dijous, 6 de maig de 2010

KOWALSKI

Este no es Kowalski, es el hijoputa de Leopoldo.


Últimamente noto que me falta tiempo, el día debería tener treinta y dos horas. Claro que entonces habría que reordenar las semanas, los meses, los años y quién sabe si un lustro (esa medida de tiempo tan pulcra y aseada) acabaría teniendo siete años en vez de cinco. Y dudo muy mucho que esto se hiciera sólo porque a mí me fuera mejor la cosa. Aunque, realmente, la razón verdadera de mi queja no es otra que mi propia dispersión, a lo que no voy a entrar porque no me da la gana, con saberlo y aceptarlo (no siempre), de momento ya me vale.

Es lo que hay.

También leo menos que antes. Y encima, no se me ocurre nada mejor que agarrar tochanas (tochos, ladrillos) de mil páginas, con lo cual, con los pocos momentos en que me paro a leer (cinco minutos por causas perentorias y otros cinco por la noche, antes de que caiga redondo), el libro se alarga y se alarga y no lo acabo ni harto vino.

Aún así, parece que estoy llegando al final del último que llevo entre manos: “El fantasma del rey Leopoldo”, de Adam Hochschild. Es una horrenda exposición de las atrocidades cometidas en el Congo por parte del rey de Bélgica, que se empeñó en poseer una colonia a toda costa y que, después de buscarla por todos los continentes habidos y por haber, la encontró en África, y los demás jerifaltes europeos se la concedieron en la Conferencia de Berlín en 1885, cuando se repartieron el pastel mundial. Las consecuencias de esta decisión, a la vista están.

Así, Leopoldo creó, a través de asociaciones humanitarias fantasmas (era él mismo), el Estado Libre del Congo. Su finca particular, que, por cierto, no pisó jamás, a pesar de embolsarse más de 132.000 millones de euros al cambio actual, hasta que la cedió en 1908 al Estado belga, obligado por las circunstancias (el cual siguió funcionando igual que con el rey, hasta que el caucho dejó de ser negocio).

Es un libro durísimo y triste, que te hace perder la fe (?) en la raza humana y tal, pero es muy aconsejable si uno quiere tener conciencia de lo que el hombre es capaz de hacer. Aunque hay que tener estómago, para leérselo.

Lo más curioso e hipócrita (sobretodo eso) de toda esta historia, es que el genocidio cometido en el Congo fue conocido y denunciado por las demás potencias, cuando hubieron de rendirse a la evidencia. Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y Alemania, entre otros países, organizaron grandes campañas en contra de Leopoldo, mientras ellos mismos seguían haciendo exactamente lo mismo en sus propias colonias: esclavismo encubierto, exterminio de pueblos enteros, torturas inimaginables… Todo en aras del buen negocio y el mejor dinero.

Sin embargo, no todo el libro es horripilante: hay una anécdota graciosísima, y es esta la verdadera razón por lo que escribo esto. Ni dispersión, ni Congo ni pollas en vinagre.

KOWALSKI.

Este tipo, Henry Kowalski, que se hacía pasar por llamar coronel sin haber hecho la carrera militar, era un picapleitos sensacionalista estadounidense que se encargaba de defender a mafiosos, y pillaba todo aquel caso que le pudiera dar notoriedad. Y era muy bueno, en lo suyo. Pesaba más de ciento cincuenta kilos, de tanto que comía el tío; eran famosos los banquetes que celebraba, sobretodo por la cantidad. Más o menos como Luis XIV (bueno, no tanto, lo de éste es para escribir otro post). También padecía de narcolepsia, esa enfermedad que te deja dormido en cualquier parte y sin previo aviso. En más de una ocasión se durmió durante un juicio, aunque eso no era problema para él: cuando se despertaba continuaba con el caso como si nada, o aún lo hacía mejor.

(No sé si fue así, pero me da la sensación que Charles Laughton basó su personaje en “Testigo de cargo”, donde hace de abogado defensor de Tyrone Power, en Kowalski. Y el físico ya lo llevaba puesto).

En una ocasión, Kowalski tuvo un litigio en el que el acusado era Wyatt Earp, el famoso sheriff y pistolero, el del duelo de OK Corral contra los hermanos Clanton. Earp, un tipo mitificado en exceso por la leyenda del Far West, era en realidad tan hijoputa como cualquier hijoputa, y tenía mucha mala leche. Era de gatillo fácil (me encanta esta frase). Así, cuando tuvo enfrente como acusador a Kowalski, le amenazó de muerte.

Un día se toparon en un local. Empezaron a discutir violentamente, hasta que a Wyatt Earp se le cruzaron los cables del todo y arrastró, como pudo, a Kowalski hasta los lavabos. Allí le acorraló contra la pared y sacó el revólver, encañonando al pobre abogado y dispuesto a volarle la cabeza.



Wyatt Earp, con su habitual cara de mala hostia

Entonces, a Kowalski, en ese preciso momento, le dio el ataque de narcolepsia y se quedó frito (de dormido, no de muerto) de sopetón, desplomándose encima de Wyatt Earp, quien le aguantó a duras penas para no quedar aplastado por el excesivo peso del abogado.
Al cabo de poco salió Earp de los servicios, iracundo, y gritó:
- ¿Cómo voy a matar a un tipo que se queda dormido cuando le encañonan en su cara?

Y así quedó la cosa. No sé cómo acabó el juicio, pero posiblemente Earp fue absuelto de cargos.

En cuanto a Kowalski, y de ahí viene su relación con el Congo, fue contratado por Leopoldo de Bélgica, en uno de sus múltiples intentos de poner a la opinión pública a su favor, algo que consiguió durante muchos años, ya que pagaba estupendamente. La lista de sobornados que tenía en nómina era interminable. Así, Kowalski trabajó para el rey, ocultando y tergiversando pruebas en contra del monarca y sobre lo que ocurría realmente en el Congo, publicando escritos positivos hacia su persona, hacia su pretendida causa humanitaria y destrozando con calumnias a los defensores de la justicia en la colonia belga. Y así fue durante un tiempo, hasta que Leopoldo ya no creyó pertinente necesitar sus servicios y dejó de pagarle.

Kowalski, al ver que se evaporaba de sus manos una magnífica fuente de ingresos, intentó infructuosamente volver a trabajar para él con cartas halagadoras, loando y suplicando volver al redil de Leopoldo. Mas éste no hizo ni puto caso.

Finalmente, despechado, Kowalski reunió toda la información que poseía sobre la barbarie en la finca real, que era mucha, y se la vendió a Randolph Hearst, el magnate de la prensa (aquél que vivía en una inmensa mansión llamada “Rosebud”: se dice que le puso ese nombre porque así llamaba él al coño de Marion Davies, su amante), el cual no tardó nada en publicarlo en sus medios, con el consiguiente escándalo que se formó. Ese fue el principio del fin de Leopoldo.

Bueno, sólo del fin de su buena suerte, pues murió tranquilamente en su palacio de Laeken, forrado hasta las cejas gracias a las vidas de, se calcula, así a bote pronto, diez millones de personas de nada.

Una minucia.


Pd: en cuanto acabe el libro, fijo que me paso al Mortadelo por una larga temporada.