diumenge, 9 de novembre de 2008

LANCASTER, 20




Cuando decidí largarme de casa, hice el petate y bajé a la cocina-salón, donde se encontraba mi madre viendo uno de sus programas favoritos de sobremesa, un documental de algún pintor, o yo qué sé. Me situé detrás de la butaca donde estaba apoltronada y le dije:
- Mama, que me’n vaig a viure fora.
Ni se giró.
- Doncs adéu.
Fue tan calurosa la despedida que no supe qué decir.
- Bé… Adéu…
Al abrir la puerta, sonaron las cañas colgadas en el techo. Aún siguen haciendo ruido (no desde entonces, sino que las cañas continúan allí, moviéndose cuando alguien entra o sale). Me alejé, despacio, por en medio de la calle, confundido y triste, pero sobretodo confundido.
Iba a escribir sobre un vecino que tuve, Blas, todo un personaje, pero acabo de recordar otra cosa.
Otro día, Blas, tranquilo, no te preocupes, que ya pillarás.
Sigamos con mi madre.
Teníamos unos vecinos, ya mayores, que vivían enfrente, en una casita. Eran de Barcelona, y venían casi todos los fines de semana. Cuando murió la señora María, la vecina, el sr. Jaume, lleno de pena, vendió el piso que tenía en la calle Lancaster, paralela a las Ramblas. Es una calle corta, empieza en Nou de la Rambla y termina en l’Arc del Teatre, casi tocando a Colom.
La vendió por doscientas mil pesetas, regalada.
Yo ya no vivía en casa (creo que estaba en Castelldefels), pero acompañé a mi madre a ver el piso.
Calle Lancaster, 20.


El 20 es el primer portal de la izquierda. La persiana de al lado era un establecimiento de comidas para pobres. Por trescientas pesetas, comías. Poco, pero comías.

El edificio era antiquísimo, destartalado, por fuera y por dentro. Se entraba por un portalón que pesaba un montón (rima fácil) y chirriaba como un elefante en celo. Las escaleras, muy amplias, estaban desconchadas, llenas de baches y agujeros, y había que vigilar un poco para no darse de morros contra el suelo.
El piso era un entresuelo, y nunca mejor dicho. La puerta baja, debías agacharte (yo, al menos) para entrar; una vez dentro, se bajaban unas escaleras muy estrechas, también peligrosas. Detrás de la puerta, una taza de water, que a duras penas cabía en el cuartucho.
El piso era minúsculo, veintidós metros cuadrados.
Cuesta creer que dos personas mayores pudieran vivir allí dentro: era una habitación dividida en dos por medio tabique, con una sola ventana que daba a un patio interior, sin ducha, con un hornillo eléctrico como cocina. Las paredes estaban empapeladas de flores de color amarillo chillón, aunque con el polvo incrustado eran de un ocre oscuro. Armarios antiguos, enormes, lámparas de cristal llenas de roña, y dos camas donde uno no osaría acostarse, así por las buenas. Para acrecentar la sensación de claustrofobia, había un sobretecho de yeso, cañas y paja que yo tocaba con las mano sin ponerme de puntillas.
A pesar de todo, era un regalo, ¿no? Doscientas mil pesetas…
Cuando volví de Castelldefels encontré un trabajo en un pequeño hotel de Barcelona, de recepcionista, y le pedí a mi madre que me dejara vivir allí, en su piso. A regañadientes, aceptó.
Una vez instalado, mi madre contrató a un paleta que conocía de l'Escola Massana, donde estudiaba pintura, escultura, retablo y todo lo que se le ponía por delante (mi madre, no el paleta). Éste era un hombrecillo pequeño, delgado, el típico albañil chapucero, que igual te levantaba una pared que te freía un huevo (de gallina). Pero lo veía poco, mi turno era de mañanas y cuando él acababa, yo aún no había vuelto.
Eso cuando venía, porque lo hacía cuando le daba la gana. Imagino que mi madre haría lo mismo, a la hora de pagarle.
Colocó un plato de ducha en lo que era la cocina, cambió el inodoro, y entonces se dedicó a quitar el falso techo. Yo, que soy un desastre en el tema del orden, tenía toda mi ropa, sin doblar ni nada, encima de una de las camas.
Un día, al volver del hotel, me encontré con que el paleta de las narices había tirado el techo, sí, pero no había cubierto nada: a saco, Paco. Todo el piso estaba lleno de cañas, paja y yeso, sobretodo yeso, por el suelo, las camas, toda mi ropa blanca, los cables de la instalación eléctrica por allí colgando… Y eso que había un plástico grande para cubrir, pero no, el señor no se debió acordar que allí vivía alguien.
Pillé un cabreo de mil pares, y creo que celebré mi mala leche con una botella de vino blanco a granel y doscientos gramos de mojama exquisita que vendían en una charcutería-bar que estaba en las Ramblas, y que ya la cerraron, como han cerrado ya casi todos los garitos que valían la pena por el Raval.
Evidentemente, a finales de la tarde ya se me había pasado el enfado, ya estaba hecho, què hi farem. Por la noche, vinieron unos amigos a verme. El Gole, que es un cabroncete (como yo, más o menos), empezó a chincharme diciéndome que debería echarle la bronca al paleta. Al final me convenció y le escribí una nota, que colgué en uno de los cables colgantes, para que la viera cuando llegara al día siguiente.
La nota decía algo así:
“ES USTED UN CERDO. ¿No sabe que aquí vive gente? ¿No podía haber cubierto, al menos, la cama? Espero que la próxima vez tenga el pequeño detalle de hacerlo, ya que, si a usted le da lo mismo ir por la calle hecho un asco, a mi no. ¿De acuerdo? ¿me ha entendido con claridad?
Firmado: Llorenç."
Se fueron los colegas, y a las seis y media me levanté y me fui a trabajar.
El paleta, cuando llegó a casa, lo primero que vio fue la nota que le escribí. Se pondría furioso el tipo, porque se fue corriendo a l’Escola Massana, en la calle Hospital, cerca de allí, y entró en el aula rebosante de alumnos, donde estaba mi madre, sin llamar, blandiendo el papel de marras y gritando como un poseso:
- ¡Mire!¡Mire!¡Mire lo que me ha escrito su hijo!
Cuando volví a casa, sobre las cuatro, mi madre estaba allí, y ya me había recogido los bártulos.
- Hola, ¿qué haces aquí?
Mi madre, sin mirarme casi, dijo:
- Ya puedes agarrar tu petate y largarte de aquí.
Entonces comprendí.
- ¡Pero mama, si es verdad, es un cerdo!
- Que te vayas.
- Y dónde voy ahora?
- Yo qué sé, ya te apañarás.
El bochorno que debió pasar en la clase, la pobre, debería ser impresionante.
Y bueno, me fui con viento fresco.
A los dos minutos, me encontraba caminando, macuto en ristre, subiendo por las Ramblas, pensando dónde pasar la noche…


Esta es mi madre.