dijous, 26 de febrer de 2009

EL REBESAVI


La Palanca de Noves (o cal Maties), a principios del siglo XX. Tiene este nombre porque antes de construir el puente había una palanca para poder cruzar el río Segre.





En catalán “rebesavi” quiere decir tatarabuelo. Todo el mundo ha tenido un tatarabuelo, hasta el que no se lo merece. Otra cosa es llegar a conocerlo, eso ya depende de las circunstancias familiares de cada uno. Las mías me permitieron llegar a ver a mi bisabuelo Ignasi, “lo padrí”, como se llama aún, en el mundo rural, al de más edad de cada familia. Le recuerdo siempre sentado en un banco de madera en la puerta de la casa de mis abuelos, donde nació mi padre: vestido con camisa blanca, chaleco y pantalones de pana marrón oscuro, los más pequeños nos parábamos delante de él y le pedíamos que nos enseñara su reloj de bolsillo, que colgaba de una cadena de plata del chaleco. Nos decía la hora y nos íbamos corriendo a jugar por ahí, entre manzanos a orillas del río Segre. Era ya muy mayor, apenas hablaba. De hecho, no recuerdo su voz.
Murió con noventa y tres años, como mi abuelo.
No llegué a conocer a mi tatarabuelo, sólo sé de él por lo que me contó mi padre. Habla muy poco, pero si lo pinchas, alguna vez se suelta.
Se llamaba Pere. Cuando mi bisabuelo compró la casa donde al cabo de unos años nació el que sembró la simiente para que apareciera yo por este mundo (se supone que fue él, claro), el rebesavi, que vivía en una masía alejada del mundanal ruido, dejó su hogar en la montaña y se instaló también allí, pues ya tenía una edad. Era “alt com un Sant Pau”, como se dice por aquí (alto como un San Pablo. Pues no sabía yo que el de Tarso fuera de elevada estatura. ¿Lo dirá la Biblia también?), y fuerte y robusto como un bisonte de la sierra del Cadí.

Es cierto, tengo una foto del rebesavi.



Aspecto aproximado de lo que debería ser Tost hacia finales del siglo XIX. Mi tatarabuelo era de Cal Puy, situada encima del pueblo. Desde aquí no se ve, la casa. Actualmente está abandonado: el último habitante se largó a principios de los setenta.
Ilustración: Llorenç Pubill.


Se levantaba de buena mañana, sacaba del establo las pocas ovejas y cabras que tenían y se las llevaba a pastar por ahí. Esto lo hizo absolutamente todos los días de su vida, incluso el de su muerte. Jamás se puso enfermo, el tío.
Durante la guerra civil, el puente que había delante de cal Maties, que cruzaba el Segre y llevaba a Noves, fue dinamitado y destruido. Para cruzar el río la gente del lugar una cuerda corrediza con una gran cesta, y la persona que iba en ella debía ir estirando y estirando hasta llegar a la otra orilla. Pere, que ya tenía noventa y cuatro años, tenía prohibido cruzar solo el río, pues era bastante peligroso. Pero como era muy testarudo (rasgo habitual en la família), no hacía mucho caso de nadie. Él iba a su bola.



Cal Maties en los años 70. Al fondo, el puente reconstruido. La casa que se ve al fondo a la izquierda es La Borda, lugar de nacimiento de mi abuela.



Un día se metió en el cesto. A medio trayecto volcó y cayó al vacío, yendo a parar sobre unas rocas. No se mató, ni mucho menos. Se pasó un mes en cama por las múltiples contusiones, pero no se rompió ni un solo hueso.
Cuando se recuperó, volvió a levantarse muy temprano y a sacar el ganado a pasear, digo, a pastar.
Un día, ya con noventa y nueve años, salió el sol, como siempre y, también como siempre, Pere se alejó de cal Maties con sus ovejas y sus cabras. Al poco rato, volvió. Mi abuela lo vio llegar y, extrañada, le preguntó qué le ocurría para estar de vuelta tan pronto.
- No me encuentro bien. Me voy a estirar un rato.
Mi abuela le dijo que subiría para ver si necesitaba alguna cosa en cuanto acabara sus quehaceres. (Estaría matando conejos, se le daba muy bien). Cuando entró en la habitación, encontró a mi tatarabuelo tumbado.
- Pepeta, mata a la Blanqueta y a la Fosca, que tendrá que haber comida para todo el mundo.*
- No le entiendo, padrí. ¿Por qué tengo que matar a las ovejas? ¿Y quién tiene que venir?- respondió mi abuela. Quizá pensó que se le había ido la cabeza.
Pere se irguió un poco y le dijo, con seguridad:
- “Perquè m’estic morint, collons!”
(¡Porque me estoy muriendo, cojones!).
Efectivamente, al cabo de una hora falleció.
A mí me gustaría morirme así.

* Antes en los pueblos se hacía un banquete después de los entierros, ya que los asistentes venían de muy lejos y debían reponer fuerzas para volverse a sus casas. De paso aprovechaban para hacer vida social, cosa poco habitual para la época.