divendres, 15 de maig del 2009

FIN Y PRINCIPIO SIN FIN



Hoy desapareció un lastre
Rémora sin mácula, sincera
Algo que andaba debajo y encima
Sobretodo encima

Unas palabras y una voz han bastado
Tras cuatro interminables años
Llorando en paños gélidos
Esperando, deseando y soñando
En anhelos intangibles

Vomitando penas y desesperanzas
Golpeando piedras de recuerdos
Masticando pasiones lejanas
Como animal en celo azul

Se rompió esa brida
Palabras que me devuelven
A la tierna lluvia de la vida

Me alejo definitivamente
Queda en mi corazón un destello
Que nunca estará de más

Se cierra una puerta
Y se abre otra puerta
De alegres y dulces luces.



dijous, 7 de maig del 2009

EL CUENTO PERFECTO


“Ya lo tengo. Por fin.
Se me acaba de ocurrir la historia perfecta. Tiene un final muy original, inesperado, impactante, de esos que dan largos paseos en tu mente durante unos cuantos días y que te siguen sorprendiendo, cada vez más. Lo tengo todo en la cabeza: palabras adecuadas, estructura ideal, personajes con enjundia, inquietantes, frases rotundas...
Cuando haya acabado de escribirla me presentaré con ella a algún concurso literario y me darán un premio, estoy convencida.
En cuanto me despierte por la mañana, me pongo a ello.”

Cuando María Rosa abrió los ojos y volvió al mundo, maldijo cuatro mil cuatrocientas treinta y dos veces su propia vagancia.
No recordaba nada.

dilluns, 4 de maig del 2009

CURAS Y PROFESORES (III)







Quinto: Ese fue el año de la muerte del Claudillo (como dice el chiste), gracias a su Dios. Estaba yo durmiendo profundamente cuando entró de sopetón una de mis hermanas, abriendo la persiana ruidosamente. El cielo estaba completamente cubierto de nubes, parecía que iba a nevar. Sin mirarme me dijo:
- No cal que et llevis, que el Franco s’ha mort (No hace falta que te levantes, que el Franco se ha muerto)-, a lo cual yo me girè de espaldas a la luz y pensé que muy bien, gracias, majo, por dejarme dormir un rato más.
Hubo una semana sin clase, aunque mis padres al tercer día me hicieron ir igualmente, y los pocos alumnos que éramos nos pasábamos todo el santo día jugando en el patio , a pesar de la lluvia (que no paró en una semana, debían ser los llantos divinos ante tamaña pérdida).
Ese año dejamos de formar y de rezar, ya era hora. Hay que reconocer que, al menos en ese colegio, los salesianos no eran muy estrictos, religiosamente hablando. Eso sí, aunque la clase de religión se impartió siempre, y supongo que se sigue haciendo.
El cura que nos solía dar esa asignatura era Don Poni, un señor muy mayor, con sotana prehistórica y llena de lamparones, que siempre tenía la boca pastosa y con aquello blanco que se queda en la comisura de los labios. Era el que solía confesarnos: nos arrodillábamos en el escalón del confesionario, nos cogía por el cogote y apretaba fuertemente mejilla contra mejilla, imagino que para estar más cerca del Supremo (del Ser, no del tribunal). Nosotros intentábamos separarnos de él, ya que al hablar soltaba unos capellanes (salivazos) que nos dejaba la cara empapada. Y encima le cantaba el aliento. Aparte de eso, Don Poni era el enfermero oficial, aunque no sabía hacer otra cosa que poner mercromina y tiritas, en caso de heridas leves, y alguna que otra aspirina. En su consulta tenía un cuadro con un Jesucristo, y debajo estaba escrito en letras bien grandes:
- VIVA CRISTO REY!
Pues nunca me imaginé a Don Poni haciendo de guerrillero, la verdad.
Nuestro tutor, ese año, fue Don Honorio. Un auténtico cabroncete, el tío. Se lo pasaba pipa puteándonos, y hacía partícipe a toda la clase. Por ejemplo, si alguien no sabía alguna pregunta que él formulaba, de cualquier materia, le ridiculizaba públicamente hasta el extremo de que acabábamos todos partiéndonos el pecho. Muy de vez en cuando nos soltaba algún tortazo, pero no era lo habitual. Una vez, el pelota de la clase, el Mallofré, le regaló un trozo de madera, una vara de unos treinta centímetros de largo, para que nos pegara en la mano, ya que la regla que usaba se le había roto: el muy imbécil fue el primero que recibió, para regocijo de la clase entera, que no lo tragaba.
Pero lo que más hilarante que recuerdo de Don Honorio era esto:
Cuando había un examen cogía a todos los que habían suspendido y los sacaba a la pizarra. Entonces se giraba hacia los que habían aprobado, todos sentaditos en sus pupitres, y decía:
- ¡Venga, chavales! A la de una, a la de dos, y… A LA DE TRES!!!!
Y toda la clase decía, haciendo este gesto (ver foto):
-PPPPFFFFFFFFRRRRRRRTTTTTXXXXXXX!!!

Era tronchante, nos reíamos todos, los aprobados, los otros, Don Honorio y hasta la clase vecina, que ya sabía de qué iba el tema.
Yo salí una vez a la pizarra. Creo que fue el primer examen que suspendía en toda mi vida (luego vendrían muchos más, se ve que me gustó), pero me descojoné igualmente, qué iba a hacer…
Aquel año, gracias a Don Honorio, nos convertimos todos en unos auténticos cabrones.
Los profesores de los cursos siguientes dieron buena fe de ello.

dijous, 30 d’abril del 2009

CURAS Y PROFESORES (II)

La foto es más vieja que yo, que conste...
Tercero: Don Héctor. Este profesor tampoco ejercía el celibato. Delgado y bajito, calzaba gafas estilo Calvo Sotelo (el que fue presidente, el de las plazas no las usaba, al menos en las fotos). Era castellano, creo que de Valladolid o Burgos. De Castilla la Vieja, vamos, como se decía antes. Hablaba y pronunciaba muy bien, incluso la “elle”, cosa que se está perdiendo: creo que más bien por pereza, cuesta menos pronunciarla como y griega.
Don Héctor ponía mucho énfasis en que habláramos correctamente. Tenía buen carácter, pero se cabreaba bastante si no nos expresábamos bien. No era de los que pegaba, pero de vez en cuando, cuando se hartaba de nosotros y le poníamos excesivamente nervioso, usaba su técnica preferida: nos asía por las patillas y tiraba hacia arriba. Dependiendo de lo que hubieras hecho, estiraba más o menos.
Dolía, claro, pero se podía soportar.
Aparte de don Héctor, que también nos daba todas las asignaturas, recuerdo al coordinador de la primera etapa (de primero hasta cuarto), el padre Abadía (los nombres son ficticios, pero fonéticamente se parecen a los originales). Éste era catalán, del interior. Su misión básicamente era la de poner orden en el patio, que nadie hiciera el burro más de la cuenta, organizar la formación de las filas de salida y entrada de clase en el claustro alrededor del cual se hallaban las aulas, y llevar la voz cantante a la hora de rezar. Se rezaba al llegar, al salir al recreo, al volver de él, a la hora de salir a comer, comiendo (dos veces), al reanudar las clases, y ya, por último, a la hora de la retirada a casa. Ocho veces, no está nada mal.
Eso sí, en casa rezaba Santa Rita Jaigüor.
El padre Abadía tenía la mano izquierda averiada. No sé qué problema tuvo, pero le quedó en forma de gancho. La utilizaba sólo para llevar y tocar una campanita que usaba para llamar a filas. Gritaba mucho, pero no pegaba. Al cabo de unos años se fue y más tarde lo volví a ver en los Salesianos de Andorra, donde ejercía la misma función (ahora que lo pienso, ¿qué coño hacía yo en los Salesianos de Andorra?).
Pasó el verano y todo el rollo.
Cuarto: al año siguiente vino un profesor nuevo, Don Marcos, soltero, zaragozano, joven, con tejanos, delgado, deportista, guapetón… En fin, el yerno perfecto para padres y madres. Además, no era mal profesor, aunque tenía sus preferidos: una vez la clase ganó una copa por no se qué asunto, y se organizó un sorteo para ver quién se la llevaba. Ganó el Costa, que acertó porque dijo el número 52 (me acuerdo y todo), y se llevó el trofeo a su casa. Los demás siempre sospechamos que fue el propio Don Marcos el que le chivó el número. Pero eso nunca lo sabré, me corroerá la duda hasta que me muera.
Ese año ganamos las Olimpiadas escolares en fútbol, a pesar de ser los de menor edad, gracias a nuestro amado profe: formaba parte del equipo, para compensar. Marcó el gol de la victoria en la final. Por cierto, yo gané la medalla de oro falso en ajedrez, y, lo más difícil, sin jugar. Sobraba una, y yo era el jugador reserva.
A eso se le llama efectividad máxima con el mínimo esfuerzo.

Bueno, nulo.

dimarts, 28 d’abril del 2009

FINS DESPRÉS, JAVIER...


Ha muerto Javier Ortiz, periodista y columnista. Para quien no lo conozca, escribía diariamente en "Público", periódico que compro cada día, en gran parte gracias a él. Le conocí en Madrid a través de María y Manolo, la novia de mi novio y mi novio.

Bueno, no me quiero enrrollar, pero desde ese día le he seguido a diario, en el periódico y en su blog, además de leer algún libro escrito por él. No sé si tengo referentes, pero si así fuera él sería uno de ellos. Como Rubianes.

Javier amaba escribir, y siiguió haciéndolo hasta el último día, aún estando muy enfermo. Como era muy meticuloso, dejó hecho su propio obituario.

Es este:



Joder...


Salut, Javier.




dimecres, 22 d’abril del 2009

CURAS Y PROFESORES (I)


Como ya dije una vez, no soy nostálgico, pero me gusta recordar, más que nada para cuando me venga el Alzheimer tenga algo escrito que me refresque la memoria, o para que se lo lean los hijos que no tengo y que yo qué sé si tendré.
Anfang, como se dice en francés…
El otro día pensaba en los profesores que he tenido en mi vida estudiantil. Voy a hacer un repaso, venga…

Mi primer colegio, que yo sepa, fue una escuela de monjas de Vilassar de Dalt. No me acuerdo de la profesora, pero supongo que debería ser una de esas amantes del celibato. El único recuerdo que tengo de allí es que me arranqué la uña de un dedo haciendo el imbécil en el patio. Qué dolor.
Después mis padres me cambiaron a una escuela de mi pueblo, a la Divina Pastora, por donde pasaron también mis seis hermanos, unos cuantos años más tarde mis primas y algún sobrino o sobrina que otro. De allí, a pesar de estudiar párvulos y primero de básica, no me acuerdo de nadie, aparte de la madre Justa, la recepcionista. La llamábamos madre Fusta (madera), pero no nos pegaba. Era buena mujer, a pesar de ser monja.
Al año siguiente tuve que cambiar de nuevo de colegio, ya que en la Divina Pastora el último curso que se hacía era primero, y mis padres me enviaron a los Salesianos de Mataró.
Vaya cambio. De cincuenta a ochocientos niños. Nada de niñas, jo (bueno, en esa época las niñas más bien me daban rabia, como a todo niño que se preciara. Además, con cinco hermanas,
qué quieres...).
Segundo de básica: en mi primer año teníamos como profesor a don José, un andaluz con poco acento que nos daba todas las asignaturas. A mí, al poco de llegar, me dio durante unos cuantos días un ataque maternal. Me quería ir a casa sí o sí, me quería estar con mi madre, y montaba unos espectáculos rabietiles en el autobús y en la clase de no te menees, porque yo era más tozudo que mi gata Rista cundo le digo que no me sobe más, cojones. Pesada, que eres una pesada.
Al cabo de un tiempo se me acabó la tontería y dejé de hacer el ridículo. De Don José, que no era cura, lo que más recuerdo era que nos montaba una especie de Trivial por grupos, y ahí todos los compañeros me rifaban porque me sabía de memoria los ríos, países, montañas, capitales, etc. Siempre ganaba mi grupo (aunque una vez me equivoqué: dije San Juan como capital de Costa Rica, cuando es San José. Hostia consagrada…). También en segundo fue cuando, gracias a él, me di cuenta que se me daba bien dibujar. Nos hizo copiar un retrato de Franco y me quedó de perlas. Tiene narices, descubrir aptitudes gracias a ése H.D.L.G.P (así, con mayúsculas).
Don José siguió impartiendo clases en el mismo curso. Cuando ya no lo tenía como tutor, cada vez que pasaba cerca de mí en el patio me decía:
- Qué, Pubill, ¿ya no lloras?
Graciosillo, el tío.
Ese año fue también cuando descubrí lo que era una hostia como Dios manda, pero no fue gracias a don José, sino al padre Gurpegui, un hombre gordo, imponente, de buen comer, el que nos vigilaba a la hora de comer. Se subía a una tarima con un micrófono y rezábamos con él antes y después de comer: “Te agradecemos, Señor, los alimentos que vamos a tomar…”, y “te damos gracias, Señor, por los alimentos que nos hemos cascado…”. Un día, durante el primer rezo, el padre Gurpegui me pilló hablando con el compañero que tenía al lado, en la mesa de seis. Cuando acabamos de decir tonterías (me refiero a la oración, yo ya me había callado cuando ví que me descubrió), nos hizo sentar a todos, pero a mí me hizo un gesto para que me acercara. Cuando estuve ante él, sin bajarse de la tarima, me arreó un guantazo en la mejilla que retumbó en todo el comedor. Qué daño. Volví a mi mesa, con la cara roja.
Cuando acabamos de comer ya no me acordaba de la hostia, y me volvió a enganchar dale que te pego con el vecino. Me llamó de nuevo, esta vez con una sonrisilla irónica, como pensando: ven pacá, majo, que te vas a enterar. Me dio tal tortazo que me quedó su zarpa grabada en mi mejilla, además de sonar en mis oídos el piiiiiiiiiiiiiiiii ese de cuando te explota un petardo cerca.
No lloré ni nada, de hecho me reí luego con los compañeros de clase, pero mientras estuvo el padre Gurpegui encargado del comedor, no volví a abrir la boca durante las oraciones de las narices.
Amén.

dijous, 16 d’abril del 2009

ALA DELTA DEL EBRO


El deporte del ala delta está pensado para gente especial, solitaria e independiente.

Aparte del gran placer que debe ser volar como un pájaro, en silencio, poca cosa más tiene de atractivo. Cuando se llega a la pista de despegue en lo alto de la montaña, hay que montar concienzudamente el armatoste que previamente se ha cargado en lo alto del coche. Esta operación dura casi media hora, ya que hay que estar muy atento de que el ala esté perfectamente montada, no sea que se plegue el aparato en pleno vuelo, y adiós muy buenas. Una vez listo y haberse disfrazado para la ocasión con el arnés, el mono, los guantes, las gafas y toda la parafernalia de rigor, hay que tener en cuenta el viento, claro. Si no sopla, no se vuela. Si es invierno tampoco, ya que las corrientes térmicas que ascienden sólo se producen en verano. Además, antes de salir hay que estar siempre pendiente del señor del tiempo de las narices, con lo cual muchas veces en que se espera sol pega una tormenta de mil pares, y tira para casa con el gozo en el pozo del vecino.
Eso, sólo para despegar.
Lo mejor viene con el aterrizaje y la recogida, suponiendo que se haya conseguido alzar el vuelo, que puede durar diez minutos o varias horas, según los caprichos eólicos y la pericia del piloto aladéltico. Una vez de nuevo en el suelo, hay que desmontar el ala y plegarla en la funda, tarea que no baja de los veinte minutos. Luego hay que llamar a un amigo, ya previamente avisado, para que le recoja (de ahí “recogida”) allá donde uno esté, a diez minutos o a cinco horas del punto de partida. Eso en la actualidad, antes aún era peor, ya que el móvil no existía y si te quedabas tirado en medio de un prado alpino había que andar hasta encontrar un teléfono con el que llamar al chófer particular, y eso podían ser unos cuantos kilómetros. Finalmente ya sólo toca esperar y tener paciencia, mucha paciencia. Es mejor ser fumador, así se soporta mejor.
Qué coñazo, ¿no?.
Y eso sólo en el plano deportivo. En lo social es casi peor. Aparte del amigo que se presta a hacer de chófer, no hay muchas más opciones de entablar amistades, a no ser que ocurra la pista de despegue o si uno se ha pegado un hostión (y no se ha matado, que esa es otra…). Como mucho, puedes congeniar un rato con un buitre o similar, si le da por hacer compañía.
De hecho, lo mejor que le puede pasar a un aladeltista es echarse novia (o novio) que le acompañe y le haga de conductor y de apoyo logístico. Esto, como es de suponer, es harto difícil que suceda: los hobbys de la mayoría van por otros derroteros. Y si hay suerte, lo más probable es que se harten y le acaben dejando a uno más solo que un búho nival.
¿Y a qué viene todo esto, si yo no practico este deporte? Yo sólo quería escribir un cuento donde saliera un ala delta…
Mañana, quizás.


(*Dedicado a mi hermano, que hace ala delta y no se come un torrao).