dimecres, 24 de febrer del 2010

TIENES LA SOPA FRÍA


- Tienes la sopa fría.
Tomás escuchaba esta frase todos los días de labios de su mujer, mientras ésta recogía su propio plato. Ella lo decía con sorna, ya se había acostumbrado a que su marido llegara siempre una hora tarde a la mesa. Aunque a veces lo deseara, tampoco se atrevía a regañarle, se arriesgaba a una catarata de improperios.
Tomás se sentaba y sólo abría la boca para tomarse la maldita sopa helada.
Y todo por culpa del aparcamiento.
Todos los días, desde que se mudaron a aquel barrio, hacía ya varios años, le ocurría la misma historia. Una vez terminada su jornada laboral volvía a su casa, y se pasaba una hora larga dando vueltas hasta encontrar un lugar donde aparcar. Era un barrio densamente poblado y, evidentemente, había exceso de automóviles. Hasta que instalaron la zona azul y la grúa empezó a arruinar con esmero a los habitantes del barrio, aún se podía estacionar sin demasiados problemas; incluso, si no había aparcamiento, se podía dejar el coche encima de la acera y no pasaba nada.
Todo esto cambió poco antes de que Tomás Expósito y Gertrudis Gómez compraran el piso. Qué mala suerte.
Por eso la sopa siempre estaba fría.
- Tienes la sopa fría.
Con el tiempo, la madre de Gertru se trasladó a vivir a casa de su hija. A Tomás sólo le faltaba esto. Su suegra, Merche, en el mismo techo.
Ésta, una vez se instaló y se sintió cómoda en su nuevo hogar, empezó a martirizarle con sus comentarios sarcásticos. Como si no tuviera bastante con el suplicio de no poder aparcar, encima debía aguantar también a la señora Merche.
La ironía le gustaba, pero el sarcasmo era algo que Tomás apenas soportaba, y de su suegra aún menos.
La batería de puyas y reproches solapados fue en aumento con el tiempo, y entre una cosa y otra, Tomás ya no podía más.
La gota exasperada que colmó el vaso fue una frase que, como se vio más tarde, resultó de lo más desafortunada, sobretodo para la señora Merche. Un día, mientras Tomás comía en silencio la maldita sopa fría, su suegra le soltó:
- Qué, Tomasín (¡encima le llamaba así!)… ¿Cuándo vas a decidirte a tener un hijo? Porque no os oigo por las noches, la verdad. Ahora que, igual eres estéril…
- ¡Mamá! ¡Por favor!- protestó Gertru desde la cocina.
Tomás no abrió la boca. Dejó la cuchara en la mesa, se levantó, cogió el abrigo y salió de casa dando un portazo.
- Hija, qué susceptible llega a ser tu marido…- refunfuñó la señora Merche.
Gertrudis Gómez miró a su madre casi malamente:
- Joder, mamá, ¿tanto te cuesta aguantarte de soltar por la boca la primera tontería que se te pasa por la cabeza? Si es que siempre estás igual...
Tomás tenía que hacer algo, aquello no podía continuar así. Necesitaba un plan, así que se fue a pensar al bar de la esquina.
Pasadas las once, volvió a casa, contento por más de un motivo. Si decir nada a nadie, ni tan siquiera al gato, se acostó y se durmió con una sonrisa.
Ya tenía su plan.
Al día siguiente el humor y la actitud de Tomás cambió completamente. Se volvió hablador, amable, sonriente y muy solícito, sobretodo con su suegra Merche. Ésta estaba descolocada, no sabía qué pensar. “Mmmmm, qué rica está esta sopa!”, exclamaba él con alborozo, aunque la sopa de marras seguía congelada; “deje, deje, señora Merche, ya le lavo yo los platos”, decía, cuando no había tocado una pica en su vida; “hoy le acompaño al mercado; ya le llevo yo el carrito, que usted ya no está para esos trotes: ande, déme, déme”, y la señora Merche se quedaba sin palabras, mientras Tomás le agarraba el carrito de la compra, le abría la puerta del piso y llamaba al ascensor mientras ofrecía a su suegra su sonrisa más radiante.
Gertrudis, su esposa, también andaba algo escamada, pero como era de observar mucho y hablar poco, no decía apenas nada.
- Este Tomás...- musitaba para sus adentros de vez en cuando.
Pasaron los días, y Tomás continuaba con su nueva personalidad. La señora Merche bajó la guardia, con el tiempo, incluso le empezó a coger cierto aprecio a su yerno, y se mostraba más alegre y simpática.
- Por el camino verde que lleva a la ermitaaaaaaaaa...-.
- Esto sí que es raro, mi madre cantando mientras barre. Lo nunca visto-, pensaba Gertru, atónita.
Un sábado, de buena mañana, la señora Merche se dispuso, con su carrito de la compra a cuadros escoceses del clan de los McPherson, a ir al mercado. Tomás se había levantado incluso antes que ella, y había preparado un buen desayuno para ambos.
- Ande, señora Merche, que esta tostada con mermelada de arándanos está para morirse... Coma, coma...
- Jiji, tú lo que quieres es que me cebe más y que me suba el colesterol, canallín-, respondía la suegra mientras hincaba el diente a la tostada.
Cundo acabaron de desayunar, Tomás cogió el carrito escocés:
- Venga, señora Merche, que le acompaño al mercado.
Abrió la puerta del piso, mientras su suegra se ponía el abrigo, y llamó al ascensor. Cuando llegó éste al rellano lo atrancó, y simuló que no funcionaba.
- Vaya, lo siento mucho, señora Merche, pero el ascensor no va bien; está encallado, maldita sea. Habrá que llamar a los de las averías. Pero bueno, no se preocupe, que sólo son dos pisos. Vaya bajando con cuidado, que ya voy. Y agárrese bien de la barandilla, no se me vaya a caer.
La suegra obedeció, y se dispuso a bajar por las escaleras cautelosamente.
Llegó el momento.
Tomás, que se encontraba a espaldas de ella, simuló tropezar y la empujó violentamente hacia abajo.
-¡Uuuaaaahh!
La señora Merche rodó durante veinticinco escalones, hasta que se detuvo, inerte, en el rellano.
- ¡Señora Merche! ¡Señora Merche! ¡Dios mío! ¡Gertru!¡Gertru!¡Corre, de prisa, llama a una ambulancia, tu madre se ha caído por les escaleras!
Mientras bajaba corriendo a atender a su suegra y su mujer telefoneaba al 061, Tomás rezaba para que no muriera.
- Esperemos que no la palme, si no me jode el invento-, pensó.
La jugada le salió redonda: la señora Merche se rompió unas cuantas vértebras producto de la caída; en consecuencia, quedó parapléjica, postrada en silla de ruedas para el resto de su vida, y sin poder apenas articular palabra. Por consiguiente, Tomás fue al ayuntamiento y solicitó un aparcamiento para minusválidos delante del portal de su bloque de pisos.
Después del pertinente papeleo, al cabo de poco vinieron los operarios municipales, pintaron unas líneas amarillas delante de su casa y colocaron el distintivo de minusválido, además de la señal. En ésta se podía ver con letras bien grandes: 7669-DNS, la matrícula del coche de Tomás.






A pesar de que tuvo que hacer modificaciones para que a su suegra se la pudiera acomodar en el auto, y que periódicamente debía llevarla al hospital, Tomás estaba radiante. Se acabaron los problemas de aparcamiento y de tomar siempre la sopa fría.
Y de señora Merche, ya puestos.
La que no lo tenía tan claro era Gertrudis. No entendía aquel lejano cambio repentino de humor de su marido, ni tampoco que, después del accidente de su suegra, a quien él parecía que apreciaba mucho, continuara feliz y risueño. Además, misteriosamente, se olvidó de lavar los platos, de retirar la mesa y de ir al mercado.
Todo volvía a ser como antes, sólo que con la señora Merche parapléjica, de la que se cuidaba únicamente Gertrudis.
- Tomás, podrías ayudarme con mi madre de vez en cuando, ¿no te parece?
- Es tu madre, Gertru… Además, me parece que violentaría su intimidad, aunque no hable y no sepamos si nos escucha o no. ¿Comprendes?
- Bueno, visto así… Pero yo…
- Perdona, luego hablamos, ¿de acuerdo? Tengo que ir a lavar al coche –se excusó, mirando su automóvil desde el balcón.
En pocos días, la señora Merche perdió toda su fortaleza física y mental. Se iba apagando poco a poco. No obstante, cuando Tomás pasaba cerca de ella, su mirada se transformaba en rabia y odio, y parecía que quería musitar algo, pero no lograba decir nada, se quedaba en el intento.
A veces, a Tomás le parecía que ella sabía que él era el culpable de su situación. Gertru también recelaba, pero no tenía pruebas y optaba por el silencio.
Una tarde en que Gertrudis se encontraba de compras, Tomás estaba en casa, en compañía de su suegra. Observaba distraído una corrida de toros que ponían en la tele; ya estaba a punto de dormirse cuando…
- Vous avez la soupe froide.
Tomás se despertó de golpe.
- ¡Anda, si la suegra habla! ¡Y en francés!
La señora Merche ladeó la cabeza hacia él, como buenamente pudo:
- Je sais que tu as été, porc maudit… Celle-ci tu me la paies…
Tomás se rascó la cabeza, mientras se levantaba del sofá:
- No tengo ni idea de lo que está diciendo. Se ha vuelto loca, la pobre…
Al cabo de un rato, Gertrudis volvió de la compra. Tomás no le dijo que su madre había hablado.
- Gertru, ahora que ya has llegado, salgo. Voy a lavar el coche.
- Le vas a quitar la pintura, de tanto lavarlo-, contestó.
Cuando Tomás se fue, Gertrudis se dirigió al lavadero y sacó la ropa de la lavadora para tenderla.
- Mamá, vuelvo enseguida, voy arriba a la terraza a tender la ropa.
En cuanto desapareció por la puerta, la señora Merche, sacando movilidad de no se sabe dónde, movió las ruedas de la silla y se acercó al balcón. Era verano, y el ventanal estaba abierto. Haciendo un supremo esfuerzo, se agarró a la baranda, se encaramó como pudo y se lanzó al vacío, cayendo encima del coche de Tomás, que lo estaba lavando.
Murió en el acto. Y casi también su yerno, del susto que se pegó.
El coche quedó destrozado: siniestro total.
Al cabo de dos días, saliendo del tanatorio, Tomás le preguntó a su mujer:
- Oye, Gertru… ¿tu madre sabía hablar francés?
- No -, respondió ella con sequedad.
Al morir la señora Merche, y como ya no había coche, el ayuntamiento retiró el aparcamiento exclusivo a Tomás. Ahora tenía que coger el transporte público, llegaba cada noche a las quinientas, y la sopa continuaba fría.
Un buen día, al volver a casa, se encontró con que no había sopa. Ni sopa ni nada de nada. Tan sólo una nota. Era de Gertrudis.
La abrió y la leyó:
“Vous avez la soupe froide, hijo de la gran puta. Estéril, más que estéril.
Hasta nunca”.

dilluns, 15 de febrer del 2010

CARTA ABIERTA A SAN PEDRO

Pssst, pssst, despierte, hombre, que le estoy hablando!!

Me dirijo humildemente a usted para preguntarle qué cojones le pasa. Me tiene preocupado, pero aún más cabreado.Mire, es que hace casi dos meses que no deja de llover, y ya empiezo a estar harto. Siempre me ha gustado que llueva, mojarme, sentir las gotas de agua en la cara, y nunca llego a casa enfadado porque vaya empapado. Más bien todo lo contrario, aún me pego una ducha y todo. Será que me atraen los líquidos, mire usted por dónde…

Pero es que ya nos estamos excediendo, ¿no cree? Yo, como voy en moto, por aquello de la crisis y la sostenibilidad (o yo qué sé, pero el caso es que no tengo coche), cada mañana debo levantarme un rato antes de lo habitual para ver cómo está el patio (el cielo, en este caso), si podré coger la moto o si tendré que pillar el tren.Tal vez esto a usted le importe poco, ya que no trabaja ni tiene horarios, pero me hace perder unos minutos preciosos de sueño.
Además, tanta lluvia meada por usted tiene efectos colaterales notables, por si no se había dado cuenta. Por ejemplo, la ropa. ¿Cuándo podré tenderla en la terraza sin tener que preocuparme por si lloverà o no?¿Cuándo llegará el momento de ponerme una camiseta y que no huela a humedad, algo que no soporto?¿Cuando podré no tener que estar pendiente del paraguas para no olvidármelo allá donde vaya?¿Cuando dejará de provocar a la gente artrosis, reuma, resfriados y bronquitis, entre otras cosas?

No sé si usted se dedica a mirar o leer las noticias, pero si va por la vida (perdón, en este caso la muerte) de buen hombre y mira por el bien de la humanidad, debería saber que los pantanos y embalses están a rebosar ya hace días. Ahora mismo, más bien sobra agua.Esto aquí, claro… Me pregunto porqué no hace llover en otros lugares más necesitados.

Y mi ficus se está pudriendo.

O sea, que ya está bien, cojones. Pare ya, hombre: deje de mear de una santa vez. Si tiene problemas personales y quiere joder a la gente sólo para desahogarse de sus propias miserias y aliviar sus bajos instintos, a nosotros qué nos cuenta, oiga, pida hora al psiquiatra o a su Dios, pero a nosotros déjenos tranquilos, que ya está bien, por favor.

Que el sol también nos gusta, hostia.

Que esto no es Escocia.

Que usted lo pase bien.


Atentamente, Strongboli Sanderson.


Pd: Por cierto, si usted tuviera a bien decirme quién de ustedes de allá arriba se encarga del frío, me gustaría decirle también una palabritas.

dimarts, 26 de gener del 2010

TEATRIFICACIÓN


Con el nuevo año, volvemos con la chorrada esa de las teatrificaciones. Perdón, beatificaciones. Quizás aquí, en Catalunya, creíamos que estas cosas no ocurrían (yo, sin ir más lejos), que estas anomalías de la evolución humana sólo tenían lugar en lugares lejanos y mesetarios, donde supuestamente, según dicen las estadísticas, existen más creyentes de eso a que le llaman Dios, o Yahveh, o Alá, qué más da.
(Vaya, me ha salido una rima sin querer. Bueno, pero me gusta más ésta: Yahvéh, Yaví, Yová, cada día te quiero má).
A pesar de que casi no hay ni Dios que acuda a misa (diría que hasta el Todopoderoso se escaquea de vez en cuando, y no me extraña nada), parece ser que aún quedan unos cuantos que persisten y perseveran en estas lides.
El pasado sábado, en Mataró, se celebró en la basílica de Santa María la beatificación del cura Josep Samsó, fusilado el 1 de septiembre de 1936, al inicio de la guerra civil. El solemne acto (el religioso, no el del fusilamiento) fue presidido por el arzobispo de Barcelona, Martínez Sistach, y por toda la plana mayor eclesiástica de por aquí. Cuanta sotana, ¿verdad? Extraño es que no se le ocurriera asistir a Rouco Varela, ni tampoco al señor Benito nosecuantos, aquél que vive en Roma a cuerpo de Dios (¿o era de rey?) y tiene pasado nazi.
No hacía falta, se hubiera liado la de Dios; ya es suficiente con las colas diarias para ir al Mataró Park* (algo que me resulta casi más difícil de entender que el mismísimo misterio de la Santísima Trinidad, que ya tiene tela). No por ello faltaron personajes distinguidos (ejem...): entre otros presentes, se encontraba Jordi Pujol, Manuela de Madre, Alicia Sánchez Camacho, Jorge Fernández Díaz... Ah, también asistió el Honorable President de la Generalitat señor José Montilla, que seguro que se lo pasó bomba, como siempre.
(Josep Miró i Ardèvol, el de EH, CRISTIANS! seguro que también estaba, aunque no tengo constancia e igual estoy errado, sin hache).
El que no apareció por la basílica fue Carod-Rovira, y por tanto, como es de rigor, han tardado en ir a por él, ya que parece ser que le corresponde la competencia en asuntos religiosos de la Generalitat. Tiene cojones la cosa: Carod, que se declara ateo, y le endiñan esto.
Bueno, la cuestión es que no asistió, y bien hecho que hizo. Todo el mundo hace algo como Dios manda de vez en cuando, incluso Carod-Rovira.
No entro en si Josep Lluís es el más adecuado para llevar los asuntos divinos de la Generalitat, como tampoco me meto en si Saura es el más indicado como conseller d’Interior, aunque todo parece indicar que no.
Ni lo uno ni lo otro.
Lo que me rebota es que deba existir un departamento dedicado a estas cuestiones. ¿Pero no habíamos quedado en que esto era un estado laico, según reza la obsoleta constitución española?¿Qué hacía allí Montilla?¿Estaba en representación del Govern? Si no fue así, cosa que dudo, y aunque tenga toda la pinta de capellán, si quería asistir al evento lo tenía que haber hecho a título personal y camuflado con túnica de monje, como Errol Flynn en “Robin de los bosques” cuando hace destronar a Claude Rains (Juan sin Tierra, el hermanastro de Ricardo Corazón de León, que le había usurpado el trono cuando éste cayó prisionero por ir a hacer el imbécil en las Cruzadas) en favor del legítimo rey.

Todo esto no deja de recordarme aquellas bellas palabras que pronunció hace unos días el recién nombrado supremo eclesiástico de Euskadi, un tal Munilla, el cual, con esa cara sospechosa de... (esto mejor me lo callo) que su Dios le ha dado, pronunció aquel sermón radiofónico diciendo cosas como “hay cosas peores que la desgracia de Haití, como la falta de espiritualidad que nos rodea actualmente”.
Impresionante. ¡Viva la Iglesia!
A mí no me hace ninguna falta ningún tipo de espiritualidad de las suyas (en todo caso, “esperit de vi”, alcohol en catalán), ni tampoco necesito santos ni demonios. Las personas son buenas, o no. Y, en la mayoría de los casos, ni lo uno ni lo otro.
Y si alguien quiere creer en todas esas teorías indemostrables y tener fe en algo que no existe, pues allá él, pero que deje tranquilos a los demás, que ya estoy hasta el moño de tanto sermón. Y no sólo religioso.
Suplico pues, hermanos, que dejéis pensar a la gente por sí misma, y que nos dejéis ir en paz a tomar por saco, si nos es menester.
Pesados, palizas, más que pesados...
Amén.

Pd: "Ya, pero es que todo este rollo da mucho dinero y más poder, y tío, es lo que hay, qué quieres que te diga"..., me responde una voz divina.

(Y sin querer me vuelve a salir una tonta rima. Inescrutables son los caminos de la escritura...).
*El Mataró Park es un centro comercial, claro.

dimarts, 15 de desembre del 2009

LA PLATAFORMA

La estación de Mataró, hace diez años. Está más o menos igual...


Todas las mañanas, Ana subía al tren y se sentaba en uno de los asientos de la plataforma, al lado de las puertas de salida y entrada. Prefería éstos a los normales, los de cuatro. Dos contra dos: esos no le gustaban nada. Le daba la impresión de estar ante un duelo psicológico con la persona que tuviera enfrente, y eso la azoraba. En la plataforma no tenía que encoger las piernas, ni tampoco debía ir escondiendo la mirada. Pero sobretodo le encantaba, al abrirse las puertas en cada estación, sentir el frío, el viento, el calor, la lluvia. O no sentir nada, y alzar el rostro para observar el trajín de cuerpos y caras que entraban y salían en cada parada.
“Jo, qué tristeza parece que lleve encima… "¿Tan pronto y ya estás con el móvil?"… "Trabaja en una empresa de seguros, fijo"… Vaya pinta de bibliotecaria que tienes, hija… "Este se acaba de pelear con la mujer”…
Y el tren reanudaba el viaje. Ana observaba dónde se sentaban los nuevos viajeros, daba un somero vistazo a su alrededor y volvía a enfrascarse en la lectura del libro que tuviera entre manos.
Aquel día, como cada mañana, subió, se quitó el abrigo tranquilamente y tomó asiento. De su bolso extrajo el libro que su tía le había regalado para su santo, “Mademoiselle Fifi y otros cuentos de guerra”, de Guy de Maupassant, y se dispuso a leer hasta llegar a su destino.
El tren se detuvo en la estación de Caldetes. Esa mañana, para variar, iba con retraso. Ana levantó un poco los ojos, por simple rutina, y vió que unos zapatos negros con suela de goma se colocaban ante ella, en el asiento de enfrente. Pensando en lo que estaba leyendo, alzó más la mirada.
Fue incapaz de continuar con su lectura.
Unos ojos negros, brillantes como el petróleo, le agujerearon los sentidos. Sintiéndose desnuda, Ana esquivó aquella mirada penetrante, fijando su vista en la página 23:
“Al fondo, en los mejores asientos, dormitaban, uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino de la calle de Grand-Pont”.
No consiguió leer más. Levantó los párpados, sin poderlo evitar, y sus verdes ojos se posaron irremediablemente en aquella mirada turbadora.
No importaron los labios, el cabello, las manos, el cuerpo... Únicamente dos miradas que se fundían mutuamente.
En Mataró subió mucha gente, la plataforma se rellenó de cuerpos de pie, soñolientos, y Ana perdió esos ojos de vista. Ante ella, un par de abrigos, uno rojo, el otro gris marengo, le impedían observar más allá. Nerviosa, volvió a su lectura. “Espero que sigan ahí cuando se vacíe el tren”, pensó mientras releía:
“Al fondo , en los mejores asientos, dormitaban, el uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino en la calle de Grand-Pont”.
Por mucho que lo intentó, no logró pasar de aquella frase.
El tren se detuvo en varias estaciones, Vilassar, Premiá, Mataró, Ocata, Masnou... Cada vez cabían menos alfileres.
En Plaça Catalunya, por fin, el vagón se vació casi en su totalidad. Ana levantó los ojos y allí sólo estaba el asiento de enfrente, plegado, vacío.
Los ojos se habían ido.
Al día siguiente, Ana se quitó el abrigo, sacó el libro del bolso y sentó en el mismo lugar, en la misma plataforma:
“Al fondo, en los mejores asientos, dormitaban, uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino de la calle de Grand-Pont”.
Y de ahí no pasaba.
Cuando llegó a la estación de Caldetes, Ana miró al suelo de la plataforma, inquieta. Se abrieron las puertas, y unos zapatos negros, con suela de goma, hicieron ademán de sentarse frente a ella, pero finalmente lo hicieron en el asiento de al lado, a su vera. Ana, sin osar mirar quién era, se apartó un poquito, para dejar espacio, y simuló leer:
“Al fondo, en los mejores asientos, dormitaban, uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino de la calle de Grand-Pont”.
Durante todo el trayecto, ninguno de los dos se atrevió a mirar al otro.


El tren a su paso por Montgat, antes de llegar a Badalona.

Al llegar a Badalona, la persona que había a su lado se levantó y bajó del tren, alejándose a grandes zancadas por el andén, sin volver la cabeza.
Ana se quedó vacía por unos instantes. Cerró el libro de Maupassant y se quedó absorta, intentando seguir con la vista el pasar de los postes eléctricos.
Por la noche, Ana llegó a su casa. Al buscar las llaves para entrar, notó un papel en el bolsillo. Lo sacó y lo desdobló. En él se podía leer:
““Al fondo, en los mejores asientos, dormitaban, uno frente al otro, el señor y la señora Loiseau, mayoristas de vino de la calle de Grand-Pont”.
Ana sonrió, abrió la puerta y entró en su hogar.
Después de cenar ligeramente, cogió el bolso, sacó el libro de Maupassant y lo guardó en su caja de recuerdos imposibles.

divendres, 11 de desembre del 2009

PAPÁ NOEL DIMITE

Santa Claus ya estaba harto. Tanto viaje arriba y abajo, de casa en casa, tanto rellenar sacos de regalos, tanto niño, tanto gritar JOJOJOJO una y otra vez (cuando él tenía una preciosa voz de pito), tanto arrear a sus queridos renos, tanto pasar frío durante las gélidas noches navideñas, tanto monta monta tanto…
Además, los renos ya estaban achacosos, y cada vez tardaban más en hacer el recorrido habitual, con lo que se podía correr el riesgo de que la noche de Navidad durara más noches. Él mismo también se notaba cansado, le empezaba a afectar la artrosis, la mixomatosis e incluso la triquinosis, y se daba cuenta de que no estaba ya para muchas florituras.
Le apetecía tanto salir de su rutina…
Así que se plantó a la autoridad pertinente (que nunca he sabido quién es) y presentó su dimisión irrevocable. No hubo manera de hacerle cambiar de opinión, por mucho empeño que le puso su jefe.
Y se marchó a su querido hogar.
Claus (ahora ya sin Santa), de jovencillo, siempre había querido montar un grupo de rock. Había tomado clases de canto, y no se le daba nada mal. Los renos, asimismo, para matar el tiempo mientras llegaban las navidades, aprovecharon para aprender a tocar un instrumento.
Así fue como nació Ex-Father Noël & The Wild Renos, que arrasó allende los mares con su primer trabajo: “Mecagüen los Reyes Magos”.
Al año siguiente los niños tuvieron que apañarse con los juguetes de la navidad anterior (casi todos rotos, por cierto) y hubo lloros y pataletas a punta pala, pero esa es otra historia…

BON NADAL A TOTHOM!

Ex-Father Noël & The Wild Renos, en plena actuación en el Royal Albert Hall.

divendres, 4 de desembre del 2009

UHLISES (cap. VII y último): Tiresias en el Hades (y 2)



Uhlises, rey de Ítaca, cerró la puerta del Hades y penetró en su tenebrosa negrura. No veía un pijo. “Maldito el día en que dejé de fumar: al menos, ahora tendría un mechero con el que poderme guiar”, se comentó a sí mismo, en plan ripiador. La maga Circe, antes de partir hacia el reino de los muertos, le dijo que debía matar a unos cuantos y luego beberse la sangre derramada. Sólo así podría invocar el espíritu de Tiresias, el adivino ciego, al que necesitaba como agua de mayo para regresar a su patria.
- Esta Circe… Me ha engañado, la muy ladina. ¿Cómo voy a poder invocar a nadie, si no tengo a quién matar? ¡Aquí ya están todos muertos!
Así iba despotricando, caminando a tientas, hasta que se tropezó con algo que lo hizo caer de morros al suelo.
- ¡Maldito sea Hefestos! Vaya morrazo me he pegado, ay, ay…
Una profunda voz tronó a sus espaldas:
- ¿Eres tú el que busca a Tiresias, verdad?
Uhlises se giró, pero no veía a nadie. Normal.
- Pues sí, ¿cómo lo sabes?
- No sucede todos los días que alguien le marque cinco penaltis seguidos al guardameta, digo, al Can Cerbero. La noticia ha corrido como la pólvora por todo el Hades. Eres Uhlises, rey de Ítaca, ¿no es cierto?
- Pues claro, ¿quién va a ser? ¿No te has leído la Odisea o qué?
Tiresias carraspeó ostentosamente.
- No. Primero, que aún no se ha escrito, y segundo, que el braille no se ha inventado.
- También tienes razón… Entonces, ¿no serás, por casualidad, Tiresias el adivino?
- Pues claro, ¿quién va a ser? ¿Qué no me ves o qué?
- No. Primero, no veo un pimiento con esta oscuridad, y segundo, como dejé de fumar no tengo lumbre para orientarme, ni puedo esquivar zancadillas como la que me acabas de hacer.
El adivino alzó la voz.
- Bueno, ¿seguimos con este diálogo de besugos o te cuento la buenaventura, resalao? ¿Porque has venido para eso, no?
- Pues sí, ¿cómo lo sabes?
- ¡Porque soy adivino, imbécil!
- Bueeeno, bueeeno, no te pongas así! Anda, dime qué me depara el destino, que tengo prisa.
Aunque Uhlises no le veía, Tiresias se colocó en pose adivinatoria, concentrándose en sí mismo, durante unos minutos.
-¿Sigues ahí, oh, adivino?
- Si, y cállate, que me desconcentras.
Tiresias habló, al fin, pomposamente:
- Oh, gran Uhlises, héroe de Troya, azote de Héctor, Paris, Príamo y toda la peña, los dioses me han revelado numerosas nuevas que te conciernen directamente y…
En ese momento una antorcha apareció, y una anciana asida a ella interrumpió la buenaventuranza:
- ¡Uhlises!¡Uhlises!¡Hijo mío!
Al rey de Ítaca, al ver a su madre, Anticlea, allí, en el Hades, casi le da un espasmo. Llorando a moco tendido por la emoción de reencontrarse con su progenitora, se abalanzó sobre ella:
- ¡Madre!¡Cuánto te he echado de menos!¡Y cuán cierto es aquello de que madre no hay más que una!¡Madre amantísima!¡Nunca más me volveré a separar de ti!
Anticlea, casi asfixiada por los hercúleos, perdón, odiseicos brazos de Uhlises, se separó de él, mirándole fijamente a los ojos:
- Pero, hijo querido, ¿acaso no te has apercibido de que ya no pertenezco al mundo de los vivos? Uhlises no había reparado en ello. Preso de la desesperación, prorrumpió en uns desesperado llanto, mientras se estiraba los cabellos y se rompía la camisa.
- ¡Uhlises! ¿Pero qué nabos estás haciendo? Con lo que me costó tejerte esta camisa, con tanto amor que le puse, ¡y tú vas y la destrozas!- exclamó Anticlea al ver las tonterías que hacía su hijo.
- Perdóname, madre, pero mi pena es tan grande al no poder volver a verte jamás, que estoy casi por suicidarme, ya ves tú…- respondió Uhlises con los ojos enrojecidos.
- Eso mismo hice yo, pobre hijo mío… Al ver que no regresabas, me entró tal desesperación que me enajené del todo y me lancé en forma de abanico desde lo alto de palacio, acabando hecha unos zorros, aunque ahora no se me note. Además, ahora ya te lo puedo decir: no aguantaba a tu esposa Penélope. Es mala, malísima de la muerte, tiene una lengua viperina y sólo hace que crear cizaña entre todos los que le rodean. Además, no te ha sido fiel, por mucho que disimule tejiendo y destejiendo como una posesa. Y cada noche se cepilla a un par de los pretendientes a tu trono que rondan por la corte. Es insaciable, te lo aseguro, que lo he visto con mis propios ojos.
Uhlises no podía creer lo que estaba oyendo.
- Vaya, vaya, vaya con Penélope… Y mi hijo Telémaco, ¿se parece a su madre?
- Uy, ése es peor, aunque sea mi nieto. Es un pervertido, come de todo, ya me entiendes; tiene un harén con doscientas mujeres y trescientos hombres, se pasa el día de bacanal en bacanal y está dilapidando a marchas forzadas las arcas de tu reino. Y encima no sabe beber, pilla unas cogorzas que le vuelven insoportable: sólo porque crea que le miran mal ordena cortar unas cuantas cabezas. A este paso despoblará toda la isla.
El rey de Ítaca respiró hondo, apesadumbrado. Después de tantos años y años azarosos, estaba realmente cansado.
- Tanta gloria y tanta historia para llegar a esto. Estoy verdaderamente harto, madre querida. Creo que me voy a suicidar también. Aquí se está tranquilito y fresquito, y lo que único que necesito es paz y reposo.
Anticlea se puso más contenta que unos Juegos Olímpicos.
- ¿Te vas a quedar para siempre conmigo? No sabes la alegría que me acabas de dar, Uhlisín de mis amores. Y no te preocupes por nada, que ya te suicido yo misma.
Y, sacando una daga de plata de entre los pliegues de su túnica, le cortó la yugular allí mismo.
- Coño, madreglglglgl….
Esas fueron las últimas palabras de Uhlises vivo.

Tatuaje de Uhlises. Se lo hizo de joven, cuando tenía mala cabeza y era un poco choricillo. El punto de arriba es de cuando pasó una temporada en el taléguides.

Al cabo de unos minutos, el cuello de Uhlises se recosió solo y despertó, aunque seguía muerto. Se desempolvó el cuerpo con las manos, se levantó y vio a su madre, que le observaba con ojos de madre, de qué va a ser. Tiresias ya se había largado, molesto por no haber acertado en sus predicciones.
- Jo, madre, a veces eres de un drástico que no veas –dijo Uhlises-.
- A grandes males, grandes remedios, hijo mío –respondió Anticlea-. Anda, ven, que te prepararé un potaje de los míos, de esos que tanto te gustan.
- No lo entiendo… Si estamos muertos, ¿para qué necesitamos comer?
- Es una buena pregunta, Uhlisín.
Y se alejaron de allí tranquilamente, hablando de sus cosas y eso.
- Aquiles está por aquí, madre?
- Pues claro, hijo mío, él y muchos más. Aquí te lo pasarás bien, ya verás…
- Te quiero mucho, madre.
- Yo más, Uhlisito de mis carnes…
- No, yo más.
- No, yo.
- No, yo.


Y así se tiraron unas cuantas eternidades. De hecho, creo que aún continúan igual.
FIN!!


dimecres, 11 de novembre del 2009

UHLISES (cap. VI): Tiresias en el Hades (1)



Mientras Demisroussos era devorado como chorizo que era por Bóbides, uno de los innumerables perros mastines de Circe, ésta se dirigió, apenada, hasta donde se encontraba Uhlises, que se preparaba para partir.
- Ya sabes qué dirección tomar, amado mío?- dijo la hechicera, entre un mar de lágrimas.
Ulises también estaba con la congoja tonta, pero ya había decidido su partida.
- No tengo ni idea, Circe, y tampoco sé qué me deparan los dioses. Me da la sensación que están un poco rebotados conmigo, así que…
- ¿Por qué no le haces una visita a Tiresias, el adivino? Él te indicará el camino adecuado, y de paso te aconsejará cómo sortear los posibles peligros con los que te puedas topar…
Ulises contestó, pensativo:
- No me parece mala idea, pero Tiresias se encuentra en el Hades, no sé llegar hasta él, a no ser que muera, y, sinceramente, de momento no me apetece mucho diñarla.
- Te comprendo perfectamente, Ulises, pero tengo un modo de que llegues hasta allí vivito y coleando.
- ¿Ah, si? ¿Cuál es?
Y Circe, sin mediar palabra, le propinó un puñetazo en todos los morros que lo dejó inconsciente.
- Lo siento, querido mío, pero es la única manera de que llegues hasta allí. Cuando despiertes te encontrarás en la puerta del Hades.
El método de Circe resultó ser muy eficiente. Uhlises, efectivamente, abrió los ojos, tumbado en el suelo. Lo primero que vio fue la cabeza de un perro que le miraba fijamente, luego otra cabeza y luego otra. Las tres pertenecían a Cerbero, el perro guardián del Hades, un monstruoso can con cola de dragón.

Uhlises, al cual ya no le sorprendía nada, se levantó, tocándose suavemente la cara.
- Vaya hostión me ha dado la maldita... Cuando la pille se va a enterar.
Una de las cabezas caninas se le acercó y le arrojó su nauseabundo aliento:
- Un humano vivo no puede penetrar en el reino de los muertos.
Nuestro héroe se apartó con visible cara de asco.
- ¿Así que tú (o vosotros) eres el Can Cerbero, eh? Pues que sepas que tengo la frase mágica para que me dejes entrar.
Las tres cabezas soltaron al unísono una risotada tremenda:
- Juajuajuajuajua! Dudo mucho que la conozcas, los humanos no se la saben. Y aunque así fuera, no lograrías pasar la prueba.
Uhlises sonrió ladinamente. Circe, en sueños, mientras estaba inconsciente, le había revelado la pregunta mágica:
- ¿QUÉ, NOS HACEMOS UNOS PENALTIS?
Sorprendido, Cerbero frunció (fruncieron) el ceño:
- Vaya, así que alguien se ha chivado. Bueno, no hay problema. Tampoco vas a meter muchos: soy el trofeo Zamoricles desde tiempos inmemoriales. El último penalti que me metieron fue tres siglos antes de la guerra de Troya.
- Si, bueno, vale, pero… ¿NOS HACEMOS UNOS PENALTIS?
Cerbero le tiró un balón fabricado con piel de minotauro y, sonriendo cínicamente por triplicado, se colocó ante la puerta del Hades, que hacía las veces de portería:
- De acuerdo, valiente. Tienes que chutar cinco veces: si fallas sólo una, te arrancaré la cabeza y podrás entrar en el Hades con todos los honores. Muerto, eso sí.
Ulises no contestó. Colocó el balón en el punto pertinente, cogió carrerilla y soltó tal zambombazo que Cerbero ni lo olió.
- Vaya, vaya- refunfuñó el perrazo guardameta-, veo que le pegas fuerte. Pero una flor no hace verano, como dijo el rapsoda. Anda, continúa.
El de Ítaca siguió concentrado, sin abrir la boca. Él, a lo suyo: volvió a depositar la pelota y se repitió la misma escena. Gol.
Y así tres veces más, sin un solo fallo.
A Cerbero, ante esta situación jamás vivida por él, le entró la depre y prorrumpió en llanto incontrolable.
Uhlises se quedó con el balón de recuerdo, abrió la puerta del Hades y entró en su oscuridad, dejando al pobre can en un rincón, bañado en lágrimas.



Allí le esperaban sorpresas, para variar.