dimecres, 21 de maig de 2008

VENANCIO EL APÓSTATA



Venancio, vecino de Grefenal de la Sierra, tenía una tienda de ultramarinos, lo cual ya tiene cojones estando en la sierra, pero eso ahora no viene al caso. Venancio era uno más del pueblo, soltero, sin hijos, sin más pretensiones que ir tirando con lo que le daba su pequeño negocio y poca cosa más: la partidita en el bar a mediodía, la de la tarde, después de cerrar, la de después de cenar... También, de vez en cuando se sentaba en un banco de la plaza del pueblo, dando de comer a las palomas, con la peculiaridad de que no habían palomas en Grefenal de la Sierra, pero eso ahora tampoco viene al caso.
Ah, y también iba a misa todos los domingos y fiestas de guardar.
Esto de la misa sí que viene al caso.
Venancio era tope de feligrés, hasta que, llegada la crisis de los cuarenta, se planteó seriamente sus creencias religiosas y decidió que esto de la Iglesia, Dios y su pura madre eran una solemne mentira.
Así que preguntó a un colega descreído sobre la manera que había de borrarse de la iglesia católica y de dejar de formar parte de su rebaño borreguil. Éste, no el rebaño sino el amigo, le indicó que bastaba con enviar una carta al arzobispado correspondiente y señalar su voluntad de dejar de pertenecer a la Iglesia.
Esto mismo hizo Venancio, sin perder tiempo.
Al cabo de unas semanas, al no recibir contestación, volvió a escribir la misma carta, esta vez por triplicado, y tampoco obtuvo respuesta. Reescribió la carta, esta vez ya con otro tono, mas tampoco así el arzobispado se dignó a contestarle.
Venancio, aparte de ser lo que era, un modesto propietario de una tienda de ultramarinos, era cabezón, sello inconfundible de todos los de su tierra, y además tenía mala leche, cosa que afortunadamente para los demás no afloraba muy habitualmente por sus poros.
Pero en este caso se unieron las dos cosas y, ni corto ni perezoso, se personó en la sede del arzobispado.
En la recepción pidió hablar con el arzobispo, a lo cual el cura-conserje le contestó sin muchos miramientos que debía pedir visita, como los médicos. Venancio, sin contestar, le soltó tal guantazo al portero que le arrancó la dentadura postiza, quedando ésta colgando de una imagen de la virgen colgada en la pared. Le cogió por la pechera y le conminó a que le dijera dónde coño estaba el arzobispo, si no quería que se tragara la dentadura, con virgen incluida.
Con mucho esfuerzo, pues le costaba vocalizar, y cagado de miedo, el cura-conserje le indicó que el arzobispo se encontraba en el segundo piso, al fondo a la derecha, como todos los defecatorios.
Hacia allí se dirigió resuelto Venancio, subiendo las enormes escaleras del edificio a grandes saltos. Abrió la puerta de una patada, y efectivamente, allí estaba el susodicho arzobispo, sentado en su escritorio, con una expresión de placer que a Venancio, en un primer momento, le dejó un poco parado. Parecía que no le hubiera oído entrar.
Esa cara no se consigue rezando, pensó Venancio.
En ese momento el arzobispo sintió que había alguien más en el despacho. Giró la cabeza y vió a Venancio, de pie: se levantó de un brinco del sillón, bajándose la sotana rápidamente y con el mayor disimulo posible. También al momento apareció de otro brinco otro cura que se encontraba debajo de la mesa como por casualidad, el cual, mientras se limpiaba los morros, desapareció de la escena en un santiamén, y nunca mejor dicho.
El arzobispo, sintiéndose indefenso, se quedó mirando a Venancio, sin poder articular palabra. Éste se rehizo pronto de la sorpresa y sin mediar palabra le arreó dos hostias bien dadas a su eminencia. Una vez en el suelo, se sentó encima de él, y le explicó amablemente el problema que tenía.
Al cabo de diez minutos, Venancio salió del arzobispado y se marchó a casa, satisfecho, con el documento oficial que acreditaba que Venancio Celemín Martínez, vecino de Grefenal de la Sierra, dejaba de una puta vez de pertenecer a la Iglesia.
Estaba contento, y lo primero que hizo al volver al pueblo fue ir al bar a celebrarlo. Allí se encontraba, precisamente, Doroteo, el amigo descreído.
Venancio le mostró el documento, radiante, mientras pedía unas cañas para toda la peña.
Una vez leído el texto, Doroteo le dijo:
- Felicidades, macho! A partir de ahora habrá que llamarte Venancio el Apóstata!
Un puño voló al instante a la cara del pobre Doroteo, que cayó desplomado al suelo, rebozándose en serrín de bar.
- Eso lo será tu padre!