dimecres, 24 de febrer de 2010

TIENES LA SOPA FRÍA


- Tienes la sopa fría.
Tomás escuchaba esta frase todos los días de labios de su mujer, mientras ésta recogía su propio plato. Ella lo decía con sorna, ya se había acostumbrado a que su marido llegara siempre una hora tarde a la mesa. Aunque a veces lo deseara, tampoco se atrevía a regañarle, se arriesgaba a una catarata de improperios.
Tomás se sentaba y sólo abría la boca para tomarse la maldita sopa helada.
Y todo por culpa del aparcamiento.
Todos los días, desde que se mudaron a aquel barrio, hacía ya varios años, le ocurría la misma historia. Una vez terminada su jornada laboral volvía a su casa, y se pasaba una hora larga dando vueltas hasta encontrar un lugar donde aparcar. Era un barrio densamente poblado y, evidentemente, había exceso de automóviles. Hasta que instalaron la zona azul y la grúa empezó a arruinar con esmero a los habitantes del barrio, aún se podía estacionar sin demasiados problemas; incluso, si no había aparcamiento, se podía dejar el coche encima de la acera y no pasaba nada.
Todo esto cambió poco antes de que Tomás Expósito y Gertrudis Gómez compraran el piso. Qué mala suerte.
Por eso la sopa siempre estaba fría.
- Tienes la sopa fría.
Con el tiempo, la madre de Gertru se trasladó a vivir a casa de su hija. A Tomás sólo le faltaba esto. Su suegra, Merche, en el mismo techo.
Ésta, una vez se instaló y se sintió cómoda en su nuevo hogar, empezó a martirizarle con sus comentarios sarcásticos. Como si no tuviera bastante con el suplicio de no poder aparcar, encima debía aguantar también a la señora Merche.
La ironía le gustaba, pero el sarcasmo era algo que Tomás apenas soportaba, y de su suegra aún menos.
La batería de puyas y reproches solapados fue en aumento con el tiempo, y entre una cosa y otra, Tomás ya no podía más.
La gota exasperada que colmó el vaso fue una frase que, como se vio más tarde, resultó de lo más desafortunada, sobretodo para la señora Merche. Un día, mientras Tomás comía en silencio la maldita sopa fría, su suegra le soltó:
- Qué, Tomasín (¡encima le llamaba así!)… ¿Cuándo vas a decidirte a tener un hijo? Porque no os oigo por las noches, la verdad. Ahora que, igual eres estéril…
- ¡Mamá! ¡Por favor!- protestó Gertru desde la cocina.
Tomás no abrió la boca. Dejó la cuchara en la mesa, se levantó, cogió el abrigo y salió de casa dando un portazo.
- Hija, qué susceptible llega a ser tu marido…- refunfuñó la señora Merche.
Gertrudis Gómez miró a su madre casi malamente:
- Joder, mamá, ¿tanto te cuesta aguantarte de soltar por la boca la primera tontería que se te pasa por la cabeza? Si es que siempre estás igual...
Tomás tenía que hacer algo, aquello no podía continuar así. Necesitaba un plan, así que se fue a pensar al bar de la esquina.
Pasadas las once, volvió a casa, contento por más de un motivo. Si decir nada a nadie, ni tan siquiera al gato, se acostó y se durmió con una sonrisa.
Ya tenía su plan.
Al día siguiente el humor y la actitud de Tomás cambió completamente. Se volvió hablador, amable, sonriente y muy solícito, sobretodo con su suegra Merche. Ésta estaba descolocada, no sabía qué pensar. “Mmmmm, qué rica está esta sopa!”, exclamaba él con alborozo, aunque la sopa de marras seguía congelada; “deje, deje, señora Merche, ya le lavo yo los platos”, decía, cuando no había tocado una pica en su vida; “hoy le acompaño al mercado; ya le llevo yo el carrito, que usted ya no está para esos trotes: ande, déme, déme”, y la señora Merche se quedaba sin palabras, mientras Tomás le agarraba el carrito de la compra, le abría la puerta del piso y llamaba al ascensor mientras ofrecía a su suegra su sonrisa más radiante.
Gertrudis, su esposa, también andaba algo escamada, pero como era de observar mucho y hablar poco, no decía apenas nada.
- Este Tomás...- musitaba para sus adentros de vez en cuando.
Pasaron los días, y Tomás continuaba con su nueva personalidad. La señora Merche bajó la guardia, con el tiempo, incluso le empezó a coger cierto aprecio a su yerno, y se mostraba más alegre y simpática.
- Por el camino verde que lleva a la ermitaaaaaaaaa...-.
- Esto sí que es raro, mi madre cantando mientras barre. Lo nunca visto-, pensaba Gertru, atónita.
Un sábado, de buena mañana, la señora Merche se dispuso, con su carrito de la compra a cuadros escoceses del clan de los McPherson, a ir al mercado. Tomás se había levantado incluso antes que ella, y había preparado un buen desayuno para ambos.
- Ande, señora Merche, que esta tostada con mermelada de arándanos está para morirse... Coma, coma...
- Jiji, tú lo que quieres es que me cebe más y que me suba el colesterol, canallín-, respondía la suegra mientras hincaba el diente a la tostada.
Cundo acabaron de desayunar, Tomás cogió el carrito escocés:
- Venga, señora Merche, que le acompaño al mercado.
Abrió la puerta del piso, mientras su suegra se ponía el abrigo, y llamó al ascensor. Cuando llegó éste al rellano lo atrancó, y simuló que no funcionaba.
- Vaya, lo siento mucho, señora Merche, pero el ascensor no va bien; está encallado, maldita sea. Habrá que llamar a los de las averías. Pero bueno, no se preocupe, que sólo son dos pisos. Vaya bajando con cuidado, que ya voy. Y agárrese bien de la barandilla, no se me vaya a caer.
La suegra obedeció, y se dispuso a bajar por las escaleras cautelosamente.
Llegó el momento.
Tomás, que se encontraba a espaldas de ella, simuló tropezar y la empujó violentamente hacia abajo.
-¡Uuuaaaahh!
La señora Merche rodó durante veinticinco escalones, hasta que se detuvo, inerte, en el rellano.
- ¡Señora Merche! ¡Señora Merche! ¡Dios mío! ¡Gertru!¡Gertru!¡Corre, de prisa, llama a una ambulancia, tu madre se ha caído por les escaleras!
Mientras bajaba corriendo a atender a su suegra y su mujer telefoneaba al 061, Tomás rezaba para que no muriera.
- Esperemos que no la palme, si no me jode el invento-, pensó.
La jugada le salió redonda: la señora Merche se rompió unas cuantas vértebras producto de la caída; en consecuencia, quedó parapléjica, postrada en silla de ruedas para el resto de su vida, y sin poder apenas articular palabra. Por consiguiente, Tomás fue al ayuntamiento y solicitó un aparcamiento para minusválidos delante del portal de su bloque de pisos.
Después del pertinente papeleo, al cabo de poco vinieron los operarios municipales, pintaron unas líneas amarillas delante de su casa y colocaron el distintivo de minusválido, además de la señal. En ésta se podía ver con letras bien grandes: 7669-DNS, la matrícula del coche de Tomás.






A pesar de que tuvo que hacer modificaciones para que a su suegra se la pudiera acomodar en el auto, y que periódicamente debía llevarla al hospital, Tomás estaba radiante. Se acabaron los problemas de aparcamiento y de tomar siempre la sopa fría.
Y de señora Merche, ya puestos.
La que no lo tenía tan claro era Gertrudis. No entendía aquel lejano cambio repentino de humor de su marido, ni tampoco que, después del accidente de su suegra, a quien él parecía que apreciaba mucho, continuara feliz y risueño. Además, misteriosamente, se olvidó de lavar los platos, de retirar la mesa y de ir al mercado.
Todo volvía a ser como antes, sólo que con la señora Merche parapléjica, de la que se cuidaba únicamente Gertrudis.
- Tomás, podrías ayudarme con mi madre de vez en cuando, ¿no te parece?
- Es tu madre, Gertru… Además, me parece que violentaría su intimidad, aunque no hable y no sepamos si nos escucha o no. ¿Comprendes?
- Bueno, visto así… Pero yo…
- Perdona, luego hablamos, ¿de acuerdo? Tengo que ir a lavar al coche –se excusó, mirando su automóvil desde el balcón.
En pocos días, la señora Merche perdió toda su fortaleza física y mental. Se iba apagando poco a poco. No obstante, cuando Tomás pasaba cerca de ella, su mirada se transformaba en rabia y odio, y parecía que quería musitar algo, pero no lograba decir nada, se quedaba en el intento.
A veces, a Tomás le parecía que ella sabía que él era el culpable de su situación. Gertru también recelaba, pero no tenía pruebas y optaba por el silencio.
Una tarde en que Gertrudis se encontraba de compras, Tomás estaba en casa, en compañía de su suegra. Observaba distraído una corrida de toros que ponían en la tele; ya estaba a punto de dormirse cuando…
- Vous avez la soupe froide.
Tomás se despertó de golpe.
- ¡Anda, si la suegra habla! ¡Y en francés!
La señora Merche ladeó la cabeza hacia él, como buenamente pudo:
- Je sais que tu as été, porc maudit… Celle-ci tu me la paies…
Tomás se rascó la cabeza, mientras se levantaba del sofá:
- No tengo ni idea de lo que está diciendo. Se ha vuelto loca, la pobre…
Al cabo de un rato, Gertrudis volvió de la compra. Tomás no le dijo que su madre había hablado.
- Gertru, ahora que ya has llegado, salgo. Voy a lavar el coche.
- Le vas a quitar la pintura, de tanto lavarlo-, contestó.
Cuando Tomás se fue, Gertrudis se dirigió al lavadero y sacó la ropa de la lavadora para tenderla.
- Mamá, vuelvo enseguida, voy arriba a la terraza a tender la ropa.
En cuanto desapareció por la puerta, la señora Merche, sacando movilidad de no se sabe dónde, movió las ruedas de la silla y se acercó al balcón. Era verano, y el ventanal estaba abierto. Haciendo un supremo esfuerzo, se agarró a la baranda, se encaramó como pudo y se lanzó al vacío, cayendo encima del coche de Tomás, que lo estaba lavando.
Murió en el acto. Y casi también su yerno, del susto que se pegó.
El coche quedó destrozado: siniestro total.
Al cabo de dos días, saliendo del tanatorio, Tomás le preguntó a su mujer:
- Oye, Gertru… ¿tu madre sabía hablar francés?
- No -, respondió ella con sequedad.
Al morir la señora Merche, y como ya no había coche, el ayuntamiento retiró el aparcamiento exclusivo a Tomás. Ahora tenía que coger el transporte público, llegaba cada noche a las quinientas, y la sopa continuaba fría.
Un buen día, al volver a casa, se encontró con que no había sopa. Ni sopa ni nada de nada. Tan sólo una nota. Era de Gertrudis.
La abrió y la leyó:
“Vous avez la soupe froide, hijo de la gran puta. Estéril, más que estéril.
Hasta nunca”.