dimecres, 11 de novembre de 2009

UHLISES (cap. VI): Tiresias en el Hades (1)



Mientras Demisroussos era devorado como chorizo que era por Bóbides, uno de los innumerables perros mastines de Circe, ésta se dirigió, apenada, hasta donde se encontraba Uhlises, que se preparaba para partir.
- Ya sabes qué dirección tomar, amado mío?- dijo la hechicera, entre un mar de lágrimas.
Ulises también estaba con la congoja tonta, pero ya había decidido su partida.
- No tengo ni idea, Circe, y tampoco sé qué me deparan los dioses. Me da la sensación que están un poco rebotados conmigo, así que…
- ¿Por qué no le haces una visita a Tiresias, el adivino? Él te indicará el camino adecuado, y de paso te aconsejará cómo sortear los posibles peligros con los que te puedas topar…
Ulises contestó, pensativo:
- No me parece mala idea, pero Tiresias se encuentra en el Hades, no sé llegar hasta él, a no ser que muera, y, sinceramente, de momento no me apetece mucho diñarla.
- Te comprendo perfectamente, Ulises, pero tengo un modo de que llegues hasta allí vivito y coleando.
- ¿Ah, si? ¿Cuál es?
Y Circe, sin mediar palabra, le propinó un puñetazo en todos los morros que lo dejó inconsciente.
- Lo siento, querido mío, pero es la única manera de que llegues hasta allí. Cuando despiertes te encontrarás en la puerta del Hades.
El método de Circe resultó ser muy eficiente. Uhlises, efectivamente, abrió los ojos, tumbado en el suelo. Lo primero que vio fue la cabeza de un perro que le miraba fijamente, luego otra cabeza y luego otra. Las tres pertenecían a Cerbero, el perro guardián del Hades, un monstruoso can con cola de dragón.

Uhlises, al cual ya no le sorprendía nada, se levantó, tocándose suavemente la cara.
- Vaya hostión me ha dado la maldita... Cuando la pille se va a enterar.
Una de las cabezas caninas se le acercó y le arrojó su nauseabundo aliento:
- Un humano vivo no puede penetrar en el reino de los muertos.
Nuestro héroe se apartó con visible cara de asco.
- ¿Así que tú (o vosotros) eres el Can Cerbero, eh? Pues que sepas que tengo la frase mágica para que me dejes entrar.
Las tres cabezas soltaron al unísono una risotada tremenda:
- Juajuajuajuajua! Dudo mucho que la conozcas, los humanos no se la saben. Y aunque así fuera, no lograrías pasar la prueba.
Uhlises sonrió ladinamente. Circe, en sueños, mientras estaba inconsciente, le había revelado la pregunta mágica:
- ¿QUÉ, NOS HACEMOS UNOS PENALTIS?
Sorprendido, Cerbero frunció (fruncieron) el ceño:
- Vaya, así que alguien se ha chivado. Bueno, no hay problema. Tampoco vas a meter muchos: soy el trofeo Zamoricles desde tiempos inmemoriales. El último penalti que me metieron fue tres siglos antes de la guerra de Troya.
- Si, bueno, vale, pero… ¿NOS HACEMOS UNOS PENALTIS?
Cerbero le tiró un balón fabricado con piel de minotauro y, sonriendo cínicamente por triplicado, se colocó ante la puerta del Hades, que hacía las veces de portería:
- De acuerdo, valiente. Tienes que chutar cinco veces: si fallas sólo una, te arrancaré la cabeza y podrás entrar en el Hades con todos los honores. Muerto, eso sí.
Ulises no contestó. Colocó el balón en el punto pertinente, cogió carrerilla y soltó tal zambombazo que Cerbero ni lo olió.
- Vaya, vaya- refunfuñó el perrazo guardameta-, veo que le pegas fuerte. Pero una flor no hace verano, como dijo el rapsoda. Anda, continúa.
El de Ítaca siguió concentrado, sin abrir la boca. Él, a lo suyo: volvió a depositar la pelota y se repitió la misma escena. Gol.
Y así tres veces más, sin un solo fallo.
A Cerbero, ante esta situación jamás vivida por él, le entró la depre y prorrumpió en llanto incontrolable.
Uhlises se quedó con el balón de recuerdo, abrió la puerta del Hades y entró en su oscuridad, dejando al pobre can en un rincón, bañado en lágrimas.



Allí le esperaban sorpresas, para variar.