dijous, 26 de juny de 2008

ASUN I


Hace ya bastante tiempo tuve, durante unos años, a una compañera de trabajo que se llamaba Asun. Era… Era, es, diferente, por adjetivarla de alguna manera. Como pienso contar más anécdotas de la colega, que cada uno la defina como quiera.
Pero es mucho más que eso.
Entraba a las tres de la tarde, después de comer. Trabajábamos en un ambulatorio, en admisiones, de cara al público. Asun llegaba una hora más tarde que los demás con la modorra post-comida, y a las tres, también, empezaban las visitas de los médicos de la tarde.
Llegaba: - Holabonatardaaaaaa…-, decía con su peinado de los años 40 del día de la tortilla, su bata blanca que no renovaba desde hacía años aunque apenas le cabía (parecía un embutido con patas), y sus labios pintados de rojo carmín, como la Bette Davis (pronúnciese tal cual, Betedavis). Se sentaba en su silla, siempre la misma, y entonces hablaba de su padre y de su madre. Nadie le hacía ni caso de lo pesada que era siempre con el mismo rollo, así que poco a poco se iba callando hasta que se quedaba medio traspuesta de sueño, en el mostrador. Apoyaba la cabeza en la mano, así no se le caía, e iba echando cabezaditas disimuladas.
Tenía práctica, la mujer.
Un día llegó más sobada que de costumbre. Debíamos estar en pleno verano. Se sentó en su silla, se incrustó en ella y, después de decir lo de siempre, adoptó su postura favorita, aguantándose la cabeza. Así de paso haría pesas, pensaba yo, ya que era propietaria de un buen cabezón. Si a eso le sumamos que se lavaba poco el pelo, mas las pinzas que se le olvidaba quitarse cuando se peinaba estilo tortilla day, se puede deducir que, junto con la roña que llevaba hacía que aumentara el peso de su cráneo.
Y se quedó roque. Yo, que soy un poco cabroncete, no le dije nada. Que se duerma, que se duerma, a ver qué pasa. Al cabo de poco llega un señor mayor al mostrador, se la quedó mirando y le dijo:
- ¡¡Señora, que se está durmiendo!!
Como el chiste del chino del bar.
Se despertó sobresaltada, dando un brinco en su silla baja. Se la regulaba lo más bajo posible para estar lo máximo de cómoda; desde fuera del mostrador sólo se veía el cabezón.
Asun mantuvo la mano en el moflete, y le contestó al señor:
- No, noooo, qué va, lo que pasa es que tengo un dolor de muelas… Pero un dolor… Llevo así desde ayer!
- Coño, pues parecía que se estaba pegando una siesta.
Yo me partía por dentro.
Asun se pasó toda la tarde con la mano en la cara, disimulando conmigo y con los demás compañeros de trabajo que se acercaban por allí. Claro, yo se lo contaba a todo el mundo: ven, escucha la última de la Asun.
De vez en cuando, para que el rollo pareciera más real, se quejaba:
- Ay, pero qué dolor, qué dolor, mare meva.