dimarts, 1 de juliol de 2008

IÑAKI, DIEGO Y EL PREDICADOR


Iñaki Otxoa. Yo tenía un jersey como ése. Me dio una pena tremenda perderlo.


Hace unos días murió el alpinista Iñaki Otxoa en el Annapurna (8.091 m): sufrió un edema pulmonar a 7.400 m que le impidió descender hasta el campo base. Estuvo cinco días luchando por su vida en el campamento IV, hasta que su cuerpo dijo agur.
Siento una admiración (si es que siento admiración por algo) especial por los alpinistas, supongo que porque me gusta también subir montañas, aunque no he pasado de hacer algún que otro tres mil por el Pirineu. El montañero, más que estar bien preparado físicamente (que también) destaca por la gran fortaleza mental, mezcla de cabezonería y espíritu de superación personal. La lucha contra los elementos. Yo y la montaña. Ellos saben, más que nadie, que si la montaña no quiere, no subes.
Siempre me han gustado los libros de montañismo, donde cuentan hazañas de pioneros y de no tan pioneros. Recuerdo una tarde en el refugio de l’Estany Negre: mientras luchaba contra mi inseparable vagancia para ver si la convencía de ascender al Peguera (2982 m), vi una estantería con varios libros sobre el tema alpino. Agarré el primero que me pareció y empecé a leerlo. Ya no pude soltarlo de las manos hasta que lo acabé, ya entrada la noche. Era la autobiografía, más o menos, de un alemán, del que no recuerdo el nombre. Al terminar, empecé otro, creo que escrito por el gran Reinhold Meissner, el primer alpinista que subió los catorce ochomiles sin oxígeno. Evidentemente, lo del Peguera lo dejé para otra ocasión. La historia más alucinante, no obstante, fue una que leí en un libro de un tal Peter Brook: “Perdidos en el Everest. En busca de Mallory e Irvine”. Trata de la expedición, de la que Brook era el jefe, que encontró los restos de George Mallory, hace pocos años. Aparte, contaba también la historia de las ascensiones al Everest, con mucho la parte más interesante del libro.

Última imagen de Mallory e Irvine.
Cuando se realizaron las primeras mediciones del Everest, y viendo que era la montaña más alta de la tierra (8.848 m), empezó la carrera para ver quién era el primer humano en hollarla. Pues bien, un pastor protestante inglés, que se había forrado vendiendo productos vegetarianos a principios del siglo XX, predicaba que todo era posible en este mundo si uno quería hacerlo y lo deseaba de verdad: Dios y la fuerza de voluntad hacen milagros, y esas tonterías que dicen los predicadores. No contento con eso, se propuso dar ejemplo y decidió escalar el Everest. Sin experiencia en el campo del alpinismo, su entrenamiento se limitó a un par de semanas realizando excursiones por las montañas de Gales, la más alta de las cuales a duras penas debe medir mil metros (y hablando de Gales, para quien no la haya visto, recomiendo vivamente la película “El hombre que subió una colina pero bajó una montaña”: entrañablemente maravillosa, a pesar de Hugh Grant). Su plan era muy sencillo: volar en un avión hasta la base del Everest, estrellarlo y subir a la cima. Así de simple. Como el pastor se dedicó a publicitar su gesta, y viendo que eran ideas propias de un iluminado, el gobierno inglés le denegó el permiso de vuelo. Eso no arredró al predicador, y finalmente consiguió tener un avión, el cual despegó de Inglaterra sin permisos, salvoconductos ni nada de nada.
No se cómo lo logró pero, con un avión de esa época, hasta que éste dijo basta, consiguió llegar hasta el norte de la India, casi en la frontera con Nepal. Desde donde abandonó el aparato, no obstante, aún quedaban más de mil kilómetros hasta llegar a las estribaciones del Everest. Ni corto ni perezoso, el pastor montañero recorrió semejante trayecto a pie, solo, y tras unas cuantas semanas llegó a la base de la montaña. Al cabo de pocos días, muy mal equipado pero con más moral que el Alcoyano, inició la ascensión.
Y nunca más se supo de él.
Según parece, se despeñó y cayó en un glaciar. Los movimientos cíclicos de éste provocan que periódicamente el cuerpo del pobre pastor visionario aparezca a los ojos de alpinistas que ascienden al Everest, para más tarde volver a desaparecer.
Y toda esta historia… ¿A santo de qué viene?
Pues viene de que la muerte de Iñaki Otxoa me ha recordado a Diego García. Para quien no le suene, Diego García fue medalla de plata de maratón en el Campeonato de Europa de Atletismo de 1994 , junto con Martín Fiz (oro) y Alberto Juzdado (bronce).
Siempre me han parecido los maratonianos hechos de la misma pasta que los alpinistas.
En el año 2000 fui con Eva, mi pareja de entonces, al refugio de Gabardito, situado en lo alto del valle de Echo (Huesca). Lo regentan unos amigos de ella, Carmen y Patxi, y ya hacía tiempo que nos habían invitado a pasar unos días en su compañía. Ella, un encanto de mujer, en todos los sentidos, y él, un vasco abierto y locuaz, de Azpeitia, alpinista y aventurero: llegó a subir a la cima del Broad Peak (8.047 m), y no hace mucho realizó la travesía Cabo Norte-Tarifa, en canoa, esquí de fondo y bicicleta. La hazaña (lo es) la patrocinó la tienda que acababa de inaugurar Eva, un sex-shop, y en ocasiones, durante el viaje, los miembros de la expedición hinchaban una muñeca hinchable (perdón por la redundancia) y la paseaban por los lugares por donde cruzaban. Eso fue, de hecho, a lo que se redujo el patrocinio del sex-shop.

Interior del refugio de Gabardito. Ahí cenamos.
El segundo día, per la tarde, le digo a Patxi:
- Bueno, y qué cenamos hoy? Bajo al pueblo a comprar algo?
- No, no hace falta. Hoy tenemos invitados, y traen ellos la comida. No te preocupes por nada.
- ¿Ah, si?-, respondí. Cuando me encuentro en el monte me vuelvo un poco más huraño de lo habitual, así que no me hizo especial gracia tener que trabar nuevas amistades. Patxi debio percibir algo en mi cara, porque enseguida me dijo:
- No te preocupes, Llorenç, son amigos de mi pueblo, de Azpeitia. Son de puta madre, ya lo verás. - No, si no digo nada, me parece muy bien. Además, si son amigos tuyos seguro que lo son-, disimulé.
Aquella tarde la pasé leyendo en el refugio: empezó a nevar un poco y no me apetecía mucho salir, y a Eva tampoco.
Ya había oscurecido cuando llegaron los amigos de Patxi. Eran tres. Uno, Asier (le llamaré así-er porque no recuerdo su nombre), el típico vasco grandote con cuerpo de buen comer y voz grave, profunda y rotunda. Los otros dos eran todo lo contrario, bajitos y delgadísimos, sobretodo uno: Diego García. Como tampoco me acuerdo del nombre del último amigo, le pondremos Iñaki, como mi padre.
Vinieron bien cargaditos: chuletones, chorizos, ensaladas, vino, whisky y no sé cuantas cosas más. Patxi y Carmen se metieron en la cocina y se pusieron a prepararlo todo, mientras los demás poníamos la mesa y nos tomábamos unos zuritos de vino rosado, y de paso rompíamos el hielo ( que no estaba en el vino, que conste).
En seguida el hielo se desheló, claro. Patxi y Carmen trajeron la comida y qué voy a decir de los chuletones vascos y demás: estaba todo delicioso. Entre bocado y bocado íbamos conociéndonos todos un poco más, y fue cuando me enteré de que Diego era Diego García, el del trío maratoniano.
No sé porqué será, pero uno siempre se imagina a la gente que admiras de una manera diferente, como superior, que está un poco por encima de ti. Es por eso, al menos en mi caso, que no me gusta admirar a nadie. Y Diego podría ser cualquier cosa, pero por encima de mí no estaba. Yo era bastante más alto.
Como me gusta mucho el tema y nunca había conocido a un corredor de maratón, y el rosado y el tinto de Somontano ya habían liberado mis correas personales, empecé a hacerle preguntas sobre atletismo. Bueno, tampoco le hice tantas, porque Diego estaba encantadísimo de hablar de lo suyo.
Qué tío, no he visto a nadie jamás con tantas ganas de vivir. Acababa de retirarse, como profesional, con treinta y nueve años. Un mes antes corrió su última maratón en Seúl, donde quedó segundo, detrás de un coreano.
- En Corea y Japón los corredores somos como semi-dioses. ¡Teníais que haberlo visto, miles y miles de chinitos gritando como locos, dentro del estadio! Entramos el coreano de los cojones y yo, juntos, en la vuelta última, y nos pegamos un sprint de la hostia, y al final el hijoputa me ganó casi en la misma línea, mecaoendios!!-, decía, riéndose como un cosaco.
Yo le iba preguntando cosas, y de paso me hacía el chulo de lo mucho que sabía de atletismo:
- Y qué, el Gebresselassie?
- Hostia, ése come aparte, la madre que lo parió! Nos mete una paliza a todos antes de empezar.
- Pues ahora le ha salido el Bekele, dicen que es tan bueno como él. Quizás es por eso que ya ha anunciado que se pasa a la maratón, así no pierde.
- Jajaja!! Pues claro que es por eso!! Y porqué te crees tú que yo me acabo de retirar?-, y se partía la caja, y todos nosotros con él.
La cena transcurrió entre buen rollo, risas y más risas. Diego incluso se atrevió a intentar fumar marihuana que yo llevaba, pero, como no había probado un solo cigarrillo en su vida, no sabía ni aspirar el humo. Eso también le pareció muy gracioso, no paraba de reír.
- Creo que a ti no te hace falta fumar-, le decíamos.
Y aún se reía más.
Al final, se acabó el vino y el pacharán, y nos fuimos a dormir. A la mañana siguiente nos levantamos pronto, nos calzamos las raquetas de nieve y nos dimos un paseo hasta Aguas Tuertas, una explanada en las alturas, repleta de meandros. Diego no había usado jamás unas raquetas, y en la ascensión perdió una, pero el tío no se enteró hasta que volvimos a Gabardito. Después de comer, cogimos los esquís y hala, a practicar esquí de fondo. Yo, que no tenía ni tengo idea de esquiar, en comparación con él era Ingemar Stenmark. Se cayó infinitas veces, pero siempre se levantaba del tortazo con una sonrisa, o una carcajada.
Más tarde, él y sus amigos, se volvieron a Azpeitia. Nos despedimos con la típica promesa de volver a vernos.
Eva y yo nos fuimos al cabo de un par de días, y seguimos la ruta de los valles pirenaicos hasta Pamplona. Luego nos volvimos a Barcelona.
Al cabo de poco tiempo, leí en el periódico que Diego García había muerto entrenando, de un ataque al corazón, en Azpeitia.
Me sentí como si se hubiera muerto un amigo del alma.


Diego García, cuando quedó subcampeón de Europa.
Desde aquí un recuerdo para los dos (para el reverendo también, venga).

A VECES




A veces unas pocas cosas nos hacen felices
sin motivo:
El abollado pozal de hojalata en plena lluvia primaveral
bajo el cerezo en flor
justo antes de que comience a clarear.

O las botellas de vino tinto
que tiramos por la ventana anoche en la borrachera
justo después de...
Y a veces las mismas cosas nos hacen infelices
por el mismo motivo.






Henrik Nordbrandt