dimarts, 3 de febrer del 2009

SERES

Ya han llegado. Están aquí.
Me di cuenta hace unos días, una mañana que salí de casa para buscar el periódico en el quiosco que tengo cerca.
- Buenos días, Cirilo- le dije al quiosquero mientras le daba el euro de rigor-; ¿te has fijado en eso?.
Cirilo, sin apenas levantar la cabeza, asintió:
- Si, cuando cerré el chiringuito estaba como siempre, verde, pero esta mañana, cuando he venido, estaba así, diferente.
Me lo quedé mirando mientras me alejaba. El verde se había transformado en múltiples colores, vivos, radiantes, de formas variadas, pero tenían un nosequé que me inquietaba.
Algo me decía que allí sucedía algo extraño.
Al cabo de unos días en el periódico apareció una noticia que hablaba de la desaparición de botellas vacías. En los contenedores colocados para reciclar el vidrio no había ningún envase, estaban vacíos. Las autoridades no se explicaban el suceso.
Intrigado, esa noche bajé a la calle a investigar.
Eran las tres de la mañana, y no había ni un alma.
Entonces los ví.
Salían del agujero uno detrás de otro, como una colonia de hormigas, y se movían con tanta rapidez que apenas podía distinguirlos. Entonces comprendí: los seres que se habían instalado en los contenedores se alimentan del vidrio.
Y no sólo de vidrio, sino de todo aquello que tengan cerca. Los árboles cercanos al contenedor se han secado, así como la fuente del parque, la hierba… incluso las piedras han adquirido un color mustio, sin vida, y eso que no tienen.
No comprendo porqué, pero soy el único que los ve. He alertado a todo el mundo, pero me toman por loco. Dicen que se me ha girado la cabeza, y la gente empieza a evitarme. No me entienden. Incluso Cirilo, el quiosquero, empieza a tenerme miedo por las cosas que digo.
Sin embargo, el que tiene miedo soy yo. Estoy aterrorizado.

Me han visto.



Y saben que les he visto.
Fotos: Llorenç Pubill.

dimecres, 28 de gener del 2009

ESTUPORES


Hace unos días leí una noticia (o me contaron, no me acuerdo) que me crea estupor. Y bastante rabia también, la verdad. Ah, no, ya recuerdo, me contaron: en TV3 hicieron un programa que hablaba de la vida actual en el campo o algo así, en concreto en el mundo rural en Catalunya. Mostraba algunos casos de cómo les va la vida en la sociedad actual. Uno de ellos no tenía desperdicio:
En un pueblo del interior, en la comarca del Ripollès (creo), el acalde pidió a un payés que colocara un esparadrapo en los cencerros de sus vacas para que dejaran de hacer ruido. El motivo era bien sencillo: el pueblo en cuestión había crecido urbanísticamente un montón (como tantos otros, por desgracia), y se había poblado principalmente por gente urbanita. Las nuevas construcciones habían ido ampliando el perímetro del núcleo urbano, hasta tocar las granjas situadas en las afueras. Según parece, a los nuevos vecinos el ruido de los cencerros les impedía dormir por las noches y se fueron a quejar al alcalde. Y éste, claro, se lo comunicó al payés en cuestión, que supongo que pondría también cara de estupor, cuando oyó el requerimiento.

Una de las escandalosas vacas.No tienen verguenza, estos rumiantes...
Esto me recordó que en la comarca de La Cerdanya (el paraíso pijo de las segundas residencias en Catalunya, junto con l’Empordà) algunos ayuntamientos han suprimido las campanadas horarias de las iglesias, porque también impide a esta nueva peña conciliar el sueño.
Pobre gente, que no duerme, dan una pena…
En mi pueblo, Arenys, más de diez mil habitantes, el campanario suena dos veces cada cuarto de hora. Por tanto, cuando es hora en punto, las campanas tocan ocho veces, a lo que hay que añadir las que señala la hora. Así, a las doce de la noche, las campanas suenan veinte veces. Veinte. Por la orografía peculiar del pueblo, situado a lo largo de una riera y entre montañas, todo el mundo las escucha claramente.
Y nadie se queja, que se sepa. Yo, al menos, duermo como un lirón careto. Ya pueden ir repicando, ya…
Este es el campanario pesao de Arenys de Mar.
Comprendo, hasta cierto punto, las posturas de los alcaldes, ya que todos estos nuevos habitantes pagan sus impuestos y de eso vive el ayuntamiento para montar sus chanchullos, pero una cosa es la ciudad y otra el campo. Si no quieren oír cencerros ni campanas, no haberse ido a vivir al campo. Si prefieren sirenas de ambulancia, de la Menemérita o el estruendo del camión de la basura, haberse quedado en la ciudad. Esta peña también se queja de la proximidad de las granjas, no sólo por el ruido sino por el olor que desprenden. No te jode, a ver si la mierda de vaca o los purines de cerdo van a oler a Lavanda Puig. Y sé de algún pueblo donde el alcalde ha ordenado a alguna instalación ganadera, después de más de cien años en el mismo lugar, trasladarse aún más lejos del núcleo urbano por este motivo, o por algún otro igual de imbécil.
Sobre todo este tema, lo más gracioso fue lo que me contó mi novio Manolo, el novio de María: en Banyoles se construyó una urbanización de casas pareadas al lado del lago del mismo nombre. Al cabo de un tiempo, los vecinos de este lugar hicieron una denuncia al ayuntamiento porque el croar nocturno de las ranas que habitan en el lago tampoco les dejaba dormir.
Desde luego… No sé qué hizo el alcalde de Banyoles, pero si yo lo fuera publicaría un edicto municipal prohibiendo a los batracios croar, so pena de ir todos al talego. Si es que todas las ranas son unas incívicas, hombre. ¡Que sequen el lago y hagan un campo de golf!

Gustava, la rana que más croa del lago de Banyoles.
No sé, pero creo que nos estamos volviendo todos una panda de gilipollas.




dimarts, 27 de gener del 2009

EL VUELO DE DUDAS



Dudas era un mar de dudas, por eso le llamaban así. En realidad se llamaba Lumidlo, en un arranque de originalidad de sus padres. La gente que lo conocía, por tanto, en cuanto pudo le puso otro nombre.
Dudas.
En cualquier situación que se encontrara era incapaz de decidir qué hacer o qué dejar de hacer. Pensaba y pensaba, sopesando pros, contras y cualquier cosa que le pareciera digna de obstaculizar sus posibles decisiones.
Hasta que creció, sus padres solucionaron la peculiaridad de su hijo, determinando la orientación de sus estudios, qué deporte debía hacer, qué amistades infantiles eran las más adecuadas, e incluso, cuando tuvo ya edad de merecer, le buscaron una novia formalita y de buena familia. Esto último no tuvo los efectos esperados, pues Dudas era tan indeciso y pusilánime que todas las chicas con las que intentó iniciar una relación estable le duraron dos días.
Tres, a lo sumo.
A los padres, el hecho de decidir por su hijo, aunque lo veían un poco extraño, en el fondo les parecía bien, por aquello de la posesión paternal, tan extendida allende los mares. También le buscaron un trabajo, el que les pareció mejor para sus cualidades, que por cierto no eran pocas. Sabía hasta liar dos cigarrillos a la vez, uno con cada mano, como Fernando VII.
Pasaron los años y los padres de Dudas fallecieron, casi al unísono. Esto hizo que tuviera que decidir por sí mismo, pues estaba más solo que un búho.
“Tengo que arriesgar, decidir, dirimir, determinar, lanzarme”, pensaba todo el tiempo, mirando el diccionario de sinónimos.
Este último verbo, por fin, hizo que tomara una determinación.
Decidió que quería volar.
Subió a la azotea, se encaramó al borde del edificio y… se tiró de cabeza.
Mientras caía, agitó los brazos con fuerza, y antes de colisionar contra la acera… remontó el vuelo.
Cosa increíble, en ningún momento Dudas dudó de que no volaría.
A los cinco minutos ya sabía volar sin batir los brazos, estilo Superman, y al cabo de media hora Von Richtofen, el célebre Barón Rojo, se hubiera suicidado de envidia viendo los loops y piruetas que realizaba Dudas mientra surcaba los cielos de aquí para allá.
Dudas era feliz. Más que nunca. Bueno, de hecho, nunca lo había sido, sumido toda su vida en la más total incertidumbre.
Empezó a tomar altura y a mezclarse con las nubes; éstas daban la sensación de grandes bolas de algodón, mezclándose aleatoriamente y creando formas caprichosas. Se introdujo entre ellas a toda velocidad y durante unos momentos voló a ciegas, cosa que le encantó.
Sobrepasó la capa de nubes, el sol le deslumbró y cerró los ojos.
Por esá razón no vio pasar un Boeing 707 que realizaba el vuelo regular Albacete-Ulan Bator.
No quedó nada del pobre Dudas.
Ni el piloto ni la tripulación, ni tampoco los pasajeros del avión se enteraron del terrible percance.
De Dudas sólo quedaron sus zapatos. Cayeron al vacío, pero antes de dar contra el suelo se enredaron en un cable de la luz.
Allí siguen aún.

divendres, 23 de gener del 2009

VICENTE


Estamos predestinados, mis compañeros y yo… Inmediatamente después de nacer, nos encierran en una celda diminuta y meten a veinte: ni uno más, ni uno menos. Me han comentado que actualmente existen también celdas dónde sólo colocan a quince de nosotros, pero el espacio también es menor, así que viene a ser lo mismo.
Una vez dentro, pegados los unos a los otros, nos mantienen así durante un tiempo indefinido, sin alimentarnos, ni darnos de beber ni nada de nada. Ni tan solo abren de vez en cuando para ver qué tal estamos.
Ni eso.
Sin embargo, ninguno de nosotros queremos que se abra la puerta. sabiendo que nos van a matar a todos. No quedará ni uno.
El procedimiento habitual que usan es la incineración. Incineración en vivo. Nos van sacando de uno en uno, a veces de dos en dos. En el mejor de los casos, antes de quemarte, te descuartizan un poco y te embadurnan con hierbas relajantes y eso provoca que, al menos, la muerte sea más llevadera.
Siento que pronto lo comprobaré. Soy el unico que queda en la celda.
Ya está. La puerta se abre: creo que me ha llegado la hora.
Aquí se acaba la vida de un Winston.

* Una vez oí o leí que Winston es Vicente en inglés. No sé si es cierto, pero me hace gracia que así sea.

ESCATOILÓGICO

De repente cayó al pozo, oscuro como una noche sin alma, arrastrado por una tromba de agua pestilente que le caló hasta las entrañas. Sentía cómo la fuerza de la corriente le iba desplazando hacia abajo, cada vez a mayor velocidad. Le faltaba la respiración, notaba cómo iba ahogándose por momentos, sin poder hacer nada por evitarlo…
La situación era cada vez más crítica…
Súbitamente dejó de caer en picado y fue a parar en plancha a un río ocanal; el agua le iba cubriendo cada vez más su maltrecho cuerpo. La corriente descendía velozmente, tropezando con todo tipo de objetos: piedras, papeles, cartones, colegas en su misma situación, madera, algas, plásticos… Y ratas, sobretodo ratas, que parecían sentirse a sus anchas en aquel río tan asqueroso.
Iba hundiéndose cada vez más, las fuerzas empezaron a fallarle; notaba cómo se le iba la vida, y que ya no podía luchar más por conservarla. Dio un repaso fugaz a su también fugaz existencia y gritó, antes de morir:
- Realmente, esta vida es una mierda!
Y exhaló el último suspiro.

Así acabó la existencia de un furullo cualquiera.





Bella tapa de cloaca.

dimarts, 20 de gener del 2009

LA FAMILIA DE TREMEBUNDO II


Foto: Francisco de Goya y Lucientes.

Érase una vez que se era un reino que tenía por nombre Atrofia. Su joven rey, Tremebundo II, era una persona muy valerosa y honesta; además de proteger a sus súbditos de todo mal, o al menos eso era lo que decía, era muy alegre y divertido y siempre estaba de fiesta en fiesta y se lo pasaba pipa. El pueblo lo quería mucho, aunque de vez en cuando, debido a las malas cosechas, sequías y demás desgracias, pasaba un hambre del copón, mas pagaban de buen grado los impuestos y aranceles que debían apoquinar sí o sí, como estaba mandado.
Pero resultó que, oh divina providencia, que un mal día Tremebundo II sintióse triste; una sensación brutal de soledad le invadió, y no se le ocurrió otra cosa que (en vez de ponerse a jugar al billar, por ejemplo) buscarse una mujer, evidentemente, de alta alcurnia. Viajó incansablemente por los reinos vecinos con el dinero que recibía de sus vasallos, porque el rey jamás debía trabajar (no fuera que se herniara) y finalmente enamoróse de una princesa muy mona, hija del rey de Patilla, reino que lindaba con Atrofia. Este hecho mitigó un tanto sus ansias de farra y pendoneo, y al pueblo no le importó, sino que encima le pareció bien que su amado rey sentara la cabeza de una vez y tuviera descendencia real.
Pasaron pocas estaciones y la dicha llegó de nuevo a la casa noble, y la plebe recibió la noticia con unánime alborozo: la reina Inopía, que así se llamaba la flamante esposa de Tremebundo II, dió a luz a una preciosa niña, sin taras genéticas, a la que pusieron el nombre de Verbena, ya que nació riendo. Al cabo de otras pocas estaciones, sin aún haber digerido del todo la llegada de Verbena, llegó otra buena nueva: la ya entrañable Inopia se encontraba de nuevo en estado de buena esperanza (y eso que no llegó a conocer a Magallanes), para regocijo del rey y sus súbditos. Éstos dieron gracias al cielo por tan maravillosa noticia, aunque eso no les hiciera olvidar el hambre.
Sin embargo, Tremebundo II, entre fiesta y fiesta que se seguía pegando, se sentía apesadumbrado. Él deseaba un hijo, un varón, un heredero, aunque amara a sus dos retoñas que no veas. Finalmente, los astros escucharon sus plegarias al cabo de otras cuantas estaciones. Los cielos de Atrofia se abrieron para anunciar que la reina Inopía había parido un ninio. El pueblo, como siempre, celebró como nunca el evento, como si hubiera ganado la selección atrofiana el Mundial de torneos medievales.
Más y todo.
Pasaron los años y los hijos de Tremebundo II y Inopía, Verbena, Piscina y Típex, que así se llamaban, fueron creciendo. Lo hicieron tanto que llegó el tiempo de casarlos, como mandan los cánones. El pueblo, aunque cada vez vivía peor, seguía contribuyendo con fervor a la espléndida manutención de la familia real, cada vez más numerosa, pues les tenían a todos en mucha estima, a causa sobretodo del rey Tremebundo, que era un fiestero de cojones.
Y eso siempre vende, queda muy simpático.
Así, la princesa Verbena se casó en la ciudad de Barbilla, situada en el sur del reino, con el conde de Valechaval, e hicieron muy buena pareja durante el resto de sus días, ya que se parecían mucho. El pueblo oyó las proclamas, bandos y demás anunciando el evento con gran alegría. Pero, aún habiendo pagado la boda, no se le invitó.
Y el pueblo cada vez las pasaba más canutas.
(“Pues que coman galletas”, según dicen que dijo María Antonieta cuando le dijeron que sus súbditos no tenían ni pan para comer).
Al cabo de muy pocas estaciones le tocó el turno a Piscina, la seguna princesa del reino, que eligió la ciudad de Pilona, situada en el noreste del reino, para casarse con Cilindrín, el gran campeón de duelos a caballo con patín. Se casaron con todos los honores habituales y el pueblo agitó las banderitas y luego los príncipes, junto con sus miles de invitados, se fueron a comer bien comidos y el pueblo, que era el que pagaba la farra, tampoco fue invitado.
Piscina y Cilindrín también fueron muy felices, y comieron muchas más perdices que el populacho.
De hecho, se las comieron todas.
Fueron pasando las dichosas estaciones y Típex, el príncipe heredero, decidió casarse también, mira tú por dónde. El rey Tremebundo II y su esposa Inopía se alegraron muchísimo, a pesar de tener ya una edad, , pues era el único vástago que faltaba por maritar, y el más importante, además.
Pero el pueblo, al cual ya no le quedaban perdices, decidió que ya estaba harto. Harto de pasar hambre, harto de seguir pagando impuestos, pero sobretodo de pagar las fiestas al rey, a la familia y a sus amigos.
Y encima, sin ni tan siquiera invitarles.
Dicho y hecho. Se puso de acuerdo el pueblo, se organizó, asaltó el castillo de la Viruela, residencia real, y Tremebundo II, la reina Inopía y toda la tropa, Verbena, el conde de Valechaval, Piscina, Cilindrín y el príncipe Típex huyeron como almas que lleva el diablo y el monarca fue obligado a abdicar.
Y el pueblo, alborozado y regocijado, para celebrarlo, montaron un fiestón impresionante, se invitó a todo el mundo, menos a los reyes, a la familia y a sus amigos gorrones.
Y comieron, y comieron, y bebieron y bebieron, hasta hartarse.
Y se lo pagaron ellos, como debe ser.
Eso sí, perdices ya no habían.

dilluns, 19 de gener del 2009

3,30h d.C.


Foto: Llorenç Pubill.
Aquí,
sentado en horas intempestivas,
vengo de leer un rato
y me maravillo de la gente
que sabe contar
sus sentimientos,

su corazón,

en un trozo de papel
mientras escucha subir el ascensor
o al gato
maullar sin temor.

Mas,
el simple deseo

de escribir unas palabras

es suficiente
para que que el ruido del avión
te haga pensar en acabar de una vez,
porque

se te duerme la pierna.

Los puntos, los espacios,
no están en su lugar,
qué más da,
está bien encontrar
y verlo todo tal
como uno lo percibe,
como los percebes.
Sin nada más.

Pues no resulta nada fácil

Deshacerse de uno mismo

y encontrar el camino,
cuando hay luna llena.

Aquí, sentado
en la taza blanca

y la ducha sin funcionar.