, te das cuenta y ¡zas!, al hoyo…

- Si, hay que aprovechar, que todo lo bueno se acaba…

Pierre y Didier se echaron a reír al darse cuenta de que sólo decían topicazos. Mientras se secaban las lágrimas, se miraron a los ojos, y desaparecieron de golpe las risas. El sentido de las miradas y las expresiones en las caras de los dos amigos cambiaron por completo. Ahora significaban algo muy distinto.

- Didier…

- Pierre…

- Qué tiempos aquellos, ¿verdad?

- Si… La verdad es que echo de menos algunas cosas…

- Yo también, Didier, yo también. No sabes cuántas veces he soñado con aquellos momentos. En los vestuarios, en el bosque, en el mar…

- Ay, Pierre…

Y sin darse tiempo a pensar, el deseo y la lujuria se apoderó de sus mentes y se fundieron en un beso frenético y esplendoroso. Las copas cayeron al suelo, dispersándose en mil pedazos por el jardín.

El ruido de los cristales provocó que Annette y Charlotte, las esposas de los dos hombres, salieran al jardín.

- ¿Qué habrá sido eso?

- Vamos a ver qué les ha pasado…

Las dos mujeres, copa en ristre, se asomaron al porche. Lo que vieron las dejó sin poder articular palabra: los dos fornidos amigos, antiguos jugadores de rugby, continuaban con su profundo (y lascivo) beso, sin importarles lo más mínimo lo que hubiera a su alrededor.

Annette y Charlotte, con los ojos como bolas de billar, acabaron sus vasos de un solo trago.

- Caramba con estos dos…¡Vaya, vaya! ¡No me lo puedo creer!- dijo Annette.

Charlotte rió discretamente:

- Jajaja! ¡Vaya escenita, madre mía! Qué callado se lo tenían… ¿Y ahora qué hacemos?

Annette la agarró por el brazo.

- Nada, no hagamos nada. Dejémosles que disfruten. Entremos, como si no hubiéramos visto nada.

Al cabo de un rato, Pierre y Didier volvieron al salón, despeinados, atusándose la vestimenta, rojos de excitación y sin sus copas.

Annette, con media sonrisa, preguntó:

- ¿Qué habéis estado haciendo? Por vuestras pintas, parece que hayáis recordado viejos tiempos jugando un partidito de rugby en el jardín.

Pierre, mientras se servía, de espaldas a ellas, un vodka en el mueble bar, respondió:

- Si, si. Hemos recordado viejos tiempos… ¡Didier! –gritó-: ¿Una copa?

Didier estaba en el lavabo.

- ¡Triple, por favor!

Al cabo de un par de horas, Pierre y Annette, ya de vuelta a casa, iban camino de casa en su flamante coche.

Amanecía.

- ¿Qué, cómo ha ido?- inquirió ella.

Pierre, sin dejar de mirar la carretera, respondió con aire ausente:

- Bien, no ha estado nada mal. ¿Y a ti?

- Bueno, todo llegará. Habéis tardado muy poco, necesitaba más tiempo.

- Ya, bueno, ya sabes…

- Si, ya sé…

Continuaron unos minutos sin hablar, hasta que Pierre miró sonriente a su esposa:

- La verdad es que, de vez en cuando, recordar viejos tiempos tiene su gracia.

Y añadió:

- Aunque le picara la barba.