dilluns, 6 d’abril de 2009

LA MUERTE DE VACACIONES




La muerte, ese esqueleto vestido con una túnica negra que porta una guadaña a modo de bastón, siempre tenía mucho trabajo, así estaba de flaca. Absolutamente todos los días del año le daban una lista interminable de personas a las que ir a buscar por toda la Tierra para que la acompañaran amablemente hacia la Nada, el país de los muertos. Si no era amablemente, también iban, faltaría más.

Al principio, al haber pocos seres humanos, la faena se hacía más llevadera, mas con el aumento demográfico de la especie la pobre muerte no tenía apenas descanso.

Encima, los avances tecnológicos afectaron también a su funcionamiento logístico. Primero le decían oralmente los sujetos a recoger. Luego ya, con el aumento de pedidos, se hicieron por escrito: tablillas de arcilla, más tarde papiros, después pergaminos, luego papeles, folios de quinientos mecanografiados y, ya con la imparable invasión de la informática y de internet, le instalaron en su casa un ordenador que cada día le enviaba vía mail la relación exacta de las personas a morir por todo el orbe.

A pesar del exceso de trabajo, la muerte cumplía a rajatabla con su cometido, sin fallar en ningún caso. Era tan buena en lo suyo que no necesitaba brújula, ni GPS, ni nada.

Pero estaba hecha polvo, la pobre muerte. Cualquier día le daba algo y se iba a buscar a sí misma.

Y hete aquí que un día se estropeó todo el sistema informático y su ordenador dejó de enviarle su trabajo diario. Como no tenía ni idea de arreglarlo llamó al servicio técnico, que le contestó amablemente que ya pasarían en cuanto pudieran, que tenían muchísimo trabajo.
La muerte no sabía a quién tenía que llevarse palante, así que se quedó en casa descansando, siguiendo directrices supremas que le llegaron por correo colombófilo, cosa que le fue de perlas a sus huesos. No la paloma, sino el descanso.
Al cabo de una semana, ya más descansada, volvió a llamar al servicio técnico. Después de tenerla cuarenta y ocho minutos en espera y escuchar la música enlatada del Bustamante (casi se suicida, la pobre), la telefonista le dijo con malos modos que ya tenían su aviso, que no se preocupara, joder, a ver si creía que se pasaban el día tocándose las narices, y que si tanto necesitaba Internet que se fuera a un cyber, no te fastidia…
A un cyber va a ir tu padre, pensó la muerte al colgar el teléfono. Transcurrieron unos cuantos días más, y por allí no pasaba ningún informático. Harta de tanta espera, decidió irse de vacaciones: hizo las maletas y se largó a hacer surf, su gran pasión, a Tarifa.
La muerte, marcando estilo surfero...
Mientras tanto, en la Tierra las cosas habían cambiado un poco. Como ya no se moría nadie, en poco tiempo la superpoblación humana acabó con todos los recursos alimenticios, luego con los animales y las plantas y, una vez agotado todo lo comestible, empezaron a comerse los unos a los otros.
Llegados a este punto, la muerte fue requerida urgentemente vía señales de humo para reanudar su tarea. Y le pareció bien, puesto que ya se estaba hartando de tanto surfear y hacer el pijo. Además, no se ponía morena ni harta de zumo de zanahoria, y en Tarifa daba el cante que no veas.
El servicio técnico seguía sin aparecer, por cierto. Seguramente alguien se los habría comido.
Por tardar tanto, hala.