divendres, 29 de juny de 2007

LUCIANO II

Embutido en su mítica gabardina roja y tocado con su sempiterno sombrero fucsia, Luciano se dirigió distraídamente hacia el río, donde se agolpaban en ambas (o sendas) riberas, chopos, sauces y demás árboles fluviales. Le encantaba el sonido reinante, mezcla de agua, viento y pájaros; y, aunque de vez en cuando algún ave traicionera defecaba encima de su amado sombrero, aquella era su ruta preferida para pasear.
Ensimismado, iba dándole puntapiés a las piedras que se iba encontrando, apuntando ahora a un árbol, ahora al río, ahora a una valla, y no acertaba nunca, el tío.
En ello estaba cuando se encontró un libro, al pie de un castaño. Se sentó, apoyó la espalda en él y tomó el libro. Tenía las tapas duras, gruesas, y llenas de polvo: parecía que hubiera salido de una antigua biblioteca. Las páginas estaban amarillentas, llenas de manchas de humedad, y se enganchaban las unas con las otras, señal inequívoca de que hacía largo tiempo que nadie lo abría.
Después de acariciarlo con suavidad durante unos momentos. Luciano se dispuso a ver qué hablaba el dichoso libro.
De momento, el título se antojaba curioso: “El declamador”.

dijous, 21 de juny de 2007

LUCIANO (I)



Luciano se despertó pronto, sin ninguna razón aparente. Normalmente las sábanas se le pegaban al cuerpo y le costaba un mundo levantarse, pero aquel día se incorporó de un salto, se regaló una gran sonrisa-bostezo y se tiró en plancha a la ducha. Mientras se enjabonaba su cuerpo serrano y cantaba una ranchera estilo Motorhead , pensó en la razón por la cual su ánimo estaba tan alegre. Lo habitual era que se levantara con el encefalograma plano, amodorrado, sin pensar ni siquiera en pensar, pero no, esa mañana estaba radiante, esplendoroso, la energía y la alegría brotaba de cada uno de sus poros. No encontró el motivo, pero tampoco le importó mucho.
Se preparó un opíparo desayuno, huevos fritos, chorizo frito, una cerveza fresquita ,un buen vaso de zumo de naranja, carajillete, y salió a dar un paseo por el campo.

dimecres, 20 de juny de 2007

dimarts, 19 de juny de 2007

MI LLUVIA, MI TREN

Fuera llovía a mares, y me fui a la estación, a pillar el tren. Ya sé que de entrada no tiene nada que ver una cosa con la otra, además si llueve normalmente coges el coche, pero es que resulta que yo no tengo. Pero es que estaba lloviendo, cojones, y sí que tiene que ver con lo que voy a contar.
Además de llover hacía un viento de estos hipohuracanados, y en cuanto salí a la calle el paraguas se fue a tomar viento, y nunca mejor dicho. Ví como desaparecía volando, como una hoja de parra, y jamás lo volví a ver. Me dio mucha rabia, realmente, era un regalo de mi abuelo de cuando hacía de pastor.
Me dirigí a la estación, a 10 minutos de casa, sin paraguas pues. No me mojé más porque no podía llover más fuerte, tenía la sensación de que todo el agua que caía iba a parar encima mío, pero aún así seguí con paso firme, pues quería tomar el tren de las seis y media, e iba justito de tiempo.
Al llegar a la estación tuve que ir al lavabo a escurrirme enterito, tal era mi humedad. Como me tiré un buen rato secándome vinieron los seguretas, alertados por el de la cantina, a ver si me estaba chutando o algo así, que son unos malpensados. Casi me detienen por mi pinta, sin afeitar ni nada que iba, y porque me puse farruco con ellos y casi me meten y todo. Menos mal que entró una yaya en el lavabo de hombres. Aquello tan sorprendente calmó a los seguretas, y me dejaron marchar.
Con la tontería había perdido el tren, y estaba de un cabreo que no veas, medio mojado aún, lleno de trocitos de papel de water por toda la ropa, la cara y el pelo, pues no había otra cosa para secarse. Saqué el billete, y en mi obnubilación vi el tren, que estaba detenido en el andén, justo a punto de salir. Pegué un brinco y me tiré casi de cabeza hacia un vagón, antes de que partiera. Me senté con una sonrisa en la boca, satisfecho y tranquilo por fin.
Al cabo de un momento noté que algo fallaba, y no sabía qué era exactamente. Inquieto, miraba a mi alrededor, como si me faltara algo y no lo encontrara. No tardé mucho en apercibirme de mi error: al llegar a la siguiente parada me di cuenta de que había tomado la dirección contraria.
De un salto, movido por la rabia y mi propio ridículo, bajé del tren. Ahora a esperar el siguiente que vuelva, por burro, me dije.
Lo malo era que ese andén no tenía dónde guarecerse, ni techo ni nada, las taquillas estaban cerradas, y el jefe de estación brillaba por su ausencia. Y sin embargo los trenes se detenían allí, qué cosas.
Como llovía a mares, esto ya lo he dicho antes, volví a empaparme al momento, y el tren llegó con retraso, para variar, asi que entré en él dejando el vagón perdido de agua, inundándolo todo hasta las rodillas, imagínense si llovía. Yo intenté excusarme ante los pasajeros, pero éstos, intransigentes, en la siguiente estación, me sacaron a patadas del tren.
Volvía a estar en el punto de partida.
Me dirigí de nuevo al lavabo, esperando no toparme de nuevo con los seguretas, que seguro que se acordaban de mi cara. No tuve suerte en eso, ya que mientras me secaba la cabeza aparecieron y empezaron la movida de nuevo, acorralándome. Ahora no te escapas, chulito en remojo, me decían.
Cuando estaban a punto de soltarme la primera andanada de hostias entró por la puerta del lavabo el Papa, el mismísimo Juan Pablo II, todo torcido el pobre, pero aún así echó una meada, dando a entender de paso que él sólo era un mero enviado de Dios.
Claro, nosotros nos quedamos estupefactos, pero los seguretas más aún que yo, y aproveché la sorpresa para escabullirme de ellos sinuosamente.
Salí corriendo del lavabo mientras el Papa firmaba un autógrafo a los machacas, y me introduje corriendo en el tren que llegaba a la estación en ese momento. Afortunadamente el azar se alió conmigo y tomé la dirección correcta. Menos mal, me dije, y me apoltroné en una butaca. Miré a mi alrededor y vi el vagón donde estaba yo vacío, pero eso no me importó, al contrario. Mejor, así seguro que no me echaban.
Pero al arrancar el tren también noté algo raro, hacía fresco, y se notaba el viento. Me levanté a cerrar la ventana y vi que no había ninguna, ninguna en todo el vagón. De golpe, al salir de.la estación, una tromba de agua me empapó de nuevo entero. Ya decía yo que estaba tan mojado el interior, me dije. Me había metido en un vagón de tren descapotable.
Y me resigné, qué íbamos a hacer… Decidí volverme a casa, me senté en una butaca inundada y me dediqué a mirar el paisaje, que no veía nada por cierto, hasta que llegué a la siguiente estación.
Como estaba hasta las narices del tren y de la madre que lo hizo volví andando. Total, eran quince kilómetros de nada.
Al cabo de un par o tres de horas entré en casa, chorreando. Me quedé en el porche, observando cómo caía la lluvia, como si no hubiera tenido bastante.
Bueno, es que en realidad, a mi me gusta la lluvia. Me encanta mojarme.
Así que me fui a la ducha.
VIOLETA Y EL EXPRESO DE SHANGAI.

Violeta cruzó la calle sin mirar, y afortunadamente no pasaba ningún coche en ese momento, con lo cual nadie la atropelló. Eso la alegró profundamente, ya que no tenía ningunas ganas de morirse así como así, o tirarse una temporada en el hospital. Qué suerte he tenido, pensó. En ese momento a Violeta le vino a la cabeza la frase aquella de que no tientes a la suerte, y volvió a cruzar la calle sin mirar, pero esta vez a la pata coja. No se sabe si fue por ir a la pata coja o no, pero lo cierto es que a Violeta se le acabó la suerte en aquel momento, ya que en ese momento pasaba por allí el expreso de Shangai, llevándosela por delante y arrastrándola cientos de metros. Bueno, arrastrando lo que quedó de ella del brutal impacto anterior. Nadie supo jamás qué coño hacía el expreso de Shangai circulando por una calle, sin raíles, pero lo cierto es que Violeta murió, y de qué manera, tan extraña…

FIN