divendres, 14 d’agost de 2009

UHLISES (Cap II). Los lotófagos.








A bordo de su bajel “Bribónides IV” (ya los antiguos griegos usaban la grafía latina antes que los propios romanos) Ulises zarpó, por fin, junto con su tripulación, en busca de su amado reino. Iban bien pertrechados de víveres para mucho tiempo, pues la travesía se antojaba larga, azarosa y repleta de peligros acechantes.
- Vatericles, como te vea echar mano de los chorizos te cuelgo del tuyo en lo alto del mástil. ¿Ha quedado claro?-, gritó Uhlises a un rollizo remero del fondo a la derecha (como los lavabos, por eso le apodaban así).
- No os preocupéis, oh, gran Uhlises, rey de Hítaca; procuraré refrenar mis impulsos más primarios en aras de la comunidad y del interés general- respondió Vatericles, un poco avergonzado por su perenne gula.
Euríloco, el contramaestre, gritó desde la proa, dirigiéndose a los remeros:
- ¡Pandilla de holgazanes! ¿A esto le llamáis remar? ¡Hasta una tortuga boba avanzaría más que vosotros! ¡A este paso no llegaremos nunca a Hítaca! ¡Coldpléyade! ¡Ameniza y da ritmo con tus cánticos a estos inútiles!
Tras las proféticas palabras de Euríloco, como se comprobaría más tarde, Coldpléyade se arrancó:
- Yo solía gobernar el mundooooo, los mares crecerían cuando yo diera la palabraaaa, ahora en la mañana limpio soloooo, limpio las calles que solía dominaaaaar … -, y al poco se desató una terrible tempestad. Poseidón había sido despertado por los berridos de Coldpléyade e, irascible como era después de la siesta, removió las aguas con tal fuerza que el “Bribónides IV” fue desviado de su rumbo, perdiéndose en el horizonte a merced de los designios del dios del mar.
- ¡Cagüen Apolo, el dios de la música!-, tronó Poseidón- ¡Seguro que se encontraba de fiesta con Dionisos el día que nació ese tipo!¡Hala, esto os enseñará a despertarme de la siesta de este modo tan cruel!.


Durante la tempestad los navegantes perdieron la mayor parte de las provisiones, para gran desesperación de Vatericles, y un par de marineros cayeron por la borda, desapareciendo para siempre. Mas no Coldpléyade, para desgracia de todos. La tripulación, enfurecida, quiso arrojarlo al fondo marino atado a un arcón lleno de piedras, pero en el barco no habían piedras. Uhlises, movido por un parentesco lejano con el cantor de marras (perdón, no era de Marras, sino de Mileto), impidió el asesinato, a cambio de coserle la boca con hilo de pescar, acto que calmó al resto de tripulantes del “Bribónides IV”.
- Adefesio, te harás cargo de su cuidado. Dale de comer con una pajita-, sentenció el monarca viajero.
Euríloco se acercó a Uhlises.
- La ira de Poseidón nos ha desviado de nuestra ruta, y no tengo ni idea de dónde nos encontramos, oh, gran héroe de Troya.
- No me hagas la rosca, anda, que te tengo clichado. Vaya contramaestre que tengo, que no sabe ni dónde está…
Así estaban las cosas en el bajel, cuando…
- ¡Tierra!¡Tierra a la vista!- vociferó desde lo alto del palo mayor Dioptrío, el vigía.
Uhlises se volvió hacia donde le señalaban, escudriñando con su felina vista la costa que se alzaba ante sus ojos.
- Por su silueta no parece Hítaca, por Artemisa…-, comentó-; no obstante, pongamos rumbo hacia allí y busquemos un lugar donde desembarcar. Debemos aprovisionarnos de nuevo y encontrar agua dulce, que también se ha perdido con la tempestad de las narices.
Después de anclar el “Bribónides IV” en una pequeña ensenada, la tripulación al completo descendió del barco y se dispuso a explorar la zona a la búsqueda de alimentos.
- Tú te quedas aquí- dijo Uhlises mientras ataba al palo de mesana a Vatericles, en previsión de que pudiera zamparse lo poco que quedaba-; si nos acompañas corremos el riesgo de que volvamos con las manos vacías. Vigila el barco y si ocurre algo por aquí extraño pega un grito, igual te oímos y todo.
Una vez en tierra, en seguida se toparon con un grupo de personas vestidas únicamente con taparrabos. Uhlises, por si acaso fueran violentos (y no le apetecía nada ponerse a cortar cabezas tras lo de Troya), sacó de su zurrón unos cuantos abalorios y chatarra brillante y los ofreció con una reverencia al que parecía el cabecilla:
- Yo brindar estos presentes en nombre de Uhlises, hijo de Laertes y Anticlea y soberano del Hítaca, una isla que estar en el V olivo.
- Qué raro hablas, extranjero! ¿No te sabes los tiempos verbales o qué? – respondió Bonoloto, en efecto, el jefe-. Excúsanos por declinar tan asqu… tan admirables regalos, mas los lotófagos, nuestro pueblo, no tenemos necesidad de otra cosa que no sea esta flor, el loto, nuestro único alimento. Todo lo demás nos sobra.



Uhlises, poseedor de vasta cultura, había oído nombrar a dicho pueblo. Sabía que, si se comían dichas flores, que se encontraban por todo el territorio en gran abundancia, se olvidarían de todo de todo de todo y querrían quedarse a vivir allí para siempre, sumidos en un feliz e interminable sopor.
- No hace falta deciros que nuestra mítica hospitalidad os ofrece todo el loto que os apetezca-, convino Bonoloto.
- Te lo agradezco mucho, oh, amable Bonoloto, pero aún nos quedan vív…- y no acabó la frase: tres de sus hombres ya estaban paciendo a cuatro patas, como de vez en cuando algunos héroes griegos.
Al ver esto, Uhlises se abalanzó sobre ellos (no, no para eso, mal pensados) y les arreó una patada en la boca a cada uno, desparramando por el suelo dientes y loto a medio masticar.
Demasiado tarde: los tres estúpidos marineros estaban ya poseídos por los efectos loteros: se les hubiera extirpado el bazo y ni se hubieran enterado, henchidos de felicidad como estaban. Y encima no se querían ir, así que agarró el enorme escudo que le regalaron el día de su santo y lo estampó en las respectivas cabezas, dejándolos inconscientes.
Los lotofagueros estaban atónitos ante tal comportamiento. No conocían la violencia.
- Pero qué pimientos haces, oh, barbudo extranjero cargado de roña?
- ¿Y qué quieres, si en el barco no hay ducha… ¿Me lavo a salivazos? ¿A que te arranco la cabeza?- replicó, furioso, Uhlises. Tenía mucha hambre, y eso le causaba gran irritabilidad - Mira, me voy a llevar ahora mismo a estos capullos al barco (a éstos y a todos los demás) y pobre de ti que hagas el menor ademán de impedirlo. ¿Ha quedado claro, Primitivo, Bonoloto o como te llames?
- Bonoloto, me llamo Bonoloto. No te preocupes, Uhlises, viendo cómo las gastas no tenemos ninguna intención de impedir tu marcha. Que los dioses te acompañen, o no. Me importa una deposición de minotauro.
Uhlises, con semblante iracundo, clavó sus ojos en Bonoloto.
- Mira, comedor de alfalfa, no te machaco los huesos porque tengo prisa, me espera mi Penélope.
- La del Serrat?
- La misma que viste y va descalza.
- Pues pobre Penélope, que no le pase nada…- murmuró bajito Bonoloto.
- ¿Qué has dicho?
- Nada, nada, habrá sido la brisa que esparce Eolo, que a veces susurra cosas.
- Ah, pensaba…- Ulises se volvió a sus hombres: - ¡Venga, agarradme a estos tres desgraciados y embarquemos de una vez!

Al cabo de poco, el “Bribónides IV” ya se encontraba en el horizonte, viento en popa a toda vela y eso. Uhlises tenía la esperanza de ver pronto la costa de su querida Hítaca.

Qué ihluso, Uhlises…