dimecres, 1 d’octubre de 2008

Couché III (cap. VII)


Y así, pensando, discutiendo y diciendo estupideces varias, propias de la edad y del alcohol, pasaron las horas sin concretar nada. El sol asomaba tímidamente por el este, empezaba a refrescar debido al rocío, los pájaros iniciaban su canto matinal y…

- Excúseme, Couché, ¿podría no irse tanto por las ramas? No es que tenga mucha prisa, pero es que, a este paso, se van a consumir las pilas de la grabadora, y se me está subiendo el pastís a la cabeza, y me dará una pereza enorme tomar notas…
- Vaya, vamos cogiendo confianza, eh, chaval? De acuerdo, iré más al grano-, dijo, sirviéndose el enésimo vaso. También rellenó el mío, sin pedirme permiso, el maleducado.

- Pues eso, que ya estaba a punto de salir el sol cuando se me ocurrió. Me levanté de un brinco y grité:
- ¡Ya está! ¡Ya lo tengo! A partir de hoy, cuando compita en una carrera siempre quedaré tercero!
René y François se miraron, sorprendidos, y al cabo de un momento se rieron escandalosamente.
- ¡Ja ja ja ja! ¡Qué bueno, André! ¡Qué bueno! Pero no creo que seas capaz, con lo competitivo que tú eres!-, exclamó François.
- ¡Ja ja!, - rió René; - yo también lo dudo mucho.
Aquellas palabras hirieron mi orgullo, que, como habrás observado, es bastante elevado; me puse solemnemente serio y proclamé, mirando al sol naciente:
- Juro por Dios, por la Virgen, por el Papa, por mi padre, por mi madre, por mi perro y por la República que, a partir de este momento, siempre quedaré tercero, en cualquier carrera en la que participe.
François, levantándose también de la hierba mojada, y secándose las lágrimas de tanto reír, dijo:
- Vale vale, nos lo creemos, pero no jures ante Dios, la Virgen y el Papa, que tú no eres de misa diaria ni nada parecido.
- Pues anda que tú… Bueno, retiro a estos tres; lo vuelvo a jurar por los otros y por… Y por vosotros, mis amigos. ¿Mejor? ¿Vale ahora?
- Si, ahora si.

Yo no sabía qué pensar. Aquel hombre me estaba tomando el pelo, y sin embargo quería creerle.
- Caramba, Couché… ¿Y sólo por esta tontería fue capaz usted de no alcanzar la gloria deportiva, y no pasar a la historia más que como un corredor segundón? Perdón, en su caso, sería tercerón… - Pues sí, qué pasa… Yo siempre he sido un hombre de palabra, y más con los míos.
Me rasqué la cabeza, confundido, mientras vaciaba el vaso.
- Bueno, me lo creo, va…
Couché se puso de pie y levantó los brazos, estirando el cuerpo.
- Bueno, bueno, bueno… ¿Tienes hambre, Laurent?
No me ha llamado Poubelle, qué detalle, pensé.
- Pues la verdad es que un poco sí, después de tanto pastís no me iría mal llenar el estómago. Y a usted también, diría yo. Pero quizás debería irme ya…
Se acercó a mí, me cogió del brazo y me levantó del sillón.
- ¡Pero qué dices, hombre! Es hora de comer, y como me decía siempre mi abuela Pepette, hay que comer. Además, aún no he terminado de contártelo todo.
- Es cierto, - recordé; - tiene que decirme cómo acabó lo suyo con Zatopek.
- ¡Tienes razón, chaval! Eso y más cosas aún. Pero primero, a coger fuerzas. Acompáñame a la cocina, vamos a ver qué podemos comer. ¿O prefieres salir fuera? En Chez Pierrette se come bien, aunque su marido no me mire con buenos ojos…
- ¿Por?
- Bueno, digamos que tuve un desliz con su mujer, y siempre ha sospechado, aunque nunca lo ha podido demostrar. Mejor nos quedamos aquí, estaremos más tranquilos. Luego, si acaso, ya iremos allí a tomar café. Te parece?
- Me parece.
(Continuará)