dimarts, 7 d’abril de 2009

CURIOSA SAL


Zismael, el pastor, entró en la casa con una gran sonrisa en su cara.
- Caramba, veo que estás contento, oh, marido mío! Te ha sucedido algo digno de que andes enseñando por ahí los pocos dientes que te quedan?-, exclamó Saquel, sorprendida al ver a su marido con el rostro alegre. Habitualmente siempre iba con el ceño fruncido, apesadumbrado por las penurias y desventuras que padecía él y su familia, pobres como las ratas. Las pocas cabezas de ganado que poseía apenas daban para un mínimo sustento indispensable. Zismael se despojó de la pelliza y asió a su mujer de la mano:
- Sal conmigo fuera, amada mía, debo enseñarte una cosa. Creo que Yahvéh se ha compadecido de nosotros.
Saquel acompañó a su esposo al exterior. En la puerta estaba el asno, inseparable compañero de fatigas de Zismael, con un gran saco encima de su lomo.
- ¿Y esto, de dónde ha salido?- inquirió Saquel, señalando el voluminoso bulto.
Su esposo abrió el saco y, sin decir palabra, metió en su interior la mano de ella. Ésta palpó, sacó la mano y, asombrada, se lamió un dedo:
- ¡Sal!!Es sal!- exclamó sonriendo.
Zismael abrazó fuertemente a su esposa:
- ¡Ya no tendremos que preocuparnos por comprarla durante una larga temporada! ¡Los animales tendrán también su ración, y así no enfermarán! ¡Las cosas nos irán mucho mejor a partir de ahora, Saquel querida!
- ¿De dónde la has sacado?
- De vuelta de la montaña con el ganado, me encontré el saco abandonado debajo de un olivo y, como no había nadie por allí que pudiera ser su dueño lo cargué en el asno.
- ¡Yahvéh ha escuchado nuestras plegarias!¡Loado sea Yahvéh!- dijo su mujer, fervorosa creyente, arrodillándose y elevando los brazos y la vista hacia el firmamento.
Zismael hizo lo propio y juntos dieron gracias al Todopoderoso.
Luego ella entró en casa, ahíta de felicidad, mientras él se dispuso a descargar la sal y encerrar el burro en el establo.
Mientras volvía a atar el saco, tuvo remordimientos por haber mentido a su amada esposa. Lo que en realidad le sucedió a Zismael fue que, volviendo a casa, vio a lo lejos, en el horizonte, una gran columna de humo. Intrigado, se acercó hacia allí, y descubrió que se trataba de la ciudad de Sodoma en llamas. Al ver aquello le entró miedo y se alejó de allí con presteza.
En su huida Zismael se tropezó con un cuerpo inerte en el suelo, boca abajo. Lo palpó, temeroso, para ver si vivía, y entonces se dio cuenta de que no era carne, sino sal. Una estatua de sal. Sorprendido, la probó y, efectivamente, era sal. Rápidamente, oteó por si había alguien en los alrededores y, al ver que no era así, sacó una pequeña azada de sus alforjas, desmenuzó la estatua y rellenó el saco, alejándose del lugar con prontitud.
Ató el asno en el establo y se dirigió a su hogar. Zismael miró sus manos y vió que le quedaban restos de sal. Mientras se lamía los dedos, pensó:
- Realmente, esta sal tiene un sabor muy curioso…