dijous, 26 de febrer de 2009

EL REBESAVI


La Palanca de Noves (o cal Maties), a principios del siglo XX. Tiene este nombre porque antes de construir el puente había una palanca para poder cruzar el río Segre.





En catalán “rebesavi” quiere decir tatarabuelo. Todo el mundo ha tenido un tatarabuelo, hasta el que no se lo merece. Otra cosa es llegar a conocerlo, eso ya depende de las circunstancias familiares de cada uno. Las mías me permitieron llegar a ver a mi bisabuelo Ignasi, “lo padrí”, como se llama aún, en el mundo rural, al de más edad de cada familia. Le recuerdo siempre sentado en un banco de madera en la puerta de la casa de mis abuelos, donde nació mi padre: vestido con camisa blanca, chaleco y pantalones de pana marrón oscuro, los más pequeños nos parábamos delante de él y le pedíamos que nos enseñara su reloj de bolsillo, que colgaba de una cadena de plata del chaleco. Nos decía la hora y nos íbamos corriendo a jugar por ahí, entre manzanos a orillas del río Segre. Era ya muy mayor, apenas hablaba. De hecho, no recuerdo su voz.
Murió con noventa y tres años, como mi abuelo.
No llegué a conocer a mi tatarabuelo, sólo sé de él por lo que me contó mi padre. Habla muy poco, pero si lo pinchas, alguna vez se suelta.
Se llamaba Pere. Cuando mi bisabuelo compró la casa donde al cabo de unos años nació el que sembró la simiente para que apareciera yo por este mundo (se supone que fue él, claro), el rebesavi, que vivía en una masía alejada del mundanal ruido, dejó su hogar en la montaña y se instaló también allí, pues ya tenía una edad. Era “alt com un Sant Pau”, como se dice por aquí (alto como un San Pablo. Pues no sabía yo que el de Tarso fuera de elevada estatura. ¿Lo dirá la Biblia también?), y fuerte y robusto como un bisonte de la sierra del Cadí.

Es cierto, tengo una foto del rebesavi.



Aspecto aproximado de lo que debería ser Tost hacia finales del siglo XIX. Mi tatarabuelo era de Cal Puy, situada encima del pueblo. Desde aquí no se ve, la casa. Actualmente está abandonado: el último habitante se largó a principios de los setenta.
Ilustración: Llorenç Pubill.


Se levantaba de buena mañana, sacaba del establo las pocas ovejas y cabras que tenían y se las llevaba a pastar por ahí. Esto lo hizo absolutamente todos los días de su vida, incluso el de su muerte. Jamás se puso enfermo, el tío.
Durante la guerra civil, el puente que había delante de cal Maties, que cruzaba el Segre y llevaba a Noves, fue dinamitado y destruido. Para cruzar el río la gente del lugar una cuerda corrediza con una gran cesta, y la persona que iba en ella debía ir estirando y estirando hasta llegar a la otra orilla. Pere, que ya tenía noventa y cuatro años, tenía prohibido cruzar solo el río, pues era bastante peligroso. Pero como era muy testarudo (rasgo habitual en la família), no hacía mucho caso de nadie. Él iba a su bola.



Cal Maties en los años 70. Al fondo, el puente reconstruido. La casa que se ve al fondo a la izquierda es La Borda, lugar de nacimiento de mi abuela.



Un día se metió en el cesto. A medio trayecto volcó y cayó al vacío, yendo a parar sobre unas rocas. No se mató, ni mucho menos. Se pasó un mes en cama por las múltiples contusiones, pero no se rompió ni un solo hueso.
Cuando se recuperó, volvió a levantarse muy temprano y a sacar el ganado a pasear, digo, a pastar.
Un día, ya con noventa y nueve años, salió el sol, como siempre y, también como siempre, Pere se alejó de cal Maties con sus ovejas y sus cabras. Al poco rato, volvió. Mi abuela lo vio llegar y, extrañada, le preguntó qué le ocurría para estar de vuelta tan pronto.
- No me encuentro bien. Me voy a estirar un rato.
Mi abuela le dijo que subiría para ver si necesitaba alguna cosa en cuanto acabara sus quehaceres. (Estaría matando conejos, se le daba muy bien). Cuando entró en la habitación, encontró a mi tatarabuelo tumbado.
- Pepeta, mata a la Blanqueta y a la Fosca, que tendrá que haber comida para todo el mundo.*
- No le entiendo, padrí. ¿Por qué tengo que matar a las ovejas? ¿Y quién tiene que venir?- respondió mi abuela. Quizá pensó que se le había ido la cabeza.
Pere se irguió un poco y le dijo, con seguridad:
- “Perquè m’estic morint, collons!”
(¡Porque me estoy muriendo, cojones!).
Efectivamente, al cabo de una hora falleció.
A mí me gustaría morirme así.

* Antes en los pueblos se hacía un banquete después de los entierros, ya que los asistentes venían de muy lejos y debían reponer fuerzas para volverse a sus casas. De paso aprovechaban para hacer vida social, cosa poco habitual para la época.

dilluns, 23 de febrer de 2009

LA SIESTA


Ilustración: Arthur Rackham
Luciana se despertó pronto, sin ninguna razón aparente. Normalmente las sábanas se le pegaban a la piel y le costaba un mundo levantarse, pero aquel día se incorporó de un salto, se regaló una gran sonrisa-bostezo y se tiró en plancha a la ducha. Mientras se enjabonaba su cuerpo serrano y cantaba una ranchera mucho mejor que la pesada de Rocío Dúrcal, pensó en la razón por la cual su ánimo estaba tan alegre. Lo habitual era que se levantara con el encefalograma plano, amodorrada, sin pensar ni siquiera en pensar, pero no, esa mañana estaba radiante, esplendorosa; la energía y la alegría brotaba por cada uno de sus poros. No encontró un motivo concreto de su buen ánimo, pero tampoco le importó mucho dar con él. Se preparó un opíparo desayuno, huevos y chorizo fritos, cerveza fresquita fresquita fresquita , un buen vaso de zumo de naranja y carajillo, tal como hacía su padre. Cuando acabó aún se sintió mejor, y eso la animó a dar un paseo por el campo.
Tomó el sendero que bordea el río, entre robles, sauces y chopos, aspirando la brisa fresca y distrayéndose con las mariposas que revoloteaban a su alrededor cuando, antes de llegar al embarcadero de Cal Giró, le dio un infarto.
Al cabo de dos horas, un niño que iba en bicicleta la encontró tirada en la hierba, detrás de un gran roble.
Gabriel, el hijo de la panadera, pensó que se estaba echando una siesta, y se alejó sin hacer ruido, procurando no molestarla.

dimecres, 18 de febrer de 2009

EL CONDE DE MESTELLER


(O "Compte amb el conte del comte", en catalán)

El otro día fallecí. No, hombre, no, que es broma. Si no, de qué iba a poder contar lo que voy a escribir para todo ser que se tome la molestia de encontrar y leer mis papeles póstumos, que dejaré un día de estos en una baúl enterrado en el centro exacto del cráter del Ngorongoro.

Me encontraba, hace unos días en casa, tumbado en un sofá estilo Luis XVIII, herencia de mi bisabuelo, el también conde de Mesteller. No era uno de mis mejores días, realmente. Estaba muy deprimido, un día de aquellos en que no encuentras sentido a tu vida ni a la de nadie y todo te parece mal y hubieras o hubieses preferido no despertarte jamás.
Bueno, jamás jamás no, pero unos días sin pensar me hubieran ido de perlas.
Así me sentía, la vida es una mierda y todo eso. Ustedes se preguntarán, con cierta razón: cómo es posible que un conde como yo se pueda sentir tan tan hecho polvo, con el nivel social que tengo (y con la felicidad que, supuestamente, es consustancial a mi elevada posición) y con la vida económicamente solucionada? Pues que sepan, señoras y caballeros, que los condes también sufren , también tienen su corazoncito, y también, de vez en cuando , se sienten unos desgraciados.
Sea por un grano en la espalda, sea por un huevo frito mal hecho por mi sirvienta, sea porque a unos de mis caballos hoy no le apetece el forraje, sea porque mi zapato izquierdo se ha ensuciado por una deposición de paloma caída del cielo, sea por…
Mas iré al grano, al grano de pus, ese que tengo en la espalda.
Después de compadecerme de mí mismo unas cuantas horas, me harté y decidí ahogar mis penas en vino. Descorché con calma una botella de Saint-Émilion, reserva especial del 65, que por cierto vale un huevo, brindé conmigo mismo por mi depresión y me la casqué de un solo trago. Al momento, ya animadillo, abrí otra, aunque ésta me la bebí más xino-xano, como dicen en Catalunya.
Iba ya por la quinta botella, todas de ese magnífico caldo que es el Saint-Émilion, Bordeaux para más señas, y de ánimo empezaba a sentirme bastante mejor. Así que, evidentemente, me bebí dos más.
Por fin me sentía estupendamente. La euforia embriagadora que me embargaba transformó mi pensamiento en un torrente de confianza absoluta en mí mismo, sintiéndome capaz de cualquier cosa.
El vino me habia dado alas.
¿He dicho alas? Recordé que, cuando era un condito, siempre pensaba en volar. Quería volar. Veía a los mirlos y a las gaviotas mecerse al son del viento y les tenía una envidia que te cagas. Continuamente me preguntaba: ¿por qué no yo puedo volar como un pájaro?.
Ya de mayor acepté que eso era imposible pero, en aquel momento, mi percepción de las cosas era muy diferente de lo habitual.
Por eso decidí tirarme por la ventana, a echarme un vuelo por los dominios de mis posesiones. Subí a la torre del homenaje de mi suntuosa mansión, balanceándome y chocando contra las paredes debido a mi estado enolero. Me subí a duras penas sobre una almena y aspiré el viento fresco que por allí paseaba tranquilamente. Miré hacia abajo y, cosa extraña en mí, no sentí vértigo.
Y me lancé al vacío en forma de abanico, aún estando convencido de que me iba a arrear un tortazo monumental. No fue así como ocurrió: me dio por agitar las alas, digo, los brazos, y a escasos centímetros del suelo remonté el vuelo cual águila perdicera. Preso del delirio y de una inmensa felicidad, ascendí y ascendí aprovechando las térmicas, como los buitres leonados. Hacía un frío bestial, pero con mi bolinguez apenas lo notaba.
En eso estaba, gozando como un niño con mi nueva situación, cuando vi que se acercaba, volando también, un tren de cercanías. Sorprendido, le hice una señal y se detuvo ante mí. El conductor asomó la cabeza por la ventanilla, abrió las puertas y me gritó:
- ¡Suba, conde de Mesteller!
Yo ya estaba un poco fatigado de tanto aletear, así que le obedecí y subí al tren. El conductor me contó que hacía el trayecto hasta Matadepera, y que se sentía muy feliz de tener un conde a su vera. Agradecido por el cumplido, dejé que besara mi mano, pero sin lengua. Le di conversación un rato. El hombre no paraba de hablar y era un poco pesado, pero me cayó bien.
Me cayó tan bien que me caí por la ventana, o me tiré, no me acuerdo demasiado. Volví a agitar las alas, pero aquello ya no funcionaba. Pero curiosamente, la caída no fue en picado, sino que me fui balanceando dulcemente, como una hoja de parra. Y claro, con la sensación de que me estuvieran acunando, me quedé profundamente dormido.
Desperté acurrucado en un banco del parc Güell. Me desperecé, y como hablo perfectamente el inglés, exclamé: ¡Well!, me levanté, salí de allí y volví a casa en un taxi.
Ya en mi humilde hogar, me apeteció un vinito para rememorar lo sucedido, pero no encontré más botellas, me las había bebido todas.
Tuve que conformarme con un mísero Trina de manzana, indigno de alguien de tan alta categoría social como yo, el conde de Mesteller.
Por esta razón no me acuerdo mucho de lo sucedido, todo quedó borroso dentro de mi mente, y tal vez los hechos reales estén un poco cambiados.
Bueno, ¿y qué? ¿Pasa algo?
A todo esto, lo que sí recuerdo es un verso de Miguel de Cervantes:

“El vino demasiado,
Ni guarda secreto
Ni cumple palabra”.

A lo que yo añadiría:

“Ni nada recuerda
Y la bodega
Vacía se le queda”

dimecres, 11 de febrer de 2009

POR TIERRAS DE MORLINDO




Fui a visitar a mi abuela. Después de esperar más de la cuenta, me abrió.
- ¡Hola, Marineta! ¡Qué alegría me da que vengas a verme! Pero no te quedes ahí, anda, pasa, pasa…
- Buenos días, abuela-, le dije mientras la abrazaba y le arreaba unos besos.
- Perdona el desorden, pero tengo visitas y… bueno, no son visitas exactamente.
Hacía un extraño olor, como a… a vaca. Pasé al salón y efectivamente, tenía visitas.
Cuatro enormes vacas lecheras paseaban sus cuerpos serranos por la estancia. Una, tumbada en el sofà, rumiando a su aire; otras dos, estiradas en el suelo, como el buey y el asno del pesebre, y la última mirando distraidamente por la ventana Eran exactamente como las del anuncio del chocolate Milka, aunque de colores distintos al lila característico: rojo , amarillo, azul y magenta. Las cuatro llevaban sombrero tirolés, con pluma y todo.
- Sí, veo que estás en buena compañía. Lo que me resulta curioso es que quepan en un piso de cuarenta y cinco metros-, exclamé.
- A mí también, pero caben, ya lo ves.
Mi abuela siempre había tenido animales: perros, patos, conejos, niños, tortugas, peces, canarios… aparte de mi abuelo Bartolo, que era muy bruto. Además, siempre le ocurrían cosas extrañas, así que no me sorprendí en absoluto con el panorama que me encontré.
Las vacas no se habían dado cuenta de que yo había llegado, ellas a lo suyo rumía que te rumía, pero cuando me vieron, se levantaron de un salto, se pusieron a dos patas y me saludaron cortésmente, una por una, con una sonrisa espléndida.
- Son muy simpáticas estas vacas, abuela-, le dije, divertida, respondiendo al saludo.
- ¿Verdad que sí?
- ¿De dónde las has sacado?
Mi abuela sonreía mientras acariciaba los cuernos de la vaca de color magenta.
- Es un regalo. Estaban en la puerta esta mañana, con una nota en el suelo.
- ¿Y qué decía la nota?
- Nada. Sólo iba a la atención de Obdulia Cencerrero, o sea yo misma. ¿Quieres un café, Marineta? Vente a la cocina.
Seguí a mi abuela, mientras las vacas seguían sonriendo, a dos patas y sin dejar de rumiar…

Cuando volvimos de la cocina, las vacas ya no eran vacas, sino aves gigantes, como avestruces pero con plumaje verde pistacho. Seguían sonriendo, pero ya no rumiaban.
Me acerqué a una de ellas, la acaricié y se tumbó en el suelo panza arriba para que le rascara, cosa que hice. Las demás aves la imitaron, esperando a que les hiciéramos lo mismo.
- ¡Qué pájaros tan simpáticos!-, exclamó, risueña, mi abuela.
- Sí, pero tienen caspa, abuela. ¡Fíjate en el suelo!
Estaba lleno de bolitas blancas del tamaño de una miga de pan, parecía que hubiera nevado. Pero era caspa.
Al verlo, mi abuela se escandalizó:
- Aaaaarghs!! ¿Pero qué guarrería es esta? ¡Me estáis dejando el piso hecho unos zorros!
¡Fuera de mi casa! ¡Guarros, cerdos, desagradecidos!
Los pájaros, asustados por los gritos, se levantaron de golpe, agitaron las alas y se fueron volando por la ventana, haciendo añicos los cristales, que estaba cerrada.
Mi abuela Obdulia se asomó al exterior, gritando:
-¡Y encima me destrozáis los cristales! ¡Mamones!¡No volváis nunca más por aquí!
Vaya lenguaje tiene, con lo modosita y educada que parecía, pensé. Entonces se giró hacia mí, sofocada:
- Y tú,¡lárgate también con viento fresco!¡Tengo mucho que limpiar y no puedo estar por ti! ¡Fuera!-, gritó, señalándome la puerta con el dedo.
- Pero, abuela…
- ¡Ni pero ni leches! ¡Largo de aquí!
Y me cerró la puerta en las orejas, porque estaba de lado.

Es que mi abuela es muy suya, con esto de la limpieza.

dimarts, 10 de febrer de 2009

TORRACOLLONS



Esto es un mosquito torracollons.


Torracollons es una palabra catalana que significa, literalmente, “tuestacojones”. Un torracollons es una persona a la que le gusta chinchar a los demás.
Yo, de vez en cuando, he ejercido de torracollons, y lo sigo haciendo de vez en cuando. Más que nada porque me divierte meterme con según qué temas.
Con la Iglesia, por ejemplo, me encanta. De algo me tiene que haber servido estudiar once años en los Salesianos.
No diré lo que pienso sobre Dios y la Iglesia. Ahora mismo no me apetece ponerme de mala leche, empezaría a despotricar e igual al que tuviera delante le llenaría de escupitajos (capellans, en catalán) de tanto ardor despotricador que me entraría, o me cogería un infarto, vete tú a saber.
Sólo daré algun ejemplo de mi vena interna de torracollons:
Tengo un amigo, el Joan, con el que, entre otras cosas, jugamos al ajedrez, aunque cada vez menos. Nos servimos un par de whiskises y, mientras jugamos vamos hablando sobre temas varios. Joan es un buen conversador, y una persona muy culta. También es cristiano, católico, apostólico y romano. Toma ya, cuantas cosas en una sola persona. Y siempre acaba saliendo el tema religioso, que normalmente saco yo a colación. Joan defiende sus ideas y creencias, a pesar de que comparte bastantes puntos de vista conmigo, pero su educación cristiana puede con él. Me dice que en mi interior hay más religiosidad de la que parece, que soy un torracollons por sistema, etc etc., y que con el tiempo abrazaré la fe y todo ese rollo. Es entonces yo le hago la pregunta desmontadora:
- Muy bien, Joan: yo creeré en Dios, en la Virgen, en el Papa y en su puta madre cuando me expliques y entienda el misterio de la Santísima Trinidad. Porque, perdona, eso no lo comprende ni Dios.
Se me queda mirando con cara de pocos amigos, cosa rara en él.
- Eso es cuestión de fe.
- Si, ya de fe. Fe de erratas. Siempre decís lo mismo. Todo lo arregláis así. Con la fe de los huevos.
- Tú eres un cabrón.
Cuando le dije que quería apostatar, Joan se indignó:
- ¡Tú eres un torracollons y un cabrón! Eso lo haces para joder.
- Si fuera cierto eso, ya lo habría hecho mucho antes, que no me como un rosco-, le contesté, bromeando. Pero ya no dije nada más, que se ponía colorado el pobre.
Y entonces es cuando se acaba la discusión, y seguimos jugando al ajedrez.

Continuamos siendo igual de amigos, por cierto.



Con el hermano Úbeda acabó la cosa de un modo parecido. Éste era un cura de La Salle. El colegio tiene un campo de fútbol y un club (donde juego desde hace un montón de años). Él estuvo bastantes años como coordinador de la sección, pues antes dependía de los curas. Luego se trasladó a otro colegio, y no volvió hasta al cabo de unos cuantos años, cuando los hermanos se habían desvinculado, aunque cedieron el campo y las instalaciones.
El hermano Úbeda siempre venía a ver al primer equipo, que era donde yo jugaba. Se quedaba con nosotros en el bar del campo después de los partidos, y también se ponía tierno a cervezas, como todos nosotros. Allí hablábamos del partido, de las tácticas, oíamos cantar “No me cortaràs er peeeeeloooo” al hijo del que llevaba el bar, y tonterías varias. Conmigo el hermano Úbeda hablaba bastante, porque supongo que le debería gustar cómo jugaba, pero sobretodo porque entendía el juego, o al menos lo intentaba. Un poco en plan analista, como los comentaristas invitados en los partidos de la tele.
Un domingo después del partido, que supongo que ganamos porque íbamos todos bastante morados, estábamos discutiendo las jugadas y tal cuando me dio la vena torracollons y me dirigí al hermano Úbeda, que estaba quinto en ristre, como todo cristo:
- Perdone, hermano Linares… Le puedo hacer una pregunta?
- Pues claro, Llorenç. Dime, majo…
Supongo que esbocé, al preguntar, una sonrisa irónica:
- Hermano… De quién?
Al hermano Úbeda le cambió el careto de golpe y porrazo, como si se le hubiera pasado al momento la alegría que llevaba dentro.
- Tú eres un cabrón.
Desde entonces, cuando me ve, apenas me saluda.
Es lo que tiene a veces ser un torracollons, te dejan de hablar.
Aunque los hay que tienen muy poco sentido del humor.
Amén.

dijous, 5 de febrer de 2009

VIERNES A LAS 19,44 H

Ilustración: Llorenç Pubill



Como cada viernes a las 19,44 h., Celedonio amontonó su azarosa vida, tomo sobre tomo, y se dispuso a contar cuentos a sus vecinos: a Jacinto, que no salía nunca de casa cuando llovía porque temía ahogarse en cualquier charco; a Herminia, que leía los libros al revés; a Pancracio, que creía que los chopos daban ciruelas; a Mariano, el gato escritor de novelas negras.
Al empezar a leer, una ráfaga de viento hizo volar los papeles, que desaparecieron para siempre. Celedonio no era capaz de recordar de qué iba el cuento, pero no le importó lo más mínimo: de su boca brotó una palabra tras otra, formando éstas por su cuenta la historia más maravillosa que jamás escuchó su extasiado público.
Cuando Celedonio acabó el relato, recogió su vida y se fue a su casa.
Aquél día, viernes, Jacinto salió a pasear cuando empezó a llover; Herminia leyó un libro del derecho; Pancracio se convenció de que los chopos no daban ciruelas, sino castañas, y Mariano, el gato escritor de novelas negras, empezó a escribir una poesía que hablaba de un contador de cuentos con su azarosa vida a cuestas.
Así mataban el tiempo hasta el siguiente viernes, a las 19,44 h.

dimecres, 4 de febrer de 2009

EL BALILLA


Manuel era un balilla, como mi abuelo… Se pasaba los días y las noches de parranda en parranda, y no tenía un trabajo fijo, estable. Para poder independizarse de sus padres, no se le ocurrió otra cosa que casarse.
Encontró una mujer de buena familia, a la que cameló con sus artes nocturnas, que de eso sabía un rato. Finalmente, la pobre cayó en sus redes y contrajeron matrimonio.
La esposa de Manuel, Pepita, era muy modosa, sin vicios y ahorradora. Éste, una vez conseguido su objetivo, continuó siendo un calavera de orejas y de narices, siendo incapaz de mantener empleo alguno.
Un buen día Manuel pidió a Pepita parte de su dinero, ahorrado con mucho esfuerzo, para comprar artículos de mercería y dedicarse a vender. La mujer, recelosa (con toda la razón) no estaba convencida en absoluto, pero al fin cedió a los ruegos de su esposo y le entregó la pasta.
Manuel desapareció.
Durante tres días no dio señales de vida, el tío. Pepita, preocupada y también cabreada, se dedicó entonces a buscar a su marido. Preguntó a los vecinos, conocidos y a todo el mundo que pudiera tener alguna relación con Manuel, hasta que alguien le dijo dónde se encontraba.
Ese mismo día Pepita entró, bien entrada la noche, en un subterráneo del Barrio Chino. Allí contempló, atónita, cómo su amado esposo estaba bailando encima de un escenario, vestido de folklórica, mientras un nutrido grupo de mariquitas (de la acera de enfrente, sarasas, plumíferos o como se quiera decir) le jaleaban ardorosamente.
Ni qué decir que Pepita le puso de patitas en la calle.
Y, harta de todo, vendió la casa y se largó a vivir a Glasgow.
A Manuel, por su parte, la cosa no le fue tan mal. Sin un duro pero lleno de recursos, consiguió un poco de dinero para comprar unos muebles empotrados en un portal de La Rambla e instaló un puesto de compra-venta de monedas. Más adelante amplió el negocio intercambiando novelas.
Con el tiempo perfeccionó el tema literario y se convirtió en librero. Sus descendientes aún continúan con el negocio.
No se sabe si Manuel, por las noches, continuó vistiéndose de folklórica subterránea.
Eso es secreto de familia.

dimarts, 3 de febrer de 2009

SERES

Ya han llegado. Están aquí.
Me di cuenta hace unos días, una mañana que salí de casa para buscar el periódico en el quiosco que tengo cerca.
- Buenos días, Cirilo- le dije al quiosquero mientras le daba el euro de rigor-; ¿te has fijado en eso?.
Cirilo, sin apenas levantar la cabeza, asintió:
- Si, cuando cerré el chiringuito estaba como siempre, verde, pero esta mañana, cuando he venido, estaba así, diferente.
Me lo quedé mirando mientras me alejaba. El verde se había transformado en múltiples colores, vivos, radiantes, de formas variadas, pero tenían un nosequé que me inquietaba.
Algo me decía que allí sucedía algo extraño.
Al cabo de unos días en el periódico apareció una noticia que hablaba de la desaparición de botellas vacías. En los contenedores colocados para reciclar el vidrio no había ningún envase, estaban vacíos. Las autoridades no se explicaban el suceso.
Intrigado, esa noche bajé a la calle a investigar.
Eran las tres de la mañana, y no había ni un alma.
Entonces los ví.
Salían del agujero uno detrás de otro, como una colonia de hormigas, y se movían con tanta rapidez que apenas podía distinguirlos. Entonces comprendí: los seres que se habían instalado en los contenedores se alimentan del vidrio.
Y no sólo de vidrio, sino de todo aquello que tengan cerca. Los árboles cercanos al contenedor se han secado, así como la fuente del parque, la hierba… incluso las piedras han adquirido un color mustio, sin vida, y eso que no tienen.
No comprendo porqué, pero soy el único que los ve. He alertado a todo el mundo, pero me toman por loco. Dicen que se me ha girado la cabeza, y la gente empieza a evitarme. No me entienden. Incluso Cirilo, el quiosquero, empieza a tenerme miedo por las cosas que digo.
Sin embargo, el que tiene miedo soy yo. Estoy aterrorizado.

Me han visto.



Y saben que les he visto.
Fotos: Llorenç Pubill.