Les erupciones strongbolianes es caracterizen per una explosió intermitent de laves basàltiques en forma de paraules, que surten d'un únic cràter. Cada episodi és causat per l'acumulació de lletres volcániques, i succeeixen de forma rítmica uns cops i irregulars d'altres. Els fragments de lava consisteixen en frases volcàniques que són arrodonides quan es disparen volant a través de l'aire.
dimecres, 30 de gener del 2008
dimarts, 27 de novembre del 2007
dilluns, 12 de novembre del 2007
LUCRECIO
Lo de Lucrecio tuvo cojones. Anteayer se levantó de buena mañana para ir a trabajar, como cada día, y, después de andar tres cuartos de hora, cuando llegó al metro se dio cuenta de que se había olvidado la cartera y no llevaba dinero. Para no volver a su casa, mendigó un poco por la estación, y al cabo de poco consiguió el suficiente dinero para comprarse un billete. Lucrecio, viendo que le había ido bien la cosa, siguió mendigando un rato más hasta que tuvo para conseguir un abono múltiple.
Ya iba a pedir a la peña para una lavadora, cuande se acordó de que llegaba tarde al trabajo.
Así que se subió al vagon a toda prisa. Mientras pensaba en lo que le iba a contar a su jefe, entre Urquinaona y Arc de Triomf de golpe se paró el metro y se fue la luz. El vagón estaba a rebosar, pero Lucrecio, hombre práctico, se las apañó para buscarse un rinconcillo y quedarse dormido, pues tenía un sueño del copón.
Cuando ya estaba en el limbo (y eso que ya no existe), alguien le despertó de una hostia en la cara. Lucrecio, sobresaltado, miró y miró y por mucho que miró no vio nada: aún no había vuelto la luz, y el vagón seguía parado. Mientras sopesaba si liarse a guantazos a oscuras o qué, porque no veía otra opción, la electricidad volvió, y con ella también la luz, y el metro reanudó su marcha.
Lucrecio se lo pensó mejor, le daba apuro montar un cirio en el metro, con tanta gente y a esas horas. En la siguiente parada se apeó.
Lucrecio pensó entonces que en coche llegaría antes. Pero sólo tenía un abono múltiple y eso no servía para un taxi, así que recordó lo bueno que era mendigando y se puso a ello en plena plaça Catalunya. Realmente se le daba bien, pues recaudó en media hora el triple que un fontanero en ocho, que ya es decir, y ya estaba pensando en la decoración de cuando tuviera su chalet cuando, para variar, pasaron por allí los mozos, quienes iban a ser…
Tal como estaba previsto, se lo llevaron a comisaría, y tras prestar declaración le dejaron ir, no sin antes mendigarle diez euros al sargento para coger el autobús y comerse un bocadillo de chistorra.
Como aún tenía el abono múltiple, Lucrecio se guardó los diez euros y se fue andando a casa. Estaba a un par de horas, pero ya no tenía prisa. De vez en cuando, por el camino, pedía un poco, así para distraerse, y con la tontería cuando llegó al barrio tenía más de cincuenta euros en palanca.
Y pensó, mirando el dinero, que había descubierto su vocación, y que mañana ya vería qué hacer.
Entonces Lucrecio entró en el bar, donde estábamos toda la peña, pagó unas cuantas rondas y entre quintos, risa y más quintos nos contó esta historia.
No sé si vio qué hacer al día siguiente. Aún no se ha levantado.
Ya iba a pedir a la peña para una lavadora, cuande se acordó de que llegaba tarde al trabajo.
Así que se subió al vagon a toda prisa. Mientras pensaba en lo que le iba a contar a su jefe, entre Urquinaona y Arc de Triomf de golpe se paró el metro y se fue la luz. El vagón estaba a rebosar, pero Lucrecio, hombre práctico, se las apañó para buscarse un rinconcillo y quedarse dormido, pues tenía un sueño del copón.
Cuando ya estaba en el limbo (y eso que ya no existe), alguien le despertó de una hostia en la cara. Lucrecio, sobresaltado, miró y miró y por mucho que miró no vio nada: aún no había vuelto la luz, y el vagón seguía parado. Mientras sopesaba si liarse a guantazos a oscuras o qué, porque no veía otra opción, la electricidad volvió, y con ella también la luz, y el metro reanudó su marcha.
Lucrecio se lo pensó mejor, le daba apuro montar un cirio en el metro, con tanta gente y a esas horas. En la siguiente parada se apeó.
Lucrecio pensó entonces que en coche llegaría antes. Pero sólo tenía un abono múltiple y eso no servía para un taxi, así que recordó lo bueno que era mendigando y se puso a ello en plena plaça Catalunya. Realmente se le daba bien, pues recaudó en media hora el triple que un fontanero en ocho, que ya es decir, y ya estaba pensando en la decoración de cuando tuviera su chalet cuando, para variar, pasaron por allí los mozos, quienes iban a ser…
Tal como estaba previsto, se lo llevaron a comisaría, y tras prestar declaración le dejaron ir, no sin antes mendigarle diez euros al sargento para coger el autobús y comerse un bocadillo de chistorra.
Como aún tenía el abono múltiple, Lucrecio se guardó los diez euros y se fue andando a casa. Estaba a un par de horas, pero ya no tenía prisa. De vez en cuando, por el camino, pedía un poco, así para distraerse, y con la tontería cuando llegó al barrio tenía más de cincuenta euros en palanca.
Y pensó, mirando el dinero, que había descubierto su vocación, y que mañana ya vería qué hacer.
Entonces Lucrecio entró en el bar, donde estábamos toda la peña, pagó unas cuantas rondas y entre quintos, risa y más quintos nos contó esta historia.
No sé si vio qué hacer al día siguiente. Aún no se ha levantado.
CARTA A UN JOVEN ESPAÑOL
Queridísimo Ceferino:
He releído más de cincuenta veces tu carta, y una y otra vez he debido rendirme a mis impulsos más primarios y libidinosos, hasta llegar irremediablemente al éxtasis más profundo.
Llevo cincuenta y extraño es que no haya ídoseme la cuenta.
Esta situación resolverse debe con la mayor celeridad posible en aras de nuestra salud, caballo mío. Mi ansia es tal que no se detendrá hasta que tres semanas enteras cabalguemos juntos, sinténdome ensartada por tu trabuco ardoroso.
Es tal mi desesperación que si, llevado por tu ímpetu animal, llegara tu ariete a reventarme los cuencos de los ojos, mi dicha sería igual de placentera, y no me importaría en absoluto pasar a formar parte del mundo de las tinieblas, siempre que tu poderoso cilindro me engatillara igualmente cuantos turnos fueran posibles.
Ansiosa y chorreante te esperaré con todo abierto, incluso la ventana, mañana al anochecer, veinte minutos después de que háyase puesto el sol.
Y, sobretodo, no te olvides, mi macho español, acudir a la cita acompañado de nuestra amada bandera rojigualda, para envolvernos en ella mientras fornicamos salvajemente, como buenos católicos que somos.
Y que lleve el águila de San Juan, pues eso ya me desata del todo.
Tuya que jadea,
María José Aznar, doncella del Reino de España.
He releído más de cincuenta veces tu carta, y una y otra vez he debido rendirme a mis impulsos más primarios y libidinosos, hasta llegar irremediablemente al éxtasis más profundo.
Llevo cincuenta y extraño es que no haya ídoseme la cuenta.
Esta situación resolverse debe con la mayor celeridad posible en aras de nuestra salud, caballo mío. Mi ansia es tal que no se detendrá hasta que tres semanas enteras cabalguemos juntos, sinténdome ensartada por tu trabuco ardoroso.
Es tal mi desesperación que si, llevado por tu ímpetu animal, llegara tu ariete a reventarme los cuencos de los ojos, mi dicha sería igual de placentera, y no me importaría en absoluto pasar a formar parte del mundo de las tinieblas, siempre que tu poderoso cilindro me engatillara igualmente cuantos turnos fueran posibles.
Ansiosa y chorreante te esperaré con todo abierto, incluso la ventana, mañana al anochecer, veinte minutos después de que háyase puesto el sol.
Y, sobretodo, no te olvides, mi macho español, acudir a la cita acompañado de nuestra amada bandera rojigualda, para envolvernos en ella mientras fornicamos salvajemente, como buenos católicos que somos.
Y que lleve el águila de San Juan, pues eso ya me desata del todo.
Tuya que jadea,
María José Aznar, doncella del Reino de España.
dilluns, 15 d’octubre del 2007
La Conversión
Venancio era ateo. Lo había sido casi desde que nació, pues sus padres y toda su familia cercana eran de lo más izquierdoso y escéptico. Ni se le bautizó, y se le educó en otro tipo de valores morales y éticos, sin un Dios de por medio.
Así le educaron y así fue creciendo, sin pisar jamás una iglesia. Razonaba los problemas mundanos y no tan mundanos desde un punto de vista racional, empírico e incluso científico; en su mente no tenían cabida motivos o razones espirituales, ni explicaciones inexplicables al estilo misterio de la Santísima Trinidad, que no la entiende ni el mismo Dios.
Así funcionaba Venancio, y no le iba mal la vida, precisamente.
Hasta que, mira por dónde, mientras se dirigía hacia el bar a tomarse su quinto después del trabajo, como hacía cada tarde, a Venancio se le apareció la Virgen en la esquina de la mercería. Como lo oyen. La mismísima Virgen del Loreto.
“A dónde me meto”, pensó Venancio.
La aparición le dijo con voz solemne que abrazara la causa del Señor , pues Dios existía realmente, y como Venancio, a pesar de su sorpresa, no se lo acababa de creer, la Virgen llamó a Dios, y éste, ni corto ni perezoso, se presentó allí, en la esquina de la mercería.
Dios le hizo una demostración de milagros y le llenó la cabeza con palabras y música celestial, hasta que finalmente Venancio se convenció de que Dios existía realmente.
Éste y la Virgen del Loreto desaparecieron de la esquina de la mercería, satisfechos de haber convertido a un descreído, y dejando al pobre Venancio sumido en la total incertidumbre.
“De modo que Dios existe… Y este Dios permite, en su infinita sabiduría y misericordia, que existan guerras, hambre, catástrofes naturales, torturas, asesinatos, genocidios y no sé cuantas cosas más”…
“Pues vaya mierda”, pensó Venancio.
Así que se fue al tren y se tiró a la vía, en el preciso momento en que pasaba el expreso de Shangai.
Así le educaron y así fue creciendo, sin pisar jamás una iglesia. Razonaba los problemas mundanos y no tan mundanos desde un punto de vista racional, empírico e incluso científico; en su mente no tenían cabida motivos o razones espirituales, ni explicaciones inexplicables al estilo misterio de la Santísima Trinidad, que no la entiende ni el mismo Dios.
Así funcionaba Venancio, y no le iba mal la vida, precisamente.
Hasta que, mira por dónde, mientras se dirigía hacia el bar a tomarse su quinto después del trabajo, como hacía cada tarde, a Venancio se le apareció la Virgen en la esquina de la mercería. Como lo oyen. La mismísima Virgen del Loreto.
“A dónde me meto”, pensó Venancio.
La aparición le dijo con voz solemne que abrazara la causa del Señor , pues Dios existía realmente, y como Venancio, a pesar de su sorpresa, no se lo acababa de creer, la Virgen llamó a Dios, y éste, ni corto ni perezoso, se presentó allí, en la esquina de la mercería.
Dios le hizo una demostración de milagros y le llenó la cabeza con palabras y música celestial, hasta que finalmente Venancio se convenció de que Dios existía realmente.
Éste y la Virgen del Loreto desaparecieron de la esquina de la mercería, satisfechos de haber convertido a un descreído, y dejando al pobre Venancio sumido en la total incertidumbre.
“De modo que Dios existe… Y este Dios permite, en su infinita sabiduría y misericordia, que existan guerras, hambre, catástrofes naturales, torturas, asesinatos, genocidios y no sé cuantas cosas más”…
“Pues vaya mierda”, pensó Venancio.
Así que se fue al tren y se tiró a la vía, en el preciso momento en que pasaba el expreso de Shangai.
divendres, 12 d’octubre del 2007
dissabte, 28 de juliol del 2007
Jacinto se fue a la guerra
Jacinto se fue a la guerra. Básicamente lo hizo porque era soldado profesional, estaba haciendo la mili en el momento de la profesionalización del ejército y como no tenía trabajo en su pueblo se alistó para poder comer y ganarse unos dinerillos, Además se le daba muy bien pegar tortazos y pelearse, cuando era pequeño repartía que no veas, y cuando empezó a frecuentar las discos montaba una bulla sábado sí, sábado también.
En el ejército no lo aceptaron a la primera, ya que Jacinto era un poco corto y no superó los tests psicológicos. Pero como no se cubrieron las expectativas de alistamiento, ya que el que piensa un poquito pues no se alista al ejército ni a demás cuerpos represores, tuvieron que bajar el nivel, y así, al cabo de cuatro o cinco exámenes suspendidos y gracias también a su tesón, por fin pudo Jacinto entrar en el ejército.
Jacinto se sintió feliz. Había logrado realizar su sueño. Siempre le habían atraído los uniformes y los desfiles, todos allí como borregos haciendo los mismos movimientos y las mismas tonterías. Quizá venía todo de cuando en el pueblo hacía de pastor de las ovejas de su tío, hasta que éste se hartó de tanto balido y tanta hostia y las vendió todas, quedándose Jacinto sin trabajo.
Al haber hecho ya la instrucción, en seguida le dieron un destino, entrando como soldado raso en la compañía de zapadores, esos que buscan minas. Jacinto eligió este cuerpo porque le recordó de cuando buscaba trufas con el cerdo amaestrado de su tío, hasta que éste se hartó de tanto cochino y tanta hostia y se lo vendió, quedándose Jacinto sin trabajo.
Pero como no había nada que zapar en el cuartel se pasaba el día en la cantina militar poniéndose como los ninjas de anís Chinchón, pues no había mucho que hacer allí aparte de aburrirse y limpiar las armas y esas cosas. De vez en cuando los mandos montaban un desfilillo y entonces Jacinto se ponía más contento aún que con el anís, y hasta era feliz y todo.
Otras veces, para distraerse, ya que no se iba a poner a empezar a leer con la edad que tenía, se liaba a piños con los compañeros de armas, tan listos como Jacinto por lo menos, y como todo quedaba entre ellos y además el sargento también le daba al Chinchón que no veas y a veces incluso hasta participaba en las hostias, pues todo quedaba en agua de borrajas.
Un día estaba Jacinto en la cantina copa de anís en jarra, evidentemente, cuando vio por el telediario a un señor vestido de negro con bigote, con la bandera del país detrás. Decía que su país iba a entrar en la guerra de Irak para ayudar a los USA a derrotar el terrorismo y para derrocar a a la dictadura de Sadam Husein. Jacinto se preguntó quién coño era ese tío tan bajito con cara de mala leche perenne, y quién era también Irak, Sadam y Husein. En seguida se enteró, ya que toda la cantina, o sea el grueso de la compañía (todos estaban en el bar dándole al Chinchón), empezó a saltar y a dar gritos de alegría, y le contaron a Jacinto que iban a entrar en combate en un país muy lejano llamado Irak, y que iban a pelear contra los moros, como en los tiempos de la Reconquista. Jacinto no tenía ni idea de quién coño era la Reconquista esa, pero le pareció bien, como Dios cuando creó el mundo.
Aquel día de celebración Jacinto pilló una de las bolingas más imponentes de su vida.
Tras unos cuantos días de recuperación post-etílica y de preparación del viaje, al fin partieron en busca de su objetivo, que aún no sabían dónde estaba. La despe fue muy emotiva, las madres llorando por sus hijos que se van al frente, etc, etc. Jacinto, como no tenía padres (su padre se murió de una pedrada accidental que nunca se supo de dónde vino y su madre de una intoxicación de setas) el tema sentimental le daba lo mismo, pero se quedó maravillado con la escena. Era clavadita a las despedidas de las películas de guerra que veía de pequeñito y de no tan pequeñito, y casi se le saltan las lágrimas.
Finalmente, después de toda la parafernalia lagrimal, se montó la compañía entera en un avión Hércules hecho polvo y partieron en pos de su destino.
Fin del capítulo I.
En el ejército no lo aceptaron a la primera, ya que Jacinto era un poco corto y no superó los tests psicológicos. Pero como no se cubrieron las expectativas de alistamiento, ya que el que piensa un poquito pues no se alista al ejército ni a demás cuerpos represores, tuvieron que bajar el nivel, y así, al cabo de cuatro o cinco exámenes suspendidos y gracias también a su tesón, por fin pudo Jacinto entrar en el ejército.
Jacinto se sintió feliz. Había logrado realizar su sueño. Siempre le habían atraído los uniformes y los desfiles, todos allí como borregos haciendo los mismos movimientos y las mismas tonterías. Quizá venía todo de cuando en el pueblo hacía de pastor de las ovejas de su tío, hasta que éste se hartó de tanto balido y tanta hostia y las vendió todas, quedándose Jacinto sin trabajo.
Al haber hecho ya la instrucción, en seguida le dieron un destino, entrando como soldado raso en la compañía de zapadores, esos que buscan minas. Jacinto eligió este cuerpo porque le recordó de cuando buscaba trufas con el cerdo amaestrado de su tío, hasta que éste se hartó de tanto cochino y tanta hostia y se lo vendió, quedándose Jacinto sin trabajo.
Pero como no había nada que zapar en el cuartel se pasaba el día en la cantina militar poniéndose como los ninjas de anís Chinchón, pues no había mucho que hacer allí aparte de aburrirse y limpiar las armas y esas cosas. De vez en cuando los mandos montaban un desfilillo y entonces Jacinto se ponía más contento aún que con el anís, y hasta era feliz y todo.
Otras veces, para distraerse, ya que no se iba a poner a empezar a leer con la edad que tenía, se liaba a piños con los compañeros de armas, tan listos como Jacinto por lo menos, y como todo quedaba entre ellos y además el sargento también le daba al Chinchón que no veas y a veces incluso hasta participaba en las hostias, pues todo quedaba en agua de borrajas.
Un día estaba Jacinto en la cantina copa de anís en jarra, evidentemente, cuando vio por el telediario a un señor vestido de negro con bigote, con la bandera del país detrás. Decía que su país iba a entrar en la guerra de Irak para ayudar a los USA a derrotar el terrorismo y para derrocar a a la dictadura de Sadam Husein. Jacinto se preguntó quién coño era ese tío tan bajito con cara de mala leche perenne, y quién era también Irak, Sadam y Husein. En seguida se enteró, ya que toda la cantina, o sea el grueso de la compañía (todos estaban en el bar dándole al Chinchón), empezó a saltar y a dar gritos de alegría, y le contaron a Jacinto que iban a entrar en combate en un país muy lejano llamado Irak, y que iban a pelear contra los moros, como en los tiempos de la Reconquista. Jacinto no tenía ni idea de quién coño era la Reconquista esa, pero le pareció bien, como Dios cuando creó el mundo.
Aquel día de celebración Jacinto pilló una de las bolingas más imponentes de su vida.
Tras unos cuantos días de recuperación post-etílica y de preparación del viaje, al fin partieron en busca de su objetivo, que aún no sabían dónde estaba. La despe fue muy emotiva, las madres llorando por sus hijos que se van al frente, etc, etc. Jacinto, como no tenía padres (su padre se murió de una pedrada accidental que nunca se supo de dónde vino y su madre de una intoxicación de setas) el tema sentimental le daba lo mismo, pero se quedó maravillado con la escena. Era clavadita a las despedidas de las películas de guerra que veía de pequeñito y de no tan pequeñito, y casi se le saltan las lágrimas.
Finalmente, después de toda la parafernalia lagrimal, se montó la compañía entera en un avión Hércules hecho polvo y partieron en pos de su destino.
Fin del capítulo I.
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