dimarts, 29 de juliol de 2008

II. ASUN Y EL COMER


Anda que no le gustaba comer, a la Asun… Arramblaba con todo lo que pasaba ante sus ojos. Que se lo pregunten, si no, a sus compañeras.
Llegaba a las tres, después de comer. Después de su semi-siesta habitual en el mismo mostrador, se espabilaba un poco, y entre perorata y perorata sobre su padre (o su madre, que ya hacía años que se había muerto, y supongo que por homenaje a su figura se ponía sus vestidos), llegaban las seis de la tarde.
Hora de merendar.
Como era del puño cerrado, Asun nunca compraba nada, así que se hacía la loca y picando por aquí y por allá se iba zampando, sin prisa pero sin pausa, todo lo que traían las demás compañeras de trabajo. Luego, cuando todas las demás se reincorporaban al trabajo, ella se quedaba un rato más en el comedor y acababa con lo que había sobrado.
Habían días en que la merienda sobrante era para la jornada siguiente, y claro, se encontraban las demás sin nada que comer.
Todo el mundo sabía que había sido la Asun, pero nadie osaba decirle nada. Hasta que un día, harta, la Mari Mar le cantó la caña.
El espectáculo fue mayúsculo, bronca, gritos histéricos que se oían por toda la sala… La Asun, como estaba previsto, se ofendió muchísimo, diciendo que ella no había sido, pero tú qué se había creído , acusarme a mí de ladrona, te vas a enterar… La pobre Mari Mar aún debe estar arrepentida de haberle dicho nada.
Al día siguiente, la Asun, ofendidísima (pues se acabó autoconvenciendo de que ella no había sido), cambió su horario de merendar. Se compró un paquete gigante de madalenas “La Bella Easo” (les que comprava la meva pobre mare, snif), y subía al comedor cuando las demás ya habían vuelto al tajo. Como mínimo se comía media bolsa, unas quince o veinte madalenas, y cuando bajaba, aún, de vez en cuando, se zampaba alguna más, para hacer tiempo antes de acabar la jornada.



Azúcar & Bella Easo: impagable.




Así fue la cosa durante una temporada, hasta que un buen día pensó que la cosa esta de las madalenas, a pesar de su querida madre, le resultaba demasiado cara. De modo que se pasó a los caramelos.
Un ambulatorio siempre está repleto de caramelos, que regalan los visitadores médicos en momentos débiles de generosidad. Así que, a por ellos.




Su estrategia no le duró mucho. Se los comía con tal avidez que en pocos días no tenía qué comer. Yo mismo, una vez, hice una prueba: agarré un puñado de caramelos, unos veinte, y los dejé en su lugar de trabajo antes de que ella llegara, para ver cuánto tardaba en tragárselos.
Dicho y hecho: llegó, vio y se los comió, sin dejar rastro, en poco más de cinco minutos. Una máquina.
Al cabo de poco tiempo, viendo que cada vez le costaba más encontrar caramelos, y supongo que ya convertida en adicta al azúcar, optó por la solución más drástica y directa: se dirigía a la máquina del café, metía la mano en el cajón de los azucarillos y se llenaba los bolsillos de su amada bata de sobrecitos.







Qué espectáculo tan delicioso, para la Asun...




De esta manera, durante la tarde iba vaciando los sobres (para que yo no la viera, disimulaba girando la cabeza hacia el lado contrario a mí, pero yo no llevaba orejeras), hasta quedarse sin azúcar.
Su bata, claro, porque su cuerpo andaba sobrado, cada vez más y más.