dimarts, 15 de desembre de 2009

LA PLATAFORMA

La estación de Mataró, hace diez años. Está más o menos igual...


Todas las mañanas, Ana subía al tren y se sentaba en uno de los asientos de la plataforma, al lado de las puertas de salida y entrada. Prefería éstos a los normales, los de cuatro. Dos contra dos: esos no le gustaban nada. Le daba la impresión de estar ante un duelo psicológico con la persona que tuviera enfrente, y eso la azoraba. En la plataforma no tenía que encoger las piernas, ni tampoco debía ir escondiendo la mirada. Pero sobretodo le encantaba, al abrirse las puertas en cada estación, sentir el frío, el viento, el calor, la lluvia. O no sentir nada, y alzar el rostro para observar el trajín de cuerpos y caras que entraban y salían en cada parada.
“Jo, qué tristeza parece que lleve encima… "¿Tan pronto y ya estás con el móvil?"… "Trabaja en una empresa de seguros, fijo"… Vaya pinta de bibliotecaria que tienes, hija… "Este se acaba de pelear con la mujer”…
Y el tren reanudaba el viaje. Ana observaba dónde se sentaban los nuevos viajeros, daba un somero vistazo a su alrededor y volvía a enfrascarse en la lectura del libro que tuviera entre manos.
Aquel día, como cada mañana, subió, se quitó el abrigo tranquilamente y tomó asiento. De su bolso extrajo el libro que su tía le había regalado para su santo, “Mademoiselle Fifi y otros cuentos de guerra”, de Guy de Maupassant, y se dispuso a leer hasta llegar a su destino.
El tren se detuvo en la estación de Caldetes. Esa mañana, para variar, iba con retraso. Ana levantó un poco los ojos, por simple rutina, y vió que unos zapatos negros con suela de goma se colocaban ante ella, en el asiento de enfrente. Pensando en lo que estaba leyendo, alzó más la mirada.
Fue incapaz de continuar con su lectura.
Unos ojos negros, brillantes como el petróleo, le agujerearon los sentidos. Sintiéndose desnuda, Ana esquivó aquella mirada penetrante, fijando su vista en la página 23:
“Al fondo, en los mejores asientos, dormitaban, uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino de la calle de Grand-Pont”.
No consiguió leer más. Levantó los párpados, sin poderlo evitar, y sus verdes ojos se posaron irremediablemente en aquella mirada turbadora.
No importaron los labios, el cabello, las manos, el cuerpo... Únicamente dos miradas que se fundían mutuamente.
En Mataró subió mucha gente, la plataforma se rellenó de cuerpos de pie, soñolientos, y Ana perdió esos ojos de vista. Ante ella, un par de abrigos, uno rojo, el otro gris marengo, le impedían observar más allá. Nerviosa, volvió a su lectura. “Espero que sigan ahí cuando se vacíe el tren”, pensó mientras releía:
“Al fondo , en los mejores asientos, dormitaban, el uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino en la calle de Grand-Pont”.
Por mucho que lo intentó, no logró pasar de aquella frase.
El tren se detuvo en varias estaciones, Vilassar, Premiá, Mataró, Ocata, Masnou... Cada vez cabían menos alfileres.
En Plaça Catalunya, por fin, el vagón se vació casi en su totalidad. Ana levantó los ojos y allí sólo estaba el asiento de enfrente, plegado, vacío.
Los ojos se habían ido.
Al día siguiente, Ana se quitó el abrigo, sacó el libro del bolso y sentó en el mismo lugar, en la misma plataforma:
“Al fondo, en los mejores asientos, dormitaban, uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino de la calle de Grand-Pont”.
Y de ahí no pasaba.
Cuando llegó a la estación de Caldetes, Ana miró al suelo de la plataforma, inquieta. Se abrieron las puertas, y unos zapatos negros, con suela de goma, hicieron ademán de sentarse frente a ella, pero finalmente lo hicieron en el asiento de al lado, a su vera. Ana, sin osar mirar quién era, se apartó un poquito, para dejar espacio, y simuló leer:
“Al fondo, en los mejores asientos, dormitaban, uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino de la calle de Grand-Pont”.
Durante todo el trayecto, ninguno de los dos se atrevió a mirar al otro.


El tren a su paso por Montgat, antes de llegar a Badalona.

Al llegar a Badalona, la persona que había a su lado se levantó y bajó del tren, alejándose a grandes zancadas por el andén, sin volver la cabeza.
Ana se quedó vacía por unos instantes. Cerró el libro de Maupassant y se quedó absorta, intentando seguir con la vista el pasar de los postes eléctricos.
Por la noche, Ana llegó a su casa. Al buscar las llaves para entrar, notó un papel en el bolsillo. Lo sacó y lo desdobló. En él se podía leer:
““Al fondo, en los mejores asientos, dormitaban, uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino de la calle de Grand-Pont”.
Ana sonrió, abrió la puerta y entró en su hogar.
Después de cenar ligeramente, cogió el bolso, sacó el libro de Maupassant y lo guardó en su caja de recuerdos imposibles.

divendres, 11 de desembre de 2009

PAPÁ NOEL DIMITE

Santa Claus ya estaba harto. Tanto viaje arriba y abajo, de casa en casa, tanto rellenar sacos de regalos, tanto niño, tanto gritar JOJOJOJO una y otra vez (cuando él tenía una preciosa voz de pito), tanto arrear a sus queridos renos, tanto pasar frío durante las gélidas noches navideñas, tanto monta monta tanto…
Además, los renos ya estaban achacosos, y cada vez tardaban más en hacer el recorrido habitual, con lo que se podía correr el riesgo de que la noche de Navidad durara más noches. Él mismo también se notaba cansado, le empezaba a afectar la artrosis, la mixomatosis e incluso la triquinosis, y se daba cuenta de que no estaba ya para muchas florituras.
Le apetecía tanto salir de su rutina…
Así que se plantó a la autoridad pertinente (que nunca he sabido quién es) y presentó su dimisión irrevocable. No hubo manera de hacerle cambiar de opinión, por mucho empeño que le puso su jefe.
Y se marchó a su querido hogar.
Claus (ahora ya sin Santa), de jovencillo, siempre había querido montar un grupo de rock. Había tomado clases de canto, y no se le daba nada mal. Los renos, asimismo, para matar el tiempo mientras llegaban las navidades, aprovecharon para aprender a tocar un instrumento.
Así fue como nació Ex-Father Noël & The Wild Renos, que arrasó allende los mares con su primer trabajo: “Mecagüen los Reyes Magos”.
Al año siguiente los niños tuvieron que apañarse con los juguetes de la navidad anterior (casi todos rotos, por cierto) y hubo lloros y pataletas a punta pala, pero esa es otra historia…

BON NADAL A TOTHOM!

Ex-Father Noël & The Wild Renos, en plena actuación en el Royal Albert Hall.

divendres, 4 de desembre de 2009

UHLISES (cap. VII y último): Tiresias en el Hades (y 2)



Uhlises, rey de Ítaca, cerró la puerta del Hades y penetró en su tenebrosa negrura. No veía un pijo. “Maldito el día en que dejé de fumar: al menos, ahora tendría un mechero con el que poderme guiar”, se comentó a sí mismo, en plan ripiador. La maga Circe, antes de partir hacia el reino de los muertos, le dijo que debía matar a unos cuantos y luego beberse la sangre derramada. Sólo así podría invocar el espíritu de Tiresias, el adivino ciego, al que necesitaba como agua de mayo para regresar a su patria.
- Esta Circe… Me ha engañado, la muy ladina. ¿Cómo voy a poder invocar a nadie, si no tengo a quién matar? ¡Aquí ya están todos muertos!
Así iba despotricando, caminando a tientas, hasta que se tropezó con algo que lo hizo caer de morros al suelo.
- ¡Maldito sea Hefestos! Vaya morrazo me he pegado, ay, ay…
Una profunda voz tronó a sus espaldas:
- ¿Eres tú el que busca a Tiresias, verdad?
Uhlises se giró, pero no veía a nadie. Normal.
- Pues sí, ¿cómo lo sabes?
- No sucede todos los días que alguien le marque cinco penaltis seguidos al guardameta, digo, al Can Cerbero. La noticia ha corrido como la pólvora por todo el Hades. Eres Uhlises, rey de Ítaca, ¿no es cierto?
- Pues claro, ¿quién va a ser? ¿No te has leído la Odisea o qué?
Tiresias carraspeó ostentosamente.
- No. Primero, que aún no se ha escrito, y segundo, que el braille no se ha inventado.
- También tienes razón… Entonces, ¿no serás, por casualidad, Tiresias el adivino?
- Pues claro, ¿quién va a ser? ¿Qué no me ves o qué?
- No. Primero, no veo un pimiento con esta oscuridad, y segundo, como dejé de fumar no tengo lumbre para orientarme, ni puedo esquivar zancadillas como la que me acabas de hacer.
El adivino alzó la voz.
- Bueno, ¿seguimos con este diálogo de besugos o te cuento la buenaventura, resalao? ¿Porque has venido para eso, no?
- Pues sí, ¿cómo lo sabes?
- ¡Porque soy adivino, imbécil!
- Bueeeno, bueeeno, no te pongas así! Anda, dime qué me depara el destino, que tengo prisa.
Aunque Uhlises no le veía, Tiresias se colocó en pose adivinatoria, concentrándose en sí mismo, durante unos minutos.
-¿Sigues ahí, oh, adivino?
- Si, y cállate, que me desconcentras.
Tiresias habló, al fin, pomposamente:
- Oh, gran Uhlises, héroe de Troya, azote de Héctor, Paris, Príamo y toda la peña, los dioses me han revelado numerosas nuevas que te conciernen directamente y…
En ese momento una antorcha apareció, y una anciana asida a ella interrumpió la buenaventuranza:
- ¡Uhlises!¡Uhlises!¡Hijo mío!
Al rey de Ítaca, al ver a su madre, Anticlea, allí, en el Hades, casi le da un espasmo. Llorando a moco tendido por la emoción de reencontrarse con su progenitora, se abalanzó sobre ella:
- ¡Madre!¡Cuánto te he echado de menos!¡Y cuán cierto es aquello de que madre no hay más que una!¡Madre amantísima!¡Nunca más me volveré a separar de ti!
Anticlea, casi asfixiada por los hercúleos, perdón, odiseicos brazos de Uhlises, se separó de él, mirándole fijamente a los ojos:
- Pero, hijo querido, ¿acaso no te has apercibido de que ya no pertenezco al mundo de los vivos? Uhlises no había reparado en ello. Preso de la desesperación, prorrumpió en uns desesperado llanto, mientras se estiraba los cabellos y se rompía la camisa.
- ¡Uhlises! ¿Pero qué nabos estás haciendo? Con lo que me costó tejerte esta camisa, con tanto amor que le puse, ¡y tú vas y la destrozas!- exclamó Anticlea al ver las tonterías que hacía su hijo.
- Perdóname, madre, pero mi pena es tan grande al no poder volver a verte jamás, que estoy casi por suicidarme, ya ves tú…- respondió Uhlises con los ojos enrojecidos.
- Eso mismo hice yo, pobre hijo mío… Al ver que no regresabas, me entró tal desesperación que me enajené del todo y me lancé en forma de abanico desde lo alto de palacio, acabando hecha unos zorros, aunque ahora no se me note. Además, ahora ya te lo puedo decir: no aguantaba a tu esposa Penélope. Es mala, malísima de la muerte, tiene una lengua viperina y sólo hace que crear cizaña entre todos los que le rodean. Además, no te ha sido fiel, por mucho que disimule tejiendo y destejiendo como una posesa. Y cada noche se cepilla a un par de los pretendientes a tu trono que rondan por la corte. Es insaciable, te lo aseguro, que lo he visto con mis propios ojos.
Uhlises no podía creer lo que estaba oyendo.
- Vaya, vaya, vaya con Penélope… Y mi hijo Telémaco, ¿se parece a su madre?
- Uy, ése es peor, aunque sea mi nieto. Es un pervertido, come de todo, ya me entiendes; tiene un harén con doscientas mujeres y trescientos hombres, se pasa el día de bacanal en bacanal y está dilapidando a marchas forzadas las arcas de tu reino. Y encima no sabe beber, pilla unas cogorzas que le vuelven insoportable: sólo porque crea que le miran mal ordena cortar unas cuantas cabezas. A este paso despoblará toda la isla.
El rey de Ítaca respiró hondo, apesadumbrado. Después de tantos años y años azarosos, estaba realmente cansado.
- Tanta gloria y tanta historia para llegar a esto. Estoy verdaderamente harto, madre querida. Creo que me voy a suicidar también. Aquí se está tranquilito y fresquito, y lo que único que necesito es paz y reposo.
Anticlea se puso más contenta que unos Juegos Olímpicos.
- ¿Te vas a quedar para siempre conmigo? No sabes la alegría que me acabas de dar, Uhlisín de mis amores. Y no te preocupes por nada, que ya te suicido yo misma.
Y, sacando una daga de plata de entre los pliegues de su túnica, le cortó la yugular allí mismo.
- Coño, madreglglglgl….
Esas fueron las últimas palabras de Uhlises vivo.

Tatuaje de Uhlises. Se lo hizo de joven, cuando tenía mala cabeza y era un poco choricillo. El punto de arriba es de cuando pasó una temporada en el taléguides.

Al cabo de unos minutos, el cuello de Uhlises se recosió solo y despertó, aunque seguía muerto. Se desempolvó el cuerpo con las manos, se levantó y vio a su madre, que le observaba con ojos de madre, de qué va a ser. Tiresias ya se había largado, molesto por no haber acertado en sus predicciones.
- Jo, madre, a veces eres de un drástico que no veas –dijo Uhlises-.
- A grandes males, grandes remedios, hijo mío –respondió Anticlea-. Anda, ven, que te prepararé un potaje de los míos, de esos que tanto te gustan.
- No lo entiendo… Si estamos muertos, ¿para qué necesitamos comer?
- Es una buena pregunta, Uhlisín.
Y se alejaron de allí tranquilamente, hablando de sus cosas y eso.
- Aquiles está por aquí, madre?
- Pues claro, hijo mío, él y muchos más. Aquí te lo pasarás bien, ya verás…
- Te quiero mucho, madre.
- Yo más, Uhlisito de mis carnes…
- No, yo más.
- No, yo.
- No, yo.


Y así se tiraron unas cuantas eternidades. De hecho, creo que aún continúan igual.
FIN!!