dimecres, 29 d’octubre de 2008

ASUN Y EL CAMBIO DE HORARIO


El lunes, Asun apareció vestida impoluta con su prístina bata blanca, perdón, encajada en ella (seguro que tiene un calzador de batas, si no ya no entiendo nada), con sus labios mal pintados de rojo carmín, su habitual peinado del día de la tortilla aderezado con las pinzas que se acostumbra a olvidar en el pelo y sus prehistóricas zapatillas del 39, también blancas, con agujeritos.
- ¡Hola bona tardaaaaaaaaaaaaaaaaa!-, dijo, en un alarde de originalidad.
Yo sonreí y respondí:
- Coño, Asun, qué haces por aquí? Si aún no son las dos…
El reloj marcaba la una.
- Uy, si que es pronto, si…
Teresa, una de las compañeras de trabajo, le espetó:
- No sabes que este sábado se ha cambiado la hora?
Asun puso una de sus caras de circunstancias, como haciéndose la tonta, y mirando al suelo dijo:
- Ah, ah… Pues no sé, no me he enterado, no he visto la tele este fin de semana.
Eso era mentira.
- Pues encima he cogido un taxi, que llegaba tarde…
Escondimos nuestras caras tras el fichero, para no molestar. Asun es muy tacaña, pero susceptible aún lo es más. Mucho más. Como los corsos (según Astérix), pero a lo grande.

Después de procesar la situación, a Asun le cambió la cara y se sentó en un rincón, al lado de la ventana y, según me contaron al día siguiente, no se movió de allí en toda la tarde.

(Me tapo la boca, que me parto y no queda bien).