dijous, 3 de setembre de 2009

UHLISES (cap. III). Los Cíclopes


Pasaron varios días y los pocos víveres que tenían los tripulantes del “Bribónides IV” empezaban a brillar por su ausencia. Y no gracias a Vatericles, el cual, por si las moscas, continuaba atado al palo de mesana. Apenas quedaban unos cuantos puñados de arroz podrido y medio odre de agua potable. La tripulación empezaba a estar inquieta.
- Euríloco, como no avistemos tierra pronto vamos a tener un problema gordo con toda esta chusma-, comentó Uhlises a su contramaestre.
- Razón llevas, oh, insigne Uhlises, rey de Hítaca… Las peleas gratuitas empiezan a menudear por cubierta. Incluso Placidón, quien no se altera ni que lo maten, se ha sumado a las reyertas. Y el perro ha desaparecido: apuesto a que se lo han comido.
- ¿Al perro? Pobre… Bueno, la verdad es que era un taladro, no paraba de ladrar a todas horas. No creo que se le eche de menos. Y hablando de perros, ¿qué habrá sido de mi buen Argos?¿Vivirá aún?- reflexionó el héroe mirando al horizonte con semblante pensativo.
Euríloco, sin venir a cuento, refunfuñó violentamente:
- ¿Y a mí qué me importa si tu perro Argos vive o no?¿Crees que es el momento de ponerse sentimental, con los problemas que tenemos? Uhlises, el héroe de Troya… Vaya timo de tipo…
Uhlises, sin volverse, respondió:
- Mira, Euríloco, porque nos encontramos en situación complicada y porque me debes dos mil quinientos hemióbolos, que si no, te arrancaba todos tus miembros de cuajo, que lo sepas.
Euríloco se encaró a Ulises con ojos centelleantes:
- ¿Ah, si? Tú a mi me vas a comer la…
En ese momento resonó un grito:
- ¡Tierraaaa!¡Tierra a la vistaaaaa!
De nuevo era Dioptrío, el vigía, berreando desde lo alto del palo mayor. Sin querer había evitado una desgracia mayúscula.
La tripulación al completo corrió hacia estribor (excepto Despístides, que se fue a babor, como siempre). Efectivamente, a lo lejos se divisaba una costa abrupta.
- Pues parece mentira, pero tiene razón Dioptrío.
- Espero que haya algo más que alfalfa, esta vez.
- Yo, si hay perros ya me conformo.
- Ah, fuiste tú?
Uhlises ordenó dirigirse a tierra firme. Antes de anclar el “Bribónides IV” reunió a todos sus hombres en cubierta:
- Espero que esta vez todo el mundo se atenga exclusivamente a mis órdenes. Si alguno de vosotros, sin motivo justificado, me desobedeciera, daré orden instantánea a Rambocles de que no sintáis las piernas nunca más. Os las cortará de un solo tajo. ¿Ha quedado claro?
Uhlises siempre utilizaba a Rambocles para amedrentar a los marineros más pendencieros.Era el más fuerte, agresivo y despiadado de todo el barco. Hubiera sido un gran héroe en Troya y se le hubiera colocado al nivel de Héctor, Áyax y Aquiles, pero venía de familia de míseros pastores de caracoles, y en esa época el sueño americano aún no se había inventado.
Esta vez descendió la tripulación al completo, incluso Vatericles, al que por fin desataron del palo de mesana. Fondearon el “Bribónides IV” en una pequeña cala y se dirigieron a tierra firme en una barca preparada para estos menesteres.
Atracaron en una minúscula playa y se dispusieron a explorar.
- Ojo avizor, muchachos. No hagáis el burro, ya que no sabemos con qué nos puede sorprender el destino -aconsejó Uhlises con su innata sabiduría - ; Despístides, tú no te muevas de mi lado, que te conozco.
Se adentraron en la maleza, avanzando a duras penas por el intrincado follaje. El terreno ascendía poco a poco, haciendo cada vez más difícil la marcha. Apenas se veían los unos a los otros.
- ¡Cogeos de las manos, como cuando ibais a la escuela, que no se ve un pimiento!-, ordenó Euríloco.
Al cabo de un buen rato, llegaron al final del bosque. Todos los esforzados marineros estaban repletos de arañazos por todo el cuerpo, a causa de los malditos zarzales. Incluso Uhlises, a quien su condición de héroe y tal no le eximía de tener una piel como la de todo el mundo.
- Descansaremos aquí un poco. Hala, ya os podéis soltar de las manos.
Se encontraban al pie de una montaña árida, seca, pedregosa.
Uhlises alzó la vista. Observó que, separadas por una distancia considerable, la montaña había horadado numerosas cuevas, gigantescas, de aproximadamente 30 pies de altura cada una (9,1 m), y otro tanto de ancho.
Entonces olió. Un penetrante perfume envolvió todo el ambiente. Los más escrupulosos y refinados, como Pulcro de Macedonia, se taparon las narices con sus túnicas, horrorizados ante tal pestilencia.
- ¡Oigh, qué asco, por Eufrósine!
- ¡Pero bueno! ¿Es que nadie se lava los pies aquí, pandilla de cerdos?- protestó enfurecido Euríloco.
- Calla, contramaestre de las narices, -respondió Uhlises- que creo no va por ahí la cosa: no sé si te has fijado que no hace mucho hemos salido del agua. Este olor tan potente no proviene de nuestros pies, sino más bien de ahí arriba, de esas cuevas tan grandes.
Si es que Uhlises era de un listo…
El gran héroe ordenó a sus hombres dirigirse hacia allí cautelosamente.
Entraron en la cueva. Por el suelo había utensilios de todo tipo, cuencos, platos vasijas, mantas, cuchillos… Sólo tenían una peculiaridad: eran de tamaño gigante. En un solo cuenco casi cabía la tripulación entera.
“Esto debe ser la cueva de un ser gigantesco. Habrá que andarse con ojo”, pensó Uhlises, mas no dijo nada para no asustar más aún a los demás.
El hedor allí dentro era insoportable. Vatericles, desesperado por el hambre, siguió a su olfato, vio una especie de pared curva y sin pensárselo dos veces le hincó el diente.
- ¿Pero tú eres imbécil o qué? ¿Se puede saber qué ninfas estás haciendo?- le gritó Euríloco, el contramaestre.
Vatericles, con la boca llena, se giró hacia él, alborozado:
- ¡Quezo!¡Ez quezo!¡Un quezo gigante! ¡Ezo era eze olor!
Agarró su espada y empezó a darle al queso a diestro y siniestro. El resto de la tripulación le imitó.
En pocos minutos el queso quedó reducido a una tercera parte.
- No comáis tanto, golafres, que luego os sentará mal y no habrá quien os mueva-, aconsejó, divertido, Uhlises.
- ¿Y vino? ¿No hay vino por aquí o qué? ¡Queremos vino!- protestó Bolingo de Tales.
- ¡¡Vino, vino, vino!!-, gritó al unísono la tripulación al completo, mientras pateaban el suelo con fuerza.
Uhlises escaló un gran ánfora que se encontraba en un rincón. Se asomó al borde y con todas sus fuerzas la empujó al suelo. El líquido se desparramó por toda la cueva.
- ¡Aquí tenéis vino, impacientes!- exclamó, exultante- ¡No se os olvide mezclarlo con agua, que éste tiene mucha graduación!
El único que no obedeció dicha orden fue Bolingo de Tales, evidentemente.
Al cabo de un buen rato, todo el mundo estaba saciado de queso y vino. Únicamente la insaciabilidad de Vatericles continuaba dale que devoro.
- Reposemos un poco- dijo Uhlises-; luego cargaremos con todas las provisiones posibles y nos largaremos pitando de aquí, antes de que vuelva su morador.
Mal hecho.
Al poco, un gran temblor despertó a la tripulación de su marasmo digestivo. Grandes golpes retumbaban en el suelo, y se acercaban cada vez más.
- ¡Escondeos todos, rápido!-, susurró Uhlises a sus hombres.
Una gran sombra oscureció la cueva casi completamente.
Uhlises, agazapado tras una tinaja de vino, asomó la cabeza. Lo que vio le dejó helado.
Un ser horroroso de 17 pies de altura se alzaba ante ellos: peludo por todas partes, barbudo, iba vestido con cuatro harapos zarrapastrosos, llevaba el pelo enmarañado e imposible de domar y únicamente tenía un ojo, un ojo colosal situado encima de su enorme nariz.
- ¿Quién osa penetrar en la humilde morada de Polifemo, el cíclope? ¡Aquí huele a carne fresca!-, tronó el monstruo mientras olfateaba el ambiente con ansia furiosa.
Uhlises había oído hablar de los cíclopes, y sabía bien que no eran lo que se dice muy hospitalarios.
Más bien todo lo contrario.
Polifemo vio el queso a medias y la ánfora en el suelo vertida, y supuso, con buen crietrio, que allí pasaba algo. Escudriñó un poco más y entonces vio a Vatericles rebozándose en queso, extasiado ante tanto placer. También se apercibió de que Pulcro de Macedonia soltó un gritito, asustado por un ratón, y se dejó ver. El cíclope rió sonoramente, se agachó, agarró a ambos con una sola mano, los acercó a su sonriente boca y se los zampó en un par de bocados.

- Bueno, los he comido mejores-, comentó Polifemo mientras escupía unos huesecillos.
“Lo tenemos magro, por Eufrónides”, pensó Uhlises mientras observaba tamaña trágica escena.
El gigante de un solo ojo apartó los utensilios y descubrió al resto de la tripulación del “Bribónides IV”. Rápidamente agarró una gran roca del exterior y taponó la entrada de la cueva, impidiendo la huida de los hombres.
- Esto os enseñará a robar la comida a Polifemo. Luego me divertiré con vosotros: os tengo preparados unos juegos estupendos, con unas maneras de morir tan originales que ríete tú de la futura Inquisición.
Uhlises comprendió que debía hacer algo si no quería que aquella maldita cueva se convirtiera en la tumba de todos.
Se acercó a Polifemo con cautela, y empezó a lustrarle:
- Oh, gran cíclope, hijo de Poseidón y la ninfa Toosa, eres el más grande entre los grandes, el más todo, y será un honor para todos nosotros que hagas con nuestros cuerpos lo que más te plazca, pues así lo habrán decidido los dioses y lo que decidan los dioses es estupendo pues para eso son dioses y nosotros sus humildes y asquerosos servidores. Y para demostrarte lo mucho que te respetamos y te reverenciamos te voy a descubrir un placer increíble, digno de tu señorío, prestancia, temple, saber estar y todo eso que se suele decir.
Polifemo se repantingó en el suelo.
- Mira que llegas a tener labia, enano roñoso… A ver, ¿qué es eso tan maravilloso que tienes que mostrarme?
Uhlises sonrío. Había picado.
- ¿A que no has probado nunca el vino sin aguar?
- Anda, pues no, ahora que lo dices… Nunca se me había ocurrido semejante cosa. Es que soy muy tradicional, ¿sabes?
- ¡Pues mira! ¡Nunca te acostarás sin saber una cosa más! Anda, prueba y verás qué delicia te has estado perdiendo todos estos años.
Polifemo agarró un ánfora, probó tímidamente el vino y soltó una carcajada:
- Jo, jo, jo, jo!!¡¡ Pues tienes razón, enano asqueroso, no está nada mal!¡ Pero que nada mal!
Y se acabó el ánfora de un solo trago.
Uhlises continuó con su perorata pelotera:
- Jamás en mi pobre vida se me ocurriría engañarte, oh, insigne Polifemo, gran cíclope entre los cíclopes. Te mereces eso y muchísimo más. Anda, bébete otra, comprobarás los beneficiosos y placenteros efectos que posee el vino sin aguar.
Polifemo cogió otro ánfora y se la bebió en un periquete.
Y luego otro, y otro, y otro… Así hasta catorce.
Y claro, pilló una cogorza impresionante:
- El vino... hips… que tiene Nereidaaa… no es blan…hips…co ni es tinto ni… hips… tiene colooooooooooooor…
Finalmente se desplomó estrepitosamente en el suelo, sin sentido.
Uhlises no perdió el tiempo: cogió el palo de la escoba gigante, la partió de un golpe de espada y fabricó una lanza en un santiamén, sacándole punta. Luego la clavó con todas sus fuerzas en el único ojo de Polifemo, el cual, en el estado en que se encontraba, no se enteró de nada.
- Bueno, muchachos, éste lo va a ver todo negro, a partir de ahora.
En un rincón de la cueva había un pequeño establo con unas cuantas ovejas, también gigantes.
- Cuando Polifemo despierte y seguro que estará muy furioso, os agarráis con fuerza al vientre de una oveja. Allí no se le ocurrirá buscarnos. En algún momento tendrá que sacarlas a pastar, digo yo. Así podremos escapar-, razonó Uhlises.
Toda la tripulación se preparó impaciente para el momento en que el cíclope volviera a la vida.
Al cabo de unas horas, Polifemo despertó y se palpó el ojo destrozado y sangriento:
- ¿Pero qué me han hecho estos humanos? ¡No veo!¡No veo!¡Me han dejado ciego!-, y empezó a destrozarlo todo, de tan rabioso que estaba- ¡Os mataré a todos!¡Desearéis no haber nacido!
Uhlises y sus hombres, aterrorizados, se asieron fuertemente a los vientres de las ovejas. Polifemo buscó y rebuscó por toda la cueva, palpó las ovejas, pero no encontró a nadie.

Furioso, le pegó una patada a la roca que taponaba la entrada. Las ovejas, nerviosas, salieron corriendo al exterior.
Una vez fuera, los marineros se soltaron de los animales. Ulises apremió:
- ¡Hala, todos corriendo al bote! Los gritos de Polifemo pueden alertar a los demás cíclopes y entonces sí que habremos bebido aceite.
Así lo hicieron. Al cabo de poco se encontraban de nuevo en el “Bribónides IV” dispuestos para zarpar.
- ¡Levad anclas! ¡Y humo de aquí, pitando!
Una vez en cubierta, a Uhlises se le ocurrió burlarse de Polifemo.
“No, mejor que que no le diga nada”, rectificó. “Aún tendríamos más complicaciones. Además, me da un poco de pena, pobre”.
Polifemo, mientras Uhlises y sus hombres se alejaban, gritaba tanto que el resto de los cíclopes (Politono, Políglota, Polidíaz, Politicastro, Policío, Polígono, Policarpio, Polisemio, Polydor, Polimili, Politburó y Poliéster) se acercaron corriendo a ver que le ocurría.
El cíclope herido les explicó lo sucedido entre sollozos y gritos de rabia y dolor.
-¡Me chivaré a Poseidón!¡Esto no quedará así!
Policío miró hacia el mar y vio cómo se perdía el “Bribónides IV” en el horizonte. Les lanzó unas cuantas rocas, pero incluso la fuerza de un cíclope era poca para tan larga distancia.

“Está demasiado lejos, y además no sabemos nadar. Bah... Poseidón se encargará de ellos. Que no les pase nada."