dimarts, 18 de desembre de 2012

dimecres, 12 de desembre de 2012

LYNOTT




Los volcanes son impredecibles, según los vulcanólogos y a los que no tienen el Vesubio, el Kilauea o el Etna como vista panorámica. El Fujiyama o el Kilimanjaro ya es otro cantar.
Los demás, cuando erupcionan, nos enteramos de qué va la cosa por las noticias, y por si nos da por leer algún libro de historia, o vemos alguna película, como “Los últimos días de Pompeya”, o “Un pueblo llamado Dante’s Peak”. Lo más diáfano que te queda es que nunca sabes cuándo van a petar.

Lynott, dentro de su casa, unos bajos en un bloque de siete pisos construidos  a principios del siglo XX, sufría un problema similar a una erupción. La última vez que ocurrió fue hace cuarenta y siete años. Él apenas lo recordaba, ya que tenía cinco años cuando pasó.
Se lo había contado su madre, como una maldición familiar, pero Lynott nunca acabó de creérselo.
Pasó el tiempo, como siempre. Lynott heredó la vivienda. 

Hasta que…
Instalado en su postura favorita, tirado en el sofà a pierna suelta, y devorando palomitas a capazos, Lynott estaba viendo en la tele su programa favorito, la mierda esa del CSI.  Al principio, cuando empezaron a ponerlo, no le gustaba nada, pero poco a poco le fue cogiendo el tranquillo a semejante bodrio, vaya usted a saber porqué, y cuando consiguió ver al Horatio de los cojones sin que le entrara una arcada, se enganchó del todo a la serie. Era un superfan, oigan,
Estaba Lynott, digo, absorto, viendo cómo el Horatio de los cojones, ladeando el cuerpo y mirando de canto, juraba venganza por haberle matado a su parienta. Lynott se metíó un puñado de palomitas en la boca, y notó que estaban húmedas. Extrañado, miró a su alrededor, y vio cómo el sofá estaba lleno de pequeñas manchas, como si empezara a llover. Como llevaba gorra de los Miami Heats, no lo había notado.
Se levantó y miró al techo. Gotas cada vez más gruesas le salpicaban la cara. No se lo podía creer, Estaba lloviendo dentro de su casa.
Quizás el vecino de encima tuviera un escape de agua. Subíó corriendo las escaleras y le preguntó, pero en casa del vecino todo estaba correcto, sin ninguna avería.
Lynott volvió a su casa y pensó en su madre. Tenía razón, con lo de la maldición. Cortó la luz, por precaución, y se puso un chubasquero, porque en su casa seguía lloviendo, y cada vez más fuerte.
No sabía qué hacer, y tampoco tenía tiempo de hacer apenas nada, porque la persistente lluvia ya había empezado a empaparlo todo y a dejarlo perdido: muebles, libros, cuadros, ropa, papeles, comida, la cama, el sofá… Todo. Abrió el armario de la cocina: allí también llovía. En la nevera también.
Lynott no entendía nada. Pero no estaba dispuesto a irse así como así, de su casa.
Así que, antes de que el agua acabara de empaparlo todo, sacó de un armario un colchón hinchable, lo hinchó y lo dejó en el suelo del salón, donde el agua ya subía unos centímetros. Luego sacó su pequeña tienda de campaña, la montó como pudo encima del colchón y se metió dentro,
Afortunadamente, allí ya no llovía. Dentro del salón, la lluvia caía a mares.
Bueno, ya pasará, se dijo Lynott.
Y se puso a ver por el móvil el final de la mierda del CSI y de la temida venganza del Horatio de los cojones.

Al día siguiente, Lynott amaneció muerto, ahogado, hinchado, como una vaca a la que ha pillado in fraganti una buena riada.

Estas cosas ya pasan, cuando uno es un superfan de según qué mierdas, y encima tiene una maldición familiar.