divendres, 29 de juny de 2007

LUCIANO II

Embutido en su mítica gabardina roja y tocado con su sempiterno sombrero fucsia, Luciano se dirigió distraídamente hacia el río, donde se agolpaban en ambas (o sendas) riberas, chopos, sauces y demás árboles fluviales. Le encantaba el sonido reinante, mezcla de agua, viento y pájaros; y, aunque de vez en cuando algún ave traicionera defecaba encima de su amado sombrero, aquella era su ruta preferida para pasear.
Ensimismado, iba dándole puntapiés a las piedras que se iba encontrando, apuntando ahora a un árbol, ahora al río, ahora a una valla, y no acertaba nunca, el tío.
En ello estaba cuando se encontró un libro, al pie de un castaño. Se sentó, apoyó la espalda en él y tomó el libro. Tenía las tapas duras, gruesas, y llenas de polvo: parecía que hubiera salido de una antigua biblioteca. Las páginas estaban amarillentas, llenas de manchas de humedad, y se enganchaban las unas con las otras, señal inequívoca de que hacía largo tiempo que nadie lo abría.
Después de acariciarlo con suavidad durante unos momentos. Luciano se dispuso a ver qué hablaba el dichoso libro.
De momento, el título se antojaba curioso: “El declamador”.