divendres, 27 de juny de 2008

DE ASCENSORES Y ESCALERAS




Benito no soportaba los ascensores, y no era por una cuestión de claustrofobia, entre otras cosas porqué no sabía qué coño significaba aquella palabra. Siempre evitaba montarse en uno, y por esa razón era todo un campeón subiendo escaleras: llegó al punto comprarse un ático en un bloque de veinte pisos sin ascensor, e incluso participó en la carrera esa tan estúpida de subir las escaleras del Empire State Building, quedando tercero.
Hasta que un día, harto ya de tanto ir parriba pabajo, decidió que ya no volvía a acercarse a unas escaleras. Les cogió tanta rabia al tema que hizo de tripas corazón de su odio a los ascensores y a partir de entonces los utilizó, sin excesivos problemas.
Paradójicamente, fue su nueva aversión a los escalones lo que arruinó su vida, negándose a ligar una escalera en una partida de póker en la que se había jugado hasta el alma: perdió la mano, la partida, su dinero y todas sus posesiones, que no eran pocas.
Benito lo perdió todo, menos el alma, que se ve que no tenía.
“Tanto subir y bajar, bajar y subir, para al final sólo descender”, se dijo mientras se tiraba en plancha desde el campanario de la catedral de Astorga.