divendres, 8 d’agost de 2008

LA LENGUA


Tirándose en forma de abanico en su gran cama, Bienzobas se dispuso a dormir. El día había sido duro, más que nada por la ola de calor que azotaba la región durante aquel agosto, y se sentía fatigado, sin fuerzas.
En seguida se durmió, profundamente... La ventana de la habitación estaba abierta de par en par, y, a pesar del bochorno reinante, al vivir en un piso alto, el aire fresco inundaba la habitación. El ruido de los vehiculos que circulaban no le molestaba lo más mínimo, dado el cansancio que acumulaba desde hacía días.
Al cabo de un par de horas, notó que algo se deslizaba por su oreja. Amodorrado como estaba, le costaba discernir qué era lo que corría por allí, hasta que sus neuronas volvieron de su viaje onírico y decidieron que aquello que se movía era una lengua.
Una lengua juguetona que masajeaba el lóbulo con destreza de cirujano, explorando concienzudamente cada centímetro, dejándolo todo húmedo a su paso.
Bienzobas, medio dormido, medio pensaba.
“Y ahora qué hago?”, se preguntaba a oscuras. “¿Me giro y me dejo llevar por mis impulsos libidinosos?¿Sigo durmiendo?”.
Después de mucho medio meditar, Bienzobas decidió que tenía mucho sueño.
La pereza venció al sexo.
A la mañana siguiente, se despertó. Se sentó en el borde de la cama y se frotó la cabeza con las uñas.
- Lo siento. tenía mucho sueño.
Cuando se incorporó para ir al baño y andaba por el pasillo, se detuvo de golpe.
- Pero si vivo solo!!!
En ese momento se le acercó su gata, frotándose en su pierna.
- No habrás sido tú, verdad?