dimarts, 11 de novembre de 2008

COUCHÉ III (cap.X)

Henri tardó lo suyo, para chinchar a Couché, pero fue lo bastante listo para traer los coñacs justo antes de que éste le montara un cirio, pues ya se estaba poniendo bastante nervioso.
- Ya era hora, cojones!
- Imbécil…-, se oyó murmurar a Henri, mientras se alejaba.
Couché cogió la copa y la miró al trasluz.
- Le he oído, pero no me apetece romperle la cara, ahora-, cuchicheó.
- Si que tiene usted mala leche, Couché…
- Uy, si ahora estoy calmadísimo, ya se sabe, con la edad… Antes me peleaba hasta con las piedras.
- Pues menos mal que yo le caigo bien, si no…
Me lanzó una mirada asesina que me dejó petrificado:
- ¿Y quién ha dicho que me caes bien?
Me invadió una sensación de ridículo y bochorno que no supe disimular.
- Perdone… perdone, señor Couché, yo creía que…después de todo el día charlando… los dos...- balbucéé, colorado como un tomate maduro.
André cambió su cara de golpe, soltó una risotada que resonó en todo el bar y me dio una fuerte palmada en la espalda que casi me hizo verter el coñac.
- ¡Era broma, hombre!¡Pardillo, que eres un pardillo!
Aquello ya no me hizo tanta gracia. El tipo este se estaba tomando demasiadas confianzas conmigo. Después de todo, nos habíamos conocido hacía unas pocas horas. Me acabé de un trago el Armagnac. Couché se debería dar cuenta por la cara que puse, porque me dijo:
- Venga, no te enfades, Laurent. Ya sé que tengo golpes de humor un tanto rebuscados, pero no lo hago con mala intención. Te he cogido aprecio, que lo sepas; en caso contrario, no estaríamos ahora aquí, sentados tan ricamente.
Miré la hora.
- Bueno, seguimos o no? Me va a contar qué le ocurrió a François?
- ¡Henri, dos coñacs más!- gritó Couché, dirigiéndose a la barra.
Al paso que voy seré incapaz de levantarme de la silla, pensé.
- Pues, como te dije hace un rato (y si no lo digo ahora): François era lo más ateo que he visto en mi vida. No creía en Dios ni en la Virgen ni en la Iglesia, sobretodo en la Iglesia. Veía una sotana y se ponía enfermo, escupía en el suelo. Y no sólo a la Iglesia tenía atravesada, cualquier religión le parecía una engañabobos, una excusa más del poder para oprimir mejor a la gente, aprovechándose del temor e incultura popular. Y eso lo tuvo claro desde bien pequeñito, imagina, a los ocho años se negó en redondo a hacer la comunión, y no hubo manera, por mucho que se emperró toda la comunidad católica. Le castigaron durante cuatro meses sin salir de casa, encerrado en su habitación, pero ni por esas.
Pegó un largo trago.
- Cuando salió de su castigo, François aún era más anticlerical.
- ¿Y usted? ¡Cree en Dios?
- ¿Yo? Tú me ves con pinta de creyente o qué?
Me rasqué la cabeza.
- Bueno, cosas más raras se han visto en la viña del señor… Pero dígame una cosa, señor Couché: ¿qué tiene que ver la religiosidad con todo lo que me estaba contando hasta ahora? ¿Qué tiene que ver sus apuestas entre amigos con si François creía en Dios o en una maceta?
Couché apuró la copa y me miró fijamente:
- Pues… porque sí que tiene relación. De hecho la tiene toda. François prometió a René que, si le ocurría algo (si se moría, vamos), él se ordenaría cura.

Como el cura Tribujena, que murió de pena ajena...
(continuará)