dijous, 2 d’octubre del 2008

dimecres, 1 d’octubre del 2008

Couché III (cap. VII)


Y así, pensando, discutiendo y diciendo estupideces varias, propias de la edad y del alcohol, pasaron las horas sin concretar nada. El sol asomaba tímidamente por el este, empezaba a refrescar debido al rocío, los pájaros iniciaban su canto matinal y…

- Excúseme, Couché, ¿podría no irse tanto por las ramas? No es que tenga mucha prisa, pero es que, a este paso, se van a consumir las pilas de la grabadora, y se me está subiendo el pastís a la cabeza, y me dará una pereza enorme tomar notas…
- Vaya, vamos cogiendo confianza, eh, chaval? De acuerdo, iré más al grano-, dijo, sirviéndose el enésimo vaso. También rellenó el mío, sin pedirme permiso, el maleducado.

- Pues eso, que ya estaba a punto de salir el sol cuando se me ocurrió. Me levanté de un brinco y grité:
- ¡Ya está! ¡Ya lo tengo! A partir de hoy, cuando compita en una carrera siempre quedaré tercero!
René y François se miraron, sorprendidos, y al cabo de un momento se rieron escandalosamente.
- ¡Ja ja ja ja! ¡Qué bueno, André! ¡Qué bueno! Pero no creo que seas capaz, con lo competitivo que tú eres!-, exclamó François.
- ¡Ja ja!, - rió René; - yo también lo dudo mucho.
Aquellas palabras hirieron mi orgullo, que, como habrás observado, es bastante elevado; me puse solemnemente serio y proclamé, mirando al sol naciente:
- Juro por Dios, por la Virgen, por el Papa, por mi padre, por mi madre, por mi perro y por la República que, a partir de este momento, siempre quedaré tercero, en cualquier carrera en la que participe.
François, levantándose también de la hierba mojada, y secándose las lágrimas de tanto reír, dijo:
- Vale vale, nos lo creemos, pero no jures ante Dios, la Virgen y el Papa, que tú no eres de misa diaria ni nada parecido.
- Pues anda que tú… Bueno, retiro a estos tres; lo vuelvo a jurar por los otros y por… Y por vosotros, mis amigos. ¿Mejor? ¿Vale ahora?
- Si, ahora si.

Yo no sabía qué pensar. Aquel hombre me estaba tomando el pelo, y sin embargo quería creerle.
- Caramba, Couché… ¿Y sólo por esta tontería fue capaz usted de no alcanzar la gloria deportiva, y no pasar a la historia más que como un corredor segundón? Perdón, en su caso, sería tercerón… - Pues sí, qué pasa… Yo siempre he sido un hombre de palabra, y más con los míos.
Me rasqué la cabeza, confundido, mientras vaciaba el vaso.
- Bueno, me lo creo, va…
Couché se puso de pie y levantó los brazos, estirando el cuerpo.
- Bueno, bueno, bueno… ¿Tienes hambre, Laurent?
No me ha llamado Poubelle, qué detalle, pensé.
- Pues la verdad es que un poco sí, después de tanto pastís no me iría mal llenar el estómago. Y a usted también, diría yo. Pero quizás debería irme ya…
Se acercó a mí, me cogió del brazo y me levantó del sillón.
- ¡Pero qué dices, hombre! Es hora de comer, y como me decía siempre mi abuela Pepette, hay que comer. Además, aún no he terminado de contártelo todo.
- Es cierto, - recordé; - tiene que decirme cómo acabó lo suyo con Zatopek.
- ¡Tienes razón, chaval! Eso y más cosas aún. Pero primero, a coger fuerzas. Acompáñame a la cocina, vamos a ver qué podemos comer. ¿O prefieres salir fuera? En Chez Pierrette se come bien, aunque su marido no me mire con buenos ojos…
- ¿Por?
- Bueno, digamos que tuve un desliz con su mujer, y siempre ha sospechado, aunque nunca lo ha podido demostrar. Mejor nos quedamos aquí, estaremos más tranquilos. Luego, si acaso, ya iremos allí a tomar café. Te parece?
- Me parece.
(Continuará)

dimarts, 30 de setembre del 2008

Couché III (cap. VI)




- Una noche de verano, antes de empezar la guerra, fuimos los tres a la fiesta mayor de Mazerolles, un pueblo que se encuentra cerca de aquí. No sé si lo sabrás, con los de París ya se sabe, pero en los pueblos se hacen fiestas en honor al patrón de cada municipio. Baile, orquesta, vino y esas cosas…
- Perdone, pero yo soy de Dax, del sur…
- Pues tienes una pinta de ciudad que tira para atrás, hijo…
Couché observó el vaso de cerca, y, viéndolo vacío, lo volvió a llenar. Vaya saque tenía el tío, yo ya había perdido la cuenta de cuántos llevaba. Él también, probablemente.
- Cuando acabó de tocar la orquesta, todo el mundo se fue retirando hacia sus casas. René, François y yo nos fuimos andando hacia Pions. Al salir de Mazerolles, François, que había bebido lo suyo, se sentó a los pies de un nogal.
- Vamos a tumbarnos aquí un rato. Hoy hace una noche increíble.
René también estaba achispado, miró al cielo y se tumbó en la hierba. Yo, que no bebía nada por entonces, les imité.
Después de un buen rato hablando poco y mirando mucho las estrellas, François dijo:
- Nosotros somos muy amigos, verdad?
- Pues claro - dijo René -, los más amigos del mundo.
A mí me sorprendió la pregunta de François. Nunca me había planteado si éramos poco o muy amigos. Lo éramos, y ya está. Pero en aquel momento, y ellos también lo sintieron, me di cuenta de que nuestra amistad nos unía hasta lo más recóndito de nuestro interior, y que así iba a ser toda nuestra vida. No sé si era por el cielo o porque acababa de ver una estrella fugaz, pero eso fue lo que sentí.
- Los más amigos del mundo -, repetí.
- Tenemos que demostrárnoslo a nosotros mismos – respondió François -; podríamos ponernos una prueba, un juramento o algo así.
Después de un buen rato diciendo tonterías y discutiendo sobre qué podríamos hacer, René me miró y me dijo:
- Yo juro por nuestra amistad que si algún día te mueres daré la vuelta al mundo en patinete.
- Eso no tiene ningún valor – dije yo -, tiene que ser algo que odies con todas tus fuerzas, y a ti te encanta ir en patinete.
- Ya, pero tiene su mérito también, no?
- Si, pero no vale- respondí.
- No vale- reafirmó François-; tiene que ser alguna promesa más dura, que cueste muchísimo más cumplir, que vaya en contra de tus principios, morales, físicos, mentales o de otro tipo, pero que nos joda de verdad.


(Continuará)

dilluns, 29 de setembre del 2008

Couché III (cap. V)




- Pues claro que no le creo!! Y más sin pruebas!! Cómo es que el tiempo que dice que hizo no aparece en los anales, en las clasificaciones oficiales?
Me miró divertido:
- Muy fácil: se estropeó el cronómetro. Antes pasaban estas cosas. Los organizadores del campeonato, en Rennes, sintieron tanta vergüenza por lo sucedido que, aprovechando que había muy poca gente en el estadio (llovía a cántaros) lo taparon como pudieron a los pocos periodistas que se encontraban allí, sobornándolos con unas botellas de vino y alguna cosa más carnal – me hizo un guiño-, de modo que no se mencionó en ningún periódico. El asunto quedó como un rumor, una especie de leyenda, que con el tiempo se fue olvidando.
Perplejo, observé con detenimiento a Couché. Mostraba todo el aspecto de estar completamente convencido de lo que decía. Pero lo que me estaba relatando era de lo más difícil de creer que había oído jamás, y más aún por la sencillez de sus razonamientos. Todo aquello podía haber sucedido, pero era simplemente imposible.
- Caramba, no sé qué decir ahora mismo… Permítame usted que tenga mis reservas sobre su récord; convendrá conmigo que es lógico que adopte esta postura, digamos un tanto escéptica. Y por cierto – le pregunté con cierta sorna -, ¿se enteró Zatopek de esto? ¿Se lo contó usted?
- Si, se enteró. Mejor dicho, se lo demostré.
Aquello ya era demasiado.
- Perdone, Couché, pero empiezo a tener la sensación de que me está tomado el pelo, o quizás se le está subiendo el pastís a la cabeza.
- Aún falta, aún falta, para eso… Tal vez si me dejas seguir con mi historia y no me interrumpes tanto, puedas creerte todo esto. Lo de Zatopek te lo contaré al final: tiene relación con lo que te estoy contando.
Aún era pronto; y bueno, la verdad es que no perdía nada escuchando un rato más a aquel chiflado fantasioso. Tampoco me esperaba nadie.
- En fin…- repliqué, dejándome caer sobre el sillón -; continúe, continúe. Le queda aún pastís?


- No te lo acabarás -, dijo, sonriendo y levantándose de un salto. Volvió al cabo de un momento con un vaso, una jarra de agua y otra botella, y sirvió.
- Esa fue la última carrera que gané. A partir de entonces, siempre acabé tercero.
Guardamos silencio los dos unos instantes.
- Supongo que querrás saber la razón, verdad?
- La hay?
Couché se levantó y se dirigió a la ventana, mirando al exterior.

- Éramos tres amigos: François, René y yo. Nos conocíamos desde la infancia: pasábamos el día juntos, en la escuela y fuera de ella, y esa amistad se fue afianzando con fuerza, a medida que íbamos creciendo. François era el hijo del carpintero de Pions: bajito, rechoncho, era un mal estudiante, se reía de todo y hacía reír a todo el mundo. René, en cambio, era alto, delgado, parecido a mí físicamente. Más bien serio, estudioso y aplicado. A pesar de nuestras diferencias de carácter, éramos, como se suele decir en estos casos, culo y mierda. Bueno, en este caso, culo, mierda y papel higiénico, ya que éramos tres – y rió de su propia gracia.
Espero que no se me ponga sentimental, pensé.


(Continuará)

divendres, 26 de setembre del 2008

Couché III (cap. IV)


Juegos Olímpicos de Helsinki (1952), final de los 10.000 m. lisos. En cabeza, Zatopek. Tras él, Alain Mimoun. Tercero, claro, André Couché.
- Ha llovido mucho… Y dígame, ¿porqué no volvió a competir en su pueblo?
- Bueno, fue por varios motivos, principalmente porque estalló la guerra y, cuando terminó, ya no hubo nadie dispuesto a organizar nada, hasta hoy.
- Y en la guerra qué hizo? Siguió practicando el atletismo?-, le pregunté mientras volvía a tomar asiento.
- Sí y no. En los tiempos que corrían todo estaba muy politizado, ya sabe; recuerdo escuchar al general De Gaulle en su famoso discurso por la radio, desde Londres. Eso me marcó mucho, como a otros tantos. Al cabo de poco tiempo ya estaba metido de lleno en la Resistencia, organizando y perpetrando sabotajes contra los alemanes. Me enviaron a la zona del Tarn, bastante lejos de aquí, en esa época. Allí vivíamos y dormíamos en el bosque, y nos pasábamos el día caminando, corriendo de un lado para otro: por eso digo que en cierta manera continuaba haciendo atletismo. - Le hirieron alguna vez?
Couché III rió:
- No, era muy rápido y esquivaba todas las balas. Cuando alguna vez intentaron dispararme, antes de apuntar yo ya me había ido.
No tiene abuela éste, me dije.
- Yo tuve suerte, pero otros no… -su semblante cambió de pronto- Pero mejor olvidemos la guerra ahora, que si no me pierdo.
- Por supuesto, como quiera… ¿Fue entonces, cuando acabó la guerra, que empezó a, digamos, no ganar carreras? Mejor dicho: ¿Es entonces cuándo André Couché empezó a quedar tercero?
Se quedó mirando la ventana, absorto. Vació su pastís en su garganta y casi sin mirar volvió a llenar el vaso. Me miró de reojo, mientras empinaba el codo otra vez.
- No exactamente. Fue un poco más tarde, al cabo de siete meses de acabar la guerra.
En ese tiempo aún tuve tiempo de ganar el campeonato de Francia de 5.000 y 10.000 metros; lo que voy a decirle no se lo creerá porque no está escrito y no lo puedo demostrar, pero en el campeonato francés batí el récord del mundo de 10.000 metros con un tiempo de 27 minutos y pico.
Repasé mis notas. El primer atleta que bajó de los 30 minutos en esta prueba fue el gran Émil Zatopek, “La Locomotora Humana”, en los Juegos Olímpicos celebrados en Londres en 1948. El Gran Zatopek. Eso era imposible. Sonreí:
- Tiene usted razón, Couché. No puedo creer que usted batiera el récord de Zatopek con una diferencia de más de dos minutos! Con ese tiempo hoy pondría en aprietos al mismísimo Haile Gebresselassie!! Es imposible!!
- Sabía que no me creería.
(Continuará)

dimecres, 24 de setembre del 2008

ANDRÉ COUCHÉ III (cap.III)



- Vale, vale. Continúe pues.
- Pues eso, que iba corriendo, de un sitio a otro; de hecho, caminar, caminaba poco. Siempre llegaba antes que todo el mundo a los sitios. En la escuela hubo un momento en que no me dejaron ni participar en las carreras escolares, ya que daba un poco de asco, lo reconozco: siempre les sacaba a todos un montón de tiempo, y los demás niños se quedaban hechos polvo, moralmente hablando.
El profesor de gimnasia, Alain Renhac, un día me apuntó a una carrera campo a través, eso que ahora se llama cross, en Montendre, aquí al lado. Él mismo me llevó en su coche. Recuerdo que ni sabía qué coño estaba haciendo ni adónde iba, pero cuando me di cuenta estaba en la salida con ochenta niños más.
Bueno, pues corrimos y gané de calle. Casi acabé de escribir una novela cuando por fin llegó el segundo.
Qué fantasma, pensé.
- ¿ Fue entonces cuando decidió a dedicarse al atletismo?
- ¡Pero qué dice, hombre! Cuando leo biografías de gente importante siempre hablan
que de bien pequeño ya tenía la vocación de esto, de lo otro… ¡Y una mierda! Cuando uno es un enano no sabe nada de nada, todo son experimentos que te sirven de aprendizaje en la vida, y luego la cosa va como va, si no te mueres antes. Lo que sucedió fue que Renhac fue a ver a mis padres y les convenció de que yo era un fuera de serie corriendo. Me hicieron dedicarme en serio al atletismo. Y no es que yo le pusiera muchas ganas al principio… A mí, lo que me gustaba de verdad era ir a pescar truchas.
- ¿Aún pesca?
- No. Me vendí la caña.
Era un tipo peculiar, el André Couché este… Me hacía gracia.
- Y porqué se la vendió?
Se acabó de un trago el pastís que le quedaba en el vaso.
- No estamos aquí para hablar de pesca, me parece.
- Tiene usted toda la razón, señor.
Volvió a llenar su vaso.
- Renhac, mi entrenador, estaba entusiasmado conmigo. Jamás había visto un corredor como yo. Sin hacer un entrenamiento especial ni esforzarme demasiado, ganaba todas las carreras en las que participaba. Desde que empecé un poco en serio, con trece años, no perdí ni una sola vez hasta que… - Couché dudó un momento- …Hasta que empecé a no ganar. Hasta entonces, batí todos los récords de mi edad de fondo y medio fondo habidos y por haber. Ni me acuerdo de las copas que llegué a ganar. Mi madre estaba harta, sólo hacía que traerle trastos.
- Los conserva aún, esos trofeos?
- No, se los regalé a mi vecino Jean-Pierre, que era chatarrero. Ya murió, el pobre: lo mató un gato. Tan sólo conservo uno, una copa que conseguí en la primera y última carrera que corrí en mi pueblo, aquí, en Pions. Es aquella que está encima del armario.
Me levanté a observar el trofeo más detenidamente. Efectivamente, en la leyenda del pie se podía leer: “1er clasificado. 1er Criterium Athlétic Pions. Septiembre 1939”.
(Continuará)

ANDRÉ COUCHÉ III (cap.II)


Llamé. Me abrió, casi de inmediato, un señor bastante mayor, alto y flaco, muy flaco, pero que me pareció, por su manera de moverse, muy ágil para su edad. Imaginé que sería Couché. Couché III.
- Buenas tardes, es usted André Couché? Soy Laurent Poubelle, periodista de Le Monde Sportif. Me han enviado para entrevistarle, tal como acordó con el señor Villiard, se acuerda?… Antes de nada, felicidades por su aniversario. La verdad es que por su aspecto nadie diría que tiene la edad que dice usted tener.
No lo parecía para nada.
- Gracias, muchas gracias. Eso es que como muchos ajos, yo qué sé. Pase, señor Poubelle. No se moleste por lo que le digo, pero tiene un apellido muy, digamos, peculiar…
- Qué me va a contar, señor Couché, qué me va a contar… Pero lo llevo con dignidad: normalmente nadie me pisa las flores.
Cerró la puerta mientras respondía:
- Llámame Couché, sin señor.
- Y yo prefiero que me llame Laurent, si no le importa.
Me llevó al salón y me hizo sentar en un sillón; él hizo lo mismo, frente a mí. En la mesita había una botella de Ricard medio vacía, con un vaso. Le gusta el pastís, pensé.
Y era la hora del pastís.
- Me acompaña, Poubelle, perdón, Laurent?
- No, gracias, es demasiado pronto para mí. Le importa que encienda la grabadora ahora mismo?
- No, no. Quiere empezar ya? Tiene prisa?
- Prisa no. Pero es que no sé qué tiene que contar al mundo, ni a mí, que soy el que ha venido a escucharle. Mi prisa dependerá de su historia. Y ya que he venido hasta aquí, me gustaría saberla. No la prisa, sino su historia.
- Entonces no tendrás prisa. Enciende la grabadora.
Eso hice al momento.
- Es usted André Couché?
- Claro.
- André Couché? Couché III?
- Pues claro, el mismo. Si no, para qué os he llamado?
Antes de que le preguntara nada, empezó a cascar. Se ve que tenía ganas de hablar…
- Supongo que ya debe saber algo de mi historial deportivo, no habrá venido hasta aquí sin una cierta documentación, digo yo…
Asentí con la cabeza.
- Mi padre tenía una carnicería en el pueblo, herencia familiar. Con diez años ya repartía bistecs. Primero, a pata. Con el tiempo tuve una bicicleta para el reparto. La utilicé dos meses, hasta que me di cuenta que iba más rápido corriendo, así que le regalé la bici a mi hermano pequeño, al que por cierto le gustó le tema y con el tiempo llegó a quedar tercero en el Tour de 1953. Tercero. Pero esa es otra historia, como se suele decir.
- Ya. Y cuándo empezó a tomarse en serio esto del atletismo?
- No me interrumpas mucho, muchacho, que ya tengo una edad y pierdo el hilo de mis pensamientos, vale?
(Continuará)