dimarts 15 de desembre de 2009

LA PLATAFORMA

La estación de Mataró, hace diez años. Está más o menos igual...


Todas las mañanas, Ana subía al tren y se sentaba en uno de los asientos de la plataforma, al lado de las puertas de salida y entrada. Prefería éstos a los normales, los de cuatro. Dos contra dos: esos no le gustaban nada. Le daba la impresión de estar ante un duelo psicológico con la persona que tuviera enfrente, y eso la azoraba. En la plataforma no tenía que encoger las piernas, ni tampoco debía ir escondiendo la mirada. Pero sobretodo le encantaba, al abrirse las puertas en cada estación, sentir el frío, el viento, el calor, la lluvia. O no sentir nada, y alzar el rostro para observar el trajín de cuerpos y caras que entraban y salían en cada parada.
“Jo, qué tristeza parece que lleve encima… "¿Tan pronto y ya estás con el móvil?"… "Trabaja en una empresa de seguros, fijo"… Vaya pinta de bibliotecaria que tienes, hija… "Este se acaba de pelear con la mujer”…
Y el tren reanudaba el viaje. Ana observaba dónde se sentaban los nuevos viajeros, daba un somero vistazo a su alrededor y volvía a enfrascarse en la lectura del libro que tuviera entre manos.
Aquel día, como cada mañana, subió, se quitó el abrigo tranquilamente y tomó asiento. De su bolso extrajo el libro que su tía le había regalado para su santo, “Mademoiselle Fifi y otros cuentos de guerra”, de Guy de Maupassant, y se dispuso a leer hasta llegar a su destino.
El tren se detuvo en la estación de Caldetes. Esa mañana, para variar, iba con retraso. Ana levantó un poco los ojos, por simple rutina, y vió que unos zapatos negros con suela de goma se colocaban ante ella, en el asiento de enfrente. Pensando en lo que estaba leyendo, alzó más la mirada.
Fue incapaz de continuar con su lectura.
Unos ojos negros, brillantes como el petróleo, le agujerearon los sentidos. Sintiéndose desnuda, Ana esquivó aquella mirada penetrante, fijando su vista en la página 23:
“Al fondo, en los mejores asientos, dormitaban, uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino de la calle de Grand-Pont”.
No consiguió leer más. Levantó los párpados, sin poderlo evitar, y sus verdes ojos se posaron irremediablemente en aquella mirada turbadora.
No importaron los labios, el cabello, las manos, el cuerpo... Únicamente dos miradas que se fundían mutuamente.
En Mataró subió mucha gente, la plataforma se rellenó de cuerpos de pie, soñolientos, y Ana perdió esos ojos de vista. Ante ella, un par de abrigos, uno rojo, el otro gris marengo, le impedían observar más allá. Nerviosa, volvió a su lectura. “Espero que sigan ahí cuando se vacíe el tren”, pensó mientras releía:
“Al fondo , en los mejores asientos, dormitaban, el uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino en la calle de Grand-Pont”.
Por mucho que lo intentó, no logró pasar de aquella frase.
El tren se detuvo en varias estaciones, Vilassar, Premiá, Mataró, Ocata, Masnou... Cada vez cabían menos alfileres.
En Plaça Catalunya, por fin, el vagón se vació casi en su totalidad. Ana levantó los ojos y allí sólo estaba el asiento de enfrente, plegado, vacío.
Los ojos se habían ido.
Al día siguiente, Ana se quitó el abrigo, sacó el libro del bolso y sentó en el mismo lugar, en la misma plataforma:
“Al fondo, en los mejores asientos, dormitaban, uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino de la calle de Grand-Pont”.
Y de ahí no pasaba.
Cuando llegó a la estación de Caldetes, Ana miró al suelo de la plataforma, inquieta. Se abrieron las puertas, y unos zapatos negros, con suela de goma, hicieron ademán de sentarse frente a ella, pero finalmente lo hicieron en el asiento de al lado, a su vera. Ana, sin osar mirar quién era, se apartó un poquito, para dejar espacio, y simuló leer:
“Al fondo, en los mejores asientos, dormitaban, uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino de la calle de Grand-Pont”.
Durante todo el trayecto, ninguno de los dos se atrevió a mirar al otro.


El tren a su paso por Montgat, antes de llegar a Badalona.

Al llegar a Badalona, la persona que había a su lado se levantó y bajó del tren, alejándose a grandes zancadas por el andén, sin volver la cabeza.
Ana se quedó vacía por unos instantes. Cerró el libro de Maupassant y se quedó absorta, intentando seguir con la vista el pasar de los postes eléctricos.
Por la noche, Ana llegó a su casa. Al buscar las llaves para entrar, notó un papel en el bolsillo. Lo sacó y lo desdobló. En él se podía leer:
““Al fondo, en los mejores asientos, dormitaban, uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino de la calle de Grand-Pont”.
Ana sonrió, abrió la puerta y entró en su hogar.
Después de cenar ligeramente, cogió el bolso, sacó el libro de Maupassant y lo guardó en su caja de recuerdos imposibles.

divendres 11 de desembre de 2009

PAPÁ NOEL DIMITE

Santa Claus ya estaba harto. Tanto viaje arriba y abajo, de casa en casa, tanto rellenar sacos de regalos, tanto niño, tanto gritar JOJOJOJO una y otra vez (cuando él tenía una preciosa voz de pito), tanto arrear a sus queridos renos, tanto pasar frío durante las gélidas noches navideñas, tanto monta monta tanto…
Además, los renos ya estaban achacosos, y cada vez tardaban más en hacer el recorrido habitual, con lo que se podía correr el riesgo de que la noche de Navidad durara más noches. Él mismo también se notaba cansado, le empezaba a afectar la artrosis, la mixomatosis e incluso la triquinosis, y se daba cuenta de que no estaba ya para muchas florituras.
Le apetecía tanto salir de su rutina…
Así que se plantó a la autoridad pertinente (que nunca he sabido quién es) y presentó su dimisión irrevocable. No hubo manera de hacerle cambiar de opinión, por mucho empeño que le puso su jefe.
Y se marchó a su querido hogar.
Claus (ahora ya sin Santa), de jovencillo, siempre había querido montar un grupo de rock. Había tomado clases de canto, y no se le daba nada mal. Los renos, asimismo, para matar el tiempo mientras llegaban las navidades, aprovecharon para aprender a tocar un instrumento.
Así fue como nació Ex-Father Noël & The Wild Renos, que arrasó allende los mares con su primer trabajo: “Mecagüen los Reyes Magos”.
Al año siguiente los niños tuvieron que apañarse con los juguetes de la navidad anterior (casi todos rotos, por cierto) y hubo lloros y pataletas a punta pala, pero esa es otra historia…

BON NADAL A TOTHOM!

Ex-Father Noël & The Wild Renos, en plena actuación en el Royal Albert Hall.

divendres 4 de desembre de 2009

UHLISES (cap. VII y último): Tiresias en el Hades (y 2)



Uhlises, rey de Ítaca, cerró la puerta del Hades y penetró en su tenebrosa negrura. No veía un pijo. “Maldito el día en que dejé de fumar: al menos, ahora tendría un mechero con el que poderme guiar”, se comentó a sí mismo, en plan ripiador. La maga Circe, antes de partir hacia el reino de los muertos, le dijo que debía matar a unos cuantos y luego beberse la sangre derramada. Sólo así podría invocar el espíritu de Tiresias, el adivino ciego, al que necesitaba como agua de mayo para regresar a su patria.
- Esta Circe… Me ha engañado, la muy ladina. ¿Cómo voy a poder invocar a nadie, si no tengo a quién matar? ¡Aquí ya están todos muertos!
Así iba despotricando, caminando a tientas, hasta que se tropezó con algo que lo hizo caer de morros al suelo.
- ¡Maldito sea Hefestos! Vaya morrazo me he pegado, ay, ay…
Una profunda voz tronó a sus espaldas:
- ¿Eres tú el que busca a Tiresias, verdad?
Uhlises se giró, pero no veía a nadie. Normal.
- Pues sí, ¿cómo lo sabes?
- No sucede todos los días que alguien le marque cinco penaltis seguidos al guardameta, digo, al Can Cerbero. La noticia ha corrido como la pólvora por todo el Hades. Eres Uhlises, rey de Ítaca, ¿no es cierto?
- Pues claro, ¿quién va a ser? ¿No te has leído la Odisea o qué?
Tiresias carraspeó ostentosamente.
- No. Primero, que aún no se ha escrito, y segundo, que el braille no se ha inventado.
- También tienes razón… Entonces, ¿no serás, por casualidad, Tiresias el adivino?
- Pues claro, ¿quién va a ser? ¿Qué no me ves o qué?
- No. Primero, no veo un pimiento con esta oscuridad, y segundo, como dejé de fumar no tengo lumbre para orientarme, ni puedo esquivar zancadillas como la que me acabas de hacer.
El adivino alzó la voz.
- Bueno, ¿seguimos con este diálogo de besugos o te cuento la buenaventura, resalao? ¿Porque has venido para eso, no?
- Pues sí, ¿cómo lo sabes?
- ¡Porque soy adivino, imbécil!
- Bueeeno, bueeeno, no te pongas así! Anda, dime qué me depara el destino, que tengo prisa.
Aunque Uhlises no le veía, Tiresias se colocó en pose adivinatoria, concentrándose en sí mismo, durante unos minutos.
-¿Sigues ahí, oh, adivino?
- Si, y cállate, que me desconcentras.
Tiresias habló, al fin, pomposamente:
- Oh, gran Uhlises, héroe de Troya, azote de Héctor, Paris, Príamo y toda la peña, los dioses me han revelado numerosas nuevas que te conciernen directamente y…
En ese momento una antorcha apareció, y una anciana asida a ella interrumpió la buenaventuranza:
- ¡Uhlises!¡Uhlises!¡Hijo mío!
Al rey de Ítaca, al ver a su madre, Anticlea, allí, en el Hades, casi le da un espasmo. Llorando a moco tendido por la emoción de reencontrarse con su progenitora, se abalanzó sobre ella:
- ¡Madre!¡Cuánto te he echado de menos!¡Y cuán cierto es aquello de que madre no hay más que una!¡Madre amantísima!¡Nunca más me volveré a separar de ti!
Anticlea, casi asfixiada por los hercúleos, perdón, odiseicos brazos de Uhlises, se separó de él, mirándole fijamente a los ojos:
- Pero, hijo querido, ¿acaso no te has apercibido de que ya no pertenezco al mundo de los vivos? Uhlises no había reparado en ello. Preso de la desesperación, prorrumpió en uns desesperado llanto, mientras se estiraba los cabellos y se rompía la camisa.
- ¡Uhlises! ¿Pero qué nabos estás haciendo? Con lo que me costó tejerte esta camisa, con tanto amor que le puse, ¡y tú vas y la destrozas!- exclamó Anticlea al ver las tonterías que hacía su hijo.
- Perdóname, madre, pero mi pena es tan grande al no poder volver a verte jamás, que estoy casi por suicidarme, ya ves tú…- respondió Uhlises con los ojos enrojecidos.
- Eso mismo hice yo, pobre hijo mío… Al ver que no regresabas, me entró tal desesperación que me enajené del todo y me lancé en forma de abanico desde lo alto de palacio, acabando hecha unos zorros, aunque ahora no se me note. Además, ahora ya te lo puedo decir: no aguantaba a tu esposa Penélope. Es mala, malísima de la muerte, tiene una lengua viperina y sólo hace que crear cizaña entre todos los que le rodean. Además, no te ha sido fiel, por mucho que disimule tejiendo y destejiendo como una posesa. Y cada noche se cepilla a un par de los pretendientes a tu trono que rondan por la corte. Es insaciable, te lo aseguro, que lo he visto con mis propios ojos.
Uhlises no podía creer lo que estaba oyendo.
- Vaya, vaya, vaya con Penélope… Y mi hijo Telémaco, ¿se parece a su madre?
- Uy, ése es peor, aunque sea mi nieto. Es un pervertido, come de todo, ya me entiendes; tiene un harén con doscientas mujeres y trescientos hombres, se pasa el día de bacanal en bacanal y está dilapidando a marchas forzadas las arcas de tu reino. Y encima no sabe beber, pilla unas cogorzas que le vuelven insoportable: sólo porque crea que le miran mal ordena cortar unas cuantas cabezas. A este paso despoblará toda la isla.
El rey de Ítaca respiró hondo, apesadumbrado. Después de tantos años y años azarosos, estaba realmente cansado.
- Tanta gloria y tanta historia para llegar a esto. Estoy verdaderamente harto, madre querida. Creo que me voy a suicidar también. Aquí se está tranquilito y fresquito, y lo que único que necesito es paz y reposo.
Anticlea se puso más contenta que unos Juegos Olímpicos.
- ¿Te vas a quedar para siempre conmigo? No sabes la alegría que me acabas de dar, Uhlisín de mis amores. Y no te preocupes por nada, que ya te suicido yo misma.
Y, sacando una daga de plata de entre los pliegues de su túnica, le cortó la yugular allí mismo.
- Coño, madreglglglgl….
Esas fueron las últimas palabras de Uhlises vivo.

Tatuaje de Uhlises. Se lo hizo de joven, cuando tenía mala cabeza y era un poco choricillo. El punto de arriba es de cuando pasó una temporada en el taléguides.

Al cabo de unos minutos, el cuello de Uhlises se recosió solo y despertó, aunque seguía muerto. Se desempolvó el cuerpo con las manos, se levantó y vio a su madre, que le observaba con ojos de madre, de qué va a ser. Tiresias ya se había largado, molesto por no haber acertado en sus predicciones.
- Jo, madre, a veces eres de un drástico que no veas –dijo Uhlises-.
- A grandes males, grandes remedios, hijo mío –respondió Anticlea-. Anda, ven, que te prepararé un potaje de los míos, de esos que tanto te gustan.
- No lo entiendo… Si estamos muertos, ¿para qué necesitamos comer?
- Es una buena pregunta, Uhlisín.
Y se alejaron de allí tranquilamente, hablando de sus cosas y eso.
- Aquiles está por aquí, madre?
- Pues claro, hijo mío, él y muchos más. Aquí te lo pasarás bien, ya verás…
- Te quiero mucho, madre.
- Yo más, Uhlisito de mis carnes…
- No, yo más.
- No, yo.
- No, yo.


Y así se tiraron unas cuantas eternidades. De hecho, creo que aún continúan igual.
FIN!!


dimecres 11 de novembre de 2009

UHLISES (cap. VI): Tiresias en el Hades (1)



Mientras Demisroussos era devorado como chorizo que era por Bóbides, uno de los innumerables perros mastines de Circe, ésta se dirigió, apenada, hasta donde se encontraba Uhlises, que se preparaba para partir.
- Ya sabes qué dirección tomar, amado mío?- dijo la hechicera, entre un mar de lágrimas.
Ulises también estaba con la congoja tonta, pero ya había decidido su partida.
- No tengo ni idea, Circe, y tampoco sé qué me deparan los dioses. Me da la sensación que están un poco rebotados conmigo, así que…
- ¿Por qué no le haces una visita a Tiresias, el adivino? Él te indicará el camino adecuado, y de paso te aconsejará cómo sortear los posibles peligros con los que te puedas topar…
Ulises contestó, pensativo:
- No me parece mala idea, pero Tiresias se encuentra en el Hades, no sé llegar hasta él, a no ser que muera, y, sinceramente, de momento no me apetece mucho diñarla.
- Te comprendo perfectamente, Ulises, pero tengo un modo de que llegues hasta allí vivito y coleando.
- ¿Ah, si? ¿Cuál es?
Y Circe, sin mediar palabra, le propinó un puñetazo en todos los morros que lo dejó inconsciente.
- Lo siento, querido mío, pero es la única manera de que llegues hasta allí. Cuando despiertes te encontrarás en la puerta del Hades.
El método de Circe resultó ser muy eficiente. Uhlises, efectivamente, abrió los ojos, tumbado en el suelo. Lo primero que vio fue la cabeza de un perro que le miraba fijamente, luego otra cabeza y luego otra. Las tres pertenecían a Cerbero, el perro guardián del Hades, un monstruoso can con cola de dragón.

Uhlises, al cual ya no le sorprendía nada, se levantó, tocándose suavemente la cara.
- Vaya hostión me ha dado la maldita... Cuando la pille se va a enterar.
Una de las cabezas caninas se le acercó y le arrojó su nauseabundo aliento:
- Un humano vivo no puede penetrar en el reino de los muertos.
Nuestro héroe se apartó con visible cara de asco.
- ¿Así que tú (o vosotros) eres el Can Cerbero, eh? Pues que sepas que tengo la frase mágica para que me dejes entrar.
Las tres cabezas soltaron al unísono una risotada tremenda:
- Juajuajuajuajua! Dudo mucho que la conozcas, los humanos no se la saben. Y aunque así fuera, no lograrías pasar la prueba.
Uhlises sonrió ladinamente. Circe, en sueños, mientras estaba inconsciente, le había revelado la pregunta mágica:
- ¿QUÉ, NOS HACEMOS UNOS PENALTIS?
Sorprendido, Cerbero frunció (fruncieron) el ceño:
- Vaya, así que alguien se ha chivado. Bueno, no hay problema. Tampoco vas a meter muchos: soy el trofeo Zamoricles desde tiempos inmemoriales. El último penalti que me metieron fue tres siglos antes de la guerra de Troya.
- Si, bueno, vale, pero… ¿NOS HACEMOS UNOS PENALTIS?
Cerbero le tiró un balón fabricado con piel de minotauro y, sonriendo cínicamente por triplicado, se colocó ante la puerta del Hades, que hacía las veces de portería:
- De acuerdo, valiente. Tienes que chutar cinco veces: si fallas sólo una, te arrancaré la cabeza y podrás entrar en el Hades con todos los honores. Muerto, eso sí.
Ulises no contestó. Colocó el balón en el punto pertinente, cogió carrerilla y soltó tal zambombazo que Cerbero ni lo olió.
- Vaya, vaya- refunfuñó el perrazo guardameta-, veo que le pegas fuerte. Pero una flor no hace verano, como dijo el rapsoda. Anda, continúa.
El de Ítaca siguió concentrado, sin abrir la boca. Él, a lo suyo: volvió a depositar la pelota y se repitió la misma escena. Gol.
Y así tres veces más, sin un solo fallo.
A Cerbero, ante esta situación jamás vivida por él, le entró la depre y prorrumpió en llanto incontrolable.
Uhlises se quedó con el balón de recuerdo, abrió la puerta del Hades y entró en su oscuridad, dejando al pobre can en un rincón, bañado en lágrimas.



Allí le esperaban sorpresas, para variar.

dijous 22 d’octubre de 2009

Intermedio 2: SIGLA XXI




Año 2009

MDM se levanta a las 7h AM. Después de pasar por el WC, se pega su matutina ducha con H&S, se viste con una blusa H&M y unos pantalones D&G. Arranca su YBR, se coloca su precioso casco AGV y se dirige al peaje de ACESA, tomando la C-32 hasta BDN, ciudad donde trabaja. Llega al ABS-2, a la UAAU de la primera planta. Antes de entrar, se fuma un L&M en la entrada. Enciende su PC, abre el SIAP, el programa que suele usar, y la HP, además del FAX. RZP no ha venido hoy, se ha cogido un PG u otra IT, para variar. Mientras se acaba de acomodar, lee un poco el EMD y se entera que el FCB le ha metido siete al RM, y se regodea con el hecho de que RC9 ha sido expulsado, además de lesionarse en una ceja y coger la gripe A.

A las 9,30h AM se va a desayunar. Al volver una compañera del ASSIR (antiguo CAD), que acaba de llegar del CESMIR, a donde ha llevado a su hijo por problemas psicológicos, le pregunta dónde está el PADES, ya que su madre está imposibilitada. En la calle de encima del BCIN, responde MDM.

Llama por el DOMO la directora del E-CAP, SRO. Necesita el teléfono de la sección de EPOC del HUGTP. MDM lo consigue y le pasa la llamada. Viene RMG de terminar de pasar el listado de ODON2, y se incorpora a la UAAU. Ahora llama la UUAAUU de abajo, para no se qué de un problema que tienen con el BSA.

MDM y RBG están preocupadas por las DPO: han oído por ahí que quizás no lleguen al 100%. La primera lo está también por su marido (que va de JASP por la vida), ya que trabaja en una PYME y corre el riesgo de acabar engrosando las filas del INEM, y el BOE no anuncia ninguna ayuda para estas empresas. Eso obligaría al BBVA a reclamarle el impago de su hipoteca al 3% TAE, o EURIBOR, yo qué sé.

RBG, hoy, tiene que irse ante de tiempo. Debe recoger a PMH en el aeropuerto de BCN, que regresa de NY con la PAN-AM después de asistir a una convención de la NASA sobre UFOS (u OVNIS). Luego tiene reunión en la sede de CCOO (cerca del CETT, donde estudia su hijo, y de la B-20) pues es delegada sindical desde hace los tiempos en que el PSUC, UGT, CNT, AI y FAI no se habían aún vendido al poder y a la CEOE. Aún recuerda bien cómo se movilizaron contra la LOAPA, esa ley asquerosa que se sacó de la manga el PSOE. A veces piensa que haber tenido un poco de TNT no hubiera ido mal, pero…

MDM, mientras tanto, está tomando un KAS con JMCV en el bar del FNAC, al lado del MNAC, lindante con el PMC. Luego se irán con sus respectivos hijos a comer un bocata en algún P&C.

Antes de irse a la cama, mientras reflexiona antes de que llegue al REM, MDM piensa que la RAE debería tomar cartas en el asunto, ante tanta sigla.

A2048

(Conversación matutina entre GRM&LYT)
- HBD!
- BD, G…
- ¿TOA? TMC…
- B, EQNHD MB EN…
- EEPTD, L.
- TR, NUBV…
E, E, E. (*)


Año 2048

- Hola buenos días!
- Buenos días, Gumersinda…
- ¿Te ocurre algo? Tienes mala cara…
- Bueno, es que no he dormido muy bien esta noche…
- Eso es por trabajar demasiado, Liberta.
- Tienes razón, necesito unas buenas vacaciones…
Etc, etc, etc.

dimarts 13 d’octubre de 2009

Intermedio: EMPE


La hora de entrada al trabajo de Empe son las ocho de la mañana. Llega a las nueve menos cuarto con su café con leche de la máquina que hay en la sala de personal.
- Bon dia…- dice resoplando- Ay, cuando he salido de casa tenía tanto frío que me he tenido que meter en un parking hasta que se me ha pasado.
¿En un parking? Ah… Es veintiuno de septiembre. Un frío del carajo, oiga.
Empe se llama, en realidad, María de los Emperadores. Su madre le quiso poner María de los Reyes, pero el padre, un burgués con solera venido a menos y con ínfulas de grandeza, en recuerdo de tiempos pretéritos resolvió llamarla Emperadores, que quedaba más pomposo e ilustre.
Empe, para los amigos…
Deja el bolso de cualquier manera sobre la mesa y continúa resoplando. Hoy se ha puesto tacones de veinte centímetros que resuenan constante e insoportablemente por todas partes. Empe jamás se está quieta, y su lengua aún menos. Eso no significa que trabaje, claro: más bien es signo de todo lo contrario.
Se topa con Tere, su cuñada, que también trabaja allí. A por ella:
- Qué asco, oye… Ayer fui a comprarme unos zapatos en el Portal de l’Àngel y estaba todo carísimo de la muerte. ¿Tú te crees que por menos de cien euros ya no puedes comprarte nada que valga la pena? Casi me peleé con una dependienta, más borde la tía… Hoy en día las chavalas tienen un descaro que no puedo con ellas, Tere, y encima van medio enseñando las bragas y las tetas, parecen todas unas guarras. Como mi hija cuando crezca se vista así la meto a monja… Pues como te decía, al final tuve que irme al Corte Inglés, que tengo tarjeta, y me compré allí los zapatos; vale que me costaron doscientos ochenta euros, pero son una monada, son Patricia. No son tan caros como los Versace pero a mí me gustan más, dónde vas a parar…
- Pues no están mal, los Versace-, dijo Tere, por decir algo.
A Tere le hubiera ido mejor seguir con la boca cerrada.
- No, si ya tienes razón, no te digo que no, pero tengo una vecina a la que le salió un callo por llevar unos rarísimos que acababan en punta y se los ponía para fardar delante de sus amigas cuando pasean todas juntas por la calle del Mar, y luego merendar en el Cayo Largo, y le salió un callo horroroso, y anduvo coja durante un mes entero. Bueno, que se aguante, que me pone la lavadora a las tres de la mañana y encima dile algo, que te lía un pollo que no veas… Yo ya me he enganchado tres o cuatro veces con ella, es una imbécil, y además siempre tiene “La Noria” a todo volumen, y yo, que estoy viendo documentales de leones y panteras, que me encantan, porque esas mierdas de programas no hay quien los aguante, son de un cotilleo que espanta, y oye… por cierto, ¿has visto lo de la Belén Esteban? Qué guarra la tía, metiendo a su hijo por medio, y cómo grita, mira que llega a ser garrula, ¿has visto qué desastre le han hecho en los morros? ¿Y las ojeras que tiene? ¿Y lo mal que se viste? Yo no sé cómo la gente puede ver estos programas, dan un asco…
No, ella no los mira, noooooo.
- ¿Y sabes que la Asun merienda cada día en el Cayo Largo con su hermana, que me parece que no está muy fina? Se pasan la tarde sentadas allí, piden un café con leche y miran las fotos del “Hola!” todo el rato, hasta que ya se les hace tarde, y no sé para qué, la verdad. Anda que no deben de tener dineros, con lo garrepa que es la Asun. Parecen un cromo de los años cuarenta; está fatal la Asun, Tere, te lo digo yo. Pero yo no la espío, ¿eh? me lo dijo mi hijo que la vió allí. ¿Y sabes que ya se la pela? Mi hijo, claro, no la Asun, a ella se le debe haber recosido seguro… ¡El otro día lo pillé a las dos de la mañana delante de la tele con una peli de esas guarras allí dale que te pego!¡Casi le doy dos hostias! No veas lo salido que está el tío, sólo hace que mirar por el balcón las tías que pasan, se le cae la baba… Jo, pues debe estar como yo, pobre, que hace siete años que no me como una rosca. Mi marido es que no me toca, está mustio, lo he llevado al psiquiatra (está cañón el tío, el psiquiatra, no mi marido, y creo que me va detrás) para ver si podemos arreglar el tema, porque cualquier día cojo y me voy de putos, ya no aguanto más. Y encima se me ha escacharrado el vibrador en la bañera… Arf…
En ese momento llega el Óscar, que estaba en analíticas.
- Hola, Óscar, ven que te quiero preguntar una cosa, que tú de esto dominas más que yo- dijo Empe. La ex mujer de Óscar es propietaria de un sex-shop.
Óscar ni se la mira, para no darle cuartelillo.
- Dime.
- ¿Tú me podrías arreglar el vibrador? Es que se me ha estropeado.
Óscar pone cara de sorpresa.
- Vaya preguntita, Empe. ¿Acaso tengo cara de mecánico de consoladores o qué?
- No, pero como tú tienes más experiencia…
- ¿Yo? Si, mira, ya ves, tengo una colección entera en casa; de hecho, los inventé yo, no te jode… Bueno, a ver, ¿qué has hecho, partir nueces con él?¿Pegarle en la cabeza a tu marido?
- No, verás, es que estaba en la bañera, lo usé y claro, se me mojó- dice sin sonrojarse apenas.
- ¿Y qué esperabas? Te podías haber comprado uno sumergible, digo yo.
- No, si patitos de esos ya tengo uno, pero éste va mejor.
- Iba mejor. Pues no sé, oye, no creo que se pueda arreglar. Y no me lo traigas, que yo paso de arreglarte estos temas. Toma el teléfono de Ana y se lo preguntas a ella, que fue la que te lo vendió. O si no, díselo a Rafael, creo que él sabe del tema- le recomienda Óscar, para sacársela de encima.
Rafael es el jefe, que en ese momento pasa por allí.
Empe abre los ojos como platos:
- ¿En serio? Pues se lo voy a preguntar (creo que también le gusto). Y luego me voy a desayunar. ¡Rafa, Rafa!- grita mientras se va corriendo hacia él.
Tere, al irse Empe, se ríe a gusto.
- Va, Óscar, hazle un favor, que lo necesita.
- Y por qué no se lo haces tú? Además, es tu cuñada, todo quedaría en familia. Hasta podríais hacer un trío con su marido.
- Ay, no por favor, qué asco. Ni con la una ni con el otro. Además, no me gustan nada las mujeres.
- Pues a mí ésta tampoco. Me la imagino ahí en plena faena, sin callarse ni tan solo para… Quita, quita, quita, que no, que no…

Al cabo de una hora y media larga vuelve, dirigiéndose de nuevo a Tere. Óscar baja la cabeza para no tener que seguirle la conversación. Pero tiene que escucharla, qué remedio le queda.
- Pues Rafa tampoco sabe nada, además tenía prisa. ¿Sabes, Tere? Me he encontrado en las escaleras con la estirada de la Pilar, la secre de dirección, y me ha contado que ha heredado de su suegra una casa en pleno centro, con patio y todo. Joder, con el tiempo que llevo yo intentando que la bruja de la mía nos regale una de las muchas que tiene, pero no hay manera, es más mala que el hambre. El otro día fui al registro civil a enterarme de las propiedades que tiene, porque eso no lo sabe ni el capullo de mi marido, y no me quisieron soltar prenda. Pero yo sé que está forrada, como me llamo Empe, y no pararé hasta que afloje la mosca…
“¿Y a mí qué coño me importa?”, se preguntan Tere y Óscar, casi al unísono.

Cuando casi se le ha secado la lengua le entra del mono de fumar y se va al patio, a ver a quién pilla para poder darle la paliza. Más que nada para variar un poco.
- Voy a fumar. ¿Vale, cariños?
Asoma la cabeza de nuevo tras una hora, también larga.
- Hosti, qué caro que es el Teo. ¿Te crees que te cobra 1,60 € por un cortado? Y encima anda como un chulo. Si es que...
Afortunadamente para Tere y Óscar, en ese momento sale del ascensor la doctora Torrezno, con la que hace buenas migas.
- ¡Bona tarda, Magdalena! ¿Qué, vamos a tomar una café?
A Empe le queda una hora para irse a casa.
- Vale, vamos. Tengo tiempo de sobras antes de que empiece la consulta.
Y Empe se quita la bata, agarra el bolso y ya no vuelve hasta el día siguiente.

Y así todos los días, más o menos…

Eso si viene, claro.

dimarts 22 de setembre de 2009

UHLISES (cap. V). Circe, la hechicera (2)








Al cabo de un rato, Hermes y Uhlises volvieron de entre el follaje, y nunca mejor dicho.
- Ay, ay, ay…- gimió Uhlises.
- Va, va, no te quejes, que te has portado como un machote… ¡¡Machote, que eres un machote!! Incluso diría que te ha gustado un poco- comentó Hermes entre risitas.
Uhlises puso mala cara.
- No me los toques más, dios de las narices. Anda, dame la pócima esa antes de que me tope con la hechicera Circe y me convierta en cerdo, en lobo o en facocero. Porque la veré sí o sí, verdad?
Hermes extrajo debajo de su túnica un pequeño frasco lleno de un líquido verdoso:
- Pues claro, ya lo sabes. Te aconsejo que vayas ahora mismo a su casa y directamente resuelvas el problema, que si no tu ohdisea va a ser más larga de lo que ya será. Toma, bébete esto; está realmente asqueroso, pero te aguantas. Además vale la pena, te lo pasarás bien con Circe, ya lo verás.
Uhlises tomó el frasco, arrancó el tapón de un mordisco y lo escupió a ciento treinta y ocho metros de distancia.
- Bueno, vamos pallá, qué cojones- masculló antes de beberse la pócima de un solo trago-; ¡uuuuaaaarghhssss! ¡Pero qué asco, por Hestia! ¿De qué está hecha esta mierda?
Hermes, tapándose la boca para ocultar su sonrisa de pillín, contestó:
- Mejor que no lo sepas, Uhlises. Acompáñame, te mostraré el camino que lleva a casa de Circe. ¡Y haz el favor de hablar bien, mecagüen Edipo!
Dejando a su tripulación, perdón, a sus lobos y leones, paciendo tranquilamente (eran vegetarianos) en un prado cercano, el dios y el hombre se adentraron en el bosque. Al poco, Hermes se detuvo.
- Bueno, aquí te dejo, majo. Sigue por esa vereda y no la abandones. Llegarás a un claro del bosque: allí se encuentra la casa con la hechicera dentro. Que te vaya bien. Ah, y a ver cuando repetimos, ¿eh? ¡Ja, ja, ja!- rió Hermes mientras emprendía el vuelo.
- No lo llevas claro ni nada…- refunfuñó Uhlises.
Efectivamente, al cabo de un rato el bosque se abrió y ante nuestro héroe apareció una gran casa de piedra rebozada de hiedra por todas partes. Tenía un aire entre bucólico e inquietante. Uhlises no sabía con qué aire quedarse.
- No sé si tumbarme en el suelo a contemplar las nubes o largarme de aquí como alma que lleva Ares. Mas… ¡no es el momento ahora de mostrase dubitativo, por Perséfone!¡Además, nadie le pisa las flores al gran Uhlises!- proclamó ante la puerta de entrada de la mansión, adoptando una pose parecida a la de Chucnórrides, hijo de Manitú y Alexea.
- No, las flores las pisas tú, por lo que veo.
Una voz femenina, dulce y embriagadora, resonó en el aire y envolvió al momento el cuerpo y los sentidos de Uhlises.
- Haz el favor de sacar tus pies de mi parterre: te me acabas de cargar unos cuantos geranios- volvió a decir la misma voz melodiosa.
- Uy, perdón, perdón- respondió Uhlises pegando un salto-, no me había fijado. Con… con… ¿con quién hablo?
Aquella voz había descolocado al de Hítaca. Su atracción era tan profunda que no sabía qué hacer. Sólo deseaba escucharla de nuevo y abandonarse en su éxtasis.
Entonces se abrió la puerta.
- Pasa, Uhlises, que vas a coger frío- sonó la voz entre susurros.
Éste, como un imbécil y poniendo cara de imbécil, obedeció.
Y en cuanto vio a Circe tumbada estratégicamente en un lecho de plumas mirándole con deseo irrefrenable, la cara de imbécil se acentuó por catorce y empezó a caerse la baba.
- Acércate, no temas. Siéntate a mi lado- dijo Circe con suavidad, levantándose con grácil gracia. A la vez le ofreció un pañuelo de seda para que se limpiara los hilillos de saliva.



Uhlises se apalancó al lado de Circe. Sus cuerpos se rozaban. Aceptó el pañuelo. Se limpió la boca y, con voz trémula, miró a la hechicera con ojos bobalicones y le soltó:
- Qué-her… her… mo… sa-so… sois… Que… que… queréis salir con… con… conmigo?
Circe no pudo evitarlo.
- ¡Jajajajajajajaja! ¡Jajajajajajajaja! Perdona, pero es que esto ya no se lleva, Uhlises. Anda, tómate esto, que te quitará la tontería que llevas encima.
“Esto” era un encantamiento para convertirle en cerdo bellotero.
Uhlises se bebió la copa que le ofreció sin un solo rechiste.
Y, gracias al antídoto del simpático Hermes, no sucedió nada. Uhlises seguía siendo Uhlises, rey de Hítaca. Aunque en estado imbécil, eso sí.
Circe se quedó flipada. Jamás en la vida le había fallado un mejunje de los suyos. No sabía qué hacer ni qué decir, ni qué postura tomar. Entonces e fijó en los ojos azules cobalto de Uhlises, su profundidad, su meloso brillo, y… Y se enamoró perdidamente de él. Le agarró por la pechera y le dio un beso tan profundo que casi le limpia los pies por dentro con la lengua. Tras casi ahogar al extasiado Uhlises con tamaño ósculo, le desnudó en un santiamén. Algo la detuvo.
- Perdona, amado Uhlises, pero es que te canta todo. Ven conmigo, te daré una buena friega (y algo más), que buena falta te hace.
Uhlises, imbecilizado, siguió a Circe, asido a su mano, al baño.
Lo que ocurrió allí y más tarde en el lecho de la hechicera no queda recogido en los anales mitológicos, lo siento.
Está claro es que ambos disfrutaron de lo lindo, durante largo tiempo.




Uhlises, en su éxtasis, se olvidó de todo: de su esposa, de su hijo, de Hítaca, del “Bribónides IV” y de su tripulación, la cual seguía pastando tranquilamente en los prados propiedad de Circe.

Al cabo de muchos meses, para variar de tanto forniqueo, la hechicera llamó a un juglar para que amenizara sus encuentros.
- Ya verás, amado mío, la maravillosa voz que posee este magnífico trovador. Te va a encantar. Dicen de ella que insufla renovados bríos para las prácticas amatorias.
Uhlises asintió con la cabeza. Seguía con la tontería encima, pero empezaba a notar cierta debilidad en ciertas partes de su cuerpo.
- “Cualquier día se me desprende”- pensó un poco inquieto mientras se la observaba.
Esa noche apareció el afamado cantor. Demisroussos de Peloponeso, se llamaba: un tipo excesivamente orondo, de elevada estatura, vestido con túnica de mil colores y cenefas, con larga cabellera negra y barba repleta de bucles artificiales.



- Sé bienvenido, insigne Demisroussos. Cuando seas capaz de traspasar la puerta, deléitanos con tu hermosa voz.
No sin esfuerzo, el juglar consiguió entrar en la estancia. Y empezó a cantar:
- Triqui triqui tri quitriqui badabu, triqui triqui quiti quitiiiiii…
Circe le interrumpió.
- No, esa no, esa no, que está muy vista y me da rabia. Cántanos otra, por favor.
- Como gustéis. Os sublimaré pues con una canción que aprendí en uno de mis viajes a Iberia, si os parece.
Y se arrancó:
- “Penélope, con su bolso de piel marrón y sus zapatitos de tacón y su vestido de Domingo, Penélope, se sienta en un banco en el andén y espera que llegue el primer tren meneando el abanico”…
Uhlises, al escuchar esas palabras, rompió a llorar como un niño.
- ¿Qué te ocurre, adorado mío? ¿No te agrada la canción?
- No es eso, amada Circe, es que… acabo de recordar que debería estar de vuelta a Hítaca. Mi esposa, mi hijo y mis súbditos largos años hace que aguardan mi regreso.
La hechicera frunció el ceño, adoptando un semblante entre pena y enfado.
- Sabía que algún día llegaría este momento. En fin… fue bonito mientras duró.
Uhlises abrazó a Circe con cariño.
- Lo siento muchísimo, pero debo partir. Te agradecería que, por el maravilloso tiempo que hemos pasado juntos y revueltos, devuelvas a su estado normal a mi tripulación, y también, ya puestos, me indicaras cómo puedo regresar a mi hogar.
Circe se enjugó un lagrimita y asintió:
- Tendrás todo lo que me solicitas, oh, gran Uhlises. Vete haciendo los preparativos, que ahora estoy contigo. Tengo un asuntillo pendiente que debo resolver ahora mismo.
En cuanto el rey de Hítaca desapareció, Circe se volvió furiosa hacia el juglar Demisroussos y con una sola penetrante mirada le convirtió en una ristra de chorizos picantes.
- Hala, estúpido, eso por chafarme la lira…