divendres, 4 de desembre de 2009

UHLISES (cap. VII y último): Tiresias en el Hades (y 2)



Uhlises, rey de Ítaca, cerró la puerta del Hades y penetró en su tenebrosa negrura. No veía un pijo. “Maldito el día en que dejé de fumar: al menos, ahora tendría un mechero con el que poderme guiar”, se comentó a sí mismo, en plan ripiador. La maga Circe, antes de partir hacia el reino de los muertos, le dijo que debía matar a unos cuantos y luego beberse la sangre derramada. Sólo así podría invocar el espíritu de Tiresias, el adivino ciego, al que necesitaba como agua de mayo para regresar a su patria.
- Esta Circe… Me ha engañado, la muy ladina. ¿Cómo voy a poder invocar a nadie, si no tengo a quién matar? ¡Aquí ya están todos muertos!
Así iba despotricando, caminando a tientas, hasta que se tropezó con algo que lo hizo caer de morros al suelo.
- ¡Maldito sea Hefestos! Vaya morrazo me he pegado, ay, ay…
Una profunda voz tronó a sus espaldas:
- ¿Eres tú el que busca a Tiresias, verdad?
Uhlises se giró, pero no veía a nadie. Normal.
- Pues sí, ¿cómo lo sabes?
- No sucede todos los días que alguien le marque cinco penaltis seguidos al guardameta, digo, al Can Cerbero. La noticia ha corrido como la pólvora por todo el Hades. Eres Uhlises, rey de Ítaca, ¿no es cierto?
- Pues claro, ¿quién va a ser? ¿No te has leído la Odisea o qué?
Tiresias carraspeó ostentosamente.
- No. Primero, que aún no se ha escrito, y segundo, que el braille no se ha inventado.
- También tienes razón… Entonces, ¿no serás, por casualidad, Tiresias el adivino?
- Pues claro, ¿quién va a ser? ¿Qué no me ves o qué?
- No. Primero, no veo un pimiento con esta oscuridad, y segundo, como dejé de fumar no tengo lumbre para orientarme, ni puedo esquivar zancadillas como la que me acabas de hacer.
El adivino alzó la voz.
- Bueno, ¿seguimos con este diálogo de besugos o te cuento la buenaventura, resalao? ¿Porque has venido para eso, no?
- Pues sí, ¿cómo lo sabes?
- ¡Porque soy adivino, imbécil!
- Bueeeno, bueeeno, no te pongas así! Anda, dime qué me depara el destino, que tengo prisa.
Aunque Uhlises no le veía, Tiresias se colocó en pose adivinatoria, concentrándose en sí mismo, durante unos minutos.
-¿Sigues ahí, oh, adivino?
- Si, y cállate, que me desconcentras.
Tiresias habló, al fin, pomposamente:
- Oh, gran Uhlises, héroe de Troya, azote de Héctor, Paris, Príamo y toda la peña, los dioses me han revelado numerosas nuevas que te conciernen directamente y…
En ese momento una antorcha apareció, y una anciana asida a ella interrumpió la buenaventuranza:
- ¡Uhlises!¡Uhlises!¡Hijo mío!
Al rey de Ítaca, al ver a su madre, Anticlea, allí, en el Hades, casi le da un espasmo. Llorando a moco tendido por la emoción de reencontrarse con su progenitora, se abalanzó sobre ella:
- ¡Madre!¡Cuánto te he echado de menos!¡Y cuán cierto es aquello de que madre no hay más que una!¡Madre amantísima!¡Nunca más me volveré a separar de ti!
Anticlea, casi asfixiada por los hercúleos, perdón, odiseicos brazos de Uhlises, se separó de él, mirándole fijamente a los ojos:
- Pero, hijo querido, ¿acaso no te has apercibido de que ya no pertenezco al mundo de los vivos? Uhlises no había reparado en ello. Preso de la desesperación, prorrumpió en uns desesperado llanto, mientras se estiraba los cabellos y se rompía la camisa.
- ¡Uhlises! ¿Pero qué nabos estás haciendo? Con lo que me costó tejerte esta camisa, con tanto amor que le puse, ¡y tú vas y la destrozas!- exclamó Anticlea al ver las tonterías que hacía su hijo.
- Perdóname, madre, pero mi pena es tan grande al no poder volver a verte jamás, que estoy casi por suicidarme, ya ves tú…- respondió Uhlises con los ojos enrojecidos.
- Eso mismo hice yo, pobre hijo mío… Al ver que no regresabas, me entró tal desesperación que me enajené del todo y me lancé en forma de abanico desde lo alto de palacio, acabando hecha unos zorros, aunque ahora no se me note. Además, ahora ya te lo puedo decir: no aguantaba a tu esposa Penélope. Es mala, malísima de la muerte, tiene una lengua viperina y sólo hace que crear cizaña entre todos los que le rodean. Además, no te ha sido fiel, por mucho que disimule tejiendo y destejiendo como una posesa. Y cada noche se cepilla a un par de los pretendientes a tu trono que rondan por la corte. Es insaciable, te lo aseguro, que lo he visto con mis propios ojos.
Uhlises no podía creer lo que estaba oyendo.
- Vaya, vaya, vaya con Penélope… Y mi hijo Telémaco, ¿se parece a su madre?
- Uy, ése es peor, aunque sea mi nieto. Es un pervertido, come de todo, ya me entiendes; tiene un harén con doscientas mujeres y trescientos hombres, se pasa el día de bacanal en bacanal y está dilapidando a marchas forzadas las arcas de tu reino. Y encima no sabe beber, pilla unas cogorzas que le vuelven insoportable: sólo porque crea que le miran mal ordena cortar unas cuantas cabezas. A este paso despoblará toda la isla.
El rey de Ítaca respiró hondo, apesadumbrado. Después de tantos años y años azarosos, estaba realmente cansado.
- Tanta gloria y tanta historia para llegar a esto. Estoy verdaderamente harto, madre querida. Creo que me voy a suicidar también. Aquí se está tranquilito y fresquito, y lo que único que necesito es paz y reposo.
Anticlea se puso más contenta que unos Juegos Olímpicos.
- ¿Te vas a quedar para siempre conmigo? No sabes la alegría que me acabas de dar, Uhlisín de mis amores. Y no te preocupes por nada, que ya te suicido yo misma.
Y, sacando una daga de plata de entre los pliegues de su túnica, le cortó la yugular allí mismo.
- Coño, madreglglglgl….
Esas fueron las últimas palabras de Uhlises vivo.

Tatuaje de Uhlises. Se lo hizo de joven, cuando tenía mala cabeza y era un poco choricillo. El punto de arriba es de cuando pasó una temporada en el taléguides.

Al cabo de unos minutos, el cuello de Uhlises se recosió solo y despertó, aunque seguía muerto. Se desempolvó el cuerpo con las manos, se levantó y vio a su madre, que le observaba con ojos de madre, de qué va a ser. Tiresias ya se había largado, molesto por no haber acertado en sus predicciones.
- Jo, madre, a veces eres de un drástico que no veas –dijo Uhlises-.
- A grandes males, grandes remedios, hijo mío –respondió Anticlea-. Anda, ven, que te prepararé un potaje de los míos, de esos que tanto te gustan.
- No lo entiendo… Si estamos muertos, ¿para qué necesitamos comer?
- Es una buena pregunta, Uhlisín.
Y se alejaron de allí tranquilamente, hablando de sus cosas y eso.
- Aquiles está por aquí, madre?
- Pues claro, hijo mío, él y muchos más. Aquí te lo pasarás bien, ya verás…
- Te quiero mucho, madre.
- Yo más, Uhlisito de mis carnes…
- No, yo más.
- No, yo.
- No, yo.


Y así se tiraron unas cuantas eternidades. De hecho, creo que aún continúan igual.
FIN!!