dilluns, 30 de març de 2009

DOS




Julián siempre estaba en lucha consigo mismo. Todo lo que hacía o pensaba le parecía mal, o no del todo bien. Siempre encontraba alguna pega a cualquier pensamiento o decisión, alguna razón que le impedía decidirse ir hacia un lado o hacia otro.


Pensaba si lo que hacía era correcto o no; tenía demasiado en cuenta todos los puntos de vista habidos y por haber, estuviera o no de acuerdo con ellos.


Eso, parece ser, es lo que le ocurría a Julián. Se contradecía siempre él solo, sin ayuda de nadie, luchaba continuamente contra sí mismo.


Pero él sabía que no iban por ahí los tiros.


Julián eran dos personas, en realidad, dos mentes en un solo cuerpo: Julián y Juliano. Los dos pensaban totalmente al revés uno del otro. Por esa razón a todas horas discutían, rebatían y polemizaban sobre cualquier cosa. Era automático: Julián decía A, y Juliano respondía B, y además cada cual creía en ello de brazos en cruz, digo, de pies juntillas. Después de infinitas tribulaciones, finalmente la discusión se resolvía en un punto medio entre A y B, entre Pinto y Valdemoro, entre dos aguas, entre pescado y carne, entre o salga, pero no se quede en la puerta.


Alguna vez el ímpetu coyuntural del uno o del otro imponía sus ideas, pero no era habitual.


Además, el ganador siempre tenía la mosca cojonera que le decía aquello tan típico de:


- Vols dir*?-, lo cual siempre creaba una cierta desazón.


Con lo cual y resumiendo, que la vida interior de Julián-Juliano era de aquello más desasosiegante.


Sin embargo, hubo un momento en que Julián y Juliano empezaron a ponerse de acuerdo más rápido de lo acostumbrado. Las discusiones duraban poco, hasta el punto de que, con el tiempo, sus mentes se acabaron unificando, pensando básicamente lo mismo el uno que el otro.


Y pasó el tiempo, como siempre.



Un buen día Julián desapareció, sin dejar rastro, de puro aburrimiento.

*"¿Quieres decir?", literalmente. Quizás en castellano la traducción correcta sería: "¿Estás seguro?".

dijous, 26 de març de 2009

CANDI & BLAS


Blas era mi vecino, pared con pared. Yo había alquilado un piso en el barrio del Gas, donde vivían la mayoría de mis amigos. Era la época joven fiestera, uno se puede imaginar lo que se cocía en casa. Lo compartía con dos más, el Yemen y el Juanma, ya que mi sueldo no daba para pagar el alquiler yo solo.
Mi puerta era el tercero segunda. La de Blas, el tercero tercera. Era repartidor de donuts. El tipo se dedicaba también a hacer trapicheos de hachís, lo cual a todos nosotros nos iba de perlas.


Camello. Obsérvese los dientes marrones, de tanto fumar porros...

Un camello en tu propia planta, vaya lujo. Ni el propio Maradona gozó de tal privilegio.

Blas era más bien alto, de chata nariz, de la que habitualmente le colgaban mocos que retiraba estratégicamente de vez en cuando con ruidosos sonidos nasales (bueno, eso fue luego, cuando se cambió de droga), y vivía con su pareja, la Candelaria, una mujer delgada con cara de loca, que daba miedo e iba vestida extremadamente mal. Perdón, de manera extremada, que queda más fino. Era funcionaria de prisiones en Wad-Ras, la cárcel de mujeres de Barcelona –una vez salió en las noticias, disfrazada con una peluca rubia, por un parto de una reclusa, sin asistencia médica, a pelo, que tuvo lugar una noche en la prisión. Según parece, ella era la que estaba de guardia-. No la veíamos mucho, aunque sí escuchábamos su voz de vez en cuando.
Sus gritos, más bien.
Y no eran por follar, qué va. Cuando en mi casa no había sarao, algo no demasiado habitual, y había silencio, se oían de vez en cuando las peleas entre la Candi y el Blas, siempre a grito pelado, berridos mezclados con ruidos de objetos que se rompían, golpes en las paredes, portazos y esas cosas.
Nosotros no hacíamos mucho caso. De hecho, más bien nos daba la risa.
Entré un par de veces en aquel piso (normalmente era él quien nos hacía la visita comercial). Estaba todo hecho un desastre, la mugre campaba encantada a sus anchas. Estaba mucho peor que el nuestro, que ya era decir. Pero no me quiero extender en lo guarros que eran: sólo diré, a modo de muestra, que los ceniceros los vaciaban directamente en el suelo.
Una tarde-noche nos encontrábamos Raúl (q.e.p.d) y yo sentados en la barra del Musical, nuestro bar habitual y punto de reunión. No había nadie más, aparte del Vicente, el dueño, detrás de la barra. Supongo que sonaban los Kool & The Gang de los cojones, o los Earth, Wind & Fire, para variar.
Sigue pinchando lo mismo, el muy paliza.
Entró Blas.
- Hombre, Blas, qué haces, cómo te va la vida-, le preguntó Raúl.
- Pues ya ves, aquí a pedirme un bocata, que hoy no he comido nada, y estoy harto de tanto donut.
- No me extraña, seguro que los odias, de tanto verlos-, tercié yo.
- Ya te digo… Vicente, hazme un bocata de lomo con queso, y me pones una cerveza-, dijo mientras se sentaba en un taburete, algo alejado de nosotros.
Seguimos Raúl y yo con nuestros quehaceres, o sea, dejar pasar el tiempo, fumando un cigarro, mirando al suelo, a la ventana, al Blas, al Vicente, a la rubia que pasaba delante de la puerta del bar, etc. De vez en cuando comentábamos alguna cosa, más que nada por decir algo.
Hacíamos lo mismo, más o menos, que los ancianos que miran las obras.
Al Blas le sirvieron el bocata y empezó a comer.
Al cabo de pocos minutos, apareció la Candi en la puerta del bar, en posición antidisturbios pero sin porra:
- ¡Ah, estás aquí, hijo de la gran puta!
Se dirigió a Blas con paso decidido y le arreó una bofetada en la cara que le lanzó el bocadillo a la otra punta del bar.




- ¡Mamón!¡Cabronazo!¿No te he dicho esta mañana que no tenía llaves de casa? Me cago en la puta, llevo dos horas en la calle llamando para que me abras!¡Y aquí el señorito comiendo tranquilamente!-, escupió la Candelaria, fuera de si.
Raúl, el Vicente y yo nos quedamos absortos, quietecitos, sin saber qué hacer. Igual a la Candelaria le daba por pegarnos también.
Mientras ella seguía despotricando, el Blas no dijo nada. Se mesó la mejilla, se levantó del taburete y fue a recoger el bocadillo desparramado por el bar, lo arregló como pudo y lo volvió a dejar en el plato. Luego se dirigió a la Candi y la cogió por el brazo:
- Anda, vamos pa fuera.
Nosotros nos quedamos de pasta de boniato, sin decir nada por la emocionante visión de aquel espectáculo.
Al cabo de cinco minutos volvió el Blas. Sin decir palabra, volvió a sentarse en el taburete y se acabó el bocadillo. Qué guarro.

El bocata, antes de volar por los aires.

Supongo que el Blas se llevó a la Candelaria a una esquina y, antes de darle las llaves, le arreó unos cuantos guantazos. Apuesto una caja de quintos a que ocurrió exactamente eso.



Como bien se puede apreciar, se amaban con locura.

dimarts, 24 de març de 2009

EL GALLINERO




Nunca había asistido, hasta el otro día, a una reunión de vecinos. Siempre me he escaqueado, con la peregrina excusa de que no me enterado de que se celebraba, o con otra, más peregrina aún, de que estoy muy ocupado, o que el trabajo no me lo permite.
No creo que vaya a ninguna más.
El bloque donde vivo es uno de los trece que se construyeron en el 64 para los pescadores que trabajaban en el puerto. Actualmente ya casi no queda nadie allí que ejerza esta actividad. Normal, porque es un trabajo durísimo y muy mal pagado.
Yo compré el piso hace ya unos años porque mi padre tenía unos dineros reservados para dar la entrada de una vivienda a cada hijo y lo aproveché: si no, de qué, moreno. En estas casas la gente ha ido haciendo y deshaciendo como le ha dado la gana, no se parecen en nada al proyecto original: balcones recubiertos con aluminio blanco, marcos de las ventanas azules, verdes, rojos, fucsias, malvas… toda la gama pantone en trece bloques.
En fin, visualmente, un desastre.
Al fin, después de llegar a un acuerdo la parte contratante de la otra que contrata contratando al contraataque (o algo así que decía Carlos Marx en “El Capital”), se decidió reformar la fachada de todo el conjunto de bloques.
Después de unas cuantas reuniones a las que no asistí, decidí presentarme a la última, más que nada para que no se diga (ya que pago…) y también para saber un poco del tema de primera mano, no por los comentarios de la vecina (que tampoco se entera mucho).

Lugar: antigua fábrica del licor Calisay, un edificio de 1896, de estilo neoclásicorománicogóticorenacentistapostyoquesé. Muy bonito, actualmente acondicionado para actividades que se celebren en el pueblo.
Hora: 20,30h.
Llegué allí puntualísimo, cosa extraña. La sala, magníficamente restaurada y habilitada, con un aforo de unas cien personas, no estaba ni medio llena. Me senté en una silla de la parte de atrás, sin nadie a mi lado. Tampoco conocía a nadie: no tengo apenas relación con los vecinos, de hecho he vivido poco tiempo en mi casa, sólo cuando me echaban de las otras.
Mi propiedad, más que mi casa.
La mayoría de los asistentes se habían colocado en la parte delantera. Los más guerreros, como pude comprobar más adelante.
En la tribuna estaban ya los ponentes de la reunión, a saber: el arquitecto encargado del proyecto, el representante de la gestoría, y dos o tres personas más haciendo el paripé detrás de la mesa, como para hacer bulto, impecablemente trajeados, aunque con trajes más baratos de los que usa uno de más al sur que también preside cosas.

Después de estar peleándose con un ordenador un ratito, empezó la reunión. El de la gestoría empezó presentando a las fuerzas vivas, y luego cedió la palabra al arquitecto. Éste, con ademanes de profesor de vuelta de todo (con las gafas en la mano, mordiendo las varillas), dijo que aquella era una reunión muy importante, puesto que las obras debían terminarse sí o sí en octubre, ya que si no se cumplían los plazos la Generalitat no pagaría las subvenciones que nos había concedido, y eso sería un problemón para todos. Quedaban aún problemas muy importantes que resolver y había que ponerse de acuerdo.
La primera cuestión y, según el arquitecto, la más importante, era la relativa al cubrimiento de los balcones. Anteriormente se decidió taparlos (yo no estaba de acuerdo, pero como no estuve presente en la reunión en la que se concretó este tema, pues a callar), pero sobre el color no se llegó a ningún acuerdo.
El color. La madre del cordero.
Fue entonces cuando el gallinero se empezó a alborotar. El arquitecto condescendiente había colocado en un balcón una estructura de aluminio a modo de muestra, para que los vecinos viéramos cómo podía quedar la cosa. Escogió el azul, más que nada porque era el color originario de las ventanas y persianas de todos los bloques. Blanco y azul.
Una señora de la primera fila, la señora Pepi, se levantó airada:
- ¿Azul? ¿Porqué de azul? ¿Y tú quién eres para decirnos de qué color tiene que ser?
¡Eso lo tenemos que decidir nosotros!¿Quién te has creído que eres?
El arquitecto, amablemente, intentó explicarle que él no tenía un interés especial en el azul, pero que, para no tocar nada, pensó en respetar el modelo original, tal como era hace cuarenta y cinco años. Además, explicó, como los edificios lindan con el cementerio de Sinera (Arenys al revés, donde está enterrado Salvador Espriu) y es patrimonio artístico, están afectados por éste, así que no se podía poner cualquier color, ya que el proyecto final debía ser aprobado por la Generalitat.
Y sobretodo, no podía ser blanco.
Ahí ya se lió la troca.
Se levantó un señor jubilado que estaba cerca de mí, blandiendo unos papeles que de lejos parecían informes de algo, se dirigió a la tribuna y le dijo cuatro palabras que no oímos los demás, entre otras cosas porque cada uno gritaba por su cuenta, apoyando las tesis de la señora Pepi, que quería los balcones de color blanco. El blanco era mayoría., según parecía.
El hombre de los papeles se volvió a sentar, airado. El arquitecto insistió que cualquier color en principio era válido, menos el blanco. El público gritaba. Una chica joven, de veintipocos años que vive en el bloque que da a la parte de atrás del mío berreaba como una posesa:
- ¿Pero tú qué te has pensao? ¡Esto lo pagamos nosotros y lo queremos blanco! ¡El azul ese es muy maquinero!
Me hizo gracia el comentario, allí la única maquinera era ella (iba con chándal de color blanco y fucsia). Saltó otro de la fila delantera:
- ¿Cómo es que no hay ningún representante del ayuntamiento? ¡Me parece una soberana vergüenza! ¡Sólo vienen a hacerse la foto!
El tono iba aumentando, y yo, aunque me divertía, ya me estaba hartando de perder el tiempo.
A mí ya me parecía bien, el azul.
Habló como pudo de nuevo el arquitecto, después de que el hombre de la gestoría intentara poner orden:
- Vamos a ver, les recuerdo a todos que el motivo de la reunión no es la elección del color, sino que esto sólo es un apartado más, y les aseguro que no es el más importante, ni mucho menos. ¿Que no quieren el azul? De acuerdo, díganme otro color, a mí me da lo mismo. Cualquier otro, menos el blanco.
Volvió a vociferar el gallinero.
De la parte de atrás saltó otro jubilado de la silla. Éste gritaba más que nadie:
- Pero vamo a ver, ¡y porqué no puede ser azul si ha sío asín toda la vida? A mí me gusta asín, y ya que me han puesto el balcón en azul (su piso era el de la muestra) no me la quita nadie! ¡ A ver quién tiene huevos de quitarla! Porque ya estoy hasta los huevos de tener toda la casa llena de polvo, y a más a más, a este paso no vamos a acabar nunca, cojone!!
No era el tono adecuado, pensé, pero para mí tenía toda la razón del mundo.
El gallinero se volvió hacia él, increpándole (me ahorro los comentarios). Uno de los motivos por los cuales los defensores del blanco no querían el azul era porque se ensuciaba más. Por pura lógica, es mentira.
Volvió a terciar el arquitecto:
- De acuerdo. ¿Cuántos eligen el color azul? Que levanten la mano.
Tres o cuatro brazos señalaron al cielo, entre ellos el mío. Qué fracaso.
-¿Lo ves, lo ves?- gritó escandalizada la señora Pepi, dirigiéndose al arquitecto;- ¡nos has querido imponer el azul!
Entonces volvió a tomar la palabra el listo de los papeles, levantándose de su silla:
- Yo he trabajado toda mi vida con pinturas y metales, y sé de buena tinta que el azul con el tiempo se va a descolorar y quedará fatal. Parece mentira que un arquitecto como usted no sepa estas cosas, eso en mis tiempos no pasaba. ¡Y dicen que estamos en democracia, pero esto me recuerda a los tiempos de la Falange, intentándonos imponer un color que nadie quiere¡ ¡Al menos, antes uno sabía a qué atenerse, pero ahora…!
Yo flipaba con la arenga del tipo ese.
- Perdone, pero eso que dice del color es mentira, y perdone que se lo diga. Antes quizás sí, pero las pinturas actuales no sufren ese problema-, le cortó el arquitecto.
Otro vecino le dio la razón:
- Yo trabajo también en pinturas y, aunque tampoco me guste el azul, no descolora, qué va.
Saltó de nuevo la señora Pepi:
- ¡Pero bueno! ¿Y porqué no puede ser blanco?
El arquitecto estaba ya un poco negro.
- Señora Pepi, ya he dicho que es imposible que sea blanco. Patrimonio nos tumbaría el proyecto segurísimo, y además yo me niego a defenderlo, no puedo. No puedo defender algo en lo que no estoy en absoluto de acuerdo, por muchas razones.
- Entonces, ¿qué coño hace usted aquí si no es para defender nuestros intereses?
Y todo el gallinero se puso de parte de la señora Pepi. Ésta se volvió hacia el respetable:
- ¡¡A ver, que levanten la mano los que quieren blanco!!
Unos veinte brazos se alzaron.
- Miren, si quieren dimito, no pasa nada. Si yo soy el problema, me voy y punto-, respondió, hastiado, el arquitecto.
El representante de la gestoría intercedió y recordó que no estaban ahí para echar a nadie, que el tiempo se nos echaba encima, que había que decidir el color que fuera, que llevábamos dos horas discutiendo sin llegar a ningún acuerdo y que aún faltaba hablar de temas mucho más importantes que el color de los balcones.
Tenía toda la razón, el hombre.
En ese momento, el hombre partidario del color azul se levantó, pegó un grito diciendo que estaba harto de tanta monserga y se largó escupiendo improperios.
Este sí que sabe, pensé.
Yo también empezaba a estar hasta los mismísimos de estar allí con tanto griterío (con lo poco que me gusta), perdiendo el tiempo y sin decidir nada en concreto.
Entonces el arquitecto sacó una gama de colores y lo mostró a la peña.
- Hala, elijan el que más les guste, pero pónganse de acuerdo, por favor.
Uno por uno fueron mirando los colores a elegir, pero sin bajar el tono de voz, todo lo contrario. Antes que me llegara el turno de elegir mi opción, escuché que la opción que estaba siendo mayoritaria era el color dorado.
¿Dorado? ¿Color dorado? Me levanté al momento y me largué con viento fresco, no sin antes levantar la mano y decir:
- ¡Pues yo voto azul!

Al día siguiente me topé con mi vecina en las escaleras. Me contó que la reunión acabó casi a las doce.



Y que la gente eligió un gris. Un gris.






Estoy convencido que, si el arquitecto hubiera escogido, en un principio, ese color, hubiera salido el azul.
Así semos.

dimarts, 17 de març de 2009

LA ASUN ATACA DE NUEVO (Piedras en Irlanda)


Unas cuantas compañeras de trabajo se han apuntado a un cursillo básico de inglés. Al tener casi todas una edad, apenas han estudiado idiomas y, como las clases las organiza la misma empresa y asistir da puntos para la carrera profesional (un chanchullo que se han inventado para no subir el sueldo), se han inscrito la mayoría de enfermeras, auxiliares de clínica y administrativas.
La Asun no se ha apuntado, claro. Ella no hace cursos, ya que según parece tiene muchíííísimo trabajo en casa. Es decir, esperar desde que se levanta (tarde) a que sean las dos menos cuarto para coger la Tusa y entrar a las dos a trabajar, como una clava.
Claro que, ahora, al enterarse de que es necesaria la formación (una formación que no sirve absolutamente para nada, pero eso es otro cantar) para cobrar un poquito más, está con la mosca en la oreja porque no la avisan para hacer ningún curso.
No debe saber que, para hacerlo, primero hay que apuntarse.
Pobrecita.
(Lo que le sucede a la Asun es que, como no tiene ni idea de mirar el correo electrónico, ni ganas que tiene, pues no se entera de nada, pero se le hincha su cuerpo serrano de la rabia que le da ver cómo los demás hacen cursos de formación, y cree que la boicotea todo el mundo).
La profesora de inglés ha propuesto una excursión de final de cursillo, como en el Instituto: un viaje a Irlanda de cuatro días. No se cuántas se han apuntado, la cuestión es que van. Están muy contentas de escapar de la rutina, de los hijos, del marido, del amante, del perro, del gato y del canario.
Por la tarde, en los ratos libres, se dedican a hablar de Irlanda, del viaje, de lo que harán y dejarán de hacer, de lo muchísimo que se van a divertir, etc. Toda una novedad, todo sea dicho, porque habitualmente cascan sobre si al mármol le han salido unas manchas (se quitan con limón, que lo sepan), que si ayer me gasté ochenta euros en el veterinario (a mi pobre Linda se le cae el pelo), que vaya mierda de peinado que le han hecho a la Gutiérrez (la capulla de trauma), que mira qué fea que está la Leti en el Hola! (yo prefiero el Lecturas, ande vas a ir a parar), que si mira ésa qué estirada va por el pasillo (como es familia de médicos se cree alguien), que esta mañana he pasado por el mercado y he comprado unas berenjenas maravillosas…
Temas laborales, por supuesto.
La Asun siempre está sentada en un rincón de la recepción, hundida estratégicamente en su silla baja: cuando uno llega al mostrador, apenas percibe sus ojos, pero se la reconoce a millas por su sempiterno peinado del día de la tortilla. Parece que está dormitando, pero está a la que salta, no se le escapa ni una (eso no es del todo cierto, a veces se duerme de verdad).
Ahora el tema estrella de cháchara es Irlanda. Y la Asun opina, por supuesto:
- Caram! ¡Os váis a Irlanda! ¡Quina sort! Yo estuve cuando era joven y hay muchas piedras en Irlanda. Muchas piedras, sí, está todo todo lleno de piedras. Y mucha hierba también, mucha hierba. Y mucho viento, y siempre llovía. Íbamos en tartana por los caminos, y estaba todo lleno de piedras, sobretodo. Una de piedras…
Aquel día, la Asun ya se había arrancado. Sus compañeras la aguantaron un rato, pero al poco, con disimulo, se fueron dispersando, como cuando un pato nota que empieza a llover y busca una lugar donde guarecerse.
Como los arranques temáticos de la Asun tienen una duración de varias semanas, a partir de aquel día, las demás no sueltan prenda de Irlanda, vuelven a hablar de las mismas cosas, no sea que, de tanto disco rayado y tanta piedra, empiecen a odiar Irlanda y decidan no ir.
Por cierto, la Asun nunca ha ido a Irlanda. Jamás ha salido de Badalona, todo lo más a merendar, en el día de la tortilla, al monasterio de Sant Jeroni de la Murtra, donde los Reyes Católicos recibieron a Colón tras su primer viaje a América, y que se encuentra a muy pocos kilómetros del centro de Badalona.
Y de eso ya hace un montón de años, el tiempo en que estaba de moda llevar el peinado que ella misma aún se hace.
Finales de los años cuarenta, más o menos.
Yo juraría que la Asun ha visto demasiadas veces “El hombre tranquilo”, de John Ford. Cualquier día dice que en Irlanda se topó con Maureen O'Hara.

Sólo le gustan los clásicos…

dijous, 12 de març de 2009

COTTON


No soy nostálgico; en todo caso, sólo de recuerdos.
De rimembars. Según dicen, tengo una cierta memoria. Como mínimo, tres neuronas haylas. Una para recordar, otra para olvidar. La última, para elegir qué recuerdo o qué olvido. Gara. La primera y la tercera neurona, pues, me permiten acordarme de cuando me levantaba a las putas seis de la mañana para ir al cole. No sé en otras escuelas, pero en los Salesianos de Mataró el BUP empezaba a las ocho de la mañana, tócate los cojones. Supongo que los otros BUPes también iniciaban las clases a la misma hora, pero eso mi tercera neurona no ha decidido aún si debo recordarlo o no, así que yo qué sé.
Antes me costaba un huevo levantarme. Siempre me ha sido muy difícil irme a dormir pronto: nunca antes de las once de la noche. Me quedaba (y me me suelo quedar aún) leyendo, dibujando, o dispersándome (mi gran especialidad), hasta bien tarde.
Así que, de buena mañana, pasaba lo que pasaba.
En la mesita de noche tenía un transistor pequeñito, como los que tenían a su lado las señoras haciendo calceta mientras escuchaban el consultorio de la Montserrat Fortuny a las once y media de la mañana. Por cierto, la sintonía del programa era una canción de Glen Miller. Preciosa.
La tengo por ahí.
Cuando sonaba el despertador, encendía la radio y me hacía el “ronso” (el remolón) un ratito. Siempre tenía sintonizada la misma emisora, creo que era Radio 80, o el nombre que tenía antes. Pinchaban como ahora, clásicos del pop y del rock, aunque de vez en cuando, en esa época, ponían otras cosas.
Sobre las seis y media siempre sonaban los Golpes Bajos. Cuando los oía me levantaba, aún con el sueño subido. Me alegraba el día. Me sentaba en la cama, bostezaba, me desperezaba, mientras oía el bajo cantar: Bum-bum-bum-bum, bum-bum-bum-bum, y entonces aparecía la voz del Coppini, melancólica, de dormido como yo, y decía el tío: - El azul del mar inunda mis ojoooos… Era el momento de levantarse y balancearse al ritmo de la música, cansinamente, esquivando a mi desordenada habitación. No me iba a la ducha hasta que no acababa la canción.
Luego, deprisa y corriendo, me peleaba con el agua y el jabón, me vestía y me iba zumbando para no perder el autobús del Casas. Mientras corría hacia la parada, iba tarareando y jadeando a la vez: - Seguro que algún día, cansado y a-arf-aburrido, encontrarás a-a alguien de buen pare-arf-ceeer…
A veces lo perdía, el autobús.
En el Casas me quedaba frito, durmiendo con las rocas donde se estrellan sus enojos y la falta de lírica imperante. El bus no te dejaba a la puerta del colegio, había que andar un rato. Yo subía por la calle Isern, con el frío y el viento en contra (de vez en cuando lluvia, pero eso me gustaba) mientras mi cabeza sólo hacía que darle vuelta a la melodía: - Las ratas corren por la penumbra del callejón, tu madre baja con el cesto y saludaaaa-, cantaba, y me entraba el aire mañanero en la boca.
En el cole llegaba antes de que abrieran las aulas. Yo llegaba media hora antes, y me sentaba en las escalinatas del vestíbulo. Como apenas había nadie y esa hora no se habla mucho me apalancaba en un escalón y apoyaba la cabeza en la escalinata, y normalmente me volvía a quedar dormido mientras cantaba para mis adentros: - Seguro que ha acabado tu jersey de cotton, puedes esbozar una sonrisa blanca y puraaaaa-; me quedaba roque de nuevo y pensaba en la razón por la cual el Coppini este decía “cotton” y no algodón.
Me recobraba de mis ensoñaciones (si antes no lo hacía antes algún compañero de clase) el padre Laborda, el coordinador. Me daba una patadita o media colleja y me decía:
- Pubill, en las escaleras no se duerme. Para eso, la cama.
Y yo me despertaba de sopetón y pensaba: -Vale, pero… Trabajo de banquero bien retribuido, y tu madre con anteojos volverá a tejeeeeer-, y subía a clase.
Qué bueno, Germán Coppini.

dimarts, 10 de març de 2009

EL GENIO DE LA LLÀNTIA (apéndice)



El genio, con sus vergüenzas al aire, se acercó a un anticuario para vender la lámpara, pues necesitaba dinero para comprarse unos gallumbos. Entonces pensó: “qué gilipollas soy, antes podía haber pedido un deseo para mí mismo, como un poco de dinero para dietas y gastos varios, joder. Ahora me da pena desprenderme de mi antiguo hogar”. Con tantos años allí encerrado le había cogido cariño, a la dichosa lámpara.
El anticuario hizo como que no veía la desfachatez impúdica de aquel tipo, ya que aquella oferta le pareció un posible negocio. Le compró la lámpara a un precio irrisorio, aunque a Bernardo, el antiguo genio, le pareció bien, pues antes había pasado por una tienda de gallumbos y aquello le daba para un par de ellos.
La mujer de la tienda, al ver entrar a aquel hombre de esa guisa, soltó un alarido de estupor, escándalo y vergüenza, y se escondió en la trastienda, donde guardaban todas las bragas. La otra dependienta, más joven, liberal y mujer de mundo, sonrió (vete a saber porqué) y le vendió dos calzoncillos, uno mil rayas y el otro verde pistacho, tipo boxer.
Horrorosos los dos, por cierto.
Pero como Bernardo, fuera de su lámpara, no se enteraba de nada, pagó y salió ufano a la calle luciendo sus gallumbos nuevos de trinca.
Cruzó la calle sin mirar (no tenía esa costumbre) y claro, en ese momento pasó el camión del butano a toda pastilla, aplastando al antiguo genio. Al conductor le acababan de llamar desde la clínica, su mujer había dado a luz y se iba pitando hacia allí, a celebrar más superpoblación en el mundo.
Al pobre Bernardo no le dio ni tiempo de pensar: “joder, si lo sé me quedo en la lámpara”.
La dependienta más joven salió al oir el golpe y al ver aquello lloró desconsoladamente, pues había visto algo en el genio difícil de ver en otros hombres.
El destino no le dio tiempo a comprobar nada...
“Jo”, pensó la mujer mientras se enjugaba las copiosas lágrimas con unas bragas de manga larga.

dimarts, 3 de març de 2009

LA COOPERATIVA




Todo lo verde me encanta, en todos los sentidos. Pero me da mucha rabia pedir una ensalada y que me pongan lechuga iceberg o tomates de los invernaderos de El Ejido, que tienen gusto a persona que no te cae bien.
Si comes fuera, es algo a lo que te arriesgas. Como soy muy educado y no me gusta liarla por los sitios y porque hay que comer, me lo trago y punto. O no, pero tampoco me quejo al camarero.
Pago e igual no vuelvo.
Cuando necesito verde para mi casa, siempre procuro ir a la cooperativa de pagesos que hay frente al Ateneu de mi pueblo. Tienen un local muy amplio, supongo que antiguamente deberían ser unas caballerizas o cuadras, no sé. La entrada es un gran arco. Me encantan los arcos y todo lo que lleve curva, que sea meandroso, sinuoso, como el Sinuhé ese de Egipto. De hecho, creo que la vida es eso, una curva tras otra, pero sin señales de tráfico que te indiquen si se va a dirigir hacia la derecha o hacia la izquierda, o paquí, o pallá.
En fin, sigamos.
La tienda de la cooperativa de pagesos vende, principalmente, pues eso, verduras, hortalizas, fruta, legumbres. ¿Qué iba a vender, microprocesadores de litio a 1,85 € el kilo? Pues no. Vende verde, y del bueno.
Tan bueno que tiene vida.
El otro día fui a comprar para hacerme una ensalada nocturna. Es lo que suelo cenar, a no ser que me dé un ataque pantagruélico. Entré y agarré una cesta de mimbre, de las de recoger setas, que allí hace las veces de carrito del Pryca de los cojones. Pasé por donde las lechugas largas y pensé: “anda que no,vaya lechugas más estupendas”. Medían dos palmos de largo por lo menos, las hojas parecían sábanas verdes, un verde intenso. Al acabar de pensar la frase, la caja donde se encontraban se removió sola y, para mi sorpresa, dos lechugas saltaron solas al cesto.
- ¡Anda, mira qué bien!-, exclamé, sorprendido. Las futuras ensaladas se acomodaron en un rincón del mimbre. Se las veía muy contentas.
Continué la ronda y vi otra caja repleta de rábanos del tamaño de mandarinas. Debieron percibir mi grata atención, porque al momento un manojo de ellos pegó un brinco, se colocó junto a sus compañeras de cena y se pusieron a charlar animadamente. No hablo el verdurés, pero por el tono deduje que se lo estaban pasando de maravilla. Luego me acerqué a los pepinos, gordos como... (bueno, dejemos el símil) y al momento tres de ellos se unieron a la conversación cestera. Durante mi paseo por el local de la cooperativa lo mismo hicieron un apio esplendoroso, cuatro imponentes tomates verdes y tres cabezas de ajos blanquísimos, prístinos.
Yo estaba encantado con la compañía, aunque no entendiera un pijo.
La señora de la caja era una pagesa, de unos sesenta años. Llevaba el pelo corto, canoso, sin teñir, y la cara surcada de arrugas por el sol, como buena pagesa que era. Vestía una bata de color indefinido, estampado con pequeñas flores, que ocultaban su figura no precisamente esbelta.
Puse el cesto de mimbre sobre el mostrador, mientras las verduras seguían a lo suyo, charlando como cotorras cejijuntas de la cuenca del Orinoco. Le pedí a la señora que me cortara el apio en dos trozos, ya que era muy largo y no me cabía en la bolsa que llevaba. Ella asintió sin abrir la boca (era de las pagesas que hablan poco, como debe ser), agarró el apio en cuestión y lo partió de un solo gesto con sus trabajadas manos.
Entonces sonrió abiertamente y aspirando el aire y sin dejar de mirar a la verdura dijo:
- Este apio huele como los dioses.
Si los dioses existieran y olieran a algo, seguramente desprenderían un aroma parecido.
Le contesté que tenía toda la razón del mundo, pagué y me fui a casa a prepararme la cena.
Los tomates, lechugas, pepinos, ajos y apios (ahora eran dos) dejaron de parlotear en cuanto salimos juntos de la cooperativa.
Pero no se les veía tristes, sino todo lo contrario: seguían todos esplendorosos, dejando por el camino un olor a persona que te cae bien.