dilluns, 27 d’octubre de 2008

EL BAÚL Y EL HACHA



Mi bisabuela Consuelo era de armas tomar, según me han contado. Murió cuando yo tenía cinco años, pero me acuerdo de ella, aunque de su mala leche no. Con ella por en medio sólo tengo dos imágenes, pero claras: los sábados venía a visitarnos a Premià de Dalt, donde vivíamos, desde Barcelona. Tomaba el autobús y Eva, Raquel (dos hermanas nacidas) y yo la esperábamos al final de la calle. Cuando doblaba la esquina íbamos corriendo a recibirla, y siempre nos traía algún regalito. La otra imagen es de un día que fuimos a visitarla a la residencia donde vivía, y yo, jugando, me rasqué la mano en una pared estucada, rugosa y se me quedó en carne viva.
A principios del siglo XX, mi bisabuelo encontró trabajo en Málaga. Era un reputado albañil, y le deberían ofrecer un buen sueldo, pues se trasladó allí con Consuelo. (Lo que no recuerdo es dónde dejaron a mi abuela, la nueva, pues se supone que ya habría nacido. Pero eso no viene al caso, ahora). Alquilaron un piso y se instalaron. El uno trabajaba en la obra, y la otra, de comadrona.
Con el tiempo, Josep, mi bisabuelo, acabó la obra y se quedó sin trabajo.
Era un poco balilla el tío, y Consuelo lo sabía, supongo. No se ufanaba demasiado en encontrar un nuevo empleo, y solía quedarse en casa, tumbado por ahí.
En esas que había una vecina del mismo edificio a la que le hacía gracia, mi bisabuelo. Dicha mujer era viuda, con siete hijos, y le tiraba los tejos, como si no tuviera otra cosa que hacer.
No sé si hubo algo entre ellos, pero Consuelo sospechaba. Sospechaba mucho.
Así que un día, por la mañana, se fue a trabajar. Le dio un beso a Josep (o no), abrió la puerta, pero no se fue: aprovechó que mi bisabuelo estaba en el cuarto de baño y se escondió en un baúl que había en la habitación.
Allí se acomodó, con un hacha como compañera.

La compañera de Consuelo: durante su encierro voluntario se hicieron amigas, y le puso Jacinta, en recuerdo de una cabra que tuvo de niña.
Un baúl, un hacha y la Consuelo, presta a saltar al más mínimo indicio de cuernos.
Josep se tumbó en la cama, fumando, y en eso llegó la vecina de las narices.
Bueno, de la nariz, porque sólo tenía una, creo.
En esa época las puertas no se solían cerrar con llave, así que él ni se movió de la cama. Entró la mujer, y empezó a hablar: le decía que dejara a su mujer, que era una mala pécora, que ella le cuidaría como nadie, que si esto, que si lo otro… Josep, sin inmutarse, iba fumando y dando largas a la vecina, hasta que ésta se hartó de comerle la cabeza (sin doble lectura) y se marchó.
Al cabo de un rato, mi bisabuelo se hartó también de estar tumbado sin hacer nada, se vistió y salió a la calle a dar un paseo, o vete tú a saber.
Cuando la casa quedó vacía, Consuelo salió del baúl, lo dejó todo tal cual estaba, escondió el hacha en otro lugar, cerró la puerta y se fue a trabajar.
Sobre lo sucedido, no dijo ni una palabra a Josep.
Al cabo de unos días, Consuelo volvía a casa, después de una jornada de duro trabajo. Al doblar una esquina, se encontró cara a cara con la vecina. Sin mediar palabra, le soltó un sopapo directo a su única nariz, desplomándose en el suelo al momento. Y siguió arreándole, patadas, puñetazos, arañazos y todo lo que pudo, hasta que se hartó.
Y se fue, relajadísima, a casa, dejando allí tirada a la vecina.
Evidentemente, ésta fue rauda al juzgado de guardia y puso una denuncia por agresión a Consuelo.
Al cabo de un tiempo, se celebró la vista.
En el barrio el suceso tuvo mucha repercusión, y ya se sabe, de la chafardería popular: la sala estaba a rebosar de curiosos ávidos de sangre y vísceras.
Empezó el espectáculo. Consuelo fue llamada a declarar y reconoció los hechos sin ambages. Cuando le llegó el turno de subir al estrado a la vecina, ésta empezó a escupir improperios contra mi bisabuela, proclamando a viva voz que era una mala mujer, que hace tiempo que le tenía ganas, que no cuidaba a su marido, que… En fin, todo lo que se le ocurrió y más, hasta que, en un momento de la perorata, le interrumpió el juez:
- Perdone, señora, una pregunta…
- Dígame usted, su señoría.
El juez la miró fijamente:
- ¿Usted cuántos hijos tiene?
- Siete, su señoría.
- ¿Es usted viuda, no es cierto?
- Pues si, mi pobre marido murió ya hace años y…
- ¿Y no tiene bastante trabajo con sus hijos como para ir tocando las narices al vecino?
La vecina se quedó de piedra.
- Verá, es que…
- ¡Ni es que ni leches!- gritó el juez, levantándose de su silla- ¡Debería darle vergüenza! ¡Hala, caso cerrado¡ ¡Desalojen la sala! Qué manera de hacerme perder el tiempo...
Y así se dio por concluido el juicio, para desesperación de la vecina, regocijo de mi bisabuela y desencanto del público asistente.
Mi bisabuelo, creo que ni se enteró. Y de lo del baúl y el hacha, aún menos.
Al cabo de un tiempo, Consuelo y Josep volvieron a Barcelona.
Me pregunto si ella se llevaría consigo a Jacinta, por si acaso...