divendres, 24 de juliol del 2009

LA SIJA

La ouija, SIJA en castellano.




El otro día, leyendo un cuento de Miguel Baquero, “El Éter” (trata de una disparatada sesión espiritista) recordé que, en mis años mozos, también hice mis pinitos en estas tonterías. Ya se sabe, es época de experimentaciones y de estar receptivo a todo.
En mi calle sólo vivíamos todo el año nosotros. Era una calle sin salida, con casitas una junto a la otra (nada de adosadas, eso es otra cosa), muy tranquila. El resto de las casas eran segunda residencia, venían de Barcelona a pasar el fin de semana y las vacaciones.
O sea, que yo sólo tenía pandilla los findes (pobrecito). Y en verano, claro.
Félix era uno de los veraneantes, vivía a dos casas de la mía. Tres años mayor que yo, tenía más experiencia en todo y sabía más de todo (o no, pero yo lo creía), así que siempre me interesaba todo lo que dijese o hiciese.
Un día nos propuso hacer una sesión de espiritismo en su casa, ya que sus padres no estaban. Nos apuntamos el Raúl (el hijo de Carlos Giménez, el gran dibujante de cómics), que vivía cerca, el Joan el gordo (le llamábamos así porque lo estaba, y para diferenciarlo de otro Joan) y el Marcel, uno al que le olía el sudor de mala manera, algo horroroso, sin adjetivo posible. En su casa no se podía entrar, lo juro. Todos olían igual.
Y creo que no había nadie más.
Llegó la noche señalada. Nos sentamos todos alrededor de la mesa redonda que había en el salón. En un trozo de cartulina dibujamos las letras del abecedario, el sí, el no, los números y toda la parafernalia, rodeando al vaso Duralex que usamos aquel día.

Apagamos las luces.
Después de los prolegómenos y las explicaciones pertinentes de Félix sobre el funcionamiento del tema, y tras reírnos nerviosamente un buen rato al intentar concentrarnos, nos lo tomamos más en serio.
Los cinco con el dedo encima del culo del vaso Duralex, mirándolo fíjamente.
Allí no se movía nadie, de pura concentración. Y el vaso, menos.
Pasó un buen rato y no ocurría nada de nada. Durante todo este tiempo, Félix no paraba de decir, en susurros:
- Si estás aquí, ves al sí. Si estás aquí, ves al sí. Si estás aquí, ves al sí.
Nada de “Oh, espíritu bienaventurado, muéstrate y deléitanos con tu presencia deslizándote hacia el sí” ni frases pomposas y peliculeras.
Si estás aquí ves al sí, y punto.
Pero allí todo seguía quieto. Incluso el tiempo se detuvo un poco.
Ya nos estábamos empezando a impacientar, a relajarnos y a no creernos nada de todo ese rollo, cuando…
- Si estás aquí ves al sí.
Y el Duralex, lentamente, fue al sí.
Nos quedamos sorprendidos y también temerosos, aunque más de uno pensó que era uno de nosotros el que movía el vaso con su dedo.
- Lo mueves tú?
- Yo no.
- Yo menos.
- Yo tampoco, lo juro por mi madre.
- Callaros, coño -dijo Félix, dirigiéndose al vaso,- ¿cuál es tu nombre?
- Pues Duralex, cómo se va a llamar…- comenté yo.
Félix me miró con cara de pocos amigos.
- Tú, gracioso, poca broma con esto. Y si es un espíritu malo?
Una de las historias que corría por ahí sobre las sesiones espiritistas era que de vez en cuando se presentaba un espíritu malvado, de esos que se habían quedado entre Pinto y Valdemoro, que te podía liar la del pulpo: quedarse en la casa, mover objetos, hacer ruidos… Como en las películas, vamos.
- Vale, vale, ya me callo-, respondí. La verdad es que tenía un poco de miedo, como todos los demás.
El espíritu en cuestión empezó poco a poco a responder nuestras preguntas. Al cabo de poco Félix le preguntó:
- ¿Eres un espíritu malo?
No contestó.
- ¿Te molesta alguno de nosotros?
Duralex entonces se movió hacia donde estaba Marcel.
- ¿No te gusta Marcel?
Duralex se le acercó aún más.
Félix observó a Marcel, que estaba aterrorizado, y vio que de su cuello colgaba una medalla de la Virgen del Loreto (a dónde me meto), o de alguna otra, de oro.
- ¿Es la medalla, lo que te molesta? Quítatela, Marcel. Déjala encima de la mesa.
Marcel, tembloroso, obedeció sin perder tiempo.
Fue depositar la medalla en la mesa cuando Duralex, sin ayuda de nadie, se abalanzó sobre ella y la empujó fuera de la mesa, cayendo al suelo. El vaso se detuvo en el borde.
Vaya susto que nos pegamos, madre mía.
Pero ahí no acabó todo.

Marcel, de súbito, puso los ojos en blanco, agachó la cabeza y empezó a soltar ruidos extraños, como si hiciera gárgaras y pequeños ronquidos:
- Glglgglglgll… Frrrrrrrfrrr….
- ¡Marcel! ¡Marcel! ¿Qué te pasa?
- Glglgglglgll… Frrrrrrrfrrr…. -, respondió.
Entonces levantó la cabeza, se tiró hacia atrás, abrió los brazos en plan Jesucristo y con la boca abierta los ruidos que salían de ella aumentaron considerablemente.
Joan el Gordo, Raúl, Félix y yo nos quedamos paralizados, sudorosos, sin saber qué hacer.
Mientras tanto, Marcel, a lo suyo:
- Glglgglglgll… Frrrrrrrfrrr… Glglgglglgll… Frrrrrrrfrrr….-, pero ya a lo bestia.
Parecía que estuviera sintonizando Radio Pirineos. Sólo le faltó echar espuma por la boca.
Finalmente, Félix reaccionó, abrió las luces y la puerta de par en par y le soltó un par de guantazos al pobre Marcel, el cual al momento dejó de hacer el burro y se quedó como dormido, aunque respiraba aceleradamente.
Poco a poco el ritmo cardíaco de Marcel recuperó a la normalidad, volvió en sí.
No se acordaba de nada.
Lo recogimos todo, rompimos el puto Duralex y cada uno se fue a su casa, cagados de miedo.
Cuando llegué a la mía, le pedí a mi hermana mayor que me dejara dormir con ella. A regañadientes, aceptó.
- Nunca más - me dijo enfadada (siempre estaba enfadada, y lo sigue estando) al día siguiente -, te mueves más que la cola del Prosit.
Prosit era nuestro perro, un pointer muy simpático, siempre estaba contento.
No como mi hermana.

dimecres, 22 de juliol del 2009

EL VIENTO Y MARÍA



Esa voz lejana de María
que nadie entendía
El olor a hierba nos traía
Tomillo, paz y malvasía
Mientras el viento nos decía:
Voy a ver el mar desde el acantilado.












Esto lo hacía cada día



Al poco volvía
Y susurrando nos decía
No he visto a María
Mas con gran algarabía
El agua hoy no estaba fría
Y yo pensaba y me perdía
Entre peces, algas y alegría

El viento otra vez nos decía:
Voy a pasear cerca del sol.





Esto lo hacía cuando quería



Al poco volvía
Y musitando nos decía
Tampoco he visto a María
La verdad es que me aburría
Demasiado calor hacía
Y yo creía y me sentía
Entre palmeras, agua y sequía







De nuevo el viento nos decía:
Voy ver las nubes desde lo alto.





Esto lo hacía con maestría



Al poco volvía
Y penosamente nos decía
No estaba allí María
Allí la vida no existía
Más abajo ella estaría
Y yo pensaba y decía
Hacia el este está María
Mientras algo me crecía





Escuché al viento que decía:
Voy a ver al este o al otro
Creo que se halla María
En casa de su tía






Yo sabía que ya no volvería



Ni el viento ni María


dimecres, 15 de juliol del 2009

NO SOMOS NADIE

(*)

Esto me lo contó un ATS durante una guardia, cuando trabajé en urgencias, hace unos años largos. El tipo, del que no recuerdo su nombre, era alto e imponente, enorme: pesaría 130 kg como poco. A pesar de eso, se movía con presteza y dinamismo, el tío era puro nervio.
Y muy simpático, me caía bien.


Felipe (por ejemplo, le llamaré así) no tenía plaza en la SS (tampoco en las SA ni en la GESTAPO), pero hacía guardias de vez en cuando como suplente, para redondear su sueldo. El trabajo estable lo tenía en las ambulancias que operan en las autopistas, esas equipadas con todo lo necesario para las grandes desgracias y, preparadas para salir zumbando y socorrer como puedan en caso de accidente. Y en las autopistas suelen haber pocos, pero cuando haylos casi siempre son bastante graves.
Como digo, estaba con él en una guardia. Ya era de noche. En ese momento no había faena, y estábamos charlando en la sala, matando el tiempo. Claro, por mucho que se intente no hablar de trabajo, al final la conversación acostumbra a versar sobre temas laborales y “de lo que de ello se desprende” (me encanta esta frase).
Me explicó a qué se dedicaba . Al cabo de un rato, para ilustrarme el espectáculo que podía llegar a encontrarse, me puso un ejemplo.
- Las he visto de muchos colores, pero esto, tío, es lo más bestia que he vivido. Es muy difícil imaginar que pueda llegar a ocurrir una cosa así. Ni en sueños.
Los ojos y las orejas y ya está se me ensancharon automáticamente.
Una noche Felipe se incorporó a su turno. Se subió a la ambulancia junto con sus compañeros y se dirigieron, desde Barcelona, hasta el campamento base desde donde salían cuando tenía lugar un accidente por su zona. Ésta comprendía un radio de acción bastante extenso, creo que llegaba hasta la frontera francesa, si no recuerdo mal.
Así, marchaban los integrantes del comando ambulanciero en pos de su deber, charlando animadamente (eso lo supongo, sabiendo del entusiasmo y del cascar de Felipe) por la A-7 en dirección Girona, cuando, en una larga recta, vieron, a unos quinientos metros, un coche que iba en dirección a Barcelona que cruzó volando al otro sentido de la autopista, el de ellos, estampando su panza en el carril central. Eso fue lo que a Felipe le pareció, pues se encontraban varios vehículos delante y no vio exactamente cómo fue la película, en aquel instante.
Luego si, y tanto que sí.
La ambulancia se detuvo en seguida frente a los coches hechos trizas.
Un todoterreno había perdido el control (bueno, el conductor) y se había precipitado al otro sentido de la autopista. Tuvo la mala suerte de chocar con la valla, reventarla e ir a parar a un baden que había en la mediana, con lo cual, con la velocidad que llevaba, salió disparado por el aire, voló sobre el tercer carril (pasó por encima de otro vehículo) y fue a estamparse encima de un Mercedes que circulaba tranquilamente por el carril central.
Le tocó al Mercedes.
Los dos coches estaban destrozados, hechos añicos, uno encima del otro. Felipe se dirigió primero al todoterreno, pero allí no había nadie. Supuso que el conductor habría salido disparado, así que se dispuso a buscarlo, mientras los otros ambulancistas inspeccionaban el Mercedes.
Encontró al pobre conductor en la cuneta, a unos metros del choque. Efectivamente, se había ido a tomar viento, desgraciadamente en todos los sentidos.
En el Mercedes, la cosa aún era peor.
Con la persona que conducía, un hombre, ya no había nada que hacer: estaba incrustado entre el volante y el techo del coche, aplastado por el todoterreno. El acompañante, una mujer, aún vivía.
Murió poco más tarde.
Los asientos traseros estaban en el mismo estado, pero no parecía haber ninguna otra persona. Cuando acabaron la búsqueda, inspeccionaron también los alrededores, como manda el protocolo, por si las moscas. Fue entonces cuando Felipe se encontró tirado un cochecito de bebé.
¡Un bebé!, se exclamó. ¡Llevaban un bebé! Entre el amasijo de hierros tenía que haber un niño. Y volvió corriendo hacia el Mercedes, avisando a sus compañeros del hallazgo. Reanudaron la búsqueda, aunque con pocas esperanzas de encontrar al bebé con vida.
Al poco, lo hallaron por allí debajo, y aún vivo.

Es curioso lo que nos atraen las historias truculentas, ¿no es cierto? Yo estaba flipado, pero es que además Felipe lo contaba muy bien. Te metía en el escenario.
- Jo, tío, vaya tela… Sabes qué ha sido del niño? ¿Se salvó?
Felipe sonrió.
- Si. Está bien, con la familia.
Y aún sonrió más.
Un gran tipo, el Felipe.

Todo esto iba por un día en que me dio por pensar en lo volátiles que somos todos. Hormigas, personas o ñandús. A veces me pasa, que pienso.
Como dicen en los entierros los que no saben qué decir pero tienen que decir algo adecuado para la ocasión, no somos nadie.

Pues yo prefiero NO SEMOS NADIE, queda mucho mejor, como la isla griega esa.
(*) La foto no tiene mucho que ver ,pero, ¿a que es bonita?

dijous, 9 de juliol del 2009

ESTAMPAS AMBULATORIAS


La doctora (perdón, licenciada) D. le pide a R. que mande un fax de tres páginas.
R., solícitamente, como siempre, se dispone a ello, dejando todo lo que estaba haciendo a medias. Se dedica al tema durante una hora larga, hasta que vuelve al mostrador, donde se encuentra L., atendiendo a los clientes.
- L., ¿puedes mandarme un fax que me ha pedido la doctora D.? Es que no me sale...-, solicita R. a L.
- Ya me lo ha parecido. Bueno, ahora iré, cuando pueda.
Al cabo de un rato, L. se acerca al fax, pone las tres páginas donde hay que ponerlas y lo cursa, a un número de Madrid.
- ¿Ves, R.? Marcas el número con estas teclas y aprietas el botón verde, el grande. Y ya está.
- Ah…
- Ahora saldrá un papel que te dirá si ha llegado o no.
- Ah, vale...
L. vuelve al mostrador, a atender a los clientes. Transcurren cinco o más minutos y aparece R. con una hoja de papel.
- Perdona, L., si en el papel que ha salido pone “correcto” es que es correcto?
- Mmmm… Deja que piense... Pues yo diría que sí...

- Ah, es que como antes, en lo que salía, ponía OK…

L. pensó, entre suspiros, que a R. nunca la había visto enviando un fax en cuatro años que hacía que tenían fax, así que no podía saber si el papel que salía como por arte de magia del aparato decía “correcto”, “ok”, “enviao” o “ bien hecho, majo”.

Pues eso.

diumenge, 28 de juny del 2009

dijous, 11 de juny del 2009

BALONCESTO


- "El domingo día 7 tuvo lugar un partido de baloncesto muy desigual..."
- "C.B. Abstención: 62 - B.C. Participación: 38. ¡Vaya paliza!"*
- "El equipo perdedor debería renovar completamente su plantilla, creo..."
* Resultados de la abstención en Catalunya.

divendres, 29 de maig del 2009

MADAME BUTTERFLY




Tiburcio se despertó temprano, como casi siempre. El día amaneció repleto de nubes, tapado, como cuando se te taponan las narices de vez en cuando. Se duchó rápidamente, cosa rarísima en él. El motivo de tal acontecimiento era que debía desplazarse hasta la ciudad a ver al notario para no se qué de una herencia. En su última visita le soltó tal bronca de lo guarro que iba que casi le da un infarto, al pobre Tiburcio.
Bueno, y al notario también, del hedor tiburcil.
Pues eso, que se duchó. Se arregló las uñas con una lima triangular de seis pulgadas, se afeitó después de tres meses, se peinó con el rastrillo de su tía abuela e incluso se lavó los dientes con un estropajo de níquel y jabón Lagarto.
Mientras se abotonaba su única camisa, de color blanco vainilla, acartonada después de reposar unos cuantos lustros en el baúl, miraba por la ventana medio distraído. En ese momento, apareció volando un tordo que se posó en el alféizar, soltando un truño excesivo para tan poco pájaro.
Le tocaba los pimientos esa visita y todo el trabajo previo que comportaba, sabía que lo de la herencia no podía ser nada que cambiara significativamente su vida; al fin y al cabo, por lo que sabía, sus ancestros no habían tenido mejor suerte que él, o sea que también eran unos pringados y poco podía esperarse de ellos. Pero, no obstante, y como dicen que la mierda trae suerte, tras recibir el impacto de la del inoportuno tordo decidió dar rienda suelta a su imaginación, pensando que quizás la fortuna se aliaría con él. Se desperezó, se sonó las narices ostentosamente -única herencia valiosa que había recibido de sus monteses antepasados- y tras lanzar un par de escalofriantes carrasperas se tumbó al sol para soñar un rato, antes de dirigirse a la parada para intentar colarse en algún autobús que le llevara a la ciudad.
Pero no pudo soñar nada, el del tercero segunda se puso a cantar “Madame Butterfly” a grito pelado, como cada día y, también como cada día, los demás vecinos lanzaron a su balcón piedras, tomates, huevos, chorizos, tuercas y melones; Tibur, incluso, subió hasta el alféizar de su ventana y le tiró el truño del tordo. Mediado el segundo acto, el dichoso cantante se calló.
Pero la lluvia ya había calado a todo el mundo. A todos menos a Tiburcio, quien se puso antes un traje de buzo, sabiendo lo que acarreaba que el vecino berreara.
- Cualquier día de estos me lo cargo-, pensó Tiburcio mientras se desprendía del disfraz.
Encima tuvo que pagar el billete de autobús, ya que el autobusero lo tenía clichado y no hubo manera de colarse.
Cuando llegó, tarde (el conductor, ya mayor, tenía incontinencia y tuvo que parar a orinar diecisiete veces), a la oficina del notario, éste ya se había largado. La secretaria, que ya se iba a comer con su tía Vicenta (la que vende chicles de menta) le dijo a Tiburcio que su jefe acababa de irse a pasar la ITV de su boa constrictor, que ya no podía esperarle más -qué falta de seriedad tiene usted, Don Tiburcio, pero me alegro mucho que se haya lavado, no sabe lo que vomité la ultima vez, vaya tufo que desprendía, oiga-, y que le había dejado una carta y un sobre cuadrado –firme aquí, conforme lo ha recibido-.
Le dio las gracias -se podía haber guardado los comentarios, señora Gertru, déle recuerdos a la pesada de su tía, y dígale que es una carera, qué es eso de que un chicle de menta cueste dos euros, carera, más que carera- y se alejó calle abajo, mientras abría el sobre. Era una carta escrita a mano con una letra muy cuidada. Decía así:
“Estimado sobrino:
Qué falta de seriedad llegar tarde a la lectura de mi testamento, y más cuando eres el único heredero. He pensado en desheredarte y dárselo todo a la PPZP (Plataforma Pro Zapatos de Plataforma), pero finalmente me ha tirado más la sangre, qué le vamos a hacer.
Supongo que no debes tener ni idea de que yo existía (porque ya se me llevó la Parca), pero soy tu tío Matías, que lo sepas, el hermano de tu padre. Hace muchos años tuve que huir del país huyendo de la justicia porque dejé monórquido a un hombre en un arrebato celoso-sexual (si no sabes qué significa consulta al María Moliner o lee la biografía no autorizada de Franco y entenderás), me instalé en Honduras y de allí no me he movido hasta que me han metido en una caja de pino pintada de fucsia. Tu padre no quiso saber jamás nada de mí, ni él ni nadie; imagino que jamás te hablaría de que tenía un hermano”.
Pues no, Tiburcio no tenía ni idea. Además, su padre nunca le había dirigido la palabra: era mudo.
“Como nunca me casé ni he tenido descendencia te dejo todas mis pertenencias porque me da la gana. Siento que no tenga más que ofrecerte, siempre he sido un fiestero y lo que gané cantando óperas en cabarets vestido de diva me lo fundí. Sólo me ha quedado este paquetito, que es para ti. Es mi joya más preciada, le tengo mucho cariño. Cuídalo con esmero, por favor.
Bueno, pues ya está. Que me he muerto.
Cuídate mucho, majo.
Un abrazo muy fuerte desde el limbo, que no existe.

Tuyo para siempre,

tu tío Matías.

Pd: Por cierto, qué cabronazo tu padre, mira que ponerte ese nombre…”.

Tiburcio volvió a colocar la carta en el sobre y se sentó en un banco del parque que estaba a orillas del río. Así que tenía un tío cabaretero que cantaba óperas. Pues qué bien. Miró el paquete. Estaba envuelto en papel de periódico, un ejemplar de “El Clarinete de Tegucigalpa” de 1994, página 47, la de cultura y espectáculos. Enmarcada con rotulador rojo, había una fotografía de un tipo perfectamente maquillado cantando en un escenario, vestido de Turandot. Tiburcio pensó que se trataría de su tío Matías.
El paquete tenía forma de disco de vinilo. Lo abrió y, efectivamente, era un disco, pero de piedra, por el peso. Una ópera. “Madame Butterfly”, de Giacomo Puccini, con Geraldine Farrar y Enrico Caruso. La portada tenía fecha de 1912. Realmente, era una joya, pero al heredero el bel canto más bien se la barnizaba.
- Mecagüen mi tío-, rezongó Tibur con una mueca de desagrado: se acababa de acordar del maldito vecino del tercero segunda-, ¿no tenía otro disco?-.
Sacó el disco de la funda. Ya estaba haciendo la pose del discóbolo de Mirón (sin desnudarse) para lanzarlo al río lo más lejos posible, cuando se detuvo. Se le acababa de ocurrir algo. Guardó el disco, lo volvió a empaquetar y se marchó a su casa a grandes pasos.
Al cabo de cinco minutos se acordó de que vivía a cuarenta y cinco kilómetros de allí, se dio la vuelta y se dirigió a la parada de autobús.
- Mira que llego a ser imbécil…
Cuando llegó, se fue directo a ver al vecino. Llamó. Al minuto abrió el vecino, el cual, al verle, se cubrió la cara con manos y brazos, pensando que le iba a dar la del pulpo.
- No, hombre, no, que no te voy a pegar, estate tranquilo. Sólo te quiero enseñar una cosa- le dijo Tibur, tranquilizándole.
Sacó el disco de la bolsa que llevaba y, sin abrirlo, se lo alargó al vecino.
- Ábrelo, anda.
Éste miró la pagina del periódico, extrañado, y abrió el paquete. Al ver el interior los ojos se le agrandaron como pelotas de tenis, y empezó a llorar como un niño, dando besos al disco sin parar.
- Qué, te gusta, eh?
El vecino miró a Tibur con ojos llorosos, asintiendo. La emoción que le embargaba le impedía articular palabra.
- Pues es tuyo. Te lo regalo.
Al decir esto, Plácido, que así se llamaba el vecino, se abalanzó sobre él, cubriéndole de besos por todas partes de la cabeza.
- Bueno, bueno, bueno, que no hay para tanto-, exclamó Tiburcio, intentando desembarazarse de aquel ataque amoroso-; además, te lo regalo, de acuerdo, pero con una condición.
Plácido se separó de mí, secándose las lágrimas.
- Lo que quieras, Tibur, lo que quieras. Snif, snif… Por esta maravilla hago lo que haga falta. Lo que sea –dijo, mirando la portada con ojos de enamorado.
Tiburcio sonrió.
- Bueno, no te preocupes, no voy a solicitarte favores sexuales. Y si no te importara, tampoco. Sólo quiero pedirte que te cambies de piso. Que te largues de aquí, vaya.
El vecino me miró sorprendido.
- Lo siento, pero es que no te aguantamos más, colega. Cualquier día alguno de nosotros hará una desgracia contigo. Vete con tu cante a otra parte, anda. Lo digo por tu bien, Plácido, de verdad.
Eso era mentira: Tiburcio lo hacía para no arrancarle la cabeza él mismo.
Observó durante un buen rato el disco, lo acarició, lo olfateó, lo sopesó, se lo llevó al corazón, miró los surcos, los contó uno por uno… Sólo le faltó lamerlo.
Al fin, Plácido levantó la cabeza y dijo:
- De acuerdo.
El semblante de Tibur resplandeció de alegría, pero le arrebató el disco de “Madame Butterfly”.
- Muy bien. Pues cuando te vayas, pasa por casa a recogerlo.
Y se marchó, henchido de honda satisfacción, como dice uno que no pega ni sello.
A los dos días, Plácido llamó a la puerta de Tiburcio.
- Vengo a recoger el disco. Me voy a vivir a Sierra Morena, he encontrado una casa que está en el V pino y allí podré cantar lo que me dé la gana.
Pobre fauna autóctona, pensó Tibur.
- Me parece perfecto. Toma. Le he sacado el polvo y todo, para que veas.
- Muchas gracias - respondió el vecino, de nuevo extasiado-. Pues nada, adiós.
- Nada nada, las gracias a mi tío Matías. Adiós, chato, buen viaje y que te vaya bien en tu nueva vida.
Cuando se marchó, Tibur vio como Plácido se alejaba en un camión de mudanzas, más contento que unas pascuas, cantando el aria "Un bél di vedremo".
Los demás vecinos habían salido a la calle al ver el camión y al cantante dentro de él, y no entendían qué es lo que estaba ocurriendo. Tiburcio bajó y les explicó lo sucedido con pelos y señales. Éstos se alegraron muchísimo y le felicitaron efusivamente: incluso le mantearon y todo.
Y le nombraron, por unánime unanimidad, presidente de la calle y de su escalera.
- Joder, pues no sé qué es peor -protestó Tibur-; si lo sé no le regalo el disco.