dimarts, 20 de gener de 2009

LA FAMILIA DE TREMEBUNDO II


Foto: Francisco de Goya y Lucientes.

Érase una vez que se era un reino que tenía por nombre Atrofia. Su joven rey, Tremebundo II, era una persona muy valerosa y honesta; además de proteger a sus súbditos de todo mal, o al menos eso era lo que decía, era muy alegre y divertido y siempre estaba de fiesta en fiesta y se lo pasaba pipa. El pueblo lo quería mucho, aunque de vez en cuando, debido a las malas cosechas, sequías y demás desgracias, pasaba un hambre del copón, mas pagaban de buen grado los impuestos y aranceles que debían apoquinar sí o sí, como estaba mandado.
Pero resultó que, oh divina providencia, que un mal día Tremebundo II sintióse triste; una sensación brutal de soledad le invadió, y no se le ocurrió otra cosa que (en vez de ponerse a jugar al billar, por ejemplo) buscarse una mujer, evidentemente, de alta alcurnia. Viajó incansablemente por los reinos vecinos con el dinero que recibía de sus vasallos, porque el rey jamás debía trabajar (no fuera que se herniara) y finalmente enamoróse de una princesa muy mona, hija del rey de Patilla, reino que lindaba con Atrofia. Este hecho mitigó un tanto sus ansias de farra y pendoneo, y al pueblo no le importó, sino que encima le pareció bien que su amado rey sentara la cabeza de una vez y tuviera descendencia real.
Pasaron pocas estaciones y la dicha llegó de nuevo a la casa noble, y la plebe recibió la noticia con unánime alborozo: la reina Inopía, que así se llamaba la flamante esposa de Tremebundo II, dió a luz a una preciosa niña, sin taras genéticas, a la que pusieron el nombre de Verbena, ya que nació riendo. Al cabo de otras pocas estaciones, sin aún haber digerido del todo la llegada de Verbena, llegó otra buena nueva: la ya entrañable Inopia se encontraba de nuevo en estado de buena esperanza (y eso que no llegó a conocer a Magallanes), para regocijo del rey y sus súbditos. Éstos dieron gracias al cielo por tan maravillosa noticia, aunque eso no les hiciera olvidar el hambre.
Sin embargo, Tremebundo II, entre fiesta y fiesta que se seguía pegando, se sentía apesadumbrado. Él deseaba un hijo, un varón, un heredero, aunque amara a sus dos retoñas que no veas. Finalmente, los astros escucharon sus plegarias al cabo de otras cuantas estaciones. Los cielos de Atrofia se abrieron para anunciar que la reina Inopía había parido un ninio. El pueblo, como siempre, celebró como nunca el evento, como si hubiera ganado la selección atrofiana el Mundial de torneos medievales.
Más y todo.
Pasaron los años y los hijos de Tremebundo II y Inopía, Verbena, Piscina y Típex, que así se llamaban, fueron creciendo. Lo hicieron tanto que llegó el tiempo de casarlos, como mandan los cánones. El pueblo, aunque cada vez vivía peor, seguía contribuyendo con fervor a la espléndida manutención de la familia real, cada vez más numerosa, pues les tenían a todos en mucha estima, a causa sobretodo del rey Tremebundo, que era un fiestero de cojones.
Y eso siempre vende, queda muy simpático.
Así, la princesa Verbena se casó en la ciudad de Barbilla, situada en el sur del reino, con el conde de Valechaval, e hicieron muy buena pareja durante el resto de sus días, ya que se parecían mucho. El pueblo oyó las proclamas, bandos y demás anunciando el evento con gran alegría. Pero, aún habiendo pagado la boda, no se le invitó.
Y el pueblo cada vez las pasaba más canutas.
(“Pues que coman galletas”, según dicen que dijo María Antonieta cuando le dijeron que sus súbditos no tenían ni pan para comer).
Al cabo de muy pocas estaciones le tocó el turno a Piscina, la seguna princesa del reino, que eligió la ciudad de Pilona, situada en el noreste del reino, para casarse con Cilindrín, el gran campeón de duelos a caballo con patín. Se casaron con todos los honores habituales y el pueblo agitó las banderitas y luego los príncipes, junto con sus miles de invitados, se fueron a comer bien comidos y el pueblo, que era el que pagaba la farra, tampoco fue invitado.
Piscina y Cilindrín también fueron muy felices, y comieron muchas más perdices que el populacho.
De hecho, se las comieron todas.
Fueron pasando las dichosas estaciones y Típex, el príncipe heredero, decidió casarse también, mira tú por dónde. El rey Tremebundo II y su esposa Inopía se alegraron muchísimo, a pesar de tener ya una edad, , pues era el único vástago que faltaba por maritar, y el más importante, además.
Pero el pueblo, al cual ya no le quedaban perdices, decidió que ya estaba harto. Harto de pasar hambre, harto de seguir pagando impuestos, pero sobretodo de pagar las fiestas al rey, a la familia y a sus amigos.
Y encima, sin ni tan siquiera invitarles.
Dicho y hecho. Se puso de acuerdo el pueblo, se organizó, asaltó el castillo de la Viruela, residencia real, y Tremebundo II, la reina Inopía y toda la tropa, Verbena, el conde de Valechaval, Piscina, Cilindrín y el príncipe Típex huyeron como almas que lleva el diablo y el monarca fue obligado a abdicar.
Y el pueblo, alborozado y regocijado, para celebrarlo, montaron un fiestón impresionante, se invitó a todo el mundo, menos a los reyes, a la familia y a sus amigos gorrones.
Y comieron, y comieron, y bebieron y bebieron, hasta hartarse.
Y se lo pagaron ellos, como debe ser.
Eso sí, perdices ya no habían.