dilluns, 22 de setembre de 2008

UNA CABEZA PARA DOS





Tengo una cabeza de dos personas.
¿Suena extraño, verdad?. Ni que fuera bicéfalo.
Pues no, no lo soy (o sí, según cómo se mire…)
Cuento:
Una amiga se dedicaba, en verano, a hacer de monitora en un centro de colonias de verano para niños. Siempre insistía que fuera a pasar unos días allí con ella. Yo me resistía un poco, porque a mí los críos no es que me atraigan en exceso, y además parece que no soy la alegría de la huerta precisamente, sobretodo para ellos. Como me suele decir un amigo, “Llorenç, cuéntanos un chiste con la alegría que te caracteriza”.
Y eso que tengo voz del Eugeni, dicen, pero ni con esas.
Un viernes, en el Vicenç, convencí al Pions para que fuéramos a la casa de colonias en la que se encontraba la Nani, con toda la troupe pueril, a pasar el fin de semana. Mi amigo Pions siempre se apuntaba a lo que hiciera falta. Así, a las tres y pico, después de unas cuantas cervezas, cogimos el coche y nos dirigimos hacia Castellfollit de Riubregós, a casi cien kilómetros de distancia, sin prisas, riendo, fumando y bebiendo, cosas que ahora, en coche, ya ni se te ocurre hacer, sobretodo en Catalunya.
En una hora ya nos habíamos plantado en el pueblo. Como todo estaba cerrado y no había nada mejor que hacer, enfilamos hacia la casa de colonias, que se encontraba a un kilómetro de Castellfollit. El edificio era (es) una antigua rectoría rehabilitada, estaba adosado a una iglesia románica y al cementerio del pueblo e inaugurada por un tipo muy bajito y cabezón llamado Pujol en una de sus míticas y populistas excursiones por su amado país.

La rectoría, la iglesia y el muro del cementerio. El boquete estaba en la parte de atrás.
Como estaba todo el mundo durmiendo, aún era noche cerrada, nos dispusimos a hacer tiempo. No teníamos nada con qué entretenernos, todo estaba muy oscuro, así que jugamos a los chinos con monedas imaginarias, ya que no llevábamos ninguna encima, y no vale hacer trampas.
Es más divertido jugar a los chinos sin monedas ni nada.
Al cabo de un buen rato y de reírnos otro tanto, me empecé a aburrir. Entonces me di cuenta de que el muro junto al que estábamos era el de un cementerio.
Y a mi me gustan mucho, los cementerios. Así que me levanté del suelo y le dije al Pions:
- Voy a ver si puedo entrar, quizás esté abierto. Te vienes?
- Quita, quita, yo paso de muertos. Te espero aquí.
Me dirigí a la verja de entrada, pero estaba cerrada, y saltar se me antojaba bastante complicado en esos momentos; rodeé por detrás el muro, casi sin esperanzas de poder entrar, casi a tientas, cuando vi que, casi al final de la pared, había un boquete inmenso. Sin dudarlo y, a pesar de no ver apenas nada, entré en el cementerio.
Sorteé un montículo de tierra que tapaba la entrada. “Estarán de obras”, pensé. El día empezaba a clarear ligeramente y, aunque mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, apenas veía nada. Andaba con cuidado para no caerme de bruces, mientras intentaba vislumbrar algo. El suelo parecía estar lleno de piedras blancas por todas partes.
La luminosidad aumentó, y fue entonces cuando las piedras blancas me dejaron de piedra.
No eran piedras, sino huesos.
Cráneos, mandíbulas, fémures, esternones, clavículas, costillas, vértebras, falanges, cúbitos, húmeros, tibias… Todo un perfecto muestrario del esqueleto humano se mostraba antes mis pies y mis ojos, mezclados entre la tierra y el barro. Estaban ampliando o remodelando el cementerio. Salí del recinto corriendo a avisar al Pions para que disfrutara del increíble espectáculo, pero su respuesta fue la misma de antes:
- Quita, quita, yo paso de muertos y de huesos. Te espero aquí.
Así que volví a entrar. Empecé a buscar un cráneo lo suficientemente bien conservado para llevármelo a casa. No sé porqué, pero siempre me había hecho ilusión tener uno encima de una estantería, rodeado de libros polvorientos, como los antiguos alquimistas. El problema es que, debido a la acción de la excavadora que removía la tierra, la gran mayoría de ellos estaban agujereados, partidos, sin dientes o sin mandíbula. Después de rastrear un buen rato, por fin topé con un cráneo más o menos presentable. Tenía sólo un agujero en el occipital, como si le hubieran pegado un tiro, y le faltaba algún diente, pero por lo demás estaba bastante aceptable. Con tanto trajín, al pobre también le faltaba la mandíbula, claro. Hurgué por el suelo en busca de una que encajara lo suficiente.
Tras unos minutos de jugar al rompecabezas con huesos, encontré una mandíbula que daba el pego con la parte superior. Poseía aún casi todos los dientes.
Me puse muy contento y salí del cementerio con mi botín, no sin antes llevarme también un fémur entero. En mi delirio matinal, pensé que me iría de perlas como garrote (qué tontería, con lo pacífico que soy). Le mostré, ufano, mi preciado tesoro al Pions, el cual exclamó, riendo, que yo estaba como un cencerro. Yo le contesté que bueno, que si, y qué pasa, y lo metí todo en el maletero.
El sol ya había hecho su aparición totalmente. Esperamos a que abrieran la casa, cosa que hicieron al cabo de un rato. La Nani nos recibió muy contenta, pues no nos esperaba.
Estuvimos allí hasta el lunes por la mañana. Cuando llegué a casa, saqué los huesos, los limpié y lavé concienzudamente; hasta los barnicé y todo. Cuando se secaron por completo, ajusté el cráneo a la mandíbula lo mejor que supe y lo coloqué en una estantería, entre un montón de libros.
A la gente que viene a casa le choca ver una calavera, claro, y hacen los comentarios de rigor. Cuando me quedo solo, me los quedo mirando (a los dos), enciendo tres cigarrillos, uno para cada uno, y les digo:
- Y dónde estaréis mejor que aquí?
No asienten porque no pueden, pero sé que, como en su estantería, en ningún otro lugar.