dimecres, 15 d’octubre de 2008

EL DESPISTADO


Tengo un amigo que es muy despistado.
Perdón, no es exacto.
Es mucho más que eso.
Pondré algún ejemplo.
Mi amigo el despistado tomaba clases de guitarra (y por cierto, ahora toca muy bien). Por esa época trabajaba conmigo en un estudio de dibujo, y venía por las tardes cuando acababa la clase. Un día eran ya las cinco y aún no había llegado. Tenía que estar a las cuatro. A las seis apareció, sofocado. Me dijo: “hostia, tío, no se lo cuentes a nadie”. Cuando salió de lo de la guitarra, se dirigió a la estación de ferrocarril. Andando iba tranquilamente cuando vio que el tren estaba llegando. Esprintó, guitarra en ristre, y consiguió de un salto entrar en el vagón cuando ya se estaban cerrando las puertas. Aliviado y sudoroso, se sentó. No habían pasado dos minutos cuando notó que allí fallaba algo. “¡Me cago en la puta!”, debió de pensar por lo menos, cuando se dio cuenta.
Había tomado el tren que iba en dirección contraria. Por eso llegó tan tarde.


Mi amigo el despistado trabajó también como transportista en una tienda de electrodomésticos. Un día en que lucía un sol espléndido un amigo suyo le hizo una visita, en la tienda, y cuando fue mediodía se volvió con él, con la furgoneta, al pueblo donde vivían, situado a unos veinte kilómetros. Por el camino estuvieron hablando de temas varios, y cuando casi estaban llegando, el otro, cabroncete, le pregunta:
-Oye, porqué llevas el limpiaparabrisas en marcha?
Llevaba todo el camino, más de media hora, flash-flash-flish-flash y ni se había enterado.

Mi amigo el despistado una vez consiguió un empleo como comercial, también de electrodomésticos. Los primeros días acompañaba al compañero, que le enseñaba de qué iba el tema y le iba presentando a los clientes que tenía que tratar. Entraron en la primera tienda, y el titular se puso a hablar con el propietario:
- Y mira, te voy a presentar a nuestro nuevo vendedor, él será el que a partir de ahora te visitará y…
Viendo la cara de sorpresa del otro, se giró y mi amigo el despistado no estaba. Miró por la tienda y al final se lo encontró, con traje y corbata, sentado en el suelo, apoyado en una lavadora.
Se ve que estaba cansado.

Mi amigo el despistado, en el mismo trabajo, estaba recibiendo del jefe las directrices pertinentes:
- Mira, cuando vayas a ver a un cliente, lo primero que tienes que hacer al entrar, es presentarte: bon dia, me llamo Jaume Sabaté y soy de la empresa Princkel, y luego le presentas el producto y toda la historia. ¿Vale o qué?
- De acuerdo, si.
- Pues venga, palante.
Se fue, resuelto, hacia su primer destino. Entró en la tienda, se dirigió al mostrador y le tendió la mano al hombre que había allí:
- Hola, bon dia, me llamo Jaume Sabaté y soy de la empresa… Mmm… Soy de la empresa, soy de la empresa….
No lo recordaba. Al cabo de un minuto pensando, le dijo al del mostrador:
- ¿Sabe qué? Mire, ya volveré otro día, que ahora no me acuerdo.
Y se largó.

Y la última (pero tiene muchas más):
Mi amigo el despistado un día se fue a visitar a mi hermano a La Seu. Había estado, hacía un tiempo, trabajando en Andorra, y se habían hecho amigos y tal. También había quedado, ese mismo día, por la noche, con una chica andorrana, con la que había tenido un rollete. Llegó por la tarde a casa de mi hermano, cenó con él y a la hora señalada se fue a la cita que tenía. Por el camino se fumó un porro (fumaba poco, no como otros), le entró sueño, aparcó la furgoneta en la cuneta y se quedó frito.
Cuando se despertó, al cabo de un par de horitas, se agobió y se volvió para Barcelona directamente, sin pasar por casa de mi hermano a despedirse.

Bueno, va la última:
El hermano de mi amigo el despistado fue padre por primera vez. Fuimos unos cuantos amigos, él también, a ver a la recién nacida, no sin antes celebrarlo en el bar, evidentemente. Subíamos charlando animadamente y tal, cuando, ya dentro del hospital, en la puerta del ascensor, se giró hacia mí y me preguntó:
- Oye, Llorenç…
- Dime, majo…
- Qué coño hacemos aquí?