dimecres, 22 d’abril de 2009

CURAS Y PROFESORES (I)


Como ya dije una vez, no soy nostálgico, pero me gusta recordar, más que nada para cuando me venga el Alzheimer tenga algo escrito que me refresque la memoria, o para que se lo lean los hijos que no tengo y que yo qué sé si tendré.
Anfang, como se dice en francés…
El otro día pensaba en los profesores que he tenido en mi vida estudiantil. Voy a hacer un repaso, venga…

Mi primer colegio, que yo sepa, fue una escuela de monjas de Vilassar de Dalt. No me acuerdo de la profesora, pero supongo que debería ser una de esas amantes del celibato. El único recuerdo que tengo de allí es que me arranqué la uña de un dedo haciendo el imbécil en el patio. Qué dolor.
Después mis padres me cambiaron a una escuela de mi pueblo, a la Divina Pastora, por donde pasaron también mis seis hermanos, unos cuantos años más tarde mis primas y algún sobrino o sobrina que otro. De allí, a pesar de estudiar párvulos y primero de básica, no me acuerdo de nadie, aparte de la madre Justa, la recepcionista. La llamábamos madre Fusta (madera), pero no nos pegaba. Era buena mujer, a pesar de ser monja.
Al año siguiente tuve que cambiar de nuevo de colegio, ya que en la Divina Pastora el último curso que se hacía era primero, y mis padres me enviaron a los Salesianos de Mataró.
Vaya cambio. De cincuenta a ochocientos niños. Nada de niñas, jo (bueno, en esa época las niñas más bien me daban rabia, como a todo niño que se preciara. Además, con cinco hermanas,
qué quieres...).
Segundo de básica: en mi primer año teníamos como profesor a don José, un andaluz con poco acento que nos daba todas las asignaturas. A mí, al poco de llegar, me dio durante unos cuantos días un ataque maternal. Me quería ir a casa sí o sí, me quería estar con mi madre, y montaba unos espectáculos rabietiles en el autobús y en la clase de no te menees, porque yo era más tozudo que mi gata Rista cundo le digo que no me sobe más, cojones. Pesada, que eres una pesada.
Al cabo de un tiempo se me acabó la tontería y dejé de hacer el ridículo. De Don José, que no era cura, lo que más recuerdo era que nos montaba una especie de Trivial por grupos, y ahí todos los compañeros me rifaban porque me sabía de memoria los ríos, países, montañas, capitales, etc. Siempre ganaba mi grupo (aunque una vez me equivoqué: dije San Juan como capital de Costa Rica, cuando es San José. Hostia consagrada…). También en segundo fue cuando, gracias a él, me di cuenta que se me daba bien dibujar. Nos hizo copiar un retrato de Franco y me quedó de perlas. Tiene narices, descubrir aptitudes gracias a ése H.D.L.G.P (así, con mayúsculas).
Don José siguió impartiendo clases en el mismo curso. Cuando ya no lo tenía como tutor, cada vez que pasaba cerca de mí en el patio me decía:
- Qué, Pubill, ¿ya no lloras?
Graciosillo, el tío.
Ese año fue también cuando descubrí lo que era una hostia como Dios manda, pero no fue gracias a don José, sino al padre Gurpegui, un hombre gordo, imponente, de buen comer, el que nos vigilaba a la hora de comer. Se subía a una tarima con un micrófono y rezábamos con él antes y después de comer: “Te agradecemos, Señor, los alimentos que vamos a tomar…”, y “te damos gracias, Señor, por los alimentos que nos hemos cascado…”. Un día, durante el primer rezo, el padre Gurpegui me pilló hablando con el compañero que tenía al lado, en la mesa de seis. Cuando acabamos de decir tonterías (me refiero a la oración, yo ya me había callado cuando ví que me descubrió), nos hizo sentar a todos, pero a mí me hizo un gesto para que me acercara. Cuando estuve ante él, sin bajarse de la tarima, me arreó un guantazo en la mejilla que retumbó en todo el comedor. Qué daño. Volví a mi mesa, con la cara roja.
Cuando acabamos de comer ya no me acordaba de la hostia, y me volvió a enganchar dale que te pego con el vecino. Me llamó de nuevo, esta vez con una sonrisilla irónica, como pensando: ven pacá, majo, que te vas a enterar. Me dio tal tortazo que me quedó su zarpa grabada en mi mejilla, además de sonar en mis oídos el piiiiiiiiiiiiiiiii ese de cuando te explota un petardo cerca.
No lloré ni nada, de hecho me reí luego con los compañeros de clase, pero mientras estuvo el padre Gurpegui encargado del comedor, no volví a abrir la boca durante las oraciones de las narices.
Amén.